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Historia 33127 — capítulo 10

Capítulo 10

Con un rápido movimiento, se colocó detrás de mí y me tapó la boca. No pude reconocerlo, pero sabía que era un varón de mi clase. Lo presentí. O quizás las imágenes que veía en su cabeza las confundía con la realidad. De un modo u otro, estaba segura de que lo conocía y que no era demasiado amigable. Forcejé para liberarme de su prisión pero me mantuvo quieta sin demasiado esfuerzo. Yo no estaba hecha para esa clase de enfrentamientos. A los tres segundos, entró una segunda persona en la habitación. Sonreía, maldito bastardo. Era un muchacho, creo que pertenecía a mi clase también.

-No cierres la puerta -indicó el primero, el que me tenía sujetada.

Al escuchar su voz, lo reconocí al instante. Era el compañero de Alex, el que hacía las bromas pesadas. ¿Qué le sucedía ahora? ¿Por qué me hacía eso?

Momento. ¿Estaba equivocada o había sentido alcohol en su aliento? No podía tener peor suerte, apostaría a que esos dos estaban borrachos. Para peor, por un momento se me ocurrió preguntarles dónde habían conseguido el alcohol. Para la próxima podían invitarme y compartir. Era increíble cómo podía ser irónica en esa clase de momentos.

El que no me tenía sujetada, se acercó a mí lentamente y me dio un chispazo en el brazo con tan sólo apoyar la yema de sus dedos en mi piel. Grité, pero la mano en mi boca sofocó el sonido. Los dos se echaron a reír como idiotas. Me sacudí con fuerza, aunque no tuviera demasiada energía. ¿Qué debía hacer? Mi cabeza comenzaba a doler. Grité más, pero eso sólo los alentaba a seguir torturándome con la electricidad. Mis manos estaban inutilizadas también, detrás de mis espaldas.

Viendo que me había quedado sin alternativas, liberé uno de mis brazos a la fuerza (aún no sé bien cómo lo hice) y le pegué un codazo en la boca del estómago a quien me sujetaba. Esto lo obligó a retraerse, pero enseguida se recuperó y se tiró sobre mí, haciéndonos caer al suelo. Golpearme la cabeza y buena parte de la columna vertebral no me gustó para nada.

-¡Perra! -me insultó.

Me cruzó la cara de una trompada y esa fue la gota que colmó el vaso. No quería hacerlo, juro que no; pero mi cuerpo estaba débil… y me estaban atacando. ¿Cómo se suponía que debía reaccionar? ¿Dejar que me golpearan todo lo que quisieran? Se habían metido con la persona equivocada. Tomé una buena bocanada de aire. Lo lamentaba por ellos.

Quizás no demasiado, pero lo lamentaba.

Con un leve movimiento de mi mano derecha, volé al que me había torturado con la electricidad. Lo retuve contra la pared, aunque del golpe había quedado inconsciente. El otro, el que tenía sobre mí, me observó con terror. Oh, saboreé con placer su pánico. Comprendí que ya no estaba en mis cabales.

Lo elevé y lo mandé hacia el mismo lugar que el otro. De un salto, me puse de pie y los observé con atención. Allí, colgados contra la pared, inconscientes, no parecían tan peligrosos, ¿verdad? Mis piernas flaquearon por un momento y temí perder la conciencia yo también.

La puerta se abrió lentamente con un leve chirrido y vi entrar a Alex.

-¡Tú! -exclamé, enojada.

En ese momento no fui capaz de discernir entre enemigo o aliado. Hice un cambio de manos, y pasé a sostener a los dos atacantes con una sola. Con mi otra mano, empujé a Alex hacia una pared. Sus ojos se dilataron por la sorpresa y el miedo. Mis brazos temblaban.

-Kate, suéltame. ¿Qué pasó? -intentaba calmarme. Pero ni él ni yo podíamos hacerlo. Ahora estaba segura de que mi cabeza iba a explotar. Probablemente, estuviera cerca de tener un episodio nuevamente. Me sorprendió que él estuviera tranquilo, inclusive parecía acostumbrado a mis arranques.

-Me atacaron -le expliqué, señalando con un movimiento de la cabeza hacia la pared lateral, donde aún colgaban inertes mis atacantes.

-Mierda -masculló Alex cuando los vio. No supe distinguir si el insulto era porque se lamentaba por ellos o por mí. Se tomó su tiempo para pensar -. Kate, déjame, ya pasó todo -parecía ansioso por ir a socorrer a sus compañeros.

-¡¡No!! ¡Cállate! -le grité, sin poder evitar las lágrimas.

Me sentía tan mal, tanta agonía… La presión en mi cabeza me estaba matando. ¿Por qué lloraba? No quería hacerlo. Pero tampoco podía evitarlo. Si hubiera tenido una mano libre, quizás me hubiera secado las lágrimas.

Después de meditarlo unos segundos, aflojé la presión sobre Alex y lo dejé libre. Yo ya no podía pensar con claridad, así que relegaba la responsabilidad en él. Se tomó unos segundos para acomodarse y enseguida quiso acercarse a mí.

-Ni lo pienses -le gruñí, enjugándome el rostro.

Él se quedó en su lugar y volvió a mirar a los muchachos.

-Déjalos ir. Ya no pueden hacerte nada -me explicó, en voz baja.

Me tiré en el suelo y me abracé las rodillas. Me concentré en soportar aquellas voces en mi cabeza. Esperé oír el ruido de los cuerpos cayendo al suelo, pero no lo hice.

-Kate, déjalos ya -me repitió Alex, con su tono conciliador.

-Ya está, llévatelos y bórrales la memoria -murmuré.

Él aún dudaba, ¿por qué? Era vital que se fuera de allí lo más rápido posible, antes de que yo tuviera la culpa de tres asesinatos.

-Alex, por favor, vete -le rogué.

-No, todavía están colgando -su voz se elevó unos decibeles. Mi cabeza dolía mucho.

¿Qué estaba diciendo?

-¡Pero yo no soy! -yo no estaba haciendo eso. Levanté la cabeza y vi que lo que Alex decía era verdad: los dos muchachos todavía pendían contra la pared, ¡pero yo no lo controlaba!

-¡Vamos, Kate! ¡Basta! -gritó. Intentó tirar de los cuerpos hacia abajo, pero eso me hizo daño. Como si jalara de mi propio brazo, y éste estuviera directamente unido a mi cabeza.

