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Historia 45198 — capítulo 3

Dumbledore sabía que debía ver la mayor cantidad de recuerdos posibles, por se aparecía alguna otra pista que le involucrase con los asesinatos, pero antes de sumergirse en el contenido de la siguiente botella, le envió una lechuza a Arthur Weasley. Quería saber qué había pasado con Glenda Collins, y si era posible interrogarla acerca de lo que había pasado. Estaba claro que ya no era la vecina de Snape, y creía que su testimonio podría ser crucial. Tras ver cómo el animal se alejaba volando, respiró hondo y se introdujo en el brillante líquido plateado.

Esta vez, las imágenes eran más consistentes, pues Snape era mayor. Tenía siete años, y estaba durmiendo en su habitación, cuando un grito de Eileen le despertó. Ella le llamaba desde el dormitorio grande, y por su voz parecía que sufría dolor. El chiquillo saltó de su cama, tropezó con las sábanas, se golpeó contra el marco de la puerta y corrió descalzo hasta la habitación de su madre. Eileen estaba tumbada sobre su cama, embarazadísima, y temblaba de pies a cabeza. -Severus, corre, avisa a Glenda. Tu hermano va a nacer -jadeó. Entonces, el recuerdo se puso borroso un instante, y se aclaró cuando el niño entró por la puerta, tirando de la mano de Glenda. Dumbledore supuso que Snape no había considerado necesario recordar la desesperada carrera entre las dos casas. Mary-Anne seguía a su madre, con los ojos muy abiertos, y en cuanto Glenda fue a atender a Eileen, se acercó al niño Severus, impresionada por lo que estaba pasando. -Se ha adelantado, creí que me daría tiempo a llegar al hospital -sollozó Eileen-. Acabo de romper aguas. -No te preocupes, todo va a salir bien -dijo Glenda, apartando las sábanas y acomodando las almohadas-. ¿Dónde está tu marido? -No lo sé, a veces duerme fuera. -Mejor, así no molestará. Dumbledore se sintió impresionada al ver la claridad con la que Snape recordaba el nacimiento del bebé. Mary-Anne y él se abrazaban apretujados en un rincón, pero aun así, él no se perdía ni un detalle. Cada jadeo de su madre, cada consejo de Glenda, todo lo recordó. Los niños no pronunciaron ni una sola palabra mientras las dos mujeres se esforzaban en traer una nueva vida al mundo.  Eileen demostró ser más valiente de lo que parecía, y no gritó ni una sola vez, para no asustar a su hijo. De hecho, el primer chillido que se oyó en el cuarto fue el de la criatura recién nacida. -Es una niña -anunció Glenda, cogiendo al diminuto bebé en brazos y tendiéndoselo a Eileen. Esta lloraba de alegría al observar a su pequeña. -Es preciosa -susurró. De forma casi inconsciente, le contó los dedos de las manos y los pies. Como si les hubieran dado permiso para moverse, los dos niños se acercaron a la cama, casi temerosos de respirar. Eileen colocó a la niña entre sus brazos para enseñársela a su hijo, y el pequeño Severus miró en silencio a su hermana, con una expresión que bailaba entre la curiosidad y la congoja. -Es muy pequeña -dijo al fin. -Ya lo sé -sonrió Eileen-. Por eso tenemos que cuidar de ella, para que no le pase nada. Dumbledore adivinó que la pobre mujer temía la reacción de su marido, pero Glenda se atajó a sus temores. -Vamos, querida, no te preocupes por eso ahora ¿quieres? Ponle un nombre a tu hija. Eileen miró al bebé, que seguía llorando, y luego a Severus. -¿Cómo la llamamos? -le preguntó. Mary-Anne, que hasta entonces había permanecido apartada, tiró de la manga de su compañero. -Que se llame Laurah -susurró. -¡Mary-Anne! Llamas Laurah a todas tus muñecas -le reprendió Glenda.  -No, Laurah está bien -murmuró Severus. A Dumbledore le llamó la atención la expresión del niño. Parecía haberle dado vergüenza el contacto físico con su amiga, y sin embargo, había accedido a su deseo. De forma curiosa, no parecía importarle demasiado el nombre que llevase su hermana. Al cabo de un rato, Glenda sugirió que Eileen estaría mejor si se lavaba un poco, pero la bruja dudaba, porque no quería soltar a su bebé por nada del mundo. Glenda lo solucionó todo sentando a Severus muy derecho sobre la cama y poniéndole a Laurah en brazos. Las dos mujeres se fueron tambaleantes al baño, y llamaron a Mary-Anne para que las ayudara, dejando así a Severus solo con el bebé. El niño miraba a su hermana con la cara un poco arrugada, como si le diese asco. La niña era muy pequeña, estaba roja, y no paraba de berrear, y Dumbledore pensó que Severus no la tiraba hacia un lado por miedo a la reprimenda que vendría después. Sin ningún éxito intentó mecerla, consiguiendo únicamente que la cara del bebé quedase tapada por la mantita que la cubría. Un poco hastiado, apartó la tela, y justo en ese instante, el bebé alzó un brazo y asió un dedo de su hermano. La expresión del niño cambió por completo, y Dumbledore pudo ver ternura en su pequeña y sucia cara. Incluso sonrió. Severus miró hacia la puerta, como para comprobar que no le veía nadie, y se acomodó mejor a la niña entre sus brazos. Muy bajito, le canturreó algo que no tenía gracia ni ritmo, pero que sorprendentemente calmó a Laurah, como si fuera un sedante. La sonrisa del niño se agrandó. -¿Sabes una cosa? -susurró, y esta vez había dulzura en su voz-. Voy a cuidar de ti, pase lo que pase. No voy a dejar que te hagan daño. Te voy a proteger hasta... hasta siempre -y la cara de Severus se iluminó ante una idea-. Y cuando seas más mayor te enseñaré todo lo que sé, y podrás hacer magia conmigo, y... ¡y seré tu mejor amigo! Ya lo verás, no va a haber mejor hermano que yo...

