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Legeremancia — capítulo 2

Muevo mi cabeza de un lado al otro. Dos hombres sostienen mi cuerpo y, en una silla de madera, me sientan. Tanto que pudo besarme, tanto que pudimos decir y simplemente su fulgor me abandona. Su voz suave resuena en mi cabeza y sus últimas palabras estallan, propagándose dentro de mí y causándome un temor terrible. "Te voy a descubrir".

Alzo mi cabeza y luces blanquecinas se posan sobre la misma. Estoy atada, encolerizada y sin razones para defenderme. No sé qué es lo que hice y parece que nadie me lo dirá en un futuro cercano. No recuerdo nada y mi mente divaga en las últimas cenas y sonrisas que compartí en el comedor. La última intromisión, ahora es lejana. Él no me ha visitado en tanto tiempo... Me carcomo desde lo más profundo. Mi piel se escama y cae en enormes trozos. Estoy sufriendo, estoy llorando sin derramar ni una sola lágrima. Que él no vea mi sufrimiento, que él no vea lo que estoy padeciendo. Sé que está allí, tras ese espejo. Lo sé. Siento sobre mí su cálida mirada que, paso a paso, se hela al verme. ¿¡Qué fue lo que hice!?

— No tienes escapatoria—. Alguien me recita la carta, alguien leerá la biblia que está en la mesa. No estoy lista para responder, no me lo permiten. Una mano huesuda está sobre la mesa, amarillenta por la luz proyectada sobre ella. Miro a mí alrededor y me retuerzo en la silla. La luz me enceguece, pero yo ya no veo el final. Ya no hay nada que observar.

— ¡Confiesa!—. Gritan, mientras yo vuelvo a retorcerme en la silla. "¿Qué demonios hice? ¡Díganmelo!" Miro a mí alrededor y espero encontrarlo, entre todos esos rostros. Espero que su mirar me calme.

— Déjenmela—. Su voz regresa y mi corazón se hincha al escuchar. Ya no sé por qué lo siento así, pero mis oídos retumban cuando su fina voz me dice que está cerca, que puedo tocarlo.

Me han dejado sola y mirando en la oscuridad. Es la misma que yo me he impuesto y la que jamás me ha abandonado. Un viento terrible hela mi ser y me obliga a rechinar mis dientes. Escucho como una ventana se cierra calmadamente y es entonces cuando entiendo que él no viene a hacer amigos.

— Dímelo—. Me indica, con su voz como una suave caricia, cuando llega a mi lado. Ladeo mi cabeza con expresión dubitativa, mientras me invade el deseo de abrir mis labios. Aún recuerdo el gesto imperioso de su beso. Pero no puedo, no debo. Me retengo en mí misma. Aún así, alzo mis manos y acaricio su rostro. Él las aparta de sí, con un gesto frío y déspota. Están sucias, están negras. ¿Qué ha pasado con ese cariño que, con un beso, me entregó?

— Yo no sé qué hice—. Digo, al final de cuentas. Evoco, sobre él, una mirada relajada. Su semblante grueso se ablanda lentamente y su mano viene a reposar sobre la mía. Tiembla, como siempre que él la toca. ¿Cómo siempre? No, solo cuando decide que va a tocarme. Es un momento nuevo en mi vida. Severus Snape, me está tocando una mano.

— Sabes lo que hiciste, pero no lo admitirás. Lo puedo entender, ya que sabes el precio de la condena—. Admiro sus delgados y curveados labios, que me sonríen. "¿De qué está hablándome?"

— Respira, si puedes escucharme. Quiero oírte llorar para mí. Hablar, sólo para mí—. Me río amargamente y ladeo mi cabeza hacia la luna que ocupa su lugar en el cielo.

— ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué me haces esto?

— ¿Te es tan difícil amar con tan solo entregarte? No todo tiene explicación, Granger.

No me tomas, ni siquiera me llamas por mi nombre, no me has acariciado el cabello ni has dicho, de mí, una gran cantidad de elogios. No, tú no me amas. Me quieres hacer sufrir.

— ¿Qué te pasa? ¿Estás en blanco ya?

Coloco mi mano en su pecho y puedo sentir como su respiración se acelera. No digo nada, quiero sentir su corazón, quiero saber que puedo estar allí. Que mi alma, ya rota, me lo diga.

— Sientes mi corazón… Aparta tu mano de mí... Traidora....

— Es tu mano la que siempre estuvo en mí.

— "Siempre" es una palabra muy grande. Muy infinita.

Sonrío y me llevo las manos a la cara. Miro mis muñecas y el código de barras que está dibujado en ella. Soy de su tipo, soy un producto más para que destrocen a placer. Para que me vendan al mejor postor. Me río y luego regreso la vista hacia el punto original.