-¡Basta! -exclamé. Su presión me sacó de quicio. Sumémosle la presión sobre mi cabeza que ejercían todas las voces en aquel maldito colegio.

Alex voló contra una pared, con una invisible fuerza apretando su cuello, asfixiándolo. Yo no era. Yo no lo estaba controlando. Se me había ido todo de las manos.

Sentí que mi cuerpo se tensionaba. No, por favor, de nuevo no.

-¡¡KATE!!-exclamó mentalmente Alex, esforzándose por zafarse de la presión.

-Yo no soy… -dije, de nuevo.

¿Cómo debía enfrentarlo? Alex se estaba poniendo pálido por la falta de oxígeno, pero no podía detenerme. En un abrir y cerrar de ojos, Peter apareció por mi puerta. Ni siquiera le hizo falta pensar demasiado al ver la situación. Me cruzó la cara de una cachetada; por suerte, del lado contrario a donde había recibido la trompada. El golpe logró el efecto deseado por Peter. Me dejó totalmente en blanco, inmóvil. Escuché cómo tres cuerpos se aflojaban y caían al piso. Lo único que no pude evitar que mi cuerpo hiciera, fue soltar una lágrima salada.

-Kate, ¡Kate! -alguien me sacudió por los hombros.

¿Era Alex o Peter? Con la vista perdida y fija en la pared, no pude distinguirlos. De nuevo, había estado a punto de hacer daño sin poder controlarme.

-Perdón -siseé, y me desvanecí.

Tenía una tremenda jaqueca. Qué manera de despertarse. Bastó abrir los ojos para que el dolor empeorara. Hice una mueca de sufrimiento y me llevé las manos al rostro. Todo parecía estar en su lugar. Excepto por la hinchazón que sentí cerca de mi boca, producto de la trompada que había recibido. Me tomé mi tiempo para enfocar la vista.

Para mi sorpresa, me hallaba en mi cama, pero suponía cómo había llegado allí. A mi lado, sentado en una silla que no me pertenecía, estaba Peter. Parecía cansado, con unas leves ojeras y algo despeinado. Cuando me vio consciente, se acercó a mí.

-Por fin. Ya le has tomado el gustito a desmayarte, ¿verdad? -me pinchó, con una leve sonrisa en los labios. Decidí ignorar su comentario por el momento. Había que tener ganas y energía para ponerse a discutir con mi tutor.

¿Serviría de algo preguntar qué había pasado? Ya podía imaginármelo. Alex se había vuelto loco por lo que sucedió. Seguramente me odiara ahora. Pero también confiaba en que Peter lo había tranquilizado antes de que cometiera alguna imprudencia; y se había encargado de los muchachos también.

-¿Sabes por qué sucedió esto?

Abrí los ojos como platos. ¿Se refería a por qué era atacada? Por supuesto, porque dos alumnos idiotas en su euforia general causada por la adolescencia, habían consumido alcohol y sus neuronas no habían sido capaces de pensar en un mejor plan que atacar a la chica indefensa en la zona de los varones. Excepto porque yo no era indefensa.

Más allá de todo mi razonamiento, que era muy lógico, dudaba seriamente que Peter hiciera referencia a eso.

-Porque no estás comiendo bien -explicó -. Hay una proporción que debes mantener entre tu cuerpo y tu poder. Si tu cuerpo no está preparado para soportar tu habilidad, ésta se te irá de las manos y tendrás otro de tus episodios. Y por supuesto, no quieres eso -. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal ante el recuerdo de mi episodio en la enfermería y el que había estado a punto de sufrir hacía unos minutos, u horas -. ¿Por qué crees que he estado entrenándote? -elevó el tono de voz, molesto -. Por si no te diste cuenta, tu poder está demasiado avanzado y si no mejoras tu estado físico, es normal que se descontrole.

Guardé silencio y cerré los ojos. Costaba mantenerlos abiertos. Así era mucho más fácil hablar. Cuanto menos esfuerzo tuviera que hacer, más atención podía prestarle a Peter.

-Tienes razón -admití. Ni ganas de discutir tenía. Él se quedó de piedra.

Lamentaba mucho lo que había pasado. Me odiaba a mí misma cada vez que esas cosas sucedían y no necesitaba que Peter le echara leña al fuego.

-A partir de hoy, harás una dieta especial. Me encargaré de que te alimentes como corresponde. Y más te vale volver a ser la misma de antes. Si lo haces… te daré una recompensa -aquella oferta sonó como si fuera contra su voluntad.

Eso sonaba interesante. ¿Premio por portarme bien? Abrí los ojos, elevé una ceja y lo observé con atención.

-Te diré un secreto sobre Alexander -susurró, con pesadez. Definitivamente, no quería hacer eso, pero parecía el único método para lograr que yo me repusiera.

Exquisito.

¿Me creía capaz de volver a parecer una persona normal… y encima conocer algo para extorsionar a Alex? Por supuesto. Sonreí de oreja a oreja. Valía la pena enterarme de su secreto, aunque… ¿de qué me servía saber cómo manejarlo si probablemente no quisiera volver a hablarme? No tenía sentido pelear si la otra persona no respondía. Me propuse mejorarme, para poder seguir luchando con Alex. Pelear con él era demasiado divertido como para perdérmelo, más si corría con la ventaja de poder extorsionarlo. Aunque primero tuviera que acercarme más a él y averiguar qué tan enojado estaba conmigo.

En cuanto al tema de la comida, no tenía idea cómo pensaba hacerlo, pero estaba segura de que Peter se encargaría de hacerme comer de cualquier modo. Aquel MEM (maldito esclavista manipulador) sabía cómo conseguir las cosas cuando se lo proponía.

Ese día me dejó tranquila, hasta se llevó la silla que se había traído, pero no me extrañé que a la mañana siguiente, alguien tocara a mi puerta a las seis de la madrugada (para mí era madrugada) con el propósito de dejarme una bandeja con un desayuno. Aunque tenía que admitir que parecía sabroso.

¡Qué manera de despertarse un lunes! No pude identificar a la persona que me trajo la comida, pero me pareció que era alguna empleada de la cocina. En cuanto se fue, sin inmutarse con mi gruñido como bienvenida, me puse a pensar si no sería ella la dueña del licor. De mantener todos los días el mismo ritmo, con alguien trayéndome las comidas, más me valía socializar con aquella persona; a menos que no fuera siempre la misma, claro está. En ese caso la tarea se vería un poquito más complicada.

