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Historia 36672 — capítulo 1

Todo empezó, para variar, un día lluvioso de esos que tanto me gustan a mi. Es decir, no es que no me gusten los días soleados, pero los días en que las finas gotas caen en mí, mojándome por completo, son una exquisitez; y para mí, no hay mejor forma de disfrutar de esos días que, obviamente, estar bajo la lluvia riendo o haciendo alguna que otra locura -aunque la mayoría de las veces termino con un resfriado de muerte-.

Y eso era lo que hacía ese día, a las tres de la tarde de uno de los inviernos más fríos que había presenciado en mi corta vida: me mojaba mientras jugaba a saltar los charcos de agua. Mientras todo el alumnado se refugiaba dentro del castillo recibiendo el calor de su chimenea y disfrutaba una taza de café, yo y mejor amiga -Amanda- reíamos a más no poder mientras intentábamos ir de un extremo al otro del tronco, sin resbalarnos por la melaza que lo cubría. Que es mi turno, que te toca a vos, que te caíste, que resbalaste, que no llegaste, que hiciste trampa... todo era producto de grandes carcajadas. Esta vez, estábamos riéndonos de el gran resbalón que yo me había comido gracias a un empujón de parte de Amanda, cuando lo escuchamos fuerte y claro, como cuando está la casa totalmente en silencio y puedes escuchar hasta el sonido que hace el aire al pasar por debajo de la puerta. Era el inicio de algo que cambiaría nuestras vidas para siempre, lo que marcaría el final de un tiempo para que el reloj comenzara a girar desde cero nuevamente. Al principio estábamos algo atontadas, pues no nos esperábamos para nada semejante ruido acostumbradas a la calma de Hogwarts en días como ese; pero luego del segundo aviso, caímos en la cuenta tanto de lo que sucedía como de que no era para nada un simulacro.

No habíamos tenido tiempo ni de mirar hacia la gran puerta de roble que hacía de entrada principal de nuestro extraño colegio, que ya habíamos divisado más de seis escobas traspasando el domo de protección que cubría Hogwarts y sus alrededores. Sobre cada una de ellas había una persona con una túnica negra que se encargaba de taparle tanto la cara como el cuerpo, maniobrando dichos artefactos. Algunos con más agilidad, otros con más gracia, algunos con violencia un tanto atractiva, todos tenían una manera diferente de volar aquel palo con paja, pero absolutamente todos ellos venían con el mismo propósito.

Se miraron las caras entre sí por una milésima de segundo y ambas supieron lo que la otra pensaba. Comenzaron a caminar hacia la parte trasera del castillo, acercándose cada vez más la una de la otra; primero despacito y por cada paso que daban aumentaban un poco más la velocidad, hasta que llegaron al punto de que parecían corredoras profesionales en una maratón mundial por el primer premio. Cuando hubieron llegado a la puerta que conectaba con las cocinas tuvieron que tocar unas cuantas veces, cada una más insistente a la anterior. En el cuarto toque, un temeroso elfo abrió la puerta dejándolas entrar, quien no espero ni un segundo más cuando estas se adentraron hacia la espaciada sala para cerrar la puerta de un portazo y someterla a todos los hechizos existentes y por haber sobre protección.

No esperaron a que nadie les dijera que hacer, se metieron por un angosto pasillo el cual desembocaba a uno de los corredores del castillo, utilizando como puerta un cuadro de una canasta con frutas, entre ellas, una pera movediza. A paso ligerísimo cruzaron pasadizos, saltaron ventanales, se colaron por entre huecos y recorrieron varios pisos. No había ni un alma dando vueltas por allí y el único sonido que se escuchaba era el estruendo de la alarma sonar a todo poder. Entre tropezones por el apuro y resbalones debido a que estaban mojadas por la lluvia, divisaron al final del corredor la segunda puerta más grande en todo el castillo, la del gran comedor.

Entraron haciendo todo el sonido imaginable que una persona podría provocar al abrir aquellas puertas, pero nadie les prestó un mínimo de atención, ya que el pánico estaba instalado en cada uno de los rostros que atestaban al gran comedor. Los más pequeños lloraban a más no poder mientras se abrazaban a algún familiar o entre ellos. Muchos estaban apoyados contra la pared, apretándose las sienes con las manos, tratando de adivinar que hacer en un momento como este. Otros tantos buscaban desesperadamente al ser querido que no eran capaces de encontrar y por último, unos pocos valientes, tenían varita en mano, esperando órdenes para poder ayudar en todo lo que fuera necesario. Entre ellos estaban las chicas, que mientras avanzaban entre el mar de gente tratando de situarse delante de todo, se fueron despojando de toda la ropa mojada inservible, quedando simplemente en pollera y remera de uniforme. En cuanto estuvieron adelante buscaron con desesperación la integrante del trío que faltaba, quien llegó corriendo hasta ellas con una muestra de preocupación aliviada. Las tres se formaron en fila sin decirse ni media palabra de todo lo que estaba pasando, tampoco es que hubiera mucho que decirse en tales medidas.

Luego de diez minutos de mirar alrededor y tratar de ayudar a quienes parecían desesperados, una potente voz las distrajo de sus labores e hizo que todo el gran comedor acallara de inmediato. Era aquello que todos tanto temían, era saber que absolutamente todo era caos y vaya uno a saber quien saldría vivo de esta; era McGonagall subiéndose sobre una silla, utilizando un hechizo para que su voz se escuchara hasta la esquina más lejana de la habitación; era McGongall a punto de decir lo que nadie quería aceptar; era McGonagall para afirmar lo que tanto todos temían... que Hogwarts, estaba siendo invadido por el enemigo.

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