← Historia 31925 · de
Historia 31925 — capítulo 13
La ira de la profesora Sorceress cuando se enteró de lo ocurrido fue tan grande que los cuatro chicos temían ser expulsados en cualquier momento. El castigo que les impuso consistía en hacer el trabajo de los elfos domésticos durante las mañanas de los fines de semana, como lavar los platos de la cocina, limpiar los pisos de los pasillos y ordenar los asientos de las aulas. Parecía ser mucho mejor de lo que pudo haber sido, teniendo en cuenta que jamás habían visto a Sorceress tan alterada.
Pero, excepto por lo agotador que resultaría, quizás no fuera tan desagradable, pues al menos tenían la tranquilidad de que los problemas entre ellos ya se habían solucionado. Además, eso les daba oportunidad de buscar la Copa de los Tres Magos.
Había, sin embargo, algo que prácticamente nunca salía de la cabeza de los chicos: ¿de qué forma se enteró Macnair del duelo?
Porque ya habían confirmado que él lo sabía. Desde el día siguiente, mientras Mankar, Haher y Gonza desayunaban en el Gran Salón, él y algún otro miembro del Poder Calamar remedaban siempre a un par de duelistas asustadizos y llorones en pleno enfrentamiento, señalando a Mankar y a Haher y riendo a carcajadas.
—No entiendo cómo pudo saberlo... —seguía diciendo Gonza.
—Pero no lo presenció —comentó Haher—. ¡Si lo hubiera hecho, habría visto el duelo más magnífico del mundo! —agregó, chocando las palmas con Mankar.
—¿El núcleo de tu varita es pluma de basilisco? —preguntó Mankar, de repente.
—No —respondió Haher, extrañado—. ¿Por qué?
—¿Los basiliscos tienen plumas? —preguntó Gonza.
—Porque ése es el núcleo de la mía —dijo Mankar, pensando—. ¿Entonces por qué se crearía el priori incantatem?
—No sé... —dijo Haher, cayendo en la cuenta—. El mío es pelo de acromántula. ¿Qué? —preguntó ante las miradas de Mankar y Gonza—. La chica de la tienda dijo que era natural que eso pasara, porque le tengo miedo a las arañas.
—¿Pero no tuviste que enfrentar un boggart? —preguntó Mankar. Haher negó con la cabeza.
«Quizás sólo a los squibs les toca hacer eso», pensó Mankar, desanimado.
—Entonces creo que el priori incantatem tuvo que ver con eso de que el basilisco es el peor enemigo de las arañas —dijo Haher.
—Cierto —dijo Mankar, mirando con rabia a Juanjo, que soltaba una carcajada especialmente ruidosa.
Gonza se quedó pensativo un rato.
La mañana del sábado era fría y nublada. En la Sala Común se sentía el ambiente relajado que producía el fin de semana. Pero los pobres chicos no podían descansar, pues ese día les correspondía cumplir con el castigo.
Se dirigieron al primer piso, y la profesora Sorceress les entregó apresuradamente escobas, baldes, guantes y trapeadores, para que hicieran limpieza en el séptimo piso. Luego, se llevó a Jessi a las cocinas.
Ellos subieron las escaleras hasta el piso que debían limpiar. Haher tomó una escoba, con la que empezaba a barrer completamente distraído. Se la pasaba mirando cada pedestal y comprobando si podía atravesar a los demás.
—Hubiéramos estado al menos un rato en el baile... —reprochaba Gonza—. ¡O hubiéramos subido a los clubes! Me dijeron que estaban dando puntos a los que enfrentaran a un troll que Vito había contratado...
—Yo quería dormir hoy todo el día —dijo Haher.
—Yo tenía planeado proyectar una película en mi club —se quejó Mankar.
—Y yo tenía un discurso preparado para mis afiliados —dijo Gonza, con tristeza.
—Pero ese nombre que le pusiste al club no me gusta —comentó Haher.
Gonza lo miró con seriedad.
—Ya sé —respondió—. Lo has dicho un millón de veces. ¿Qué tiene de malo *«*La Sala Multipropósito»?
En ese momento, un pensamiento llegó a Mankar. Tal vez si entraban a la Sala de los Requerimientos encontrarían algo que les ayudara a realizar más fácilmente el trabajo.
—Pues nada... pero no es muy original...
—Tengo una idea —anunció Mankar—. Terminaremos aún más rápido.
—¿Qué? —preguntaron los otros con curiosidad.
—Podemos buscar algo en la Sala de los Requerimientos —dijo Mankar.
—¿Sabes dónde está? —exclamó Gonza, emocionado.
—¡Claro! ¿De dónde crees que saqué todo lo que tiene mi club?
—Ya decía yo... —murmuró Haher, que intentaba volar con la escoba.
—Por aquí —señaló Mankar.
Dejaron tirado junto a un muro todo su equipo de limpieza y empezaron a correr a lo largo del pasillo, teniendo cuidado de no hacer ruido cuando pasaron frente al despacho del profesor Riddle, hasta que se hallaron junto al tapiz de Barnabás el Chiflado.
—Sólo necesitamos el hechizo desvanecedor —explicó Mankar.
Se quedaron unos segundos contemplando el muro y, luego, Haher exclamó:
—¡Evanesco!