Por otro lado, si Peter pretendía que yo me despertara todos los santos días a esas horas, estaba muy equivocado. En mi maldito trato no incluía madrugar. ¿¿Por qué sentía que firmaba pactos con el diablo cada vez que le prometía algo a aquel MEM?? Se tenía bien merecida la sigla que le había inventado.

Más allá de todo, me vestí con rapidez. Sí, con ese horrible uniforme que me obligaban a usar. No vomitar por su culpa, sería un logro mayor a tener que levantarme tan temprano. Que conste.

Luego de aquel reparador desayuno, me sentía mucho mejor, más vital. Me pregunto si mi anterior estado famélico, no tan anterior porque seguía así, era debido a causas psicológicas. Terminé de arreglarme frente al espejo, algo que no solía hacer con frecuencia, y allí estaba. Aquel hermoso hematoma, cardenal, moretón, o como quieran llamarlo, en la comisura izquierda de mi boca; bien visible, señal de que me habían golpeado. ¿¿Cómo iba a hacer yo ahora?? El golpe me hizo recordar a los muchachos que lo habían causado. ¿Qué habría sucedido con ellos? ¿Se habría encargado Peter realmente de ellos? O más importante, ¿les habrían borrado la memoria? Era vital que así fuera, porque acababan de presenciar mi telequinesia y eso arruinaría todo si se llegaba a descubrir.

Salí de la habitación a gran velocidad, tanto que por poco olvido la tarjeta magnética (como si la necesitara), para alcanzar a Alexander antes de llegar al aula. No fue necesario tanto apuro, porque dio la casualidad de que lo vi caminando a unos metros delante de mí.

-¡Alex! -lo llamé, para interceptarlo antes de que se escapara. Se volteó lentamente para encararme, totalmente sorprendido de mi presencia.

Intenté sonreír, para demostrarme amigable, aunque creo que me salió una mueca deforme por falta de práctica. Apuré el paso para alcanzarlo, y cuando estuve a su altura, comenzamos a caminar juntos. Presté atención a su aroma, y descubrí otra vez aquella fragancia a pino que él usaba. Los cabellos los llevaba bastantes prolijos, ¿se habría bañado recientemente?

-Yo, quería pedirte perdón por lo de ayer… -y odiaba hacerlo -. No es normal que eso suceda, pero ya te había advertido y…

-No tienes que explicarte. Peter ya se encargó de ello -me aclaró, cortante. Me quedé muda por unos segundos. ¿Qué le habría dicho Peter? Ese hombre era capaz de todo. Me encontré más preocupada por lo que Peter pudiera haberle dicho, que por si Alex estaba enojado conmigo o no.

-Esto… ¿y tienes idea qué sucedió con…? - Maldición, no conocía los nombres de aquellos chicos. Me restregué los ojos en un gesto nervioso -. Como sea que se llamen -terminé. Sonrió fugazmente.

-Supongo que tu tutor se encargó de ellos, aunque creo que él recurrió al director -de pronto, esquivamos a un alumno que iba en sentido contrario. Nos separamos instantáneamente para hacerle lugar y volvimos a nuestra posición original. El muy complicado alumno tenía que pasar por entre nosotros dos, no podía hacerlo por el costado.

-Entiendo -bajé la vista y continué unos pasos en silencio -. ¿Y les borraron la memoria?

-Supongo -replicó, sin quitar la vista del camino.

-¿Y por qué no pediste que también hicieran eso contigo? -me mordí el labio, nerviosa. A veces no terminaba de comprender a Alex.

Ante mi comentario, se quedó perplejo y quieto por unos segundos. Me dirigió la mirada por primera vez desde que comenzamos a caminar juntos. Pude sentir en su cabeza su confusión, mi pregunta lo había agarrado desprevenido. Enseguida reanudó la marcha.

-Necesito conocer a lo que me enfrento -declaró, sin mirarme nuevamente.

¿A lo que se enfrentaba? ¿Me trataba como a un enemigo con quien debería terminar más tarde?

-El día de mañana podría ocurrir otra vez y es mejor saber cómo reaccionar -se explicó, esta vez lanzándome una ojeada fugaz.

Bajé la mirada, pensativa y me detuve de pronto. ¿Por qué necesitaba él saber cómo reaccionar? ¿Acaso pensaba estar allí de nuevo cuando yo tuviera otro episodio? Sentí que no podía escarmentar a Alex con nada. Cuando levanté la mirada, Alex tenía su vista clavada en mi rostro. Con un rápido movimiento, me sujetó el mentón y ladeó mi cabeza.

-Se ve bastante mal -comentó, con el ceño fruncido, haciendo referencia a mi hematoma.

-Ni que lo digas -solté, involuntariamente. Sinceramente dolía, pero en ese momento sólo podía pensar en la sorpresa que me había dado Alex al hacer contacto conmigo de forma tan familiar y segura.

-¿Por qué no le dices a Sam que lo oculte? -propuso, soltándome y echándose a andar de nuevo.

Ese comentario era serio, merecía que le tomara la temperatura a Alex para corroborar que no tuviera fiebre.

-¿Estás seguro? -otra vez corrí para ponerme a su altura.

-Sí, ¿por qué? -me miró por el rabillo del ojo.

-Bueno, porque sé que no te gustan las ilusiones -crucé los brazos por detrás y lo miré fijo. Alex siguió caminando.

-Pero ese golpe se ve mal y si apareces así frente a nuestros compañeros, sus sospechas de que eres una descontrolada salvaje, se verán fundadas -sus labios se curvaron en una sonrisa reprimida.

-Qué gran amigo… -mascullé, apartando la vista. Eso lo hizo detenerse y mirarme.

-¿Amigo? ¿Desde cuándo me consideras tu amigo?-pensó.

Sonreí. Entendía su desconcierto. Me acomodé un mechón detrás de la oreja para ganar tiempo. Qué fácil era confundirlo.

-¿Cómo que no? Digamos que ya nos salvamos las vidas mutuamente unas cuantas veces, y que te la perdoné unas cuantas más… -me callé antes de darle pie a malos entendidos -. Me voy a buscar a Sam -me fui corriendo y creo que lo oí reírse, cosa que me hizo sonreír a mí también. Me tranquilizó saber que no me odiaba por lo acaecido el día anterior.

