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El congunto de lo separado. — capítulo 8
Quisiera tomar la computadora y aventarla a través del espejo, para que ese idiota que, me está viendo deje de juzgar y criticar. Al intentarlo me doy cuenta que aquel idiota y yo pensamos lo mismo; la computadora que sostenía en mis manos cae de manera estrepitosa. No importa, el idiota y yo nos estamos viendo de frente. Me escupe. ¡ja! El idiota le da al vidrio que se encuentra frente a él, así que aprovecho y le escupo ¡maldita sea, se quedo en el vidrio frente a mí! Lo miro de frente, el me regresa la mirada ¿Qué le pasa? ¡MALDITO IDIOTA!
Me levanto de la silla… El también. Le miro con odio y desdén; a lo que él me mira de la misma manera. Me enojo. ¡Él piensa que soy un idiota! ¿Se da cuenta que el idiota es él?
El muy imbécil está tratando de golpearme a través del espejo. Que ¡IDIOTA!
No importa yo sé cómo ganarle. Voy al cuarto y saco mi arma, al ponerme frente a él algo raro ocurre. El se encuentra tirado en el piso, al verlo, se lo que paso. Pero antes de poder decirlo, caigo al suelo. MUERTO.