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Historia 32288 — capítulo 1

CAP. 1 -AUTORRETRATO CON TRAJE ORIENTAL

Este cuadro, de 1631, muestrala teatralidad con la que Rembrandtconcebía todas sus pinturas. El pintor, aquí con 25 años, aparece de pie, vestido con elegantes ropas y un turbante turco rematado con una pluma de ave. Su mano enguantada se apoya en un bastón, dando al cuerpo una postura sofisticada. Todo esto no demuestra un gran exotismo, ya que el autor no había tenido mucho tiempo de viajar a esa edad, pero aporta una gran suntuosidad. A sus pies hay un perro sentado cuya presencia no se asocia a ningún simbolismo, se debe simplemente a la costumbre renacentista de añadir perros a los retratos aristocráticos.

…………………………………………….

"Ahora mismo podría estar en el campo, pasando un día agradable con la compañía de mi novia, un mantel de cuadros y muchas hormigas" pensó Ron con cierta amargura mientras empujaba otro baúl. Lo cierto es que la idea de un picnic con Hermione era mucho más tentadora que hacer limpieza en La Madriguera. No le hubiera importado que las hormigas se hubieran comido hasta la última miga de su picnic con tal de pasar una preciosa tarde de mayo con su aún más preciosa chica. Pero era el día de la madre, y la mejor manera que se le ocurría de darle su eterno agradecimiento anual a su progenitora era ayudarla a ordenar aquel caos amontonado en lo alto de la casa. Además, a sus padres siempre les agradaba tener visita, pues todos sus hijos habían abandonado ya el nido. Harry y Ginny se habían ido al sur, a Devon, y habían comprado una casita junto al mar ("Nada permanente, pero por el momento las cosas nos van bien así" había dicho Harry). Bill y Fleur vivían en una burbuja de felicidad; Charlie seguía en Rumanía, desafiando a la naturaleza tratando de domar a lo indomable; George tenía un piso en Londres cerca del callejón Diagon; y Ron y Hermione vivían de alquiler en una casa a las afueras de Birmingham.

Sí, así las cosas, su madre era capaz de enviar una lechuza a Tía Muriel para que viniera a visitarles y así tener a alguien con quien hablar. Y Dios sabía lo mucho que detestaba Molly a aquella vieja cascarrabias.

Ron abrió el baúl que acababa de mover e inspeccionó su contenido. Sábanas y cortinas de repuesto. La mayoría estaban algo deshilachadas y tenían bastantes remiendos, pero seguro que podrían utilizarse. Fleur les había dicho que necesitaba unas cortinas nuevas, pero dudaba que una mujer tan exquisita como ella quisiera aquellos trapos. Y Harry podía permitirse tener sábanas nuevas en su casa. Hermione, sin embargo, seguro que podría hacer algo con toda esa tela. Y si no, siempre estaban los pobres.

Apartando el baúl hacia el montón de "cosas aprovechables", Ron se dirigió a otro lado del ático. En una esquina, bajo unas vigas, había un montón de cajas de cartón. La única ventana estaba un poco alejada, de modo que tuvo que tuvo que usar la varita para dar un poco de luz. Miró una de ellas: muchas pilas y enchufes de la colección de su padre. Gruñó apartándola a un lado, creía que todos esos chismes estaban en el garaje. Arthur debía de haberse quedado sin espacio hacía tiempo. Levantó las tapas de otra caja: algunas muñecas de Ginny y peluches de Ron y sus hermanos. Cogió una de las muñecas: un ojo de botón le colgaba de un hilo y le salía espumillón por un lado. Los demás juguetes estaban más o menos igual, seguramente nadie los querría ni regalados. Hizo una mueca al reconocer uno de los ositos de peluche: era aquél que los gemelos habían convertido en una araña peluda, provocándole una fobia que ni todos los psiquiatras del mundo hubieran podido curar. Definitivamente, aquella caja iba al montón de "para tirar".

Nada más apartar la caja, se lo pensó dos veces. Aquel osito le traía recuerdos no muy agradables, pero eran recuerdos en los que había intervenido Fred. Fred, el hermano en el que no podía evitar pensar cada día. Con delicadeza, sacó el osito de la caja y lo miró a la luz de la ventana. El brazo derecho estaba casi arrancado y las costuras que dibujaban la boca se habían salido, pero aún parecía sonreír. Con mucho cuidado, dejó el osito sobre el montón de cosas "para guardar" y volvió a lo que estaba haciendo.

