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Historia 33610 — capítulo 1

LA SÉPTIMA PROFECÍA

PRÓLOGO

La tarde del 13 de junio, Diego llegó a su casa después de una jornada de trabajo particularmente agotadora. El calor se disparaba y, a pesar de eso, aquel hombre joven temblaba sin parar. Pasó de largo de la cocina, puesto que no tenía hambre y, sin más, fue a recostarse. Su pequeño departamento tenía, además de la sala y la cocina, una recámara que guardaba todos sus secretos; le gustaba coleccionar libros y recuerdos de lugares que hubiera visitado, aunque nadie, exceptuando a Lina, conocía esta última afición. "Lina…" habló a su interior, y recordó que ella estaba en peligro. De hecho, todo el mundo estaba en peligro, pero prefirió dejar eso a un lado y descansar un poco.

Nunca, en su trabajo, había tenido qué pensar tanto, pero en aquella ocasión un grupo de arqueólogos había llevado a su oficina un conjunto de códices con símbolos que debían ser investigados y, según fuera el caso, traducidos.

Diego había sido uno de los primeros graduados en traducción de códices antiguos. Además de ello, era el mejor de todos en aquella parte del mundo. Esa mañana decidió ponerse a trabajar, pues eran seis escritos extensos. Desde el primer vistazo de sus ojos de miel sobre el texto, Diego había descubierto que se trataba de una obra de los mayas. Sin embargo, al empezar a trabajar, su rostro comenzó a cambiar: el tono de su piel, normalmente no muy claro, se había tornado tan blanco como el papel; su cabello castaño soltaba gotas de miedo que brillaban en su frente, y su cuerpo, alto y delgado, había comenzado a temblar debido a la sensación de terror en su estómago vacío a aquella hora. No le gustaba traducir profecías y, no obstante, la mayoría de los textos Mayas eran eso: predicciones que, muchísimos años atrás, los mejores astrónomos del planeta habían dejado para la humanidad de los tiempos recientes.

Seis profecías, seguramente negativas, se burlaban sobre su escritorio. De inmediato trató de interpretar la primera, y su miedo se intensificó. Este grupo de científicos antiguos no se andaba con rodeos, pensó, ya que los símbolos decían la fecha exacta del final del mundo. Según sus cálculos, los Mayas habían pronosticado que un rayo procedente del centro del propio universo acabaría con la Tierra en el año 2012 y, si aquello era cierto, sólo quedaban cinco años; un lustro tras el que la humanidad no tendría más remedio que desaparecer.

Diego continuó traduciendo aquellas antigüedades y, al terminar, se dio cuenta que algunas de las predicciones mencionaban hechos de años pasados y todas, absolutamente todas, habían sido correctas. Pensó en su familia, sus amigos, Lina… y sintió la piel erizada por el temor que se apoderaba de su cuerpo.

Toda la mañana la había pasado en silencio, pensativo y evaluando lo que podría hacer. Aunque ya había terminado la traducción (era demasiado rápido), podía guardar aquellos escritos hasta que una idea viniera a su mente. No quería dar al mundo la noticia de que todo estaba perdido.

La ciudad inundada de automóviles, gente trabajando y empresas funcionando con normalidad se extendían bajo el edificio donde Diego laboraba. Todo se veía como siempre o, ya que lo pensaba mejor, los cambios habían sido tan paulatinos que nadie se había percatado de ellos. Por un momento creyó estar metido en un cuento de terror. Aquello debía ser un sueño, una pesadilla; debía despertar cuanto antes. No le agradaba ser quien anunciara a la humanidad que solamente contaban con cinco años más para vivir.