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Historia 39784 — capítulo 2
Decidimos mudarnos cuando a papá le dio el tercer infarto. Técnicamente para mi era el segundo y no los llamábamos infartos, los llamábamos sustos.
Tras el segundo (+1) susto, mamá comenzó a embalar nuestras cosas y a buscar una de esas casas perfectas como las que salen en las portadas de las revistas, en uno de esos pueblecillos bucólicos tranquilos e insípidos como los que salen en las pelis... quería convertir nuestras vidas en un reportaje fotográfico.
Mamá creía que iba a ser coser y cantar, jamás había organizado una mudanza y enseguida se vio superada, principalmente, porque no había una casa a la que llevar nuestras cosas. Y un día, de repente, como salida de la nada, mamá encontró la casa perfecta navegando por internet. Sólo se veían fotos del exterior de la casa, pero fue suficiente para enamorar a mamá.
El artículo era de un periódico local de un pequeño pueblecito llamado Battle Creek y hablaba sobre mansiones y edificios históricos. En todo el texto que acompañaba a las fotos no se mencionaba que la casa estuviera en venta, pero en el margen inferior de la última imagen se apreciaba un cartel pintado a mano clavado en el mustio césped delantero.
Fue mamá la que llevó las negociaciones con la dueña de la casa, una mujer llamada Sylvia Ivers, que tendría unos doscientos o trescientos años y que era una cascarrabias. Por lo visto no tenía pensado venderle su casa a cualquiera, pero tampoco nadie entendía por qué se quería marchar de su casa a esas alturas.
Viví con mis cosas metidas en casa durante casi todo el verano, mientras un grupo de obreros reformaba la casa, reacia a la idea de tener que mudarnos. Me importaba la salud de mi padre, pero podíamos quedarnos en nuestra casa y mandarlo a él a un spa.
Nos mudamos con la obra aún en marcha, pero no podíamos esperar más, comenzaba el curso y la enorme vergüenza de ser la chica nueva. Quedaban un par de días, para mi gusto la mansión Ivers era ruinosa, estaba llena de polvo y daba miedo, pero convivir con los obreros era más agradable de lo que había pensado. Eran simpáticos y contaban buenas anécdotas.
-Cariño- me dijo mi madre, mientras descargábamos unas cajas de uno camión de mudanzas.
-Dime, ma...
-¿Sabes quién es ese chico?- aún no habíamos quitado el cartel de vendido del jardín y ya había curiosos.- Lleva un par de horas ahí, no se ha movido, ni siquiera le he visto llegar.
-Genial, público... lo que nos faltaba.
Papá trataba de no estresarse con el tema de la mudanza y la obra, pero era complicado con tanto ruido alrededor. Se había encerrado entre cajas en lo que iba a ser su estudio para tratar de leer una de sus novelas mientras escuchaba algo de música clásica, vamos, un muermo, y a mi me tocaba ayudar a mamá. Su mayor preocupación ahora era encontrar un trabajo, hacía ya tiempo que no publicaba uno de sus libros infantiles, desde el último susto de papá.
-¿Qué te parece este?- me preguntó mientras desayunábamos.- Se necesita ayudante de cocina, jornada partida, sueldo a negociar. Sueldo a negociar, suena bien.
-Mamá, sueldo a negociar significa sueldo mínimo más parte de las propinas, y estando dentro de la cocina tu porcentaje de propinas será más o menos del 0%- contesté, nerviosa. Aquel era mi primer día de clase en el instituto y no podía preocuparme de eso y del trabajo de mamá, ella era mayorcita, podría arreglárselas sola, por eso ella era la madre y yo la hija.
-Tienes razón... no sé que hacer. Tenemos muchos gastos ahora con la mudanza y la reforma y nos vendría bien un sueldo extra.- Me gustaba que mamá fuera sincera conmigo en cuanto a esos temas, pero imaginarnos durmiendo bajo un puente ya no era algo tan agradable.
-Yo podría buscarme un trabajo- sugerí, teniendo claro cual iba a ser la reacción de mamá.
-¡De eso nada!- exclamó, ofendida.- Tú preocúpate de estudiar...
Sí, sí, sí... me sabía el discurso de memoria. Tú preocúpate de estudiar, de ir a la universidad y sacarte una buena carrera para ser alguien el día de mañana... la eterna obsesión de mi madre,ver mi nombre es alguna revista científica, literaria o del corazón, el caso era que todo el mundo conociera a Emery Dawson.
