Tituladas 16.2% · 32,381 de 199,415 descubiertas
Rescatado 63.6% · 59,982 de 94,296 páginas identificadas · 59,972/60,586 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 31426 · de

Historia 31426 — capítulo 1

No podía prever lo que sucedería aquella noche. Sólo… sólo estaba tomando té con su marido después de acostar a su pequeño: era un momento tan tranquilo, tan lleno de paz, tan dulce descanso en medio de un tiempo que se empeñaba en anunciarles su destrucción… No podía prever que sería la última vez que él la miraría a los ojos con esa sonrisa que antaño la enamoró, con ese gesto tan suyo que expresaba cariño en cada leve arruga de su rostro todavía joven. Desearía haberle dicho en aquel momento que lo que más le gustaba en el mundo era estar con él, haberle acariciado la mano con los dedos y haberle agradecido aquellos años de tierna felicidad que habían vivido juntos, aún ante todas las adversidades. Desearía haberle dicho entonces que lo amaba. Haber pronunciado esas palabras por última vez. No podía prever que en ese preciso instante alguien irrumpiría súbitamente en la casa. No podía prever el encuentro de sus ojos esmeralda con aquella mirada vacía, llena de odio y frialdad. No podía prever que Lord Voldemort llegaría a su hogar en aquella oscura noche de otoño. Y no podía prever que ya no habría más noches. Ahora sólo había perturbación y pánico. —¡Lily, coge a Harry y vete! ¡Es él! ¡Vete! ¡Corre! Yo lo detendré -gritó James, con voz aterrada pero firme. No podía… no podía prever que aquellas serían las últimas palabras que oiría de sus labios. Pero en ese momento no podía quedarse a defender a James. En ese momento su niño la necesitaba. No tuvo tiempo para sentir dolor mientras corría raudamente hacia la habitación de al lado, no tuvo tiempo para sentir dolor cuando vio por última vez un atisbo de aquel revoltoso pelo azabache que ella adoraba, no tuvo tiempo para sentir dolor cuando cerró la puerta del dormitorio dejando atrás a James con su enemigo. No tuvo tiempo de sentir dolor porque los ojos verdes de Harry, que se encontraba tumbado en la cuna totalmente despierto, estaban clavados en ella como preguntándole asustado qué sucedía. Sólo tuvo tiempo para sentir dolor cuando aquella gélida voz cargada de maldad pronunció aquellas dos mortíferas palabras: -¡Avada Kedavra! Sólo cuando oyó el sonido de un cuerpo cayendo pesadamente sobre el suelo, sólo cuando su mente le devolvió entre mil ecos el sonido de la fatal maldición… sólo entonces fue consciente de lo que había pasado, y el sufrimiento se apoderó de ella como nunca lo había hecho. No podía creer que él estuviera muerto. Su corazón quería estallar de horror y angustia, su garganta rogaba poder gritar proclamando el la amargura que la ahogaba, pero no era capaz de hacer nada más que llorar. Sentía demasiadas cosas al mismo tiempo. Todos los momentos que ella y James habían pasado juntos desfilaban ante sus ojos anegados en lágrimas, sus besos y sus peleas se entrelazaban en una visión que era hermosa y horrible a la vez… y el sonido de toda la poesía que él le había susurrado al oído se mezclaba con los insultos de Voldemort y con el llanto de Harry. -Mi bebé… -gimió, casi arrastrándose hacia la cuna del pequeño. Oía acercarse los pasos de su enemigo cada vez más, y sus manos temblaban tanto que ni siquiera podía acariciar al niño, sus brazos ni siquiera la sostenían al apoyarse en los barrotes de la cuna. Cayó al suelo de rodillas, quedando frente a la carita sonrosada de Harry. Lo miró y el le devolvió la mirada: histérica y aterrorizada una, confuso y extrañado el otro. Ojalá no tuviera que ser esa noche. Ojalá hubiera vivido el tiempo suficiente para que él la llamara "mamá". Habría sido tan dulce oírle pronunciar aquella tierna palabra… -Te quiero, mi vida. ¿Lo sabes, verdad? Mami te quiere. Mami no te va a dejar solo -balbuceó, justo en el momento en que oía chirriar la puerta del cuarto. La pesada túnica de Lord Voldemort se arrastraba sobre el suelo acercándose a ella… ¿A ella? No… ¡iba hacia Harry! Fue como si un huracán golpeara con ímpetu su cerebro y, en lugar de desordenarle los pensamientos, se los dejara completamente claros. No brilla la luz si no está entre las sombras, no existe el silencio si no hay antes ruido, no hay quietud que no haya sido engendrada por la rapidez… y no hay oportunidad que no exija un sacrificio. Era ella o su hijo, y no tenía más de unos segundos para tomar aquella decisión. Pero no necesitaba ese tiempo: se puso en pie torpemente y se enfrentó a la figura delgada y oscura del mago más terrible de todos los tiempos, y éste la miró fijamente con sus ojos inyectados en sangre y alzó ante ella la varita, que sujetaba con una mano pálida y huesuda. Se hizo el silencio. Lily era lo único que se interponía entre Harry y Voldemort. Lo único. -Quítate de en medio -exigió el mago con aquella voz que sólo poseen los que ya han muerto años antes de que su cuerpo deje de funcionar, aquella voz que poco antes había pronunciado la maldición asesina contra James Potter. -A Harry no. A Harry no. A Harry no, por favor -suplicó la joven. -Apártate, estúpida… apártate… -A Harry no. Te lo ruego, no. Cógeme a mí. Mátame a mí en su lugar… Un chorro de luz escarlata surgió de la punta de la varita de Lord Voldemort y golpeó el pecho de Lily arrojándola hacia atrás con una fuerza enorme: ella se dio un golpe brutal contra la cuna y cayó al suelo sintiendo que se había roto la cadera. Lágrimas de dolor rodaron por sus mejillas húmedas, y sólo reaccionó cuando vio que su enemigo caminaba hacia Harry; incapaz de volver a ponerse en pie, se incorporó como pudo quedando casi de rodillas y le impidió de nuevo el paso, empujándolo débilmente con la poca fuerza que le quedaba en los brazos. Nunca había sentido tal pánico ni tal desesperación. -¡A Harry no! ¡A Harry no! Por favor… haré cualquier cosa… -A un lado… hazte a un lado, muchacha… Lily levantó la mirada y, entre las lágrimas que inundaban sus pupilas, distinguió unos ojos grises que la contemplaban con fastidio y asco, pero en los que se podía leer que no quería matarla. Sólo quería a su bebé. No a ella. Si se apartaba, salvaría la vida. Pero para ella la vida de Harry era mucho más importante que la suya. -A Harry no… -imploró en medio de un incontrolable llanto. Él no la escuchó… y ella no se movió ni un centímetro cuando vio que de la varita de Voldemort salía un destello de luz verde directo hacia ella. No podía prever que aquel sacrificio era el arma más poderosa que le había otorgado a su hijo. No podía ver ya nada de lo que había en este mundo. Porque ahora sólo distinguía, entre la oscuridad más impenetrable que jamás había transitado, la figura translúcida de un hombre de cabello oscuro muy desordenado y ojos castaños llenos de amor que le extendía la mano para ayudarla a llegar al lugar donde él se encontraba desde hacía escasos minutos.

FIN