Me concentré en escuchar los pensamientos en el colegio para localizar a Sam. Me relajé al sentir que todavía no había entrado a su aula y que aún tenía tiempo para alcanzarlo. Mientras caminaba hacia él, me puse a pensar que aún no sabía su edad. Por su apariencia, podía ser un poco más grande, pero no tenía ni idea. ¿Estaría en segundo año o en primero como yo? Lo encontré caminando junto a otro muchacho. Algo me decía que ése debía ser Nathan. En cuanto me vio, se despidió de su amigo, quien entró al aula, y luego Sam se acercó a mí.

-Qué extraño verte tan temprano -exclamó -. ¡¿Qué te sucedió?! -preguntó, cuando vio mi hermoso moretón en el rostro.

-Un marcador me explotó en la cara -mentí. Sam mantuvo su expresión severa -. Eso no sonó muy creíble -me reproché a mí misma -. De acuerdo, me agarré a trompadas con unas chicas que me tenían envidia. Pero no te preocupes, ya les di su merecido -le sonreí.

Su expresión escéptica me dio risa.

-Ya, basta. No conseguirás que te diga la verdad de ningún modo. Necesito que me ayudes a ocultar el golpe con una de tus ilusiones -fui directa al punto. No quería llamar la atención hablando demasiado tiempo con él.

-No soy cirujano plástico ni Papá Noel.

-Lo sé, lo sé. Pero este cardenal asusta y originará problemas… Prometo recompensarte esta vez -sonreí, tentadora, juntando las manos en forma de plegaria. Sólo me faltó pestañear repetidamente para parecer una promotora de televisión.

Cerró los ojos y suspiró, derrotado. Miró para todos lados para corroborar que no había testigos, y me empujó delicadamente contra un rincón.

-Conste que lo hago porque pareces una salvaje -murmuró.

-Ya me lo habían dicho -respondí, sonriendo.

Él se concentró en mi rostro, con sus palmas extendidas hacía mí. Esta vez, sólo le llevó un minuto hacer la ilusión. Se notaba una mejoría en su poder. Intenté mantener la mirada apartada. Él parecía muy concentrado en mi cara, y me daba vergüenza. Me quedé paralizada e inclusive bajé el ritmo de mis respiraciones a propósito para lograr mayor quietud.

-Gracias, nos vemos mañana a la noche, entonces -le dije, cuando terminó.

-¿Qué? -abrió los ojos, totalmente desentendido.

-Claro, te paso a buscar y vamos a tomar algo -le guiñé un ojo y me fui con paso apurado hasta mi aula.

Todavía me parecía extraño tener puesto el uniforme, aunque me sentía aliviada de que nadie hubiera dicho nada. De todas formas, hubiera apostado a que mis compañeros no se quedarían callados al respecto.

Hubiera deseado no haber podido leer las cabecitas de mis compañeros en el momento en que crucé el umbral de la puerta a mi aula. Además del factor sorpresa, común en todos, algunos estaban admirados. Sí, adivinaron, las ratas apestosas.

-Me alegra que por fin te hayas decidido a venir con el uniforme, Kate -exclamó en voz baja Rudolf. Le dediqué una sonrisa con sorna que duró en mi rostro no más de un segundo.

Caminé hasta mi escritorio y tomé asiento. El profesor Rudolf comenzó con la clase. Abrí mis cuadernos con cuidado y agarré una lapicera. ¿Ustedes se piensan que era para copiar lo del pizarrón? ¡Qué va! Comencé a hacer garabatos sobre la hoja, dibujar caritas, estrellas, cosas abstractas…

-Probando, probando… comunicación telepática con Kate. Uno, dos, tres… ¿Alguien podría decirme si esto funciona?

Estuve a punto de lanzar una carcajada allí mismo, en medio de la clase. Alex era un idiota. Claro que podía escucharlo, el problema era cómo hacer que él me entendiera a mí. Giré mi cabeza lentamente y le dirigí una sonrisa. Rápidamente, volví la vista a mi banco y comencé a escribir en un papel.

*¿Qué quieres? Claro que funciona. Se complica tener que responderte.*Le escribí. Hice un bollito y se lo lancé en cuanto tuve la oportunidad. Era una suerte que estuviera en la parte trasera del aula y que el chico que siempre estaba atrás, el que había intentado atacarme el día anterior, no estuviera allí. Esperé unos segundos a que Alex leyera el papel.

­*-Esto es genial. ¿Significa que puedo decirte todo lo que quiera sin que otros se enteren?*-asentí con la cabeza levemente -. ¡Ja! ¡Puedo molestarte entonces!-me agarré la cabeza con pesadez. ¿Sólo eso se le ocurría hacer?

-Mentira, mentira. Es que es interesante, ¿no crees? Sólo quería probarlo.

Guardó silencio por un momento. ¿Interesante? De todos los adjetivos que se me habían ocurrido para describir mis poderes, ése nunca había cruzado mi mente.

-¿Qué te hizo cambiar de opinión respecto al uniforme?-me preguntó Alex.

Al parecer, los dos estábamos aburridos en clase. Me tomé mi tiempo para responder. No quería decirle que el director me había obligado. De todos modos, lo escribí igual. Era eso o decir que de pronto me gustaba aquella horrible pollera. En cuanto Alex leyó mi explicación, comenzó a reírse en voz baja.

-Supongo que no simpatizas con él tampoco-expresó, refiriéndose al director -. ¿Cómo vas con la apuesta? Ya pasó un día…-supongo que la palabra "simpatizar" le había recordado sobre ella. Por mi parte, me había olvidado totalmente.

No respondí a su pregunta. Él tampoco insistió. El resto del tiempo, no intentó comunicarse conmigo y entretuvo su mente con otra de sus canciones, esas que yo no reconocía. ¿Guns n' Roses había dicho que escuchaba? No lo recordaba con precisión.

En cuanto la clase terminó, salí con lentitud, quedándome última, algo que nunca hacía. Allí pude apreciar las risas entre mis compañeros, sus preocupaciones por las evaluaciones que teníamos al día siguiente, y demás. Esas cosas que hacen los adolescentes normales. Nótese que también entra la parte de emborracharse y atacar a las personas, pero no valía la pena mencionarla.