Pasaron dos horas y aún seguía allí, y parecía que aún tenía trabajo para rato. Gruñó y se sentó con las piernas extendidas sobre el suelo. Sus hermanos tenían un gran talento para escurrir el bulto en ocasiones como ésta. Cielos, necesitaba un respiro. Quizás podría echarse una ligera siesta antes de seguir, sólo eran las cinco, pero llevaba allí desde la una. Necesitaría algo de almohada, sin embargo, ya que si se le ocurría dormir sobre las duras tablas del suelo se despertaría con un dolor de cuello infernal. Se levantó y se dirigió hacia unos baúles que aún no había registrado, esperando encontrar un par de mantas viejas que pudiera usar. Miró en un par de ellos y lo único que encontró fue vajillas y cubertería de plata. Pero en el tercero halló algo que le llamó la atención, aunque no era lo que buscaba.

Lo primero que vio en la penumbra fue varios libros polvorientos, pero le picó la curiosidad, así que sacó uno, sopló para quitarle el polvo y leyó la portada. Ponía "Sinfonías de Beethoven para piano". Lo abrió y vio que era un libro de partituras. Le extrañó, ya que nadie de su familia tocaba el piano, que él recordara. Agachó la cabeza e inspeccionó el interior de la tapa del baúl. Grabado en la madera estaba escrito el nombre Bilius R. Weasley. Ah, con que de eso se trataba. Aquello se ponía interesante. Olvidándose completamente de la siesta, cogió el baúl por una de las asas laterales y lo arrastró hacia una zona más iluminada, y las tablas del suelo chirriaron bajo su peso.

No sabía por qué, pero al abrir ese baúl sentía una extraña emoción, como si acabara de encontrar el mapa cifrado de un tesoro. Nunca había llegado a conocer a su tío Bilius realmente, pues había muerto cuando Ron sólo tenía cinco años. Lo poco que sabía de él era lo que recordaba (una navidad le había regalado un caballo alado de peluche que luego le había cambiado a Ginny por su escoba de juguete) y lo que le habían contado sus hermanos (que en todas las bodas se ponía como una cuba y luego bailaba su propia versión de las jigas irlandesas) y lo más importante: su trágico final. Según la versión oficial, había visto un grim en la taza de café del desayuno y al día siguiente había tropezado al bajar unas escaleras y se había roto el cuello. Pero al abrir aquel baúl y husmear entre las cosas de su tío, Ron tenía la sensación de estar invadiendo algo muy privado, pero al mismo tiempo eso era lo que lo hacía tan emocionante.

No pudo evitar mirar a su alrededor, como si le estuvieran vigilando y fueran a descubrirle haciendo algo muy malo. Se enfadó consigo mismo al darse cuenta de ello. "Ya basta, Ronald" se dijo a sí mismo "eres un hombre adulto, y el tío Bilius lleva muerto quince años. Tienes todo el derecho del mundo a curiosear un poco en su baúl, si no, papá lo habría cerrado con llave y lo hubiera escondido bien". Ahora más tranquilo, cogió algunos de los libros y los posó en el suelo ordenados en fila, uno junto a otro. Todos parecían novelas, algunas escritas por magos y brujas (la mayoría de los cuales debían de ser tan engreídos como Gilderoy Lockhart o estar tan chiflados como Xenophilius Lovegood), pero algunos eran muggles (Los viajes de Gulliver de Jonatahan Swift, Robinson Crusoe de Daniel Defoe, uno de poemas de Lord Byron, varias novelas de Julio Verne). Al parecer Bilius había sido todo un romántico aventurero. Había más libros de partiruras -Chopin, Strauss, Mozart- y un pequeño arpa de bronce que había perdido ya todo su brillo. Desde luego, todo un romántico.

Había otros libros más pequeños, más bien parecían libretas, que no tenían título. Al abrir uno de ellos, que tenía las tapas adornadas con flores resecas, vio que estaba escrito a mano y dedujo que eran notas personales de su tío. Se sorprendió al ver que casi todo eran poesías.