-Está bien, como quieras.- En ese momento apareció mi padre, de mucho mejor humor que de costumbre y le dio un beso a mi madre en la mejilla, luego se acercó a mi y me atusó un poco el pelo, como hacía siempre.
-Buenos días, señoritas ¿todas listas?
-¿Listas para qué?- pregunté, devorando mi último pedazo de gofre.
-Tú para ir al instituto ¡hoy es tu primer día!- odio el entusiasmo que los adultos le ponen a cosas que obviamente no van a ser divertidas.- Yo te llevaré y después tu madre y yo nos iremos a comprar una cómoda del siglo XVIII que vio en una tienda de antigüedades en el pueblo.
-¡Oh! Cielo, no, no podemos... costaba mil doscientos dólares, no nos lo podemos permitir.- ¿Mil doscientos dólares por una cómoda? ¿De qué estaba hecha?
-No seas idiota, podemos ir a echar un vistazo.
-Claro mamá, piénsalo, sería una gran inversión. Cuando vivamos bajo un puente podremos usar la madera para hacer fuego en un cubo de basura- dije, escéptica, bebiendo un poco de zumo.
-Emery, a lavarte los dientes- bufó mi padre, señalando las escaleras. Rodé los ojos pero no dije nada, que ellos se encargaran de llevar ala familia a la ruina con su imaginativa economía doméstica.
Subiendo las escalera me encontró con Skully, el experto en calefacción. Como ya había dicho, vivir con los obreros rondado por la casa no estaba mal del todo, sobre todo si me cargaba algo y ellos lo arreglaban antes de que se diera cuenta mamá. Al menos nos habíamos mudado al final del verano, de haberlo hecho en invierno y con lo fría que era la casa, hubiéramos muerto congelados, Skully había tenido que cambiar toda la red de calefacción y la caldera.
-Suerte en tu primer día de clase, Emery- me dijeron los chicos antes de que me fuera mientras mamá les preparaba un café.
-Gracias chicos, la necesitaré.
Nos montamos en el coche y mientras mi padre conducía hacia el instituto yo rezaba por lo bajo para que un rayo alcanzara el coche, pero nada, el cielo estaba totalmente despejados, ni rastro de tormenta ni de ira divina.
-¿Lo tienes todo?- me preguntó papá cuando nos acerábamos peligrosamente a nuestro destino.
-Si te miento y digo que no ¿daremos la vuelta?
-No, tú irías a clase y yo daría la vuelta y volvería para darte lo que te hubieras olvidado.- Lo que me haría pasar la terrible humillación de que mi padre entrara en mi aula... sería mejor que jamás me olvidara nada.- Tranquila Emery, lo harás bien.
-Eso espero.
En cuanto puse en un pie en el edificio supe que iba a necesitar mucho más que suerte para salir viva de allí. Todos me miraban, era como llevara sobre la cabeza un enorme cartel de neón que decía "¡Eh! Mírame, soy nueva". Y por si fuera poco, mi atuendo no encajaba para nada con la tónica general.
Yo llevaba puesta una camisa blanca larga, hasta las rodillas, con medias grises y unas botas Dc. Martins. Como hacía algo de viento a primera hora me había puesto un jersey que le habíamos regalado a mi padre y que nunca había llegado a estrenar y que también me llegaba por las rodillas por los grande que era. Bolso de cuero marrón raído a más no poder y las uñas pintadas de negro... y mirara a donde mirara sólo veía animadoras, chicas en minifaldas y camisetas de color rosa con letras brillantes. Estudiaría rodeada del club de fans de Paris Hilton... me quería morir.
Lo primero fue ir a la oficina de admisión, para entregar mis papeles y recoger los horarios. Aún no me había decidido por las clases optativas que tomaría ese año, pero aún tenía toda la semana por delante para decidir. Después le tocó el turno a la increíble hazaña de localizar mi taquilla, la 71B. Era B porque las taquillas no eran de cuerpo completo, si no que estaban divididas en dos y, por desgracia, me había tocado la de abajo, aunque lo que más me preocupaba era quien tendría la 71A.