Entonces el agujero cuadrado apareció y los chicos lo atravesaron emocionados por las maravillas que encontrarían del otro lado, que seguro les ayudaría mucho para el trabajo, pero se encontraron en un... armario de escobas.
—Esto no nos sirve —dijo Haher, haciendo una mueca de disgusto.
—Yo esperaba algo más grande... —dijo Gonza—. Aquí ni siquiera cabemos cómodos los tres.
Mankar sonreía incrédulamente.
—Debe haber algo por aquí que nos ayude —les dijo—. Estoy seguro.
De repente, los chicos se quedaron callados e inmóviles. Escuchaban pasos afuera.
—Mankar, ¡cierra la puerta! —susurró Gonza.
—¡No hay puerta! —dijo, volteando hacia la salida y, de repente, el muro se cerró.
Los tres aguardaron silencio, enredados entre un montón de palos de escoba, en la oscuridad de la Sala de los Requerimientos. Los pasos se oían lentos, y se hacían cada vez más fuertes, y luego, se alejaron. De repente, escucharon que regresaba. Era el andar de una sola persona, seguramente una profesora que usaba tacón alto. El sonido se debilitó una vez más, y luego, los pasos se acercaron de nuevo.
—¡Haher! ¡Deja de mover el pie! —susurró Mankar.
—¡Yo estoy quieto! —respondió su tío.
—¡Gonza, tú, entonces! ¡Estás tirando de mi túnica y me pone nervioso!
—¡Yo no me estoy moviendo! —dijo Gonza.
—¡AQUÍ HAY ALGO MOVIÉNDOSE! —gritó Mankar, asustadísimo y saltando de su sitio. Había un animal apoyado en su pierna, y lo empujó con una patada. El chico salió corriendo por la abertura de la Sala de los Requerimientos, que se reabrió en el acto, con el corazón palpitándole muy fuertemente, sin atreverse a mirar para atrás. Tenía en su mente la imagen de la serpiente de la profesora Callahan, y estaba completamente espantado.
—¿Qué ocurre, señor Weasley? —dijo una voz de mujer proveniente de la figura que se hallaba de pie frente a él. Mankar la miró asustado. La profesora Devil estaba seria y muy pálida.
—¡Lo siento, profesora! —dijo rápidamente él—. Es que hay un animal en ese armario y me asustó...
—¿Armario? —la profesora Taz se dirigió hacia la abertura de la Sala de los Requerimientos, pero Gonza y Haher estaban saliendo de allí en ese momento.
—¡Mira, qué miedo! —le dijo Gonza, burlón, extendiendo los brazos—. ¡Esto es lo que tiraba de tu túnica!
Lo que Gonza agarraba era solamente un gato negro, que lucía completamente asustado y se retorcía en las manos del chico intentando escapar.
—El gato de Roberto Potter —dijo Haher, mirando serio a Mankar.
—¿De quién?
—¿Qué hacían ustedes tres ahí metidos? —preguntó la profesora Taz, frunciendo el entrecejo.
—Estábamos buscando una escoba —mintió Gonza hábilmente.
—La profesora Sorceress nos encargó limpiar los pasillos —dijo Haher.
—Pero ese armario... —dijo la profesora Taz, con expresión pensativa—. Yo no lo conocía...
—No sé, profesora —respondió Mankar, disimulando—. No estábamos haciendo nada malo.
—Bueno, continúen con lo suyo —dijo Taz, mirando de forma extraña al gato, antes de reanudar su camino por el pasillo.
Los chicos se quedaron mudos, lanzándose miradas inquietas entre ellos y al gato, mientras la profesora se alejaba.
—¿Quién más sabe acerca de la Sala de los Requerimientos? —preguntó Gonza.
—Creo que nadie... —dijo Mankar—. Sólo los elfos domésticos. ¿Quién es Roberto Potter? —añadió.
—Ah, Rob... —dijo Haher—. Un chico de Gryffindor. La profesora Sorceress nos lo presentó hace unos días, junto con Ron Lesson. Serán nuestros compañeros de dormitorio a partir de la próxima semana.
—¿Por qué hasta ahora?
—Creo que tuvieron un problema donde estaban antes...
De repente, el gato cayó al suelo y salió corriendo por el pasillo. Gonza mantenía sus brazos en la misma posición, como si aún tuviera al animal. Entonces Mankar se dio cuenta: el gato había atravesado el cuerpo del chico y se había liberado. La Copa de Los Tres Magos estaba escondida.
Los tres amigos salieron corriendo rápidamente por el mismo camino que habían tomado para llegar allí, mirando en cada pedestal y asomándose por cada pasillo, en busca de la copa plateada.
De pronto, al doblar una esquina, la vieron. Brillaba esplendorosamente como cada vez que habían tenido oportunidad de verla sobre un pedestal.
Por algún motivo, Mankar no se iba a rendir. Tenía un presentimiento inexplicable, que le impulsaba a dirigirse a la Copa en busca de aquellos cincuenta puntos que tanto necesitaba. Era el poder que sentía en su interior desde el brillo del Rubí durante el priori incantatem.
Los tres corrían con todas sus fuerzas. Entonces Mankar lo notó: estaban en el mismo pasillo que tenían que limpiar, donde hacía apenas unos instantes habían dejado su equipo de limpieza.