A alguien que iba delante de mí, se le cayó la cartuchera y yo, por reflejo, la hice volar hacia mi mano. Por suerte, mi compañero no me había visto hacerlo. Le toqué el hombro para llamarle la atención y le devolví el objeto con una sonrisa, soltando un típico "se te cayó algo". Como era de esperar, él abrió los ojos como platos y atinó a responder con un "gracias" apenas audible. De hecho, no lo fue, quizás sí para un perro, pero lo escuché en su cabeza. Se alejó con velocidad, atemorizado de mí, con pensamientos tales como: "¿Qué quiere ahora? "¿Por qué tan simpática?" "Su sonrisa me dio escalofríos" y cosas por el estilo. Me quedé quieta en mi lugar, dándole tiempo para escapar; no quería que también creyera que lo iba a perseguir y arrastrarlo hasta su tumba. Alguien pasó por al lado mío y carraspeó. Alex.

-Súmale uno a la lista -exclamé, haciendo referencia a la apuesta. Él se detuvo un metro delante de mí.

-Yo diría que no cuenta porque lo has asustado -expresó, observando con atención al chico que se había estado allí hacía apenas unos segundos.

-Bah… -seguí caminando.

De seguir así, ganar aquella apuesta sería complicado. Todas las personas a las que intentaba caerles bien, huían de mí aterrados. ¿Cómo pensaba juntar diez? Sería más fácil resignarme y no seguir dañando mi orgullo. Ignoré a Alex y no me detuve hasta llegar a mi habitación.

Dejé caer con aplomo la mochila sobre la silla del escritorio. Con un movimiento involuntario por parte de mi mente, cerré la puerta. Cada vez era más fácil hacer uso de mi poder. Contemplé la habitación con mi estado desvaído. Pared gris, ventana, cama, más pared, Lourdes, más pared gris, escritorio. Momento, ¿Lourdes?

-¡Hey! ¿Qué haces aquí? -cuestioné, algo molesta por no haberme dado cuenta de que había entrado -. O mejor, ¿cómo hiciste para entrar?

Ella suprimió una risa suave y me miró a los ojos profundamente. Me dio un escalofrío; odiaba la fuerza que tenía esa chica en la mirada.

-La puerta estaba abierta -soltó.

Abrí la boca para refutar aquel hecho, pero no tenía sentido, porque yo no tenía seguridad de que fuera de modo contrario. Aunque estuviera prácticamente segura de haberla cerrado con mi mente, quizás no había sido así. Me dejé caer en la cama. Luego me puse a meditar sobre su entrada. De algún modo, me parecía que había algo que se me escapaba en cuanto a aquellas tarjetas. ¿Sería posible que los alumnos más grandes pudieran entrar a otras habitaciones con sus propios pases?

-¿Qué necesitabas? -le pregunté, prestando atención a la mochila que Lourdes cargaba en la espalda. Al parecer, había venido directamente a mi habitación, sin siquiera tomarse el tiempo para pasar por la suya y dejar allí sus pertenencias.

-Ellene dijo que no preguntáramos, ¿pero por qué tengo que hacer de mucama con esta niña? Ya suficiente con que tengo que atender a toda la escuela, y encima traerle la comida a ella en especial…

-Permíteme un momento, Lou -le dije, antes de que comenzara a hablar.

Me puse de pie y esperé pacientemente detrás de la puerta a la mujer que me traía la comida. En esos segundos me quedé recapacitando sobre lo que yo acababa de soltar. ¿Había abreviado el nombre de Lourdes con cariño? Qué asco, me estaba poniendo sentimental. Ewww.

Le ahorré a la mujer tener que golpear a mi puerta, y la abrí con una sonrisa. Ella se quedó muda por unos segundos y luego me entregó la bandeja. Sin decirme nada, y yo sin aflojar la sonrisa, se fue. Qué carácter, aunque yo no podía hablar. Dejé la bandeja en el escritorio. Luego regresé a mi cómoda posición en la cama, y le dirigí una mirada elocuente a Lourdes.

-¿En qué estábamos?

-Estaba a punto de contarte por qué vine a verte -respondió, dejando caer su peso en la silla del escritorio. Minutos antes, había corrido mi mochila de aquel lugar, para hacerse espacio.

-Cierto -sonreí y esperé paciente a que la idea se formara en su mente.

Lourdes involuntariamente disminuía mi poder de telepatía, pero no podía evitarlo si yo hacía el esfuerzo de leerle la mente. Sin contar con que yo además había estado mejorando mi habilidad con el exhaustivo entrenamiento de Peter.

-Bueno, por si no recuerdas, el otro día me fui dejándote inconsciente -noté que esto le parecía totalmente anormal. Y lo era. ¿En qué lugar un amigo deja inconsciente a otro? Parecía arrepentida, pero yo le había obligado a irse-. Quería saber cómo estabas, y quizás pudiera sonsacarte información sobre lo que realmente había sucedido -expresó.

Me quedé callada unos segundos, meditando sobre lo que podía contarle. No tenía más escapatoria que serle sincera. ¿Qué sentido tenía seguirle mintiendo? Ya había descubierto bastante de mí.

-Tuve uno de mis pequeños ataques. Nada fuera de lo común -sonreí para quitarle peso al hecho. Lourdes no necesitaba saber más.

-¿Eso significa que ya estás bien?

-Sip.

-¿Y querrás volver a hacerlo? -preguntó, refiriéndose a nuestro pequeño experimento con la telequinesia.

-No, por el momento no -respondí, algo cortante. El mero recuerdo de lo acaecido aquella vez, me hacía dar cuenta de que aún tenía práctica que hacer antes de llevar mis poderes a tal extremo.

-Bueno, supongo que eso es todo -exclamó, levantándose de la silla. Yo la seguí con la mirada -. ¿Qué sucedió con el supuesto fantasma de esta habitación?

¿No acababa de decir que eso era todo? ¿Por qué volvía a sacar un tema de conversación? A pesar de mi pequeña ayuda para la comprensión de la mente humana, jamás lograría comprender a las personas del todo.

-Nunca apareció, supongo que me tiene miedo -expliqué, con una sonrisa traviesa.

-Apostaría a que sí, ¿quién no te tiene miedo? -retrucó Lourdes.

-Tú -respondí, velozmente. Ella parpadeó varias veces y luego sonrió.

-Eso intento, aunque me gana algunas veces-pensó para sí misma. Aquello me sorprendió. ¿Lourdes aún me tenía miedo? Había llegado a creer que ella lo había superado tiempo atrás.

-¿Aún me tienes miedo? -no me di cuenta que en mi voz se notaba dolor. ¿Por qué me hería constatar aquel hecho?

Ante mi pregunta, se quedó anonadada. Se había olvidado por un momento de mi telepatía, y eso le había hecho cometer un error. Recuperó la compostura lentamente, e intentó serme sincera, porque comprendía que no tenía muchas opciones.

