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Historia 38157 — capítulo 1
Capítulo Nº 1:
¿Mi nombre? Adela. ¿Significado? Noble y serena. Tenía unos 17 años bien puestos para aquella época y estaba en mi último año de secundaria.
Era más bien delgada y de porte fino. Siempre aspiré a ser más alta de lo que realmente era, ya que no supera el metro con sesenta y cuatro centímetros.
Mi piel era blanca; heredada de mis abuelos maternos. Mis ojos eran de color marrón oscuro en el contorno del iris, mientras que, a medida que se acercaba a la pupila, se hacía más claro. La gente que más me conocía sostenía que era muy transparente, ya que podían ver cada emoción que sentía con tan solo ver a mis ojos.
El cabello era color castaño claro, con mucho movimiento y largo aproximadamente hasta la mitad de mi espalda. La mayoría de las veces lo llevaba recogido en una cola de caballo.
En cuanto a los labios, eran medios rellenos y de un color rosado muy fueres, sin llegar a ser rojos. La mayoría de las veces llevaba una bonita sonrisa en ellos.
No era una belleza, pero tampoco de lo más desagradable. En otras palabras, era una adolescente común y corriente, que pasaba inadvertida si así lo deseaba.
Vestía, normalmente, un jean azul con alguna remera bastante cómoda y un buzo o sweater. No era de las típicas muchachas que vestían a la moda, simplemente usaba lo que me resultara más cómodo y práctico. Llevaba, la mayor parte del tiempo, unas zapatillas blancas o negras, dependiendo de mi estado de ánimo.
Tenía la costumbre de esconder mis ojos tras el flequillo prolijamente cortado; así, que iba a poder llevar a cabo mi misión de pasar inadvertida. Tenía la mirada, en determinadas oportunidades, triste y distante al recordar por qué estaba allí.
La cicatriz que llevaba en la rodilla izquierda me recordaría constantemente mis primeros intentos de andar en bicicleta sin las rueditas de los costados. Mi padre estaba tan orgulloso de que, por fin, le pidiera que las sacara porque ya estaba un poco grande para usarlas.
Si bien podía ver perfectamente de cerca, tenía que utilizar anteojos para ver de lejos. Tenía miopía y astigmatismo, ambos problemas heredados de mi madre.
Había nacido en Buenos Aires, Argentina, pero a la edad de 17, mi madre y yo nos habíamos mudado a la pequeña ciudad de Forks, en el estado de Washington, EE.UU.
Mi padre, Carlos Fernández, era un ingeniero agrónomo que murió de una enfermedad terminal a los pocos años que yo naciera. Mi madre, Paula Gutiérrez, trabajaba en una gran compañía de diseñadoras de moda, por lo que recibió una gran oferta de los Estados Unidos y allí partimos sin mirar atrás.
Siempre fui a un colegio privado con muy buen nivel de inglés, aunque nunca alcanzaría en nivel esperado. Mi educación fue muy buena, y me desenvolvía con facilidad en los ambientes literario, ya que una de mis cosas favoritas era la lectura.
La primera apariencia que la gente tenía de mí era que era una muchacha tranquila, de buenos modos y que no ocasionaba problema alguno. Si bien odiaba pelearme con la gente y no era una persona violenta, cuando la gota rebalsaba le vaso podía terminar levantando la voz unos cantos decibeles y descargarme enérgicamente. Era una persona tímida pero, una vez que lograba salir de mi caparazón, era muy querible y era una amiga fiel.
Mis dos mayores miedos eran la oscuridad y el hecho de quedarme sola en la vida. Ya había perdido a uno de mis padres y no quería perder al otro.Mi humor solía ser bueno y se me veía sonreír con bastante frecuencia; aunque, también, era sensible. Reía con facilidad.
Me gustaba un fuego cálido en una fría noche de invierno, la suave brisa de primavera entre mi pelo suelto. Amaba dormir, al igual que las historias de misterios.