Y por puro instinto, al acercarse a una de las escobas, Mankar exclamó la palabra «¡Arriba!», y esta saltó a sus manos, de forma que el chico la agarró con mucha fuerza, pasó una pierna por encima sin perder velocidad ni ventaja, y dio una patada al suelo que lo impulsó fuertemente hacia adelante, en medio del aire. Estaba volando con la escoba, directo hacia el pedestal de la Copa de los Tres Magos.
Dejó de escuchar pasos tras él. Por más increíble que era lo que estaba ocurriendo, sólo había en su mente el pensamiento de encontrar la Copa de los Tres Magos y de volar como tantas veces había visto a la profesora Tita enseñar a sus alumnos.
Justo al llegar al final del largo y desierto pasillo, acercándose por fin al pedestal, se inclinó levemente, y empezó a bajar su velocidad y a descender poco a poco. Saltó de la escoba sin haberse detenido por completo, y agarró fuertemente la Copa por un asa.
—¡CLICK! —exclamó con una seguridad que jamás había sentido pero, para sorpresa de él, nada pasó—. ¡Demonios! —gritó, mirando para todos lados. De repente, una idea le vino a la cabeza, y exclamó—: ¡FOCUMCLICK!
Tuvo aún más fe cuando pronunció ese hechizo, pero aún así no funcionó.
—¡QUÍTATE DE AHÍ! —le gritó con ira una voz.
Mankar recibió un golpe muy fuerte en la cara y quedó tumbado en el piso. Una carcajada macabra salía de la boca del chico que acababa de tumbarlo. Era Boggart, del Poder Calamar, quien ahora agarraba la Copa.
—¡Click! —exclamó el grandote, y se desvaneció al instante, mientras la escoba de Mankar, que había usado para derribarlo, cayó al suelo.
Mankar estaba demasiado impresionado por lo que había pasado para poder entenderlo.
«¡La Copa! ¿Por qué? —pensó—. ¿Por qué no funcionó, si pude volar? ¡Pude volar! —reaccionó—. ¡Por fin lo conseguí!».
No tenía idea de cómo o por qué. Sólo sabía que en ese momento se sentía completamente eufórico, y ni siquiera le importaron los puntos que no ganó. Sentía una especie de odio contra Boggart, pero de momento no pensó en ello. Había volado en escoba. No podía creerlo.
—Chico, ¡qué vuelo! —dijo una niña, acercándose y luego ayudándolo a levantarse del suelo—. ¿Estás en un equipo de quidditch? Porque si no, al nuestro le vendría bien un jugador tan hábil en el aire como tú.
Mankar no atinó a decir otra cosa más que:
—¿Eh?
—Soy Sil... de Gryffindor. Subcapitana del equipo Avispas de Wimbourne, que participa en un liga no oficial aquí en Harrylatino. ¿Te interesa?
—¡Sí! ¡Claro que me gustaría! Soy Mankar Weasley.
—Perfecto. ¿Qué te parece si nos vemos en el vestíbulo el lunes, al finalizar clases? —El chico asintió—. De acuerdo, nos vemos, Mankar.
Sil se retiró, mientras Haher y Gonza llegaban corriendo por el pasillo, exhaustos.
—¡No puedo creer que no la hayas agarrado! —gritó Haher.
—¡Y yo no puedo creer que hayas volado! —dijo Gonza eufórico.
—¡Sí! —respondió Mankar, más feliz que nunca—. Bueno, la Copa no pude... ¡pero monté la escoba!
—¡Qué bien! ¡Te felicito! —exclamó Haher.
—¡Genial! —dijo Gonza—. ¡Ahora a ver la cara de Macnair en clase de Vuelo!
Eso le habría gustado mucho a Mankar, pero la alegría de sus amigos era lo suficientemente gratificante para no pedir nada más.
La cara de Macnair no sería la única que quedaría boquiabierta. Ni siquiera las de Mankar, Haher y Gonza dejaban de tener expresión sorprendida. Era demasiado increíble para ser cierto. Lo que había pasado no dejaba duda de que Mankar por fin había desarrollado poder mágico. Pero también había algo demasiado inquietante:
—¿Cómo pude haber volado en una escoba de limpieza? —seguía preguntándose el chico, el lunes a la hora de comer.
—Pues... —respondió Haher, que ese día llevaba el cabello azul—. con cualquier escoba se puede volar, ¿no?
—No —dijo Gonza—. Sólo que ésta estuviera encantada.
—Pero, ¿para qué querría la profesora Sorceress encantar una de las escobas que íbamos a usar? —siguió preguntándose Mankar.
—Yo creo que fue un error —dijo Gonza—. Me dio la impresión de que ella tenía mucha prisa... quizás nos dio una escoba equivocada.
—¿Y si alguien más la encantó? —preguntó Haher. Los otros dos chicos lo miraron extrañados—. Sí... tal vez algún chico quería jugar quidditch a escondidas, pero no tenía escoba, entonces tomó una de las de limpieza y la encantó. Luego, la regresó, olvidando quitarle el hechizo. Ahora que lo pienso, yo mismo tomé otra escoba antes, e intenté volar con ella, pero esa no funcionó.
—Entonces sólo la que yo monté estaría hechizada —dedujo Mankar.