-Disculpa... di... disculpa- traté de preguntar a alguno de los chicos que pasaba por los pasillos, pero o me miraban con cara rara, o directamente me ignoraba. Al final, y por pura suerte, encontré la taquilla al lado del laboratorio de química, justo antes de que sonara la campana. Hubiera llegado a tiempo a clase si no hubiera tenido que pelearme con la combinación para poder abrirla.
Por consiguiente, llegué tarde. Mi nuevo tutor era el señor Morton, el profesor de matemáticas. Parecía un hombre campechano, pero no quería fiarme de las primeras impresiones, total, sólo le había visto por los pasillos. Avergonzada a más no poder llamé a la puerta y esperé a que el profesor Morton abriera la puerta.
-Hola, señorita...?
-Dawson- musité, con las mejillas rojas como tomates de huerto.
-¡Oh! La chica nueva, claro, pase, pase- dijo con entusiasmo, haciendo un gesto con el brazo para invitarme a entrar. Pude escuchar los murmullos de mis compañeros cuando entré, sujetando con fuerza la correa de mi bolso. Localicé al final del aula un asiento vacío, sería perfecto, pero cuando fui a sentarme el profesor me detuvo.- Señorita Dawson, no se siente, venga aquí. Háblenos un poco de usted.- ¡GENIAL!Lo que me faltaba, enfrentar a toda la clase.
-Hola...- ya escuché risas con sólo decir hola, me iba a morir.- Me llamo Emery Dawson y acabo de mudarme a Battle Creek. Mi familia y yo llegamos hace una semana desde Ontario, Canadá, que era donde vivíamos antes.
-Canadá, vaya, está lejos- dijo el señor Morton, sonriendo.- ¿Y por qué os mudasteis? Si se me permite la pregunta.- Al menos era educado, aunque hubiese preferido que no se metiera donde no lo llamaban.
-Fue por mi padre... era agente de bolsa, pero le dio un infarto... y luego otro... y luego otro más.- El profesor se me quedó mirando sin saber qué decir, pero pronto reaccionó y trató de cambiar de tema al ver que yo no decía nada más.
-Bueno, chicos, démosle la bienvenida a Emery haciendo que se sienta cómoda ¿de acuerdo?- ni un tercio de la clase colaboró.- Siéntate al fondo, hay un pupitre libre.
¡Sí, al fin! Al fin podía ir a sentarme al fondo y a ser invisible, era lo único que quería. Y para los que no creáis que alguien puede ganarse una enemistar en los escasos tres metros que separan una pizarra de un pupitre, os diré que sí es posible y todo por mi forma de vestir. Una chica rubia, de piel bronceada y pestañas postizas me miró de arriba a abajo con cara de desaprobación.
-Bonito conjunto ¿es del mercadillo?- y más risas, más risas que se clavaban en mis oídos y me hacían ponerme más roja si cabía.
-Sarah, por favor- le pidió el señor Morton, guiñándome un ojo y sonriendo levemente.
Aquello fueron los tres cuartos de hora más largos de mi vida, y aún me quedaban otras cinco clases más aquel día y, por supuesto, el penoso trance de la cafetería. Comer sola el primer día, mientras todos chismorreaban en sus mesas. Tenía que pasar por mi taquilla, pelearme con ella, y luego encontrar el aula de francés y tan sólo tenía cinco minutos.
Me arrodillé en el suelo y comencé a girar la rueda para introducir la combinación correcta, 4-12-7-15, pero nada, no se abría por mucho que tirara. Entonces un puño cerrado golpeó la parte de arriba de la taquilla, que se abrió al momento. Alcé la mirada y la vi, una chica de rasgos orientales, sonriente y mucho menos Paris Hilton que todas las demás.
-El año pasado era mi taquilla, siempre se atasca.- Sonreí y me puse de pie, asintiendo, tomaría nota y desahogaría mi frustración contra la taquilla cada vez que quisiera abrirla.
-Gracias...
-¿Emery, verdad? Soy Sookie- se presentó, tendiéndome la mano.- Morton también es mi tutor, compartimos varias clases.- En verdad no me había fijado en ella, pero había estado demasiado entretenida mirando mis zapatos y queriendo desaparecer.- Y también taquilla, tuve que luchar con garras y dientes para que me dieran la 71A.- Sonreí, no me extrañaba, la 71B era una porquería.- Y dime ¿qué te parece Battle Creek?
-Pues... no está mal. La gente es muuuuy amable- dije con cierta ironía, mirando a la chica que me había puesto en ridículo a los quince minutos de pisar el instituto, la tal Sarah no se qué.
