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Historia 31212 — capítulo 1

1: Desesperación.

Huía con desesperación por entre los arboles y las malezas, intentando no pensar. Pero como dejar la mente en blanco si era imposible no detectar el aroma cálido del pueblo a poca distancia del bosque por el que corría, imposible no aguar su esencia en mi boca, imposible no fundir sus emociones en mi mente y mi cuerpo.

Seguía corriendo, aunque sabía que no podría hacerlo por mucho tiempo más. Mi autocontrol no llegaba a tanto, y ya experimentaba esa asquerosa necesidad de saciar mi sed con ese dulce olor que emanaba una casa a apenas unos cuantos kilómetros... sería solo una vida más. Solo una.

No. Estaba tan hastiado de ver la muerte ante mis ojos, de sentirla recorriendo mis vacías venas... Mientras mis piernas me llevaban sin rumbo fijo, me debatía entre la sed física que exigía mi garganta reseca y el remordimiento de matar... una vez más.

Sin que pudiera reflexionarlo del todo, en menos de cinco segundos me hallaba de pie frente a una pintoresca cabaña, de la que salía tan provocativo hedor. La ciudad próxima quedaba a millas considerables, era como si el destino se empeñara en que saliera a cazar.

Olisqueé el aire, y descubrí una mezcla de algarrobos con miel. Típico aroma de las afueras, de humanos dedicados a la naturaleza. Me detuve al comprobar que otro olor se colaba en la atmósfera. Intenté distraerme, para lograr irme, con ese particular aroma.

Olor a hierro, sangre, desesperación. Olor a guerra.

Pero solo era apenas, no había por que preocuparse por ello... además estaba muy lejos.

En ese momento, salió de algún lugar una muchacha con una cesta en manos, el cabello suelto y un concentrado hedor a miel. Demasiado cálido. Se me llenó de agua la boca.

Escondido como estaba, la chica no podía verme. Pero yo a ella sí. Y ya era muy tarde.

La niña comenzó a juntar las frutas que pendían del árbol más cercano, totalmente indiferente a que yo había elegido ya mi próxima presa. Mi víctima.

2: Decisiones.

Era un mounstruo. La muerte estaba impregnada en cada rincón de mi piel, no podía quitármela. Los ojos claros de esa muchacha aún quedaban en mi memoria, como si no hubiera sido suficiente ya el haber tomado otra vida humana. Me sentía sucio, sin ganas de continuar con esta existencia tan asquerosa. Pero... que hacer?

Vagabundeaba errante por las áreas despobladas de New Castle hacia el norte, como un espectro.

Luego de haber asesinado a la muchacha del bosque, había huído. Me despedí apresuradamente de Peter y Charlotte, y me fui. No podía soportarlo.

No podía soportar ser un asesino. Ver como las vidas acababan ante mis ojos, sin más, oír como el corazón cesaba de latir, y la sangre ya no corría a borbotones por las venas... Basta. Era inaguantable. Quería morir, no ser el responsable de que otro humano dejara de respirar.

El correr me levantaba un poco el ánimo, que estaba por los suelos, y el aire de aquel lugar estaba lo suficientemente límpido como para tener a raya mi necesidad.

Asique en esto se había convertido el Mayor Jasper Whitlock, en algo poco menos que un patético eco de lo que había sido cuando era humano. No había sido lo mejor que caminara por la tierra, de acuerdo, pero en lo que era ahora, prefería volver a ser solo un soldado más en la guerra hacia la nada. Los árboles desaparecían a mi paso, mientras la tarde se apoderaba del cielo, abrumadora y gris. Buscaba con desesperación una manera de salir adelante, de revivir del pozo en el que me encontraba. El aire estaba viciado ya de aromas humanos, me acercaba a una ciudad. Había perdido la noción del tiempo y el espacio, asique no tenía idea de donde me econtraba. Como siempre, una pequeña fracción del aire traía el olor a guerra que tanto odiaba, pero quizá solo estaba impregnado en mi piel. O me perseguía la mierda de mi pasado no tan remoto.

Apreté los dientes y me interné en aquel hervidero de vida.

Quería probarme. Quería saber que no tenía por que subestimar mi autocontrol.

Llovía ligeramente cuando comencé a andar por una poco habitada calle de Filadelfia. Iba a mi salvación.

Aunque en ese momento no lo supiera.

3: Encuentro.

No me acosumbraba del todo a deambular de día frente a tantos humanos... no era natural. Pero estaba nublado, llovía apenas, asique las calles de Filadelfia ni se inmutaron que por ellas caminaba un monstruo. Llegue pronto al corazón de la ciudad, con la garganta rasposa y envuelta en llamas. No respiraba, pero aún así no podía evitar sentir el aroma del caldeado lugar.

Lo estaba soportando, podía hacerlo... debía intentarlo.

Incómodo, me adentré en un bar casi vacío sin dar muchos rodeos. El lugar estaba algo oscuro, las luces iluminaban solo la barra, donde unas pocas personas, sentadas en altos taburetes, sorbían con desgano alguna bebida.

Una menuda figura saltó del asiento y se acercó casi danzando hasta mí. Me puse en guardia de inmediato. Los humanos no solían acercarse demasiado a su predador, se llamaba instinto.

Pero entonces la luz iluminó el rostro de quien se había acercado a mí y observé con claridad que no era alguien de raza humana. Era como yo.

La chica sonreía. Tenía una hermoso rostro de aspecto angelical.

-Me has hecho esperar mucho tiempo.- dijo ella, haciendo destellar su corto cabello negro en todas direcciones.

-Lo siento señorita- fue lo único que se me ocurrió decir. Baje la cabeza, aturdido. No podía pensar en nada, ni siquiera en controlar mi sed, solo en el hermoso rostro de esa vampiro y su confianza hacia mí... que acaso no veía que era un asesino sin derecho a vivir?

Ella sonrió aún más ampliamente y me tendió la mano.

La observé tan solo por una fracción de segundos y la tomé. No sabía porque, no entedía porque, pero una corriente de paz me recorrió cuando la toqué, y supe que había hecho lo correcto.

Nada me importó en esos escasos y deliciosos segundos; ni mi pasado aterrador, ni mi mounstosa y poco controlable sed, ni siquiera ese vestigio de hedor a sangre y guerra que flotaba tenuemente en el aire.

Después de todo, que importaba si esa chica me sonreía de ese modo?