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Historia 43306 — capítulo 1
Caperucita Roja
-¿Estás segura?
-Sí, Colette dice que lleva más de diez años así y nunca se ha quitado esa asquerosa caperuza.
-Se lo merece, esa mal nacida fue noticia nacional.
-¿Cuál noticia?
-La de la masacre en el pueblo de Grospierres, mató a todos lo que estaban en la casa de citas Cramoisi y por poco el pueblo entero.
-¡No puede ser! Debió tener entre diez y once años en ese entonces ¡Es imposible que lo hubiese hecho sola!
-Por supuesto que no lo hizo sola, la ayudo--
-¡Ahí viene el doctor! ¡Salgamos de aquí antes de que nos pillen!
Era una tarde oscura, nubes grises alertaban a los habitantes de una segura lluvia por la noche. Las enfermeras se empujaban para salir del pasillo y regresar a sus puestos.
El doctor Prideux, del Hospital Mental de Aubenas, caminaba cansado de la anterior sesión que tuvo con la paciente de la habitación 87. Jaune era muy sociable y amable,pero se quedaba callada cuando tocaban el tema del ataque que recibió hacia dos años,por infiltrarse a la casa de la familia Bête.
La mayoría de las veces solo permanecía en silencio y jugaba con sus rizos de oro, pero otras veces se ponía muy agresiva, llegando a comportarse igual que un oso, como había sucedido hacia poco.
Ricitos de oro, como la llamaban antes de ingresar al hospital, mostraba mucho progreso, y pensaba que para finales de ese año, lograría salir. Pero la paciente de la habitación 103, con cada sesión se volvía más fría e insensible.
Había hecho un experimento con estas dos, solo para saber si Jaune podía llegar a comunicarse con ella, después de todo, estaban en las mismas condiciones. Todo resultó ser un total fracaso y Jaune terminó varios meses con el cuello inmovilizado.
Desde entonces la había puesto en una habitación más pequeña que la anterior, que acabó siendo un antiguo baño. La pequeña ventana fue cubierta con barrotes de hierro, rodeados por un filoso alambre de púas. El inodoro fue dejado intacto y una cama fue adherida a la habitación. Los azulejos no fueron quitados a tiempo, y muchos estaban rotos por la bestialidad con que se tiraba contra ellos por las noches.
El quitar los azulejos rotos era todo un reto. Tenían que amarrarla con dos camisas de fuerza y se necesitaban tres hombres para mantenerla quieta, la operación no podía demorarse más de siete minutos; luego debían tirarla de nuevo hacia adentro y cerrar la puerta antes de que saliera para matarlos. Y eso era todos los días.
Luego de abrir las tres cerraduras, pudo poner un pie dentro del grisáceo interior, solo la caperuza roja desentonaba, dándole un toque macabro a la de por sí, ya perturbante habitación.
-Buenos tardes Rouge, ¿cómo has pasado?
La una vez pequeña niña tuerta que ingresó por las puertas retorciéndose y gritando con locura, se había convertido en aquello escuálida joven con su pálida piel llena de cicatrices por infringirse daño a sí misma. La caperuza ya le quedaba pequeña, dejando visible un helado ojo azul, reflejo de su maldad interior.
-Veo que te cortaste el cabello, sabes que no te damos nada filoso por miedo a que te lastimes. Me gustaría que me dijeras como lo hiciste.
Rouge no le respondió nada, no pestañeo, siguió mirando hacia la otra pared, con la cara inmutable. Desde que entró al hospital nunca había dicho una sola palabra que no fueran sus desgarradores gritos por la noche. Enviándoles corrientes eléctricas por todo el cuerpo, asustándolos por no saber qué era lo que en realidad le pasaba.
-¿No me vas a responder? Sabes lo que pasa cuando no cooperas Rouge. No querrás que llame a Gerard, ¿o sí?
En un veloz reflejo, Prideux atrapó la filosa tapa de algún enlatado que Rouge le lanzó cuando la sacó de su bata. El ojo azul mirándolo con desprecio.
