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Historia 41649 — capítulo 1

Aracnofobia.

-¡Bastet, espera!- gritó la chica mientras corría detrás de su gato. Estaba atardeciendo en los terrenos de Hogwarts, pero ella no pensaba en volver a la comodidad del castillo sin su querida mascota, Bastet, un gato pardo de rasgos afilados y ojos hipnóticos. A Aranhe, su dueña, se le había escapado mientras paseaba con él cerca del lago a media tarde, disfrutando plácidamente de la naturaleza con su mascota, y se pasó un buen rato buscándolo, finalmente, cuando pensaba en volver a buscarlo al día siguiente, lo vio cerca de la cabaña del guardabosques, pero cuando fue a recogerlo, Bastet se asustó y se lanzó corriendo hacía la vegetación salvaje del bosque prohibido.

Allí estaba ella ahora mismo, en la frontera que separaba los terrenos del castillo con la flora virgen y salvaje. Aranhe no sabía que hacer, no quería meterse en el bosque prohibido, ¿pero acaso le quedaba otra opción?, definitivamente no pensaba dejar que su querido gato se escapara entre la bruma de los arboles. Tímidamente, movió un pié hacia delante- allá voy- pensó la chica de 13 años, atemorizada, los dientes le rechinaban y solo se atrevía a abrir minimamente los ojos por temor a lo que pudiera encontrarse allí dentro, pues ahora mismo, la chica parecía ser consciente de los sonidos de todo lo que el bosque entrañaba, oía el aleteo furioso de los pájaros, el espeso caminar de algún animal buscando un lugar donde dormir, incluso le pareció oir a lo lejos el aullido de un lobo antes de salir de cacería..

-Bastet- dijo, casi susurrando. Acababa de oírlo maullar entre la espesura de los arboles, solo unos pocos metros de donde estaba ella, así que finalmente se decidió a entrar- ¿que podría pasar?- se dijo a sí misma Aranhe. Cuando llegó a los matorrales con tímidos pasos, allí no estaba el felino, y al querer buscar mejor, lo único que consiguió fue arañarse el pulgar con unas ramas secas, la sangre le brotó fugazmente antes de meterse el dedo en la boca para aliviar el dolor.

Mejor busco mañana, ya es casi de noche- pensó ella, amargada por la herida, pero un nuevo maullido de Bastet se oía entre unos árboles, en las profundidades del imperturbable bosque.

-¿Bastet, estás ahí?- preguntó la chica, acongojada, y otro maullido fue su respuesta, no había duda, su animal estaba allí, así que se decidió a entrar, lo hizo sin pensar, se fue corriendo hacia donde supuestamente estaba el animal,, para no darse a sí misma el privilegio de analizar la situación, pero otra vez lo mismo, allí no estaba su gato. Temblorosa, miró a su alrededor, ya se había adentrado lo suficiente como para darse cuenta de los peligros que el bosque prohibido podía albergar. Aranhe no era precisamente de la clase de personas a la que le gustaran las aventuras o los viajes peligrosos, por el contrario, la chica prefería quedarse en la sala común de Hupplepuff o, como mucho, dar paseos por los seguros terrenos de la escuela, ni siquiera le gustaba montar en escoba por miedo a las alturas.

Miau- otra vez, oyó la chica, Bastet le estaba llamando, ahora incluso adivinaba a ver su sombra entre los árboles colosales. Aranhe se lo pensó detenidamente, si miraba atrás suya, todavía podía ver el verde de la hierba de los terrenos del castillo, pero si se adentraba a buscar a su gato, se metería irremediablemente en las profundidades del bosque. Solo serán cinco minutos- pensó la chica, pero incluso en su mente, su voz sonaba temblorosa.

Aranhe estaba ya muy cansada de andar, de vez en cuando oía a su gato en la lejanía, incluso le había parecido ver durante unos instantes parte de su cola, pero por alguna extraña razón, el gato parecía estar jugando con ella, Aranhe ni siquiera sabía cuanto tiempo llevaba en el bosque, pues, a su entender, habría andado un par de kilómetros esquivando ramas que le entorpecían el paso y le arañaban las extremidades, además, su ropa se estaba desgarrando con los tirones que la chica le daba para liberarse de los obstáculos, tenía la ropa embarrada de haberse tropezado tontamente con algunas ramas y piedras. Parecía como si el mismo bosque tuviera vida y hubiera decidido divertirse a su costa. Ya era completamente de noche, y la chica estaba aterrorizada, ni siquiera los tímidos rayos de la luz de la luna pasaban entre los altos árboles que se habrían paso vigorosa y tétricamente. Aranhe había tenido frío otras veces, pero sus temblores no eran simplemente debido a ello, la mezcla del ambiente hostil con la temperatura gélida eran casi mortales, la chica tenía la sensación de que cada vez que el vaho salía de su boca, una parte de sus fuerzas y del mínimo valor que sentía se escabullían irremediablemente.