-¡Oh! Sí, simpatía pura. Es Sarah Lewis, es co-capitana de las animadoras... tiene hasta su propia página en Wikipedia..
-¿Co-capitana?
-Sí, su hermana Sophie la ayuda, es esa chica que es igual que ella pero con el pelo rojo.- ¿Gemelas?¿Había dos? Perfecto, dos archienemigas.- Tranquila, comparten cerebro.- Sonreí, había sido un comentario ingenioso.
Sookie me acompañó al aula de francés. Era una chica muy amable, la verdad, e ir con alguien hacía menos pesadas las miraditas indiscretas de todos los demás. Lo pasé un poco peor cuando la profesora me saludó en francés soltándome un largo discurso plagado de erres que no fui capaz de comprender y al que contesté con un estúpido "oui, oui".
Tras biología, lengua y arte, llegó la temida hora del almuerzo. Había perdido de vista a Sookie tras las clases de francés, así que me volvía a ver pez pequeño entre tiburones, era muy desagradable.
-Hola, chica nueva- saludó una voz familiar detrás de mi.
-Sookie, hola- saludé, deslizando mi bandeja por la barra del bufet.
-¿Todo bien?
-Todo raro... macarrones con queso por favor- le pedí a la cocinera, que me sonrió y me servió una generosa ración.
-Vaya- musitó Sookie con los ojos abiertos, parecía sorprendida.- Gretchen la cocinera nunca está de tan buen humor.
-La magia de los modales, Sookie- intervino la cocinera, que la había oído hablar.- No estoy muy acostumbrada a los por favor.- Sonreí mientras escogía el poste, me apetecían natillas de chocolate, tenía que mantener mis cinco kilitos de más.
-Lo tendré en cuenta Gretchen- respondió Sookie, cambiando mis natillas por un flan.- Créeme, no están ni de lejos tan buenas como aparentan.
-Gracias... creo.
-Yo invito- dijo sacando la cartera y desembolsando los cuatro dólares de mi menú sin darme tiempo a decir nada.- La próxima pagas tú.
-Claro.
-Ven, te presentaré a unos amigos...- Sookie me llevó a la mesa donde solía sentarse. Había otras tres personas esperándole, dos chicos y una chica y ninguno me miró como si fuera una extraterrestre, lo que fue genial.- Chicos, esta es Emery, Emery estos son Carter, Zack y Miranda.
-Hola- saludé, todavía algo cohibida. Todos parecían muy amables e interesados en saber cosas sobre mi, tanta atención me descolocaba un poco, pero al menos ya no me sentía tan incómoda.-... y en Battle Creek hay un extraño olor al que probablemente todos estáis ya acostumbrados, pero yo no.- Bromeé. Todos rienron.
-Es la mezcla entre la antigua refinería y la nueva planta de reciclado, tardarás una dos semanas en acostumbrarte- me dijo Carter, guiñándome un ojo.
-Y dinos, Emery- intervino Miranda.- ¿Dónde vives?¿Por el centro?
-Em, no... no, mis padres compraron al residencia Ivers, la casa que hay en la colina- en ese momento todas las sonrisas se tornaron en caras del sorpresa y me sentí muy rara.
-¿De verdad?¿Y cómo es?
-Vieja, fría... el parqué chirría y las luces parpadean cuando más las necesitas, pero hay un montón de espacio.
-Yo entré una vez y vi el espíritu de Penélope Ivers....- dijo Zack, con tono de misterio.
-Si, ya ,seguro que sí- dijo Sookie, mirándome y negando con la cabeza. Fruncí el ceño, sin comprender.- Ignóralos a todos Emery, las leyendas que circulan en torno a la casa de los Ivers son todas falsas.
-¿Qué leyendas?- porque eso era nuevo para mi.
-Dicen que la vieja Ivers hacía sesiones de espiritismo y hablaba con sus antepasados muertos...
-Ya, y también dicen que nadie en mi edificio tiene gato porque mi padre los secuestra y los usa en el restaurante para hacer rollitos de primavera- bufó Sookie.- Mi padre es el dueño del único restaurante chino de la ciudad y aunque todo el mundo come allí, siempre hay algún graciosillo que se inventa tonterías... igual que se las inventan de tu casa, Emery, o del viejo bosque, los acantilados, las minas abandonadas y la fábrica de galletas.