-Buena chica, te salvaste de un castigo.
Sabía que Rouge no lo hizo con la intención de entregársela, el metal iba en dirección a su cuello, quiso matarlo. Con Rouge las clases de defensa personal que le obligaron a tomar, valían oro.
-Entonces, ¿sabes qué día es hoy?
-…- sintió su ojo azul fijo en los verdes suyos.
-¿No? Hoy se cumplen trece años desde que entraste aquí, Rouge. Bastante tiempo ¿cierto?- interrogó con una felicidad falsa, sentándose en la silla que Gerard colocó a una distancia segura de la tuerta.
-Trece años es un largo tiempo, se pueden recordar y olvidar muchas cosas. Pero hay cosas que no se olvidan. Tú no has olvidado lo que pasó hace trece años ¿no Rouge? He pasado trece años esperando a que me lo digas con tus palabras. Quiero ayudarte Rouge, eso es lo que siempre hemos querido desde un principio. Queremos entenderte, queremos saber que fue lo que te llevó a que mataras a tu madre y abuela.
Creyó ver por unos segundos que su boca se movió, tratando de emitir algún sonido. Se fijo en sus labios, alerta a cualquier mínimo cambio en su posición.
Rouge hubiera llegado a ser muy bella, incluso durante su estadía en el hospital, si nunca se hubiera intentado suicidar infinitas veces, de mil maneras, en trece años. Una cara ovalada, con un solo ojo azul, una nariz fina, labios delgados y un hermoso cabello castaño que le llegaba un poco más abajo de los hombros. La descripción de una hermosa mujer de veintitrés años.
Sus ojos captaron un movimiento en su cara, más exactamente sus cejas. Se fruncían en desagrado, advirtiéndole con su ojo que no la mirara más o le pasaría algo malo, muy malo, incluso peor que lo que le pasó a Jaune.
-Está bien, podemos seguir así si quieres, podemos pasar otros trece años en esta misma rutina. Feliz aniversario Rouge Cramoisi.
Se levantó de la silla, sintiendo el ojo azul observando cómo Gerard le abría la puerta para no regresar a esa habitación, por lo menos en lo que quedaba de la semana.
-¿Quieres saber qué pasó?- le preguntó desde el fondo, con una voz rasposa y ahogada por tanto tiempo sin articular palabra alguna.
-Si- dio su mejor esfuerzo para no sonar emocionado y ansioso, como se encontraba por dentro. Sino calmado y relajado, como si esa información no fuera algo trascendental.
Una de las comisuras de Rouge se alzó, formando una sonrisa ladeada. Se había dado cuenta.
-Siéntese- se levantó de la esquina en la que estaba recostada para sentarse en su cama, el colchón sobre el piso, sin ninguna estructura para sostenerlo. La madera y el metal habían sido desechados desde el momento en que Rouge empezó a arrancarlos y restregárselos para arrancarse la piel.
-¿Vas a decírmelo todo?
-Trece años es mucho tiempo, creo que le debo todo lo que no logró obtener en todos estos años ¿no?- expresó con una extraña mirada pícara.
-Así es.
-Hace trece años yo solía vivir en el pueblo de Grospierres, en una casa de citas que le pertenecía a mi madrastra, no salía mu-
-¿Madrastra? Tenía entendido que Blanc Cramoisi era tu madre.
-Eso es lo que les hizo creer a todos. Mi padre se casó y me dejo al cuidado de esa puta cuando aún vivía en Saint-Georges-les-Bains, mientras el salía a conseguir dinero para poder vivir los dos. Por supuesto ese inútil nunca regresó. Tenía cinco años en ese entonces y cuando cumplí ocho, Cramoisi se mudó con todo su negocio a Grospierres, para estar más cerca de su madre. Diciéndole a todo el mundo que era su hija, la hija de una puta. Aunque el idiota de mi padre me dejo con ella, lo amaba y siempre usaba la caperuza que me regaló. Llevando a que todos en el pueblo me llamaran caperucita roja, la pequeña puta- su ojo dejo de enfocarse en Prideux, parecía estar sumida en sus recuerdos, unos no muy buenos. Su boca se retorcía incontrolablemente, y su respiración se hacía cada vez más pesada.