-Tengo miedo de lo que puedas llegar a hacer algún día si pierdes el control. No te he visto hacerlo, pero algo me dice que ha ocurrido alguna vez, y que tú misma tienes terror a eso.

Me quedé muda por unos segundos. Mi mente también se calló, bloqueando las voces exteriores. Al parecer había entendido que necesitaba un tiempo para pensar. Agradecí silenciosamente la comprensión.

Lo que Lourdes acababa de decir, era totalmente cierto, lo sabía; aunque no creí que ella lograra comprenderlo tan rápidamente.

-Es verdad. Ha ocurrido, y puede volver a suceder. Es por eso que la gente debe mantenerse lejos de mí. Será mejor que te vayas ahora -dije, conteniendo la ira, mezclada con el dolor.

Lourdes recogió sus pertenencias y abandonó la habitación sin rechistar. Me dejó replanteándome mis conceptos. Los había refrescado. Por momentos era fácil olvidarme que debía alejarme de la gente. Esto me sucedía con aquellos que insistían en quedarse junto a mí. ¿Qué debía hacer? ¿No era alejarme el método adecuado? ¡Pero había funcionado hasta ahora!

Mentía. No había funcionado. Había fallado en mantener a salvo a las demás personas. Había intentado alejarme para no dañarlas, pero no había servido. ¿Entonces? ¿Debía recluirme aún más en mi propia burbuja? ¿O debía mostrarme más abierta… y soportarlo? ¡¡No!! No quería lastimar a las personas que me rodeaban. ¿Cómo hacer para evitarlo? Necesitaba un terapeuta urgentemente.

Comencé a pegarle puñetazos a la cama, para aliviar la tensión. Cuando me agoté, recordé que todavía no había almorzado. Busqué la bandeja que había dejado sobre el escritorio y ataqué la comida.

Lo cual fue una mala idea.

Cuando terminé de almorzar, sentí cómo mi estómago se revolvía, y me obligaba a expulsar todo lo que había ingerido. Corrí al baño y allí vomité en el retrete. Me lavé con insistencia para quitarme el sabor ácido de la boca y me tiré en la cama. No debería haber comido con tanta urgencia después de haber pasado casi cuatro meses sin ingerir comidas sustanciosas. Después de mi pequeño accidente, me abstuve de no pensar en nada, aunque no sé bien cómo lo hice. Tengo que admitir que mi telepatía colaboró con la causa y mantuvo mi mente bastante abstraída de las demás voces. Me entretuve cantando, haciendo deberes, haciendo levitar las cosas… todo con el propósito de exhaustarme. Y funcionó, bastante bien; pero maldito sea Peter y sus prácticas: aún tenía energía suficiente. Fue por eso que decidí irme a correr alrededor de la escuela para eliminar hasta la última gota de voluntad que me quedaba en el cuerpo.

Concentrándome en la respiración y el sonido de mis pasos, logré no pensar en nada y descansar por unos minutos, aunque mi cuerpo ardiera en actividad física.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Inhala, exhala. Esquivar árboles, personas. Me llamó la atención la presencia de varios alumnos, por lo que investigué la situación y analicé lo que hacían. La mayoría descansaban bajo los árboles, otros practicaban sus poderes. Y todos se me quedaban mirando al verme pasar corriendo a su lado. Supongo que a menos que un profesor los obligara, no pensaban hacer actividad física. Y yo pensaba igual cuando conocí a Peter; pero me encontraba en una situación extrema que requería soluciones extremas. Seguí corriendo hasta que tuve que detenerme para recuperar el aliento. Me dejé caer de bruces en el pasto en una parte trasera del colegio, donde no había personas. Qué linda sensación. Rodé sobre mí para encarar el cielo. Ya estaba oscureciendo, sería mejor ducharme e irme a dormir.

Sin embargo, me quedé allí tirada hasta que mi pulso se normalizó y el sudor se secó por completo gracias a la fresca brisa que corría por entre los árboles. Habrá sido media hora o más que disfruté del viento y del silencio. De alguna manera, había logrado callar las voces momentáneamente.

Decidí que ya no podía escaparle más al problema y era hora de buscarle una solución. Tenía que decidir sobre mi forma de actuar de aquí en más. Mis opciones eran:

a) Volverme una recluida social por completo, un completo caso de ostracismo. Esto incluía no mantener contacto con nadie. Entiéndase ni siquiera con el pajarito que cantaba en mi ventana (si es que no lo había envenenado ya por despertarme).

b) Ser una persona totalmente normal (dentro de mis límites), llevar a cabo una vida común social y, si dañaba a alguien, se jodían los demás. Eso sonaba bastante bien, pero no era tan cruel, o al menos eso quería creer.

c) Mantener mis relaciones actuales, es decir, Alex, Lourdes, Sam y Peter. Advertirles sobre mi problema, si es que no lo conocen ya, e intentar hacerles el menor daño posible en caso de peligro.

A pesar de que la segunda opción sonara bastante tentadora, no dudé demasiado en optar por la tercera. Lo correcto era no involucrar a más gente y preocuparme por proteger a los que ya lo estaban. Sería duro, algo así como una tarea de superhéroe, pero era lo mínimo que podía hacer, sabiendo que yo era el peligro del cual debían defenderse.

Me cubrí los ojos con ambas manos, del lado anverso, y suspiré. Estaba cansada, abatida. Definitivamente eso de salir a correr había sido una excelente idea. Me puse de pie con esfuerzo. ¿Qué hora sería? ¿Me habrían llevado la cena ya? No me sentía con mucha hambre, y no definitivamente no quería repetir la experiencia del mediodía; aunque quizás pudiera picotear algo si la comida era de mi agrado. Sólo aceptaría pasta. Caminé lentamente hasta la zona de las habitaciones. Todo estaba muy quieto, por lo que guardé silencio y me deslicé con sigilo.

Para mi sorpresa, no muy grande, Alex estaba apoyado en mi puerta, esperándome. ¿Cómo no había reconocido su voz mental? Estaba cantando una de esas canciones que a él tanto le gustaban. Le dediqué una mueca que no llegó a ser sonrisa y sacudí la mano como saludo, a la vez que abría la puerta sin siquiera mirarla. Me quité la campera y la dejé caer en la cama.