La teoría de Haher parecía bastante loca, pero podría incluso ser cierta. Gonza parpadeaba escéptico.
Mankar no le había dicho nada a su tío acerca de la gema. Era algo demasiado difícil de explicar, y, aunque en algún momento Gonza lo intentó, Haher no quiso escuchar nada al respecto, así que él seguramente pensaba lo mismo que alguna vez Taz sugirió: que su magia tenía preferencia inconsciente a realizar sólo hechizos de fuego, y que no se había desarrollado por completo.
En cuanto al misterio de la escoba con que voló, Mankar pensó que era inútil seguir dándole vueltas al asunto. Era más importante en ese momento descubrir por qué, si había logrado demostrar su poder mágico, no podía usar la varita a su antojo, excepto por hechizos que involucraran fuego.
Y últimamente resultaba muy complicado y extenuante realizar hechizos de fuego no verbales, simulando que eran los que el profesor Zancaturno les enseñaba. Uno que disminuyera la velocidad de los objetos resultaba imposible con esta condición. Sin embargo, Haher, como era habitual, lo ejecutaba a la perfección.
Las notas de Mankar en Encantamientos y Transformaciones terminarían muy bajas si él no encontraba una solución, o si no lograba una forma de desarrollar por completo su magia.
Después de una frustrante clase de Encantamientos, Mankar se dirigió solo al vestíbulo, según había acordado con Sil. Haher y Gonza no lo podían acompañar, porque estaban muy atrasados con los deberes de Estudios Muggles.
Sil se hallaba al pie de las escaleras de mármol, hablando con un chico más bajo que ella. Cuando vio a Mankar, lo saludó.
—Te presento a Melb Stonks —le dijo—. Es el capitán del equipo.
—Sil dice que vuelas fantástico —comentó Melb—. ¿Has pensado en jugar en alguna posición en particular?
Mankar se quedó pensándolo un momento, y tartamudeó al responder:
—Sí... me gustaría ser guardián.
—Perfecto, ¿qué te parece si vamos al campo de quidditch? —propuso Melb—. En unos minutos comienza el entrenamiento. Vamos a ver qué tal te va como guardián. De todas formas, no tenemos por el momento ningún puesto titular libre, excepto el de golpeador, mientras Otto se recupera en la enfermería.
Los chicos salieron del castillo. El día era bastante nublado y frío. Cruzaron los terrenos del colegio hacia el campo de quidditch. Hasta ahora, Mankar no había tenido oportunidad de entrar allí, pues la liga no había empezado y no se había jugado ningún partido, aunque él sabía que de vez en cuando la Copa de los Tres Magos era escondida en ese lugar.
Sil y Melb llevaron a Mankar primero a los vestidores. Allí conoció al resto del equipo: Samira El Mosri, su compañera golpeadora y hermana de Iame; Wodahs Vaballo, cazador; Kamui Aizawa, el guardián; y Angie Mounier, la buscadora. A la mayoría de ellos Mankar los había visto alguna vez en Dumblemort, así que no le resultaban completamente desconocidos.
Le dieron a Mankar una túnica amarilla y negra, los colores de las avispas, con las letras «WW» marcadas en el pecho, que significaban Wimbourne Wasps, el nombre del equipo en inglés.
Una vez vestido, le prestaron una escoba del equipo. Era del mismo modelo que le habían regalado a Alita como premio por haber entrado a Harrylatino, una Cometa 900, con un magnífico mango pulido y ramitas doradas en la cola. Luego, salieron al campo de juego.
Era un lugar inmenso. Las elevadas tribunas se extendían con miles de asientos alrededor del campo oval. Los postes con aros al final, en ambos extremos del terreno de juego, de al menos quince metros de altura, lucían espléndidos a pesar de que el día fuera tan oscuro.
—Hagamos primero un vuelo lento, como reconocimiento del campo —les indicó Melb.
Cada jugador montó su escoba y dio una fuerte patada en el suelo. Mankar hizo lo mismo, muy lentamente. En ese momento, se arrepintió de haber aceptado realizar la prueba: recordó que tenía miedo a las alturas.
«Estoy a salvo, sólo debo tener mucho cuidado —se dijo mentalmente—. He pasado horas mirando por la ventana de la Sala Común, en el séptimo piso del castillo, y nunca me sentí mal».
Y quizás ese recuerdo le hizo darse cuenta que había perdido gran parte su miedo. Sintió que se elevaba con la misma gracia que hubiera tenido cualquier jugador de quidditch experimentado. Dirigiendo la vista desde la altura, recorrió lentamente el campo, admirando cada detalle, maravillado de la vista que tenía al elevarse, con la fresca brisa revolviendo su rojizo cabello...
Volar en una Cometa 900 era mucho más cómodo que en una escoba de limpieza. Mankar podía controlar la velocidad a su antojo, y podía girar con mayor facilidad. Aún así, trataba de mirar hacia abajo lo menos posible, para no perder el control. El quidditch, a pesar de su temor a las alturas, había sido para él siempre un sueño que quería realizar, aunque imposible de cumplir. Hasta ese momento.
—Genial —le dijo Sil, acercándose—. ¿Tienes alguna experiencia?
Mankar negó con la cabeza, pero intentó hacer una expresión que diera a entender que no era la primera vez que jugaba.