Se levantó con cautela de su silla, caminando hacia atrás sin despegar sus ojos de ella. Fue una mala idea hacer que le dijera toda la historia. Había descubierto que los informes de Rouge estaban llenos de mentiras, la verdad solo la sabía ella.
-Está bien Rouge, seguiremos otro día, descansa- Gerard cerró la puerta y rápidamente puso los tres cerrojos, ambos soltaron un suspiro de alivio.
-Si yo fuera tú, nunca regresaría allí.
-Tengo que hacerlo amigo, el alcalde quiere que vuelva a estar sana.
-Ella nunca volverá a estar sana, está demente hasta los huesos.
-Lo sé, pero me pagan muy bien por intentarlo.
-El dinero no compra la felicidad Patrick.
-No, pero te ayuda a obtenerla.
Cada uno se fue por su lado, uno a su oficina y el otro a ayudar a Mathieu con un nuevo interno que no quería entrar a su habitación. Dejando a Rouge sola, el pasillo vació, una simple luz blanca alumbrando su puerta.
Era de noche, tal vez media noche, pero se oían pasos por el pasillo a su habitación, se levantó alerta. Esas no eran las pisadas de Prideux o Gerard o cualquier enfermera, había algún intruso en el hospital. Era su momento, lo rompería el cuello apenas entrara y saldría de ese lugar. Y lo buscaría, no se detendría hasta encontrarlo y tener su cabeza entre sus manos.
Estaba al lado de la puerta, no dejando que la luz que se filtraba por la pequeña ventana la tocara, los pasos se detuvieron y la sombra de los pies de alguien se reflejaba en el suelo.
Un libro pasó por debajo de la puerta y enseguida la persona se fue, dejando el misterioso libro. Lo levantó del suelo, la oscuridad de su habitación no la dejaba distinguir el título y mucho menos con un solo ojo para ver. Se acostó en el suelo, dejando que la luz de afuera iluminara la portada.
"Caperucita Roja" decía, se extraño del nombre, pero la curiosidad pudo más con ella y empezó a leer.
Había una vez, una pequeña niña que vivía con su madrastra en una casa de citas, siempre llevaba puesta una caperuza roja y cuando pasaba por el pueblo todos decían:
-Ahí va caperucita roja, la pequeña puta.
A caperucita no le gustaban todos los sobrenombres que los adultos le daban, y tampoco la manera en que sus compañeros de escuela la trataban. Todos los días llegaba con algún moretón o herida a su casa, donde su madrastra no le prestaba atención.
Caperucita era la mejor alumna de su escuela, pero ningún profesor se lo reconocía. La niña vivía triste y sola en el pueblito, encerrada en su habitación y saliendo solo para ir a la escuela, porque su madrastra la obligaba. La mujer no quería idiotas a su alrededor, aunque ella misma no podía contar más allá del cien.
Un día su madrastra le ordenó que llevara una canasta con panecillos a su abuela, quien vivía entre las montañas, ya que no le gustaban las concurridas ciudades.
-¿Y porque tengo que hacerlo? Tú siempre se lo llevas- le contestó Caperucita.
-Ese vejestorio está enfermo, no quiero que me transmita la enfermedad. No puedo trabajar enferma.
-Claro, quien querría tirarse a una puta con gripa.
La mujer le propinó una gran cachetada, enviando a Caperucita al suelo sobándose su pequeña mejilla.
-Más respeto niña, deberías dar gracias de que tu padre te dejo con alguien como yo. Yo te mantengo, ya es hora de que empieces a devolverme ese favor.
-No lo haré- respondió Caperucita levantándose.
-Si lo harás, o puedes decirle adiós a tu caperuza- el pedazo de tela estaba alarmosamente cerca del fuego de la chimenea, pequeñas cenizas amenazando con tocarla.