-¿La fábrica de galletas?- no sonaba tan tétrico como el bosque, la mina o el acantilado.
-Sí, dicen que la cerraron porque los trocitos de chocolate de las galletas eran en realidad caquitas de rata.- Puaj ¡OH! Qué asco, no iba a volver a comer galletas de chocolate nunca.
Tras el almuerzo, todo el mundo sabía que Emery, la chica nueva con ropa rara, vivía en la casa de la vieja Ivers. Los rumores en un pueblo tan pequeño viajaban a la velocidad de la luz, algo que era muy molesto. Al llegar a la clase de historia, pude comprobarlo.
Todas las chicas estaban sentadas en sus asientos sin moverse ni decir una palabra, perfectamente maquilladas y con los primeros botones de sus camisetas desabrochados, y todos porque el profesor de historia era guapo. Por lo que me había contado Sookie, el antiguo profesor se había jubilado y habían contratado a un forastero, un chico que rondaba los treinta y que había llegado el año anterior, se llamaba Leonard Norwood y, para ser sincera, era muy agradable a la vista.
-Buenas tardes, clase- saludó, con una amplia sonrisa, dejando su maletín sobre la mesa y escribiendo su nombre en la pizarra.- Soy el profesor Norwood. Podéis llamarme señor Norwood, Leonard, Leo... como queráis, no me gustan los formalismos.- Ni a mi, pero no podía llamar Leo a un profesor, era ridículo.- Este año os daré clase de historia y partiendo del programa que me dejó preparado el señor Stephaneck, he hecho unos cuantos cambios para hacer la materia más llevadera. De todos modos, como es el primer día, no os atosigaré con deberes, ni tareas, para eso ya está en señor Morton ¿verdad?- sí, el primer día ya tenía deberes de mates.
Norwood parecía agradable, de hecho, era el más agradable de todo el profesorado e iba a conseguir que todas las chicas de Battle Creek se interesaran por la historia, sobre todo Sookie, a la que tuve que salvar un par de veces de ahogarse en su propia saliva.
-Emery, unos cuantos nos vamos al restaurante de mis padres a comer algo ¿te vienes?- me ofreció al salir del instituto. Los chicos con los que había comido y unos cuantos más nos miraban desde lejos.
-No, no puedo. Mi madre va a venir a recogerme, tenemos que ir a hacer compras y la casa aún es un lío...
-Bueno, como quieras...
-Gracias de todos modos... has sido muy amable conmigo Sookie.
-Sí, esa soy yo- dijo sonriendo.- Nos vemos mañana.
-Claro, hasta mañana.
Los ojos de mamá brillaban como nunca cuando me recogió en el aparcamiento del instituto. Detrás había varias bolsas de la tienda de decoración y del supermercado, creo que me había ahorrado una larga tarde viendo muestras de tela y eligiendo ceniceros a juego con las cortinas.
-Pareces muy contenta- musité.
-Lo estoy, pero lo primero es lo primero ¿qué tal tu primer día?- me puse el cinturón de seguridad y le eché el último vistazo del día a aquel lugar.
-Bueno... podía haber sido mejor, pero ya tengo una amiga... es decir, no es una amiga, sólo una chica muy maja a la que le di pena.
-No seas así, todas deberían pelearse por ser tus amigas.
-Mamá, tú no eres muy objetiva en lo que a mi se refiere, deberías haber visto como me miraban, me sentí como si fuera de Marte- o de más lejos.
-Bueno, a lo mejor si te pusieras ropa de tu talla...
-No empieces, me gusta mi ropa, tapa mis evidentes defectos físicos- los famosos cinco kilos demás.
-¡Ya estamos otra vez!- exclamó, pero yo no quería discutir, así que enseguida cambié de tema.
-¿Has despilfarrado a lo loco con papá, eh?- pregunté, mirando de nuevo todas aquellas bolsas.
-Sí. Resulta que cuando fuimos a la tienda de antigüedades vi una escultura horrenda de unos perritos y se me ocurrió una idea fantástica para un cuento infantil, a mi editor le va a encantar...
-¿Y para celebrarlo te puliste los ahorros para mi universidad en adornos?- la inspiración de mamá nos iba a llevar a la ruina.
-Algo así, pero tranquila... se te pasará cuando veas mi nueva cómoda, es preciosa.- Dios, no... mil doscientos dólares a la basura.