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Historia 39220 — capítulo 1

Estaba anocheciendo y no había nadie en aquel prado a excepción de unos niños de aproximadamente seis años. No estaban jugando, estaban hablando.

-Oye, El…- balbuceó tímidamente el chico. Era flacucho, tenía unos anteojos que le aumentaban tres veces el tamaño de su rostro y llevaba puesta una ropa espantosa: nada combinaba con nada, y los vaqueros estaban gastados en las rodillas (no artísticamente).

La niña le sonrió, pasando por alto todas las imperfecciones del chico, Ella era bonita, y no esa belleza como las que tienen por naturaleza las rubias de ojos celestes, esbeltas y delicadas en todos su movimientos. Sino que tenía el pelo castaño, sedoso y peinado en dos coletas, que descansaban sobre sus hombros; ojos color café, muy oscuros y que emanaban una dulzura indescriptible, y, para rematar, unos labios perfectos, que siempre se curvaban hacia arriba, incluso cuando estaba enojada.

-¿Sí, Edmund?- inquirió ella en voz baja, parpadeando. Sus largas pestañas se notaron mucho más en ese momento.

-Sabes que me voy mañana, ¿verdad?

-Sí, por supuesto- contestó con tristeza Elena- te extrañaré, Eddie.

Ahora fue el turno del muchacho de sonreír. No habría dejado que nadie lo llamara así, pero por aquella chica era capaz de dejarse hasta insultar.

-Bueno, y quería saber si…- carraspeó, nervioso- si querrías fingir ser mi novia por el resto del día, para poder marcharme feliz.

Elena abrió los ojos con tranquila sorpresa, pero no borró la sonrisa del rostro.

-¿Por qué debería fingir, Eddie? Tú me gustas de verdad- la chica, osada desde pequeña, se inclinó y depositó un beso en los labios de Edmund, que se mareó.

-No entiendo qué me ves- comentó el chico, cuando Elena se apartó de él. Ella soltó una carcajada y negó con la cabeza.

-Y yo no entiendo qué no te ves tú- le respondió.

-Lo único que necesito es un espejo, El.

-Si tuvieses un espejo que reflejara lo adorable que eres, aceptaría tu respuesta.

Luego de eso, se quedaron en silencio, disfrutando de los últimos rayos del sol. Al ponerse éste, los niños se incorporaron. Elena le tomó la mano y le dio un cariñoso apretón.

-¿Debes irte?- murmuró, derramando una lágrima. El chico le devolvió el apretón y le limpió la lágrima con la mano libre.

-Sí- respondió- gracias por todo este tiempo, El. Yo también voy a extrañarte. Hum… prometo que voy a volver, te lo juro. Y no llores,¿entendido? Tu hermano me matará.

Ella le sonrió a medias y se inclinó hacia él por segunda vez en el día. Le besó tiernamente por unos segundos (con la experiencia que puede tener una niña de seis años, gente =P). Se soltaron las manos que mantenían entrelazadas, y el niño solamente suspiró y dijo:

-Gracias.

Elena soltó una carcajada.

-¿Para qué son los amigos? O más bien… los novios.

Se dio vuelta, y se marchó en dirección hacia su casa. Cuando estaba a ya unos metros de Edmund, lo saludó con la mano. El muchacho sonrió, y después de unos instantes, observó cómo la chica que le había quitado el sueño la mayor parte de su vida se alejaba.

El tiempo pasó y Elena cambió mucho durante él. Ahora no era bonita; era hermosa, alta para su edad, esbelta (ahora sí) e inteligente.

Faltaba exactamente un mes para su cumpleaños número once, el primero de septiembre, cuando recibió la carta:

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Director: Albus Dumbledore

(Orden de Merlín, primera clase, gran hechicero,

jefe de magos, jefe supremo de la Confederación

Internacional de Magos)

("La modestia no es el fuerte de este hombre"- pensó Elena)

Estimada señorita Maison:

Tenemos el placer de informarle que usted tiene una vacante en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Adjuntamos una lista con el equipo y los libros necesarios.

Las clases comienzan el 1º de septiembre, y, en unos instantes, miembros del Ministerio de la Magia arribarán en su hogar para explicarle todo a sus padres y a usted.