—Bueno, en este momento necesitamos un golpeador, porque el nuestro está en la enfermería —continuó Sil—, pero si lo deseas, le decimos a Melb que te haga una prueba como guardián.
—Ambas cosas se oyen bien —dijo Mankar, sonriendo y asintiendo con la cabeza.
—En ese caso, podemos ver primero tu habilidad como golpeador. Ven conmigo.
Sil empezó a descender. Mankar la siguió. En el centro del campo, estaba una caja de madera que Melb colocó. Sil la abrió. Adentro había cuatro pelotas: la quaffle, roja y de cuero, idéntica a con la que habían jugado Mankar y sus primas hacía más de dos meses; las bludgers, un par de pelotas negras, de hierro, atadas a la caja con unas tiras; una pequeña pelota dorada y con alas, la snitch; y, además, cuatro bates pequeños. Sil sacó uno de los bates y se lo entregó a Mankar.
—Sí sabes las reglas, ¿verdad? —preguntó ella, con la mano puesta sobre una de las tiras que sujetaban las bludgers.
—Claro —respondió Mankar—. Mi trabajo como golpeador consistiría en usar este bate para desviar las bludgers al equipo contrario, y proteger a mis compañeros para que no sean derribados.
—Exacto —dijo Sil, asintiendo—. Y un guardián sólo debe evitar que las quaffles atraviesen los aros.
—Pero si dices que ya tienen guardián titular...
—Es mejor entrenarte como golpeador, que es el puesto titular vacante —terminó Sil.
—De acuerdo —dijo Mankar—. Para esta posición se necesitan los mismos reflejos, y un poco de fuerza. Pero tengo entendido que los golpeadores son generalmente los más grandes y robustos...
—En el quidditch no sólo interviene la fuerza —explicó Sil—. Debemos tener una estrategia y practicar algunas jugadas. Creemos que es más importante el equilibro en el aire que la fuerza con que golpees la bludger. Además, de por sí, la bludger es fuerte, y no necesita más impulso para derribar a un jugador.
Mankar no dijo nada, sólo asintió con la cabeza.
—¿Preparado? —preguntó Sil—. La soltaré ya.
Se inclinó un poco y desató una de las bludgers. Ésta se elevó y empezó a volar como loca alrededor de todo el campo de juego.
—Vamos —dijo Sil.
—A ver, equipo —gritó Melb desde su escoba—. Sil y yo le haremos una prueba de golpeador a Mankar, así que para ustedes el entrenamiento es libre.
Kamui descendió con su escoba y se dirigió a la caja de las pelotas, para tomar la quaffle.
Sil y Mankar volaron hacia Melb.
—Ya repasamos el trabajo del golpeador —anunció Sil.
—Perfecto —dijo Melb—. Mankar, la bludger está volando alrededor del campo. Quiero que vayas a ella e intentes golpearla con el bate para probar tu habilidad, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —asintió Mankar, mientras la pelota pasaba en ese momento a toda velocidad zumbando por encima de ellos.
El chico salió disparado, y agarraba con fuerza su bate, mientras se dirigía rápidamente a la bludger. Ésta dio media vuelta, y se fue directo hacia Kamui y Wodahs, que jugaban con la quaffle. Mankar empezó a volar con mayor velocidad aún. La bludger fue descendiendo hacia sus compañeros, y él la seguía.
En determinado momento, después de atravesar casi todo el enorme campo, Mankar la tuvo lo suficientemente cerca para propinarle un golpe. Y aunque Melb no le había dicho a qué debía de apuntarle, Mankar sabía perfectamente qué debía de hacer, algo que no sólo los impresionaría mucho, sino que quizás le aseguraría al chico su permanencia en el equipo como golpeador titular.
Adelantó la bludger sólo lo suficiente, soltó la escoba y tomó el bate con ambas manos, casi sin mirar, pues por algún extraño motivo sintió que no era necesario hacerlo. Golpeó la pelota de hierro con todas sus fuerzas en sentido contrario. Ésta, impulsada por la fuerza del chico, voló directamente a donde el quería que lo hiciera: los aros de gol del otro lado del campo. La bludger atravesó velozmente el aro de la mitad, justo antes de seguir moviéndose como loca por todo el campo.
Mankar volteó a mirar las caras atónitas de Sil y Melb. Estaba seguro de que ellos se habían dado cuenta que él había «marcado gol» con la bludger a propósito y les sonrió con orgullo.
Y lo mejor era que lo había hecho el squib que alguna vez tuvo temor a volar.
—¿TE HICIERON TITULAR PERMANENTE? —exclamó Haher aquella tarde, en la Sala Común, rasgando con la pluma por completo la página del cuaderno en que trabajaba, y con el cabello rojizo.
—¡Sí! —dijo Mankar, dichoso—. ¡Y tenemos el primer partido el dieciocho de noviembre!
—¡Fantástico! —dijo Gonza, con la cara iluminada—. ¡Debiste volar como todo un dios!
Desde aquel día, todo parecía ir mucho mejor para Mankar. Sentía que sus puntos en Harrylatino aumentaban con mayor velocidad, que su club era más popular, que sus notas subían, aún con los inconvenientes de su magia, y que todo resultaba más fácil, teniendo como motivación el entrenamiento de quidditch del sábado siguiente y el partido que se llevaría a cabo una semana después.