Las sombras parecían divertirse a su costa, más de una vez, a la chica le había parecido ver criaturas extrañas moviéndose a su alrededor, pero Aranhe se dio cuenta que no eran más que las ramas de los arboles, que juguetonamente se movían para asustarla, o eso quería pensar ella. El viento parecía gritar entre los arboles hinchado de pánico.

La chica cada vez tenía menos esperanzas de encontrar al animal, ahora mismo lo único que deseaba era dar media vuelta y acostarse en su confortable cama, que algún elfo doméstico se habría ocupado de mullir cariñosa y laboriosamente, pero ahora ya había llegado demasiado lejos como para regresar sin su querida mascota.

Otro poco más- pensó ella- ya casi lo tengo- intentaba autoconvercerse inútilmente. Un sentimiento de amarga impotencia se había apoderado de sus pensamientos, ya debían ser altas horas de la madrugada, y Aranhe dudaba mucho de poder regresar sin perderse, lo cierto es que estaba casi segura de que ningún mago o bruja antes que ella había pisado esa zona del bosque, el lugar parecía impregnado de un cierto salvajismo que lo hacía especial, desde hacía un rato, la chica se había dado cuenta, que a excepción de los maullidos de su gato, no se oía absolutamente nada, ni los cuervos gaznar, como hacía una hora aproximadamente, que la chica casi se había paralizado de miedo cuando los oyó, hasta el viento parecía quieto, acompañando la quietud del bosque.

-¡Bastet!- gritó la chica, ¡no se lo podía creer!, por fin había encontrado a su gato, allí estaba, sentado encima de una roca, a unas decenas de metros de donde estaba ella. El animal parecía reposar plácidamente después de la larga caminata, enroscado sobre si mismo. Aranhe corrió hasta llegar a la roca y coger cariñosamente a su mascota entre los brazos, que de forma mansa se dejó acariciar.

Aranhe se fijó donde estaba, la roca de donde había cogido a su gato estaba localizada en el centro de un claro del bosque, allí, parecía haber algo más de luz que entre los arboles debido a la apertura en el tejado vegetal.

-Vámonos, Bastet- dijo ella, susurrando a su gato, para de esta forma intentar infundirse valentía a si misma, su mascota le respondió con un dócil ronroneo seguido de un torpe bostezo, sin ni siquiera abrir sus pequeños ojos.

De repente, la chica se paró en seco, había algo entre los árboles alrededor del claro, no sabía decir muy bien el qué, pero no era algo que le gustara, la chica tenía la sensación de que la observaban, y parecía creer que el mismo bosque le había permitido meterse hasta sus entrañas para no dejarla salir por las buenas, como si fuera desde el principio una perversa y maquiavélica trampa.

Las ramas parecían moverse al contacto con lo que fuera que hubiera allí, aunque hubiera querido correr, Aranhe estaba paralizada de miedo, las piernas simplemente no le respondían, finalmente, algo salió entre las ramas de forma ágil, envuelta en la oscuridad de la noche.

-Intrusa- dijo simplemente una criatura con una voz de ultratumba, lo que vio Aranhe fue un monstruoso ser peludo repleto de ojos y patas. De repente, decenas de criaturas idénticas salieron de entre los matorrales cercanos, tan grandes como crías de vaca. La chica estaba completamente rodeada de esas cosas parecidas a arañas gigantes, mirando amenazadoramente a Aranhe. Bastet, entre excitado y nervioso, se escurrió entre los brazos de su ama para refugiarse en la seguridad de los arboles con movimientos suaves y programados. Aranhe también pensaba en huir, pero no le fue posible, simplemente se arrodilló y se intentó ocultar el rostro entre sus brazos, de repente, una montaña de acromántulas, que se le acercaron  siseantes y mortalmente furiosas, se abalanzaron sobre ella, decenas de bestias la aplastaban salvajemente mientras gritaba con desesperación y agonía. Esa noche fue la última que se vio con vida a la chica.

En el colegio pudieron adivinar que había pasado gracias a los testimonios de los centauros, que la vieron merodear por el bosque a medianoche cerca del territorio de las acromántulas. Todavía hoy, algunos alumnos que pasean cerca de la linde del bosque aseguran oír el maullido de un gato.