Al darme la vuelta, descubrí que Alex aún me vigilaba desde el marco de la puerta, con una cara que indicaba que algo no le hacía gracia. Me concentré en averiguarlo en su mente. Lo sé, lo sé. Alex no es la persona indicada para hacer esa clase de experimentos. Tenía mucho poder mental, otro de los enigmas acerca de su persona. Recordé que el otro día me había propuesto innovar un método agresivo para acceder a las mentes que se esforzaban por bloquearse, ¿por qué no ahora?

Me centré en su mente e intenté visualizar sus canciones, las letras. Pronto aparecieron como paredes bloqueándome el paso. Todas las palabras amontonadas, formando un muro enorme. Excelente, ¿y ahora? Tomé carrera y las salté. No pregunten cómo, porque no tengo idea. Simplemente las traspasé, y una vez del otro lado, sus pensamientos me invadieron, casi a los gritos.

-¡Es muy tarde!

-¿De dónde viene?

-Apuesto a que no ha comido.

-Se enojará conmigo.

-¿Qué más da?

-Esta idiota no me podía complicar más las cosas…

Auch, eso había dolido. Me retiré antes de que algo malo pasara, que estaba segura de que iba a suceder. Abrí los ojos y sacudí la cabeza. Por lo menos había aprendido a retirarme antes de tiempo. Observé que Alex ahora llevaba una expresión dolida, ¿le habría molestado a él aquello? Abrí la boca para preguntarle, pero él me ganó de mano.

-¿Qué acabas de hacer?

¿Valía decir "ups"? Alguien me había descubierto, pero estaba ansiosa por comprobar los resultados de mi experimento.

-¿Qué sentiste? -pregunté, bastante animada.

Él guardó silencio.

-¿Debo entrar o no? -se preguntó, confuso.

-Perdón, entra -dije, inconscientemente tirando de su mano y cerrando la puerta. Tomé asiento en la cama y lo observé anhelante.

-Molestia, dolor de cabeza… -estaba desconcertado con mi actuación -. ¿Qué me hiciste, Kate?

Reprimí una risa. Alex estaba molesto porque sabía que había hecho algo en su cabeza y él no podía precisar qué.

-Salté las palabras -dije, misteriosamente. En un punto, eso fue lo que había realizado.

-No des vueltas, explícate bien. ¿Fue algo malo? -no me dio tiempo a contestar que se respondió a sí mismo -. Claro que fue algo malo, tú siempre haces eso. ¿¿Qué hiciste?? -insistió.

-Entré en tu mente -qué gran explicación de mi parte.

-Eso lo haces todo el tiempo -me reprochó, inmediatamente.

-Sí, pero esta vez me esforcé por hacerlo -busqué las palabras adecuadas -. Lo hice de una forma más agresiva, ¿no lo sentiste?

-Claro que sí. Como si me estuvieras comprimiendo el cerebro -se dejó caer en el suelo, al conocer la respuesta -. Supongo que no fue nada malo.

-Sólo quería probar… -me defendí.

-Tú y tus experimentos. ¿Por qué siempre conmigo? -me cuestionó.

-Porque usualmente te encuentras en el lugar y tiempo equivocados -dije, lentamente. Luego tomé velocidad, gesticulando con las manos a medida que hablaba -. No tengo la culpa de que siempre se me ocurra hacerlo contigo. Y conste que no debería hacerlo, teniendo en cuenta el poder mental que tienes. Si fuera más inteligente, me mantendría más alejada de ti. Pero no. Es por eso que siempre pasa lo que me pasa, si tan sólo pudiera dejar de probar…

Alex me observaba atónito. ¿Yo que acababa de decir?

-No escuchaste eso -me atajé antes de que la información llegara a su cerebro.

-¿Poder mental?

Me golpeé la frente con la palma de la mano. ¿Por qué de todo lo que yo había soltado le había quedado eso? Ese chico era demasiado despierto cuando se trataba de complicarme la existencia.

-Es difícil de explicar -solté, moviendo mis manos constantemente -. Las personas con mayor poder… tienden a… expresar sus pensamientos con mayor fuerza. Es como que escucho aquellas voces con mayor volumen. Me es más fácil rastrearlos, pero a la vez es más difícil adentrarme en sus mentes si se proponen bloquearme. Para ser sinceros… -cerré los ojos por unos segundos. ¿Desde cuándo era sincera con él? - eres la única persona que he encontrado con tanto poder mental, o al menos los demás deben disimularlo. Quizás tú no has aprendido todavía. Le atribuyo este poder… a quienes tienen habilidades importantes. El control del fuego es una, pero apostaría que también tienes otro poder -por su cara, había dado en la tecla.

-¿Qué más sucede conmigo por tener este… "excesivo poder mental"? -enseguida formuló otra pregunta, sin darme tiempo a que yo pudiera inquirir sobre él.

-Bueno, aparte de lo mencionado… supongo que existe alguna clase de relación en un nivel superior.

-No te entiendo -anunció, sin miedo a quedar en ridículo.

Parecía bastante serio al respecto. Se esforzaba por comprenderme. Esto me dio ganas de seguir explicándole. De vez en cuando, se sentía bien contarle las cosas a alguien. Más cuando… eso que contabas, no había salido de tu boca desde que habías nacido.

-Quiero decir que nuestras mentes se encuentran en mayor sintonía -entrelacé mis dedos, como imitando la relación -. Es por eso que puedo escucharte con mayor fuerza, y no me extrañaría que también pudiera ubicarte en mayores distancias. Pero no sé si soy yo, o eres tú.

-¿Por qué? -las preguntas seguían brotando de su boca.

-No sé si es mi mente que se amolda a la tuya, o viceversa. No sé qué mente capta a cuál -expliqué -. ¿Se entiende? -añadí, en susurros, luego de dos segundos, al ver que mi anterior comentario no parecía muy claro.

-Muy poco -admitió, con una sonrisa y la cabeza ladeada. Sonreí en respuesta.

-No sé si es porque mi mente es más poderosa que la tuya, o al revés.

-¿Y no hay forma de comprobarlo?

Me abracé las rodillas y analicé el techo. ¿Me estaba dando cuenta de que había estado hablando con Alex por varios minutos y de que le había contado casi todos los secretos sobre el funcionamiento de mi poder con él? A pesar de todo, se sentía bien: cómodo, satisfactorio. Quizás eso de quitarse un peso de los hombros, era real.

-Nunca me había puesto a pensarlo. Pero teniendo en cuenta que yo soy la de la telepatía, supongo que yo soy la más importante -sonreí ante la expresión de fastidio de Alex.

