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Historia 32573 — capítulo 1

Prólogo

Siempre han existido leyendas sobre el cielo y el infierno, sobre ángeles y demonios. Lo que no muchos saben es que la mitad de lo que se cuenta sobre ellos es falso o está distorsionado.

Los ángeles existen, sí: siempre lo han hecho. Pero no son siervos de Dios ni viven a su lado, como algunas religiones afirman. Aunque crean en su existencia, jamás le han visto porque son inmortales, y ven transcurrir el mundo ante sus ojos siglo tras siglo.

A diferencia de las historias, no viven en un mundo hecho de nubes esponjosas ni son querubines de rizos rubios. Su aspecto es del todo humano a excepción de las blancas alas, y los hay altos y bajos, delgados y gorditos, y con el pelo de todos los colores posibles. Las alas, por suerte, sí son reales y les convierten en los seres más rápidos que han existido jamás. Habitan en una dimensión paralela a la Tierra, el Cielo, con lagos y montañas y un castillo anciano lleno de luz que recibe el nombre de Hogwarts. En ese lugar, la sede por excelencia, reside el ángel supremo o Dumbledore, como le llaman sus subordinados.

Cuentan que eones atrás, antes incluso de que empezaran a correr los relojes de oro, Dumbledore eligió a cuatro ángeles, los más sabios y poderosos después de él mismo, para que llevaran a cabo la noble tarea de enseñar a los jóvenes que iban naciendo: la hermosa e inteligente Rowena Ravenclaw, la fiel y perseverante Helga Hufflepuff, el astuto y poderoso Salazar Slytherin y el valiente y audaz Godric Gryffindor. Ellos juzgaron a los jóvenes a partir de entonces, y los llevaban a Hogwarts pasados los ciento once años de vida donde se los repartían para transmitirles sus conocimientos.

Hemos dicho que existía el infierno, ¿cierto? Así es. Nació después de la formación del Cielo, mucho tiempo después. Dumbledore y sus súbditos protegían a los humanos, evitando sus guerras y apareciéndose en la tierra para traer mensajes esperanzadores y buena voluntad. Salazar Slytherin no estaba de acuerdo con aquella filosofía, pues él creía que debían someter a los humanos a su poder y aprovecharse de ellos para gozar de una mejor vida.

Y entonces sucedió: Salazar asesinó a un humano para demostrar su poder a los demás ángeles. Dumbledore montó en cólera por vez primera en la historia y le maldijo a no volver a pisar el Cielo, ni a él ni a sus descendientes, y tornó sus alas negras como la brea. Slytherin juró vengarse algún día y se marchó con la cabeza bien alta.

No se limitó a una amenaza sin sentido: encontró una puerta que conducía a un mundo vacío y allí fundó el Infierno. Contrariamente a lo que se cree, no es un lugar de ríos de lava y cielo que llora sangre. Es un lugar hermoso, ostentoso como el mismo Slytherin, con inmensos bosques sombríos y un sol dorado que demuestra su supremacía. Slytherin sedujo a mujeres humanas y tuvo muchos hijos, algunos de los cuales tenían vestigios lo suficientemente fuertes de su poder, incluidas las alas negras de cuervo. Y pasados unos milenios, cuando sus descendientes ya eran varios miles, atacó el cielo.

Ante la ofensiva de los demonios, los ángeles se vieron obligados a modificar drásticamente su conducta. Siempre habían sido criaturas pacíficas que amaban la tranquilidad y la vida, y la nueva situación beligerante les produjo un gran dolor. Gryffindor otorgó espadas como la suya a todos sus alumnos, Ravenclaw regaló arcos encantados a los suyos, y Hufflepuff, varas doradas. Los ángeles se lanzaron a la guerra, dispuestos a proteger el Cielo y la Tierra con sus vidas.

Los demonios perdieron. La sabiduría y experiencia de los ángeles los superaban por mucho. Slytherin volvió al Infierno con menos de la mitad de demonios, derrotado y planteando una nueva ofensiva. Pero su más cercano aprendiz, su primogénito, decidió que el gobierno de Salazar se había vuelto demasiado vengativo y que, incapaz de pensar en frío, jamás les llevaría a la victoria.

Tom Ryddle, que así se llamaba el demonio, asesinó a su padre mientras dormía y se autoproclamó líder del Infierno bajo el nombre de Voldemort. Muchos se inquietaron ante aquel cambio de régimen, pero por desgracia el gobierno de Voldemort resultó fructífero para los demonios.

Era inteligente y un excelente estratega, y formó su más selecto círculo con los mejores guerreros a los que llamó mortífagos. Su modo de luchar consistía en atacar a los humanos, a sabiendas de que los ángeles irían a respaldarlos, y eso le permitía asesinarlos en cuanto abandonaban la protección del Cielo.

La silenciosa batalla sigue vigente en la actualidad, y los ángeles asesinados son más que los demonios que mueren contra ellos. Mientras tanto, una ángel vidente pronosticó que la guerra concluiría pronto, y que la espada de Gryffindor atravesaría el pecho del Señor Oscuro antes de que él derramara la sangre de un ángel inocente.

Desde la profecía han pasado quinientos ochenta y dos años. La guerra, inmutable, sigue en pie.