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Historia 35042 — capítulo 7
Si tuviese que elegir dos palabras para describir ese beso probablemente no las encontraría pero teniendo en cuenta que llevo aproximadamente medio segundo buscándolas os diré lo primero que se me viene a la cabeza: Lento y juguetón... No... Lento y sexy... Dios no puedo de verdad la única palabra que se repite en todas mis especulaciones para poderlo describir en dos palabras es: Lento. Pero es que fue lento, podría haber resultado tedioso de no ser porque estaba demasiado concentrada en quien era quien me estaba besando. ¡Por dios! ¡Era el Dios Griego! Me llevo un buen rato asimilar que estaba pasando, a veces puedo ser muy cortita, pero una vez que lo asimilé solamente paramos cuando yo me quedé sin aire, aunque no me hubiese importado ahogarme. Después de eso me miro y esbozó una sonrisa, ¿mi reacción? Me enfade. Me enfade conmigo misma por ceder, por ceder a los malditos encantos de un estúpido amigo de mi primo. Me levante de golpe y sin dar explicaciones, sin dejar que me preguntase y sin girarme salí de mi ex-escondite secreto y decidí subir a casa, bueno a la casa de mis abuelos. Monté en el ascensor y me di cuenta de que tenía los labios rojos, no tenía ganas de arriesgarme pero tampoco quería dar media vuelta a si que crucé los dedos cuando me baje del ascensor. Abrí la puerta y tras un: "¿Hola?" En voz alta no respondido la cerré detrás de mí y me deje caer en el sofá.
Y aquí estoy ahora. Tirada en el sofá mirando la tele y recordando un beso que no debería haber ocurrido jamás, pero que debo admitir que me encantó. El móvil lleva sonando un buen rato pero no pienso cogerle porque se quien puede ser a si que como no tengo ganas de responder al pesado de turno dejo que suene todo lo que quiera, total esa canción me encanta. Parece que mi vida vuelve a ser lo que era: aburrida. Me levanto de golpe y cojo el portátil de mi madre, que esta en la mesa, y salgo al balcón intentando robar algo de conexión wi-fi a algún vecino que no tenga contraseña, por idiota o por confiado que para el caso es lo mismo. Espero a que se encienda el ordenador, que va a su paso el pobre, y tras unos diez minutos tengo el MSN abierto y un par de páginas de Internet sin mayor importancia. Al ser por la mañana la mayoría de mis amigos están en el Telecentro, que es como un ciber, del pueblo peleándose por conseguir un ordenador libre o en casa aburridos frente a la pantalla, como yo. Se empiezan a abrir ventanitas de gente saludando, desde un: "Hola!" Hasta un: "Cuando vuelves? (adivinad de quien se trata...) Sonrío y me dedico a contestarles poco a poco, a la velocidad que me permite hacerlo el ordenador. No son conversaciones espectaculares que digamos, más o menos en todas pongo y me ponen al día de como va el verano aunque yo prefiero ahorrarme lo de Nate. No tengo ganas de contarle a nadie lo bien que caigo rendida a los pies de un gilipollas solamente porque es muy pero que muy sexy.
Una hora después decido apagar porque de repente la conexión se ralentiza, supongo que el dueño de la conexión que utilizo también quiere usarla, ya que es suya, a si que cierro y dejo el portátil donde estaba. No se que hacer y me dedico a mirar las estanterías en busca de un libro interesante, reviso una detrás de otra mirando la parte de atrás de los libros que parecen interesantes pero antes de que acabe con la tercera estantería se abre la puerta de casa y entra mi primo imitando lo que yo hice cuando entré: "¿Hola?" Pero esta vez si que obtiene respuesta.
-No queremos alfombras ni imbéciles en esta casa a si que si es tan amable de irse...-digo saliendo de la habitación en la que estaba con un libro entre las manos, el último que había mirado: Marina, de Carlos Ruiz Zafón. Le miro y me cruzo de brazos.- ¿A que esperas?
Niega con la cabeza como dándome por imposible y se sienta en el sofá. Yo decido meterme a la cocina a hacer algo, lo que sea. Busco y rebusco algo que picar en los armarios, pero no hay nada. ¿Están todos a dieta en esta casa? Al final encuentro un paquete de galletas príncipe y casi pego un grito de alegría. Las cojo y me siento en un sillón, con la espalda en un reposabrazos y las piernas colgando por el otro. Empiezo a comer una de las galletas mirando la tele.
-¿Qué vemos?
-La ruleta de la suerte.
-¿No hay nada más interesante?
-No.
-Si que lo hay, seguro que lo hay. Dame el mando.
-Lo tengo yo, a si que vemos lo que yo diga y quiero ver esto...
-Este es tonto-digo más para mi misma que para nadie, pero decido callarme y ver pacíficamente el programa. El cual trata de tirar la ruleta e intentar resolver unos paneles para ganar dinero. En plan el ahorcado pero en versión mala-Que un mudo le diga a un sordo que un ciego les esta espiando…
-¿Que?-me mira como si estuviese loca.
-El panel. Es eso, es la respuesta. El colmo de los colmos.-digo como si fuese la cosa más obvia del mundo y señalando la pantalla de la televisión.
-Como va a ser eso…
-Espera y veras. Espera y veras.-Me meto otra galleta en la boca y al rato, después de varios intentos fallidos de los estúpidos concursantes, uno de ellos da con la respuesta-¿Qué te dije? ¿Eh? ¿Qué te dije? ¡Si es que teníamos que haber apostado!
El se echa a reír y yo detrás. En el fondo no es tan sumamente malo, es un adolescente de quince años emperrado en hacerle la vida imposible a su prima, igual que si fuese un hermano molesto. Es soportable, y si el no fuese tan molesto ni yo tampoco lo fuera probablemente seriamos buenos amigos. Pero como no es así y el es como es y yo soy como soy momentos así hay pocos, muy pocos.