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Historia 31280 — capítulo 1
¿Qué es lo que habíamos hecho? Tan solo habíamos reinado de la forma en que nuestros antepasados nos enseñaron, entonces ¿Por qué? ¿Qué motivos le habíamos dado para que hiciera todo esto?
La tierra mágica, aquella que era un verdadero paraíso estaba siendo asolada tan rápido que uno no se daba cuenta, el miedo cundía y el odio comenzaba a hacer mella en los corazones de todos. La esperanza y la fe estaban destruidas.
Nuestro mundo se precipita a un abismo oscuro y sin fondo, de tan solo pensarlo mi corazón se destroza más. Tantos años de trabajo conjunto, de armonía… todo se venía abajo.
Y me golpea la cruel realidad, los recuerdos vienen a mí como relámpagos; suceso tras suceso, muerte tras muerte. Deseo llorar, mas no puedo o; mejor dicho, no debo.
Un odio irracional comienza a llenar los vacíos que esta guerra ha traído a mi ser, odio hacia aquel ser que le ha arrebatado la esperanza y los seres queridos a tantas criaturas en las que me incluyo.
Una punzada dolorosa arremete contra mi pecho.
Él está muerto… mi amor a sucumbido en la guerra.
-mamá-llamó la criatura a la que tomaba una de sus pequeñas manos. Mi hija-estoy cansada, mamá-y era obvio, su pequeño cuerpo estaba fatigado por la carrera que estábamos haciendo.
Le sonreí tratando de transmitirle fuerzas que mi cuerpo no tenía.
-lo siento mucho, hija, pero no podemos detenernos-me excusé sintiéndome un monstruo al negarme a dejarla descansar.
-usted necesita descanso, majestad, por su salud-Linéroco, mi querido amigo, siempre tan preocupado por nuestra seguridad…
-lo siento, Linéroco, pero es preciso seguir-mi voz poseía un tono bajo, pero seguía tan determinado como siempre.
-majestad…-quiso protestar.
-no estamos muy lejos-le acallé rápidamente y jalé levemente la mano de mi hija para continuar-te prometo que descansaremos al llegar-le dije suavemente. Mi pequeña asintió suavemente y comenzó a caminar junto a mí.
La fiebre comenzaba a hacer mella en mi cuerpo, las gotas de sudor caían por mi rostro ardiente; mi garganta quemaba y la deshidratación de mi ser se notaba con tan solo ver mis labios resecos. Linéroco se dio cuenta de mi deplorable estado de salud e intentaba por todos los medios que nos detuviéramos a descansar, pero había mucho que recorrer y muy poco tiempo. Mi salud no debía ser impedimento, no deseaba parar y no lo haría hasta llegar a la Gran Muralla.
Todo ese esfuerzo me terminaría matando y, la verdad, es que poco y nada me importaba. Mi fin estaba cerca, lo sentía… porque desde el momento en que él se fue de este mundo mi vida se fue. Que egoísta me he vuelto.
Sin embargo, no me iría de este mundo hasta saber que mi pequeña estaba a salvo. Ella tenía toda una vida por delante… no iba a negársela por ningún motivo, ella tenía derecho a crecer, a ser libre y lo sería… yo me encargaría de ello.
-mamá… ¿Dónde está papá?- preguntó mi criatura inocentemente cuando llegamos a destino.
Sabía que ella trataba de ser fuerte al preguntarme sobre su padre. Inconscientemente, mi hijaentendía a la perfección lo que había ocurrido con su querido progenitor… pero no lo deseaba aceptar y esperaba, estaba segura, que le diera una respuesta esperanzadora.
Mis ojos se inundaron con lágrimas que no pude detener.
-¿por qué lloras, mamá?-preguntó ella con el rostro contorsionado.
Me agaché a su altura para ver su angelical rostro, el rostro de cualquier niño o niña de ocho años.
-Linéroco, necesito tiempo a solas con mi hija-cada palabra salía de mi boca con una dificultad que me sorprendía. Mi amigo asintió suavemente con la cabeza y se internó en el bosque para darnos privacidad.
-¿por qué lloras?-repitió mi pequeña.
-lo siento tanto, cariño-comencé-papá no volverá con nosotras… lo siento mucho-
Ella comprendió el sentido de mis palabras a la perfección y sus ojos se llenaron inmediatamente con lagrimones.
-lo siento tanto…-volví a decir mientras ella estallaba en un llanto silencioso. Rápidamente descolgué el relicario que llevaba al cuello y se lo puse con cuidado, ella lo miró con la misma nostalgia y el mismo dolor que también sentía.
Luego, la rodeé con mis brazos y la atraje hasta mi delgado cuerpo, la acuné con aquella maña que poseía solo con ella y canté su nana favorita mientras mi pequeña seguía llorando.
Besé su oscuro y desarreglado cabello cuando ella se durmió. No pude evitar morder mi labio inferior para tratar de reprimir un sollozo. Mi cuerpo dolía, pero el dolor de mi corazón era más profundo y mortal que cualquier otro.
Podía sentirlo cambiar el paño húmedo sobre mi frente constantemente a medida que la noche avanzaba. Aún podía distinguir las figuras a mí alrededor, entre ellas la luz y el calor de la fogata que Linéroco había hecho para nosotros. Cerré los ojos con fuerza al sentir que mi garganta quemaba y mi respiración se dificultaba. Era hora de que mi ser se entregara a los muertos.
Abrí mis ojos para ver las ramas del árbol sobre mí, quería ver lo que tenía alrededor por última vez. Pronto, la oscuridad comenzó a cernirse sobre mí, borrando poco a poco mi visión, mi cuerpo dejó de sentir el dolor y la fiebre que me carcomía. Le sonreía a la muerte sin temor porque ya había hecho lo que debía hacer… era tiempo de partir.
-¿Coruel?-la voz de Linéroco era como un eco, tan lejano…
Tenía la esperanza… una estrella brillante volvería a resplandecer en el cielo oscuro y traería consigo la paz y la justicia a nuestra tierra. Y eso era lo único que importaba… porque ella volvería.
Y dejé que la muerte me llevara a su lado.