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Historia 34032 — capítulo 1
Muy difícilmente se podría esperar tranquilidad de un lugar como ése. Pulcro hasta dejarnos ciegos, escandaloso hasta volvernos sordos… sanguinario hasta hacernos inhumanos.
Así podría definir Draco Malfoy a la sala de urgencias del hospital San Mungo, sobretodo en épocas de guerra. Le asqueaba en sobremanera estar ahí, pero las faenas del oficio le obligaban a darse una que otra vuelta por el lugar, demasiadas para su gusto. Sanador de profesión… sólo medio tiempo; ni enfermo pasaría un minuto más en ese lugar.
-¡Sanador Evans!
Rodó los ojos. Su turno había terminado y él no iba a atender otra escenita de lloriqueo, gritos, rezos y cuentos fatasiosos de un lugar inexistente para los más pequeños. Para variar, era familia muggle… una mueca sarcástica adornó su rostro; la mayoría lo eran.
Hizo caso omiso del llamado y, dando media vuelta, se dirigió en seguida a su despacho. Se quitó la bata (tan pulcra como el lugar), la colgó y se puso su capa negra, haciendo gala del resto de su atuendo oscuro; se colocó sus guantes de piel de dragón y tomó un último artefacto del pequeño clóset.
-¿Evans? -el despacho estaba vacío.
Salir del lugar no era precisamente algo que prefiriera. A pesar del sufrimiento palpable, lo sentía un lugar tranquilo y seguro para pasar su tiempo. Desafortunadamente no podía estar en San Mungo por siempre.
Se arrebujó más en su abrigo blanco. Se colocó bien los guantes y rozó ligeramente su bolsillo derecho para sentir el contorno de su varita. Hizo una lista mental de sus pendientes (para todo había lista); faltaba pasar por Ginny e ir al Cuartel, atender la junta de la Orden, entrenamiento con el ED para los nuevos reclutas, McGonagall le pidió hablar con ella, pasar con los chicos por el nuevo informe… y finalmente ir con su madre por sus hijos.
Se mordió ligeramente los labios al volver a sentir culpa sobre sus hombros. Una vez más llegaría con sus pequeños para cuando estuvieran dormidos. A ese paso no la habían visto en tres días completos… bueno, cuatro ya.
Se detuvo con inusual inseguridad. Respiró profundo y colocándose la bufanda sobre su rostro, se abrió paso entre las ruinas de la ciudad y el humo negro de los constantes incendios.
Se le terminaba el tiempo. Tarde o temprano debía ir pronto a las afueras de la ciudad con sus hijos y padres, para mantenerlos a salvo… mientras que ella se quedaría ahí, en el mismísimo infierno.
Veinticuatro de diciembre y la batalla no descansaba. Ataques sangrientos y viles se daban por doquier. Los mortífagos habían atravesado ya la barrera del mundo muggle, agrediendo sin parar a la "inmundicia".
-¡¡Hermioneeee!! -Ron Weasley buscaba desesperado a su esposa. La garganta la traía seca por la ceniza y polvareda inhaladas. Con temor echaba un reojo a los cuerpos caídos. Más rápido no podía ir si de por sí lo atacaban sin ton ni son en ese caos permanente.
-¡¡Rooon!! -era su hermana. Al parecer los mortífagos habían descubierto el Cuartel y lo habían saqueado… eso fue lo único que escuchó antes de salir desesperado a buscarlas.
La joven de 23 años se aferró al pelirrojo con fuerza.
-¿La has visto?
-La perdí cuando nos tomaron por sorpresa, lo siento -susurró Ginny en un gemido agudo.
-Harry está en el escuadrón de frente -le decía como podía mientras escapaban del campo de lucha-. Él quiere que vayas a casa con mamá y ahí te verá.
-¡No!
-¡Ginevra Weasley, no es una opción! ¡Además mis padres todavía no saben lo ocurrido y no están protegidos!
-¿La seguirás buscando?
-Ella te alcanzará en la Madriguera ¿entendido?
La chica no hizo más preguntas y se alejó corriendo, adentrándose al bosque prohibido de Hogwarts.
Ron retornó sus pensamientos a su mujer. Hermione y él se habían casado hacía un año, y desde ese momento, a pesar de estar en tiempos difíciles, procuraba tener una vida feliz al lado de ella… de ella y Rose.
¡Maldición! ¡Jamás debió permitir que se quedara en su estado! La señora Weasley llevaba en sus entrañas a la pequeña. La primera nena de la familia ¡la princesa de papá! Tropezó con el cuerpo inerte de una mujer. Ron quedó pasmado al verla; sus pensamientos iban y venían sin piedad, a velocidad vertiginosa. Estuvo a punto de caer, de quedarse ahí y no hacer nada más.
La guerra también los destruía por dentro. Él ya estaba cansado.
-¡¡Ron!! -con dificultad levantó la mirada. No distinguió quién lo llamaba, pero reconocía la voz.
Se levantó con torpeza y siguió corriendo sin rumbo fijo. Debía encontrarlas.
Intentó concentrarse. Inconscientemente protegió su vientre con la mano izquierda. Sus fuerzas se agotaron luego de pelear contra cuatro mortífagos y ahora estaba frente a otro, desarmada y exhausta.
Tranquila, se decía a sí misma. Respiraba profundo y en pausas para no alterarse. Necesitaba tiempo, pero él no se lo daría; nunca le brindaría tregua.
Un, dos, tres.
Un, dos, tres.
¿Dónde se encontraba? ¡Maldita sea, no podía estar detrás de ella todo el tiempo!
Él al instante supo que peligraba. Aún con la máscara de mortífago puesta, corría en medio del terreno campal para encontrarla. Lo más seguro es que su progenitor la hubiera localizado… lo cual no era nada bueno. La asesinaría a la primera oportunidad.
Derecha, izquierda.
Derecha… ¡vuelta!
-Granger. Nos volvemos a reunir…
-Malfoy -le retó con un tono hosco en la voz.
-Veo que tu… "esposo" te ha dejado embarazada… ¡Ja! Una boca más que alimentar. Seguramente él no está nada contento con esto…
-¡No sabe lo que dice!
-Desde hace años que te estoy ofreciendo una oportunidad única -prosiguió sin inmutarse-; ser feliz al lado de los tuyos, olvidarte del pasado, reconstruir tu vida junto a tu familia…
-¡¡Ellos también son mi familia!!
-No te entiendo… pero si estás decidida, tendrás que abandonarlos de todos modos -alzó su varita para lanzar el hechizo que le daría muerte a la muchacha.
-¡Sectusempra!
Lucius Malfoy se vio arrojado lejos del lugar.
-¡Imperius!
Hermione cayó ante la fuerza de la maldición. Se vio envuelta en un mar de color, tonos que en seguida se oscurecieron al escuchar esa voz:
"Regresa con ellos". Difícilmente divisó a uno de sus escuadrones llevarse a la gente herida… Debía ir a su lado, para ayudar, para salvarlos… "¡Ve con ellos!". No, no podía… no debía… Algo, algo tenía que hacer ella en ese lugar. Algo…
Sus pequeños ojos grises se asomaron en su adormilada mente. El cabello castaño y rizado de ambos… Ron siempre dijo que sacaron todo de ella. Sonrió…
"Si no quieres perderlos ¡debes irte!". Mentira. Si no quería perderlos, su obligación era quedarse.
Con mayor desesperación, su agresor aumentó la fuerza del hechizo.
-¿Así lo quieres? Muy bien… una sola orden, Granger: No mueras -y con eso se fue.
…La primera palabra de uno había sido "mamá"… y de la otra, "papá".