Muy cordialmente,

Minerva McGonagall

Subdirectora.

Y, como explicaba la carta, se adjuntaba una lista de materiales, entre los que se incluían una varita, un caldero y muchas otras cosas que dejaron con la boca abierta a la niña.

-¡Mamá! ¡Papá!- chilló, con la voz temblorosa. Antes de que pudiera moverse, alguien tocó la puerta. La abrió de un tirón y se encontró con dos personas, un hombre y una mujer que, a pesar de que hacía más de cinco años que no los veía, los recordaba perfectamente. Los padres de Edmund.

-Buenas tardes, Elena- saludó la mujer, dándole una caricia en la mejilla.

-El tiempo pasa rápido, ¿eh? Estás verdaderamente guapa- comentó su acompañante con una sonrisa.

La aludida estaba paralizada.

-¿Us… us… ustedes… son los de…?- dirigió la mirada hacia la carta que tenía en la mano, incapaz de terminar la frase.

-Efectivamente- le respondió con dulzura la mamá de Edmund- Concurrimos nosotros para ayudar a tus padres a digerir la noticia, ¿sabes?

-Entonces… ¿esto no es una broma?

-¡Claro que no, pequeña!- parecía que se turnaban para hablar; era el turno del padre de su amigo de la infancia. Miró para todas partes y cuchicheó como si fuera un secreto- Eres una bruja.

Esto ofendió a Elena.

-¡Qué maleducado! ¡Pues usted es un…!- pero antes de que pudiese lanzar un insulto, sus padres aparecieron.

-¿Mis oídos están detectando una boca sucia?- la reprendió su madre.

-¡El señor Damsom me dijo bruja!- exclamó la chica. En un intento de señalarlo, su dedo se desvió un poco, apuntando a un jarrón. Éste explotó. Los Maison se sobresaltaron, pero los recién llegados estaban sencillamente radiantes.

-Bueno, eso enfatiza lo que hemos venido a decirles, Osvald, Lorena- dijo la Sra. Damsom, cerrando la puerta tras ella- Su hija, como explica la carta que tiene en su mano- los padres la miraron y ella se sonrojó- es una bruja.

-¿Otra vez? ¡Ya les dije que no soy…!

-Nos referimos a que eres una hechicera. Sabes hacer magia y, en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, te instruirían para ello. Es un internado, te quedas todo el año y vuelves en vacaciones. Tienes una vacante, pero si quieres rechazarla, es tu decisión- prosiguió el hombre.

Lorena y Osvald se miraron entre sí, asombrados. La mujer tragó saliva, y el hombre, consternado, empezó a juguetear con los dedos. Ninguno de los dos parecía dispuesto a creer semejante… imposibilidad.

-Elena- dijo rápidamente la empleada del Ministerio- ve a jugar afuera, a tus padres les vendría bien una explicación y una taza de té. Anda, vamos- la apremió.

La chica salió de la casa y fue derecho a su prado.

Sí, para ella era su prado, pues era allí donde tenía sus recuerdos más bellos, y ahora regresaba a menudo, a revivirlos.

Todavía asimilaba lo que le acababan de decir, cuando escuchó una voz que decía:

-¡Eh! ¡Un árbol!

Demasiado tarde, amigo- pensó Elena con amargura. Se había estrellado contra un pino, y resbalado hasta caer dos metros más abajo, a los pies del empinado prado.

Se raspó los brazos y las rodillas, que estaban al descubierto. Probablemente tuviese un morado en la frente, porque le dolía.

-Ey, ¿estás bien?- el que le había advertido de la presencia de un árbol hacía unos instantes estaba a su lado.

-No- contestó Elena con una mueca, pero sin mirarlo.

-Venga, yo te ayudo.

Le tendió la mano, y fue ayudándola a incorporarse. Le pasó un brazo por la cintura, que Elena rechazó automáticamente.

-No, no hace falta que me sostengas, estoy…- pero antes de decir la palabra "bien", se fijó en el chico, que le sonreía, como esperando algo.