-Suena lógico -resopló, molesto por darme la razón.

Nos quedamos por tres minutos en silencio. Yo analizaba aquella nueva sensación de hablar con alguien por varios minutos, sin ironía, ni desprecio. De compartir con alguien cosas importantes. Le concedí la privacidad de asimilar todo lo que yo le había dicho sin que yo me enterara sobre sus pensamientos al respecto. Al cabo de unos minutos, él me preguntó:

-¿Has cenado ya?

Ahí tenía que ir toda mi satisfacción a parar a un agujero negro. Definitivamente, Alex tenía un radar para encontrar problemas conmigo.

-No -gruñí.

-Te han dejado la bandeja sobre el escritorio.

Dirigí mi vista hasta el lugar en cuestión. Así era. No tenía idea cómo la mujer de la cocina había entrado, pero se había encargado de cumplir con su tarea. Qué eficiente.

Eso me recordó mi anterior planteamiento sobre la seguridad de las puertas. De pronto me sentí que no era la única que podía acceder a cualquier lugar gracias a mi telequinesia, sino que aquellas tarjetas magnéticas tenían otro sistema que no lograba comprender.

-Ese MEM y sus malditas ideas. No sé por qué me metí en esto -mascullé, enojada con Peter por lograr cumplir lo que había dicho que haría.

-¿MEM? -preguntó Alex, confundido.

-Maldito esclavista manipulador -solté distraída-. Le digo así a mi tutor.

Alex lanzó una carcajada. Ante mi mirada sorprendida, volvió a reírse con más ganas.

-Creo que sólo a ti se te podría ocurrir algo así -explicó, entre risas.

-Ya, ya -dije, levantándome a por mi comida.

Le eché un vistazo: pasta. No podía creer que la cocinera hubiera adivinado exactamente lo que yo quería. Era mucha casualidad. Me tiré sobre la cama y comencé a enrollar los fideos alrededor del tenedor.

-¿Tú ya has cenado? -quise saber, sin apartar mi mirada de la comida.

-Sí.

-¿Y qué haces aquí? -pregunté, metiéndome la comida en la boca y permitiéndome echarle un vistazo a Alex. Los fideos estaban deliciosos.

-¿No es obvio?

-Humm, ¡no! -respondí, agitando levemente mi cabeza. Alex revoleó los ojos.

-Me aseguro de que cenes. Desapareciste por un tiempo, llegaste tarde y era obvio que pensabas tirar esa bandeja de comida por la ventana. Y si le podía caer a alguien en la cabeza, aún mejor.

-Pero… -comí otro bocado -, ¿por qué? Quiero decir -terminé de tragar -, ¿por qué me cuidas constantemente?

-Porque tengo que hacerlo.

-¿Peter te está obligando de nuevo?

Asintió con la cabeza en silencio, pero presentía que había algo que no me estaba contando. No quise presionarlo, ni verbal ni mentalmente. Las cosas estaban tranquilas y no quería echarlo todo a perder. Alex respetó mi tiempo mientras comía, aunque yo no terminaba de entender por qué él seguía allí.

De pronto, unos cabellos se me escaparon y cayeron frente a mi comida, intenté apartarlos con un leve movimiento de mi cabeza pero no funcionó. Antes de que pudiera volver a intentarlo, Alex extendió su mano y me acomodó el mechón detrás de la oreja. Lo observé atónita, incapaz de meter otro bocado de comida. Él deslizó sus dedos por mi cabello, en un gesto delicado y luego se apartó bruscamente cuando me descubrió contemplándolo sorprendida.

-Esto… ¿cómo vas con la apuesta? -cuestionó nervioso, en un obvio intento por sacar un tema de conversación.

-Hum, la apuesta… -tragué otro bocado con lentitud, ya casi me había terminado el plato -. Lo que va a salir de mi boca es sumamente doloroso, pero me doy por vencida… -dije, en un tono excesivamente melodramático.

-¿Qué? -Alex no daba crédito a sus oídos.

-Sí, no veo una forma para ganar.

-¿Piensas aceptar las consecuencias?

-Suena lógico, sabiendo que acabo de darme por vencida. ¿No lo crees?

-Jamás pensé que te oiría decir eso.

Suspiró totalmente superado por la sorpresa y apartó la mirada. Se dirigió a mí nuevamente con una sonrisa dibujada en los labios.

-¿Cuándo piensas decirle a Rudolf que es inteligente?

-No lo sé -me encogí de hombros y tragué el último bocado. Me había terminado toda la comida. No lo podía creer. Sólo rogaba que no volviera a vomitar en aquella ocasión.

-Supongo que mañana será, entonces -dijo, poniéndose de pie como un resorte -. Descansa, Kate.

Dicho esto, abandonó la habitación apurado, como si hubiera estado allí por obligación. Yo suspiré, y me estiré en la cama. Casi vuelco la bandeja al suelo. Con todo el cansancio que llevaba encima, me duché rápidamente y luego me acosté a dormir. Antes de caer inconsciente, repasé la charla que había tenido con Alex horas antes. Odiaba admitir que se había sentido muy bien eso de compartir aquel momento de… ¿amistad? En aquellos momentos, sentí que quizás la vida era una pizca más fácil comparada a como yo solía verla. De todos modos, no había bajado la guardia, y me había mantenido alerta por si algo me sucedía que pudiera dañarlo, pero la mayoría del tiempo todo fue muy tranquilo y cálido. Me encontré deseosa por hablar más con Alex y descubrir cosas de él la próxima vez. Era mi turno, ¿verdad? Aunque primero tuviera que pensar en algún método para borrarle la sonrisa de satisfacción que seguramente tendría en cuanto yo cumpliera mi parte del trato en la apuesta que había perdido.

Cerré los ojos con una sonrisa en los labios, imaginando cómo hacía levitar el cuerpo de Alex hasta que admitiera que usaba ropa interior rosa como castigo. Qué lindo sueño.

Un pequeño ruido me sobresaltó, y me hizo abrir los ojos apenas. Vislumbré algo que se movía, pero cuando presté atención, allí no había nada, ni nadie. No había oído ningún pensamiento, así que me dormí. Ojalá sólo hubiera sido mi imaginación, dentro de poco, descubriría que no tenía razón, y que mi poder no siempre acertaba.

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Por las dudas, aclaro que ostracismo significa exclusión voluntaria en este caso. ¡Besos!