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Historia 33497 — capítulo 1
Todo el mundo aspira a ser tres cosas; Rico, famoso, y guapo. Incluso aquellos que dicen no quererlo; saben que mienten. Vamos, ¡todo el mundo quiere ser el centro de atención, poder disfrutar de la buena Vida sabiendo que nunca en su existencia tendrás que trabajar y dejar a la gente boquiabierta cuando pasas! Yo heredé la riqueza,conseguí la fama,y creé la belleza que soy hoy. Desde la cima de mi increíble apartamento de Los Ángeles se ve todo; el circular de los coches y limusinas, los clubes, las parpadeantes luces de las discotecas, neones, y múltiples casas de gente don nadie que se muda a LA con la ilusión de triunfar en algo y acaba chutándose heroína en un callejón. Yo vine aquí con el triunfo garantizado.La primera vez que llegué, con apenas once años, lo odié. Yo era una niña amante de las dos coletas, Barbies, y además, asustada ya que era medio huérfana, a quien habían metido en un mundo glamouroso lleno de purpurina y tacones altos. Mi madre (una diseñadora millonaria) no estaba en casa casi nada, y cuando venía, me insistía para que saliera, pero al ver que odiaba a los paparazzi que nos atacaban y, sobre todo, la ciudad, me dejó que cultivase mis raíces dentro de un armario de 50 metros de área. La única cara de Los Ángeles que quería ver entonces, era a través del enorme ventanal de mi cuarto o bien de mi ventanilla tintada del coche. A los doce años, cuando empecé Secundaria (mi preciado High School) tenía un cuerpo trabajado por nuestra piscina y un armario que no tenía nada que envidiar a las mejores boutiques de Beverly Hills.Fue entonces cuando me dí cuenta de que no tenía que haberme escondido. Todos adoraban a Desirée Victore; los chicos me deseaban, las chicas se morían por venir a casa y ser fotografiadas para las revistas, como me pasaba a mí. Mi madre estaba encantada de que saliese, de que trajera amigas y de que quemase mi tarjeta de crédito en los Boulevares si eso me hacía feliz y también perdonarle por no estar en casa. Un día, me llamó diciendo si quería sustituir a una modelo que estaba operada de apendicitis en un desfile de Chanel y así, a mis trece añitos, hice mella de mi belleza y desfilé, causando revuelos y apareciendo en primera plana de todas las revistas. Me convertí en el ídolo adolescente del momento; me invitaban a fiestas, premieres, a aparecer en vídeos musicales, entrevistas, la semana de la Moda... viajé a París, Roma, Milán, Madrid, Londres, Amsterdam, Buenos Aires, Toronto, y fui entrevistada en todos los shows posibles; crecí rápido para mi edad y me acostumbré a vivir de la fama, el éxito, y de ser la mejor en todo; era guapa, rica, famosa y libre. Me cansé de la gente inmadura de mi edad y mamá me dejó tener tutor en casa en lugar de atender el colegio. Comencé a salir con gente de mi élite social: modelos, músicos, famosos...no caí nunca en las drogas, eso dadlo por hecho, pero tuve otras tentaciones... Matt. No sé su apellido, y ya no me importa. Fue un compañero de un desfile de Dolce y Gabbana, que tenía dos años más que yo y era italiano, y eso es casi todo lo que recuerdo. Le conocí a los catorce, y dos semanas después, una hora antes de sesión de maquillaje, nos encerramos en un cuarto de vestidos y nos deshicimos de la ropa como por arte de magia, para luego unirnos con poca ceremonia y con percheros llenos de la ropa del desfile por encima para ahogar el ruido. Hay quien opina que no fue una gran manera de perder la virginidad, pero yo lo disfruté; a él y cada momento juntos. Después de media hora, salí eufórica, sintiéndome nueva, y dormí bien durante dios sabe cuánto. Me sentía a gusto conmigo misma por primera vez en mucho tiempo, y le dejé al día siguiente.A Matt le siguió Rogger unas dos semanas después, junto a un vestido roto de Yves Saint Laurent y una limusina dorada de cristales tintados y blindados, y luego Marco, también italiano, que me dió posiblemente las mejores y más apasionadas dos noches de mi vida en el hotel Regina de Venecia, en una suite, durante un desfile de ropa interior en época de Carnaval, esto a mis quince años. Se puede decir que a mis curvas vencían mi mal humor a la hora de seducir.Mamá desconocía o ignoraba todo esto, y yo me sentía como la reina del mundo, como Afrodita, capaz de seducir a un hombre con cualquier mirada y foto (la mejor prueba ocurrió cuando estamparon un edificio de D&G en el Boulevar Laws que estaba reformándose con una foto mía posando en ropa interior), y mi autoestima y gusto por los hombres no dejó de incrementar... y entonces apareció Luke. Luke, el chico misterioso de ojos verdes que me ignoró nada más conocerme en un NightClub de moda y se aferró a su aparente virginidad como alma que lleva el diablo, sin ni siquiera dirigirme una mirada. Acostumbrada a que a todos los chicos se les cayese la cara, se insinuasen, intentasen meter mano o simplemente me miraran mi (está mal que yo lo diga, pero Valentino coincidió conmigo) estupendo escote, este chico me cautivó y me quedé pillada por él, simple, poco mujeriego, pero al fin y al cabo un hombre en toda regla.Mi mejor amigo Benjamin intentó convencerme de que no era bueno para mí, de que no me convenía, y además de que tenía novia.Sin embargo, los dos años y pico que le conozco, nunca le he visto con ninguna novia, ni liándose, ni siquiera borracho, y nunca perdiendo el control.Un día incluso lo intenté en la limusina de camino a mi penthouse, pero ni siquiera puso las manos encima de mi provocativo modelito de Gucci.Desde entonces, se convirtió en mi reto y juré que no descansaría hasta tenerle bajo mi influencia (es decir, hasta tenerle debajo), o por lo menos debajo de mis tacones de Jimmy Choo de 15 centímetros. Y aquí estoy ahora, cometiendo el mayor error de mi vida. El psicólogo terminó de leer y me miró fijamente bajo sus lentes.