Escribió una carta a Merlín y otra a Gaby, en las que explicaba detalladamente de qué forma entró al equipo, y las envió con una lechuza, ansioso de saber su opinión.
La clase de Vuelo pasó de frustrante a la más anhelada. Verle a Juanjo la cara que tenía fue lo más satisfactorio de todo. La profesora Tita quedó impresionadísima con el avance, y lo felicitó animadamente.
Mankar hizo en esos días aquello a lo que siempre estaba acostumbrado hacer: prepararse mentalmente con libros. Estudió ampliamente el contenido de los clásicos Quidditch a través de los tiempos y La Biblia**del Golpeador, así como libros más recientes que encontró en la biblioteca.
Todo ese tiempo estudiando sin duda lo aprovechaba, y quedaba constancia de ello en el aumento en su puntaje en la trivia de Dumblemort, en las preguntas relacionadas con quidditch. Pero, ¿le servía de algo a Mankar todo este esfuerzo al momento de montar su escoba?
Lamentablemente, no pudo comprobarlo en el entrenamiento del sábado siguiente, porque ni siquiera pudo presentarse.
—Lo siento, Mankar —le dijo seriamente la profesora Sorceress—, pero ustedes han infringido las reglas y ya habíamos acordado este castigo. No lo puedo levantar, así que dedicarás toda la mañana y la tarde a limpiar los pasillos.
Aquello desanimó bastante a Mankar, pues había estado esperando ansiosamente ese día para entrenar con su equipo, y había olvidado por completo que los fines de semana tenía ese castigo. Pero esa no era la única razón: si no podía disponer tampoco del siguiente sábado, entonces no podría jugar el partido contra los Chudley Cannons.
Sus ruegos a la profesora Sorceress no sirvieron de nada. Mankar intentó portarse lo mejor posible a lo largo de la semana siguiente, no sólo en clase de Transformaciones (aunque también era inútil, ya que en esta materia nunca lograba hacer ninguna actividad), sino en todas las otras asignaturas, en busca de alguna esperanza.
Mas la profesora Sorceress no cedió. Mankar estaba tan concentrado en conseguir el permiso que olvidó por completo informar a Melb de la situación, hasta el viernes anterior al juego, cuando lo encontró en uno de los pasillos del castillo.
—¿Cómo se te ocurre venirme a decir que no podrás asistir, faltando tan poco para el partido? —exclamó el capitán, bastante alterado—. ¿De dónde crees que voy a sacar un golpeador para el equipo en menos de veinticuatro horas?
—Lo siento mucho, Melb...
—Lo siento yo más —le dijo seriamente—. No me dijiste que tu castigo era todos los sábados. Debes hacer que la profesora Sorceress te dé el permiso, o me temo que quedarás por fuera del equipo. O por lo menos, intenta conseguir alguien que te reemplace. No podemos jugar con un solo golpeador.
Mankar asintió. No tenía idea de qué iba a hacer, pero disponía de muy poco tiempo para hallar una solución. Olvidar decirle a Melb lo que pasaba había sido muy irresponsable de su parte.
Debía haber algo que pudiera hacer...
Ese día no tenía clases con Sorceress, pero, de todas formas, la jornada ya había terminado. Intentó buscarla en su despacho, en la sala de profesores, en el Gran Salón, y por todo el castillo... pero no aparecía.
No se le ocurría a quién convencer de sustituirlo. Sería indispensable para un nuevo jugador al menos un entrenamiento previo, y dudaba que cualquiera, por más admirador del quidditch que fuera, aceptara sin tener experiencia con el equipo, razón por la cual no le mencionó nada a Haher ni a Gonza.
Vagando desesperadamente por el tercer piso, ya en el atardecer, se le ocurrió una idea más: pedirle permiso a otro profesor.
¿Pero quién? Por alguna extraña razón, la primera persona que se le vino a Mankar a la cabeza era la profesora Callahan. Eso sería lo más absurdo del mundo. Luego pensó en sus otros profesores... No había ninguno en especial con quien Mankar se llevara mejor. Aunque quizás la profesora Tita le otorgaría el permiso, teniendo en cuenta que en las últimas dos ocasiones había logrado un avance tan notorio.
Justo cuando se disponía a buscarla, se le ocurrió pedirle a la profesora Taz el permiso, cuando pasó frente a su despacho. Al fin y al cabo, ella se había interesado bastante por ayudar a Mankar en su clase.
El chico tocó la puerta. Creyó escuchar un revuelo del otro lado. La profesora Devil se asomó y saludó a Mankar.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó.
—Lo que pasa, profesora, es que tengo un problema —explicó el chico tímidamente. Al ver que Taz no respondía, continuó—. La profesora Sorceress nos castigó los fines de semana, y yo tengo un compromiso sumamente importante y...
—¿Por lo del duelo? —dijo Taz, cerrando la puerta tras ella, algo incómoda.
—Sí, señora, y pues... es algo muy importante para mí, pero ella no está dispuesta a levantarme el castigo.
—Es entendible —dijo Taz, asintiendo con la cabeza—. Ustedes han cometido bastantes fallas desde el inicio de curso.