Tenía el cabello negro, corto, y sus ojos verdes brillaban con ansiedad. Traía puesta una camisa blanca, y unos vaqueros… gastados… en las rodillas… y no artísticamente. Elena abrió mucho los ojos y tragó saliva.

Había cambiado mucho, no había duda de eso. Ya no vestía de la misma forma (a pesar de los vaqueros), no llevaba el cabello largo y sucio de tanto andar en el exterior, y, por sobre todo, se había quitado los enormes anteojos que siempre llevaba.

La chica avanzó un paso y dijo:

-¿Edmund?

-Vaya, vaya, vaya. Te tardaste, Elena- se mofó el chico.

-Lamento no haberte reconocido. Estás- lo miró con intensidad- muy guapo, a decir verdad.

Edmund bufó.

-Te has dado un golpe fuerte, ¿verdad?

-No, no. Es verdad- insistió la chica sin poder dejar de mirarle.

El muchacho se mordió el labio, escondiendo una sonrisa.

-Pues… a ti no se te puede decir guapa, El, porque sería un insulto- la miró de arriba abajo, lo que provocó que ella se sonrojara.

-¿Tú también te caíste?- inquirió Elena, enarcando una ceja.

-Sí. Tal vez hasta morí y ahora estoy en el cielo- comentó, pensativo, Edmund.

-¡No! ¡Corre, Edmund, que soy Lucifer! (*Diablo)- exclamó Elena. Su amigo se le acercó, riendo y la estrechó contra sí.

Elena le devolvió el abrazo con fuerza, acomodando la cabeza en su hombro. Edmund inhaló con fuerza el extraño aroma floral que emanaba la piel de la chica (que no tenía nada que ver con el hecho de haber rodado colina abajo a través de pastizales), y suspiró.

-Empezaba a creer que no cumplirías tu promesa- lo regañó Elena. El muchacho se apartó de ella un poco.

-¿Dudaste de mí, Maison?- preguntó él, simulando haberse ofendido.

Ella se encogió de hombros.

-Bueno, pero ahora vamos a estar juntos todo el tiempo- le aseguró Edmund con una sonrisa- nos veremos todos los días y… ¿qué sucede?

Elena ya empezaba su mueca de disgusto. ¿Sus padres le habrían contado a él que se iba? ¿Sabría él algo de Hogwarts? Por algo no se había enterado del colegio antes, y es que tal vez sea un secreto.

-Es que yo… pues… hum…- tomó aire y recitó de un tirón- no voy a estar aquí por un tiempo.

El muchacho la miró y luego soltó una carcajada.

-Sí, en Hogwarts te hacen quedar mucho rato- admitió.

-Exacto, ése es el te… ¡No puede ser! ¡No puede ser!- ella cayó en cuenta- ¡Irás! ¡Tú también irás!- lo abrazó nuevamente, riendo- ¡Podría besarte de felicidad!

Sus risas cesaron de repente, y los brazos que se aferraban aflojaron. Se apartaron lo suficiente como para mirarse a los ojos, pero rápidamente se soltaron y desviaron la mirada. Edmund carraspeó y miró el cielo.

-Ya está por oscurecer, será mejor que vayas a tu casa- dijo, incómodo.

-No soy una niña, Eddie- contestó burlonamente.

El rió de nuevo. ¡Hace cuánto que nadie lo llamaba así! Y oírlo de su voz hacía que todo fuera aún mejor.

-Pero yo ya tengo once años, así que te ordeno que…

-¡Ya te daré yo once, pero no precisamente años!- lo amenazó la chica, provocando que el muchacho le sacase la lengua.

-No has cambiado nada, El- le dijo, y la empujó suavemente, como para decirle que la acompañaba a su casa.

Heyyy! :D

HermyGranger a su disposición!

Estenando fic...  (éste no lo eliminaré)

Comenten, por favor!

Espero que les haya gustado, de todos modos...

Atte,

HermyGranger

Pd: Tal vez al principio no entiendan por qué el título, pero ya verán ;)

Pd 2: Quizá me tarde un poco con el segundo cap, falta de tiempo, tengo 4 historias a la vez... (una no está en mi fic, está en tonksmile y se llama Enamorada del objetivo xD, léanla!)