-¡No, no por favor! ¡Lo haré! ¡Lo haré!- se tiro a sus pies, implorando por la única cosa que le quedaba de su antigua y feliz vida con su padre.
-Ve, y no te salgas del camino, hay rumores de que el hombre de los lobos anda rondando por ahí. No quiero terminar sin nadie para limpiar los cuartos.
-No te preocupes, este lugar no se puede podrir más.
Y sin darle tiempo a su madrastra de responder, Caperucita tomó su caperuza, la canasta y salió corriendo de la casa, hacia el bosque.
¡Que bien se sentía salir de ese lugar!
Caperucita estaba fascinada por el fresco aroma de las flores, el brillo del sol y el olor de la hierba verde y fresca. Miraba asombrada a todos los conejos y ardillas, que saltaban de rama en rama, a los pájaros y las mariposas que revoloteaban alegre, sobre las flores.
Se concentró particularmente en el pequeño pajarito que picoteaba un pedazo de panecillo que tiro hacia él, tan distraída estaba Caperucita que se llevo un susto tremendo cuando un lobo salto de entre los matorrales y devoró al pajarito.
"¡Oh no! ¡Me va a comer!" pensó aterrada la niña.
De repente una pesada piedra golpeó al lobo, quien gruño enojado y luego salió corriendo, perdiéndose en la espesura del bosque.
-¿Estas bien pequeña niña? El bosque no es un lugar seguro para jovencitas como tú- le dijo un hombre bastante alto y con barba, extendido su mano para ayudarla a levantar.
-Estoy bien Señor, muchas gracias por salvarme- le contestó Caperucita aceptando su ayuda y limpiando su vestido blanco.
-De nada pequeña. Dime ¿hay una razón en especial para que andes sola por aquí?
-Voy a la casa de mi abuela. Ella vive aquí en el bosque y le llevo unos panecillos. Debo llegar antes de que anochezca o me castigaran.
-¡Ah entonces la gran casa de por aquí es de tu abuela!
-Si.
-Entonces toma este camino- le señalo uno que se daba entre dos árboles-llegaras más rápido.
"¿Será verdad? La vieja puta dijo que no me saliera del camino, pero… me ha salvado y es amable conmigo ¿Qué daño podría hacerme?" y sin pensarlo un segundo más decidió tomar el consejo.
-Muchas gracias Señor- saltó entre los dos árboles y se perdió en la poca luz que se filtraba por las grandes copas de los robles.
El señor, ni tonto ni perezoso, tomo un atajo y llego más rápido a la casa de abuela, con varios lobos detrás de él. Toco la puerta, un joven bien vestido le abrió y antes de que pudiera preguntar quien era, los lobos le saltaron encima, matándolo y luego entrando a la pequeña mansión, asesinando a todos a su paso.
Para cuando Caperucita llegó, exhausta y enojada consigo misma por dejarse engañar, era de noche y la puerta de la casa de la abuela estaba abierta. Se extraño de encontrarla así, empujo el costoso pedazo de madera y soltó su canasta al ver tal horror.
Las pálidas paredes tenían manchas de sangre por todos lados, varios sirvientes se encontraban tirados en el suelo, muertos y con las entrañas al aire libre. Explorando un poco el primer piso, Caperucita encontró los cuerpos de unos cuantos lobos y tomo el hacha del leñador, que de seguro, quiso rescatarlos.
Caperucita no tenia razón alguna para quedarse en ese lugar, pudo haber huido inmediatamente después de ver la masacre, pero la vieja le hacia sentir un poco mejor que con su madrastra. Ambas la obligaban a hacer oficios y servirles como vasallo, pero la vieja no le daba castigos tan brutales como su hija.
Una mano le tocó el hombro, y por miedo a que fuera algún desconocido que quería hacerle daño, Caperucita se volteo, incrustando el hacha en el estomago, manchando sus manos de sangre. Oyó aplausos detrás suyo, el Señor que conoció en el bosque estaba en la casa de su abuela, con lobos atrás, uno de ellos siendo el que la atacó hacia pocas horas.
-Bien hecho pequeña, haz dado el primer paso.