Los tulipanes de Holanda

Crecen entre los molinos

Brotan a los pies de los diques

Que de inundaciones resguardan

Las ciudades y caminos

Y cuando el sol los alcanza

Aquello es un paraíso.

Bueno, no era especialmente brillante, y la métrica no estaba muy cuidada, pero no estaba mal. Ron se preguntaba si Bilius había viajado a Holanda o sólo había leído sobre ella. Y si había ido a ese país, cuándo lo había hecho. Se dio cuenta de que no sabía absolutamente nada del primo hermano de su padre. Y eso le entristecía.

Cada vez más sorprendido por lo que iba encontrando, cogió otro cuaderno, uno algo más grande que los demás. Éste tenía unas tapas hechas a mano muy bonitas, de color vino y recubiertas de letras griegas. Al pie de la primera página estaba la firma de su tío y dos simples palabras en mayúsculas y subrayadas tres veces.

CARPE DIEM

"Aprovecha el momento"

A Ron le bastó mirar por encima dos páginas al azar para darse cuenta de que era un diario. La primera entrada estaba fechada el 4 de septiembre de 1978, y la última el 23 de marzo de 1985, el día antes de morir. Ron miró los demás libros del baúl, pero ninguno otro era un diario. No pudo resistirse y leyó aquello que había sido escrito apenas veinticuatro horas del fatídico día. A veces, Ron tenía la mala costumbre de, antes de empezar un libro, ir directamente a la última página y leer el final. Sabía que era bastante infantil, pero no podía evitarlo. Además, ahora tenía más razones que nunca.

Sábado 23 de marzo, 1985

Es inevitable.

Lo he visto, y no puedo detenerlo. No puedo hacer nada.

Esta mañana he visto un grim en los posos de la taza, y fui demasiado buen estudiante de adivinación como para no saber lo que eso significa. Ay, cuándo pienso que si tan sólo hubiera filtrado el café, como hace la gente hoy en día, en vez de prepararlo a la antigua, no hubiese visto esa horrible señal, me dan ganas de ponerme a sollozar. Pero no vale de nada lamentarse, lo hecho, hecho está.

Mi primer impulso ha sido tirar la taza al suelo de espanto. Los trozo de porcelana rota aún están desparramados por la cocina. He salido precipitadamente de allí y he cerrado la puerta tras de mí. No me atrevo a entrar en la cocina. No me atrevo a limpiar el desorden y ver de nuevo el grim entre los restos. Además, ¿qué importa ahora un poco de suciedad?

Ya han pasado tres horas de ello, y no sé cuantas más pasarán antes de que ocurra algo terrible. Necesitaba tranquilizarme, de modo que he leído algo de filosofía sobre el asunto. Con todos los grandes hombres que han reflexionado sobre la vida y la muerte a lo largo de la historia, y ninguna de sus palabras me ha servido de mucho. La mayoría de esas frases ya las conocía.

Lo he dicho. Muerte. Dicen los exorcistas que cuando un demonio que ha poseído a alguien revela su nombre pierde la mitad de su fuerza, y del mismo modo al perder el miedo a nombrar algo dejamos de temer un poco a aquello que no queremos nombrar. Pero estaría siendo deshonesto si dijera que no temo a la muerte, pues lo cierto es que me invade el pánico. Me siento como si estuviera agarrado a lo alto del mástil de un barco que se está hundiendo. La tormenta azota el barco y lo hace balancearse con fuerza, las olas me salpican espuma que me pica en los ojos, la lluvia me envuelve y no me deja respirar.

Pero como dijo Leonardo Da vinci,**"Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte." Creo que he vivido con plenitud en mis treinta y cuatro años de vida. He hecho lo posible por ser feliz y hacer feliz a los que están a mi alrededor, aunque reconozco que a veces me he dejado llevar por el egoísmo, la pereza y otros graves defectos. Vienen a mi mente recuerdos de errores y faltas cometidos en el pasado, y me arrepiento de todos ellos con gran pesar. Ahora sé que tengo que poner en orden mis asuntos, y ni siquiera sé por dónde empezar. Supongo que tendré que hacer una lista para poner en orden mis ideas y mis prioridades. No hay ni un minuto que perder. Debo ponerme en contacto con todos mis familiares y amigos y decirles todo lo que tengo que decirles. No puedo perder el tiempo yendo a Gringotts para redactar mi testamento delante de un duende notario y un testigo. No tengo muchos bienes materiales que dejarle a la familia, bastará una nota especificando mi voluntad acerca de un par de cosas. Sé que a Arthur le haría ilusión tener mi radio, y a mi hermana le vendrían muy bien los muebles de la sala de estar.