—Sí... en eso tiene razón, y pues... —tartamudeaba Mankar—, se me ocurría que quizás podría convencer a la profesora Sorceress...
—No, chico, no creo... —respondió Taz, esta vez moviendo la cabeza negativamente—. ¿Cuál es el compromiso que tienes?
—Un partido de quidditch, el primero de la temporada, y resulta imposible para mí conseguir a alguien que me...
—¿Quidditch? —lo interrumpió la profesora, con un brillo en los ojos—. ¿Vas a jugar quidditch?
—Sí... es que...
—Pero chico, lo hubieras dicho en un principio —dijo ella, con un extraño tono alegre—. En ese caso, por supuesto que debo decirle a Sorceress que te deje. Después de todo, el tal duelo ocurrió en mi salón, ¿verdad?
A Mankar se le iluminó el rostro.
—Y, por supuesto —continuó la profesora Devil—, tú eres nieto de Gaby, y debes haber heredado algo de ella.
—¡Muchas gracias! —exclamó Mankar.
—De nada, chico —respondió Taz—. Y no te preocupes, yo me encargaré de convencer a Sorceress. Ahora, vete a descansar, lo necesitarás para dar lo máximo en el partido.
Mankar se despidió de la profesora, y agradeció una vez más. Ella entró con prisa en su despacho, pues al parecer estaba bastante ocupada. El chico se sintió avergonzado de haberla interrumpido, pero dejó de lado ese pensamiento. En ese momento, sólo había una cosa importante en su mente: ir a avisarle a Melb que podría jugar al día siguiente.
Y aunque el consejo que le había dado Taz era que descansara, Mankar hizo justamente lo contrario. Pero no porque deseara sentirse agotado al día siguiente, sino porque la emoción de lo que le esperaba no lo dejó dormir, sino hasta muy tarde. Sin embargo, cuando despertó se sentía completamente repuesto.
Bajó al Gran Salón bastante nervioso. Mankar creía que, para ser un partido de una liga no oficial, quizás no asistiría tanto público como lo habría si fuera un partido entre representantes de las cuatro casas.
Este pensamiento lo tranquilizaba por momentos, pero aquella mañana se dio cuenta de que, ya que era el primer partido del año, todos los estudiantes desearían presenciarlo. Algunos chicos que Mankar sólo conocía de nombre lo saludaban y le deseaban suerte.
Estuvo un rato acompañando a Haher y a Gonza a desayunar, pero prefirió no comer mucho; no tenía hambre. La profesora Devil se aproximó a él y le informó que había logrado convecer a la profesora Sorceress de que le permitiera jugar. Mankar estaba demasiado asustado como para saber si esa era una buena o una mala noticia.
La hora de inicio del partido se aproximaba. Un rato después, todo el colegio se dirigía al campo de quidditch. Aquella mañana estaba también bastante nublada. Mankar fue acompañado por sus amigos hasta la puerta de los vestidores de su equipo, y luego ellos se juntaron con el resto de la multitud para buscar un sitio en donde sentarse.
Todos los miembros del equipo estaban bastante asustados. Melb lucía pálido. Ninguno de ellos había jugado antes un partido con tanto público.
—Sé que están nerviosos —dijo Melb, intentando controlar su voz—. Pero pensemos en que gran parte de este público ha venido a apoyarnos, y que, si jugamos bien, la próxima tendremos aún más seguidores.
—Aguijones —dijo Angie, la buscadora.
—¿Disculpa?
—Pues... a los seguidores de los Wimbourne Wasps, de Gran Bretaña, siempre se les ha llamado «aguijones» —explicó Angie.
—Sí, lo que digas —respondió Melb, cortante—. Aunque el equipo no ha estado completo en todos los entrenamientos —miró fugazmente a Mankar—, cada uno de nosotros tiene un nivel excepcional, que en conjunto es capaz de superar a cualquier otro equipo. Ya es la hora —anunció—. Así que, salgamos al campo a dar lo mejor de nosotros.
Los siete jugadores avanzaron tímidamente hacia fuera del vestuario. Mankar temblaba visiblemente. Entraron, sin embargo, con paso firme al campo de juego, con la gran multitud gritando y silbando fuertemente, y se reunieron alrededor del pequeño círculo que había en el centro, junto al cual la profesora Tita aguardaba con la caja de las pelotas. Ella soltó en ese momento la snitch dorada y las bludgers. Tomó la quaffle y los cuatro bates, y le entregó uno a cada golpeador. Mankar tomó el suyo y lo contempló un instante.
—Antes de comenzar el partido —le dijo a los capitanes—, dense la mano, como promesa de un partido justo y limpio.
Melb estrechó la mano del capitán de los Chudley Cannons, Eli Wood. La profesora Tita indicó a ambos equipos que montaran sus escobas. Luego de que todos lo hicieran, sopló fuertemente con su silbato, lanzando la quaffle al aire y los catorce jugadores patearon fuertemente el suelo y se elevaron rápidamente.
—¡Comienza el partido! —exclamó con emoción una voz amplificada, que se oyó por todo el estadio—. Les habla Tarru Potter, de Gryffindor. La cazadora de los WW ha logrado adelantársele al equipo contrario, y rápidamente agarra la quaffle.