-¿Usted? ¿Qué hace en la casa de mi abuela? ¡No saldrá vivo de aquí si ella lo encuentra!
-Lo dudo mucho pequeña, la vieja ya no puede ni moverse.
-¿La mato?
-No, tú me hiciste el favor.
Miro la cara de la persona a la que le clavo el hacha, soltándola después de darse cuanta que era su abuela, con una expresión de dolor y su escopeta en mano.
-Pero que hice…- se llevo las sangrientas manos a su cabeza, confundiendo las manchas con el color de la tela.
-Lo que siempre has querido hacer.
-¡No! ¡Yo nunca la quise matar, fue un accidente!- gritó convencida Caperucita.
-No, Rouge.
-¿Cómo sabe mi nombre?- nadie en el pueblo sabia como se llamaba, todos la llamaban Caperucita Roja. Su nombre nunca era dicho.
-Te he estado observando, por mucho tiempo. Viendo como sufres, como te humillan, como eres despreciada. Sientes odio, rabia, deseos de venganza. Quieres hacerles sentir tu dolor, quieres hacerles probar una parte del calvario que ha sido tu vida. La muerte de la vieja no fue un accidente, siempre lo habías querido hacer, callarla para siempre, callarlos a todos- sacó el hacha del cuerpo de la abuela y la extendió hacia su cara- Es tu oportunidad, demuéstrales con quien se estaban metiendo. Que han estado jugando con fuego y un infierno los quemará.
-Pero…
-No vaciles, es lo que siempre has querido.
Caperucita se quedo pensativa, mirando el filo del hacha y el rostro de su abuela. Interpretando las palabras que el hombre de los lobos le expresó, Caperucita se dio cuenta que le decía la verdad. Cuando mato a su abuela, además de sentir asombro, un pequeña parte de ella sintió alivio y dicha, feliz de librarse de una persona que le había estado haciendo su vida desgraciada.
Tomo firme el hacha, determinada a matarlos a todos, a cumplir con su venganza.
-Buena niña, vamos. Hay muchos que matar y muy poco tiempo.
Esa noche, el fuego y la sangre consumieron las calles del pueblo. Los lobos inmovilizaban a las personas y Caperucita los mataba con el hacha, no mostró compasión por ninguno, y se aseguro que su madrastra fuera devorada por los lobos después de descuartizarla.
Sin embargo, soldados de la cuidad cercana llegaron a detenerla, los lobos y el hombre escaparon al solo vestigio de los trajes azules. Dejando a Caperucita sola y herida después de recibir un disparo directo al ojo izquierdo.
Desde entonces Caperucita Roja ha estado encerrada en un hospital mental, donde todos los días grita de remordimiento por las muertes inocentes, y no tan inocentes que llevo a cabo, atormentada por las almas de los muertos bajo su hacha. Alimentando su sed de venganza por encontrar al hombre que termino de destruir su patética vida…
Fin
Los cerrojos de la puerta quedaron abiertos, Rouge salió cautelosa de su habitación, con el libro entre sus brazos. El hombre de los lobos se lo había mandando, solo él podría saber todo lo ocurrido. No sabia quien abrió las cerraduras, pero estaba casi segura que era el mismo dueño del lobo que mas adelante la miraba.
Lo siguió todo el camino hasta la salida, observando desinteresada los cuerpos de los empleados, enfermeras y doctores del Hospital Mental. Las gotas de lluvia la empaparon, el lobo blanco se paro al lado de un hacha. La misma hacha con que mató a casi 200 personas hacia trece años. La tomó, sintiendo que recuperaba parte de su brazo, y de golpe partió al animal en dos.
Sonrió complacida. Fuera del hospital y con su hacha de regreso, ya nada la detendría de completar su verdadera venganza. No sabía que haría después de tener su descabezado cuerpo a sus pies, pero ya se le ocurriría algo. La vida le debía miles de ratos de felicidad, con la muerte del hombre de los lobos, seria solo el principio de su propio cuento de hadas, donde los finales felices, solo existen para el que logra sobrevivir.