Tengo que encontrar una manera de hablar con Adelaide. La última vez que nos vimos a escondidas, su hermano me pegó tal paliza que aún me duele el hombro izquierdo al estirarme. Pero ahora que sé que no tengo nada que perder, ya no tengo miedo a nada. Es curioso que la muerte aporte esta sensación de ser invencible, pero si es lo único bueno que puedo sacar de esta situación, que así sea. Pienso en mi querida Adelaide, en el olor de su pelo, en el sonido de su risa, desaparece el miedo y me envuelve una cálida sensación reconfortante. Sólo desearía que su bello rostro fuese lo último que viera antes de cerrar los ojos para siempre.

Me parece que esto es lo último que voy a escribir en este diario. No voy a componer un grandioso epitafio, pues mi vida no ha sido grandiosa. No obstante, tengo la esperanza de que mi paso por este mundo deje una huella, de que mi existencia haya tenido alguna trascendencia. A quienquiera que lea esto, si es que este diario acaba en las manos de alguien y no incinerado o extraviado; os dedico mi más sincera despedida.

Adiós.

Bilius Ryan Weasley (1951-1985)

Ron no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que una lágrima cayó sobre el papel. Cerró el diario rápidamente y se secó los ojos con la manga de la camisa. Empezó a guardar de nuevo los libros en el baúl mecánicamente. Estaba demasiado conmovido para pensar con claridad. Cerró el baúl y apoyó la espalda contra él, respirando con dificultad. No podía ser, aquello era demasiado para él. No era posible que su tío tuviera tales capacidades literarias y nadie de su familia lo hubiese comentado jamás. ¿Por qué, al referirse de la muerte de Bilius, los Weasley no mencionaban aquella emotividad, la valentía y el coraje que había demostrado al enfrentarse a su destino?

¿Quién era Adelaide? ¿Por qué parecía que su relación con ella era una aventura secreta a lo Romeo y Julieta? ¿Por qué el hermano de ella le había pegado una paliza a Bilius? (Ron ya tenía planeado devolverle el favor a ese individuo en cuanto le encontrara) ¿Qué habría sido de ella?

Eran demasiadas preguntas. Estaba confuso y sobrecogido por lo que había descubierto. No oyó a su madre subiendo por la escalera hasta que ella le habló.

-Ron -el pelirrojo giró la cabeza, sobresaltado. Ahora sí que se sentía como si le hubieran pillado haciendo algo malo -Por Dios, Ron, llevas aquí horas. Has hecho un gran trabajo -sonrió Molly mientras paseaba la mirada por las cajas que Ron había separado y catalogado con cuidado -Descansa un poco, podemos seguir mañana, u otro día. Creo que Bill podría pasarse el domingo y terminar con lo que queda. Te estoy muy agradecida, de verdad.

-No hay de qué -respondió Ron con una sonrisa, levantándose. -Te lo mereces, mamá, trabajas muy duro para mantener esta casa en buen estado.

-Anda, baja a tomarte una taza de té. He hecho bizcocho de arándanos.

-Suena delicioso -dijo Ron ahora sonriendo de verdad. Luego se acordó de algo y añadió -Bajo enseguida, he dejado el suéter por ahí y tengo que buscarlo.

-De acuerdo. No tardes.

En cuanto Molly hubo desaparecido, Ron abrió el baúl, sacó el diario de su tío y el cuaderno de poesías y se los guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. No sabía qué era lo que le impulsaba a hacer aquello, pero quería respuestas, e iba a descubrirlas por sí solo. Era como si alguien le hubiera dejado el mapa del tesoro y ahora tuviera la misión de surcar los mares para encontrarlo.

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