Mankar sintió un brinco de su corazón en el momento que oyó esas palabras, pero tenía que concentrarse, pues él también tenía un deber dentro del equipo. Echó un vistazo rápido y vio las dos bludgers brillando mientras atravesaban el campo de un lado para el otro. Una de ellas estaba bastante cerca de él. Un extraño pero intenso presentimiento le dijo a Mankar que debía golpear esa bludger para desviarla a cualquier adversario, pero no le hizo caso y se alejó de ella, pues pensó que no tenía sentido intentar derribar a alguien en ese momento, y se preocupó mejor por acercarse para defender a Sil y Wodahs, que se acercaban a los aros contrarios.
—Los cazadores de los WW logran burlar hábilmente las defensas de los CC —decía animadamente la voz de Tarru Potter—. Se pasan entre sí la quaffle casi sin que el otro equipo se dé cuenta, qué buena estrategia... ¡Vaya! No resultó del todo buena... los WW han perdido la quaffle por una bludger que golpeó a uno de los cazadores.
Mankar en ese momento se sintió un poco culpable, pues la misma bludger que decidió ignorar fue la que golpeó a Wodahs.
—Y mientras se recupera, los CC toman la quaffle —se oyó a Tarru Potter decir.
Él siguió hablando, pero Mankar pensó que era el momento preciso para empezar a participar en el juego, y dejó de prestarle atención. Los cazadores de los Chudley Cannons se acercaban cada vez más a los aros que protegía Kamui. Una bludger apareció de la nada junto a Mankar, y él la golpeó instintivamente buscando que derribara al cazador que poseía la quaffle. La pelota de hierro dio justo en el blanco.
—¡Bien hecho, Mankar! —exclamó Samira, que pasó volando cerca de él, mientras Melb tomaba de nuevo la quaffle.
En ese momento, Mankar vio cómo otra bludger se acercaba a toda velocidad a Melb, así que el chico voló lo más rápido que pudo para proteger al capitán, que se hallaba volando un poco más alto que él. Lo alcanzó y le dio a la bludger un golpe con la misma fuerza que lo había hecho antes, levantando los brazos. Ya se estaba acostumbrando.
La bludger se desvió justamente hacia otro jugador de los Chudley Cannons. En ese momento, la manga de Mankar dejó ver en su muñeca al Rubí brillando en todo su esplendor. El chico no le prestó atención, porque precisamente en ese momento otra bludger volaba directamente hacia él.
Era increíble. Las bludgers parecían estar en todo lado, y se suponía que sólo eran dos. ¿Tan rápidas eran? Mankar se asombraba la frecuencia que aparecía la necesidad de golpear las bludgers para proteger su equipo o atacar al contrario. Y pensar que eran cuatro golpeadores en el campo...
El juego se mantuvo así durante un buen rato. Según Tarru Potter, el marcador iba setenta a cincuenta, a favor de los Wimbourne Wasps. Mankar golpeaba cada bludger como si hubiera nacido para ello. Incluso, para ser la segunda vez que jugaba, era bastante notoria su superioridad como jugador con respecto a los golpeadores del equipo contrario.
Y entonces, Mankar la vio. Parecía una esfera de luz provocada por una ilusión óptica: la snitch pasó justo por delante de su cara. Atraparla, e incluso tocarla, era una falta si no se era buscador. Pero algo debía hacer, pues el buscador del equipo contrario se dirigía hacia ella.
Cerca de él, Mankar se dio cuenta de que una bludger pasaba volando. Se dirigió tan rápido como su Cometa 900 le permitió, pero no logró desviarla hacia el buscador de los Chudley Cannons, pues un golpeador la envió contra Wodahs. Samira estaba ocupada cuidando las espaldas de los cazadores.
Entonces buscó a Angie, pero la vio apenas emprender vuelo, desde lo alto del extremo contrario del campo, al notar que el otro buscador perseguía la snitch. Ella no lograría atrapar la snitch primero.
Una bludger pasó junto a Mankar, y él la empezó a seguir, buscando alguna forma de derribar al otro buscador. Justo cuando la golpeó, se dio cuenta de que algo fallaba. La escoba empezó a vibrar muy fuertemente. No respondía a los movimientos de Mankar, y empezaba a inclinarse en otro sentido.
La miró de punta a punta y todo lucía normal, excepto que las ramitas de la cola lucían extrañamente cortas...
«Magia tenebrosa —se dijo Mankar—. lo único que puede interferir en una escoba».
Empezó a inclinarse en contra de su voluntad, y a descender en picada, cada vez más rápido. Mankar agitaba el mango de su escoba con todas sus fuerzas, pero era inútil. Todavía a veinte metros de altura, echó de nuevo un vistazo a la cola de la escoba y se dio cuenta horrorizado que ya no quedaba nada de ella, pues las ramitas se habían esfumado.
Y no era impresión suya: el mango de la escoba se estaba encogiendo, y tenía la punta ennegrecida. ¿Qué estaba pasando?
Quizás todo eso ocurrió en una fracción de segundo y se sentía tan asustado que incluso alucinó. Por un instante se sintió metido entre una burbuja naranja, de pie y con la varita en alto.
Atontado por la situación, no se atrevía ni siquiera a gritar. Seguía cayendo... y cayendo... con la escoba calentísima desintegrándose en sus manos.