...Y el recuerdo empezó a girar muy deprisa, y Dumbledore pudo ver pequeñas escenas a su alrededor. Vio cómo Severus ayudaba a su madre a bañar y cambiar a su hermana, y vio cómo le daba el biberón y la acunaba hasta que ella se quedaba dormida. Vio cómo dormía junto a la cuna, por si ella necesitaba algo, y cómo le cantaba aquellas horrorosas melodías, que sin embargo, a Laurah le gustaban. Y vio cómo la niña crecía, y comenzaba a gatear por la casa, y su hermano le quitaba todos los obstáculos del camino para que no se hiciese daño y la apartaba de las escaleras, para que no se cayese por ellas. Y entonces, un día, la niña le cogió de las manos para incorporarse, y él la paseó por toda la casa, y después por la calle... y la cogía en brazos y la lanzaba al aire, y Laurah reía encantada... y unos meses después, Laura se incorporó con la ayuda del raído sofá, y dio sus primeros pasos sobre la sucia alfombra del salón, hasta llegar a los brazos de Severus. Y él la lanzó al aire, y le dio un beso muy fuerte...

...las escenas cambiaban y se arremolinaban alrededor del director, pero lo que nunca cambiaba era la expresión del joven Snape, la cara de adoración absoluta con la que miraba a su hermana, el cariño y el cuidado que le dedicaba. Vio cómo le brillaron los ojos la primera vez que la niña, riéndose, le llamó "Sev"... 

...y los recuerdos se estabilizaron de nuevo, y Dumbledore se encontró de nuevo en el interior del salón de los Snape. Severus tenía diez años, y Laurah tres, y jugaban sobre la alfombra mientras Tobías, algo apartado de ellos, leía el periódico. Laurah cogió un libro y lo golpeó contra el suelo, y este se abrió, y las hojas comenzaron a pasar muy deprisa de un lado a otro, sin que nadie las tocara. La niña se rió y aplaudió, y su hermano también sonrió, pero aquel repentino alboroto hizo que Tobías levantase la mirada. Sus ojos cayeron sobre el libro, y luego sobre la niña, y se entrecerraron furiosos al ver lo que estaba pasando. Dumbledore le vio levantarse, rojo de ira, y llegar hasta donde estaba su hija. Vio cómo levantaba la mano. También vio cómo el niño Severus se ponía en pie de un salto y se plantaba delante de su hermana, aunque su cabeza apenas llegaba a la altura del pecho del hombre. -¡Papá, no! He sido yo. Y la mano alzada de Tobías se descargó sobre la cara desafiante de su hijo, golpeándole con crueldad y tirándole al suelo. Laurah comenzó a llorar, asustada, y Eileen entró en el salón, atraída por los gritos. Al ver que Tobías se disponía a pegar de nuevo a Severus, corrió a detenerle. -¡Tobías! Sólo son niños ¡para! -gritó, pero el hombre la golpeó a ella también. Severus se levantó del suelo, cogió a su hermana en brazos y salió corriendo escaleras arriba. Dumbledore le vio pasar por su lado, y por eso pudo ver que el chico tenía la cara amoratada, y que sangraba por la nariz y el labio. Les siguió por las escaleras, porque no quería ver la escena que se desarrollaba debajo, y entonces vio cómo Severus abría la puerta de la alacena y se metía dentro, llevando a Laurah colgada de su cuello. El recuerdo permitió que Dumbledore pudiese presenciar lo que ocurría dentro del armario. Severus estaba sentado igual que lo había hecho él un par de días antes, y la niña se aferraba a su pecho. Ninguno de los dos hacía ruido, ya que habían aprendido que el silencio les mantendría a salvo. El niño tapaba los oídos de su hermana, para que no oyera los gritos de su madre y los golpes de su padre, y la mecía hacia delante y hacia atrás, mientras ella lloraba en silencio, con la cara hundida en su cuello. -No pasa nada, voy a cuidar de ti, voy a cuidar de ti, voy a cuidar de ti... -susurraba a toda prisa. Él estaba muerto de miedo, y se le notaba, pero Dumbledore vio en su carita una firme determinación, y supo que si Tobías llegaba a abrir la puerta de la alacena, Severus se pondría delante de su hermana y lucharía por ella hasta el final-. Voy a cuidar de ti, voy a cuidar de ti, voy a cuidar de ti...

...los recuerdos volvieron a cambiar, otra vez de forma veloz. Ahora podía ver a Severus y Laurah en casa de las Collins, jugando con Mary-Anne. Cada vez que Laurah se reía, las luces del techo se encendían y se apagaban, y los dos niños mayores se turnaban para hacerle cosquillas... y de repente Dumbledore se encontró en mitad de la calle, siguiendo a Mary-Anne y a Severus, que discutían sin parar. -No puedes hacer eso ¡Son todos tus ahorros! ¡Has tardado más de tres años en reunir todo ese dinero! -decía ella. -Laurah es más importante que el dinero -decía él-. ¿Me vas a ayudar o no? Y Dumbledore les vio entrar en una tienda, donde el chico compró el vestido más bonito que vio, para su hermana...

...y ahora estaba con Eileen, y los dos cosían en secreto una muñeca de trapo, que era la cosa más fea que Dumbledore había visto en su vida, pero era lo único que podían regalarle a la niña por Navidad... y más tarde, el mismo día de Navidad, Laurah encontró su muñeca escondida debajo de unos cojines, y ante la satisfacción de su madre y hermano la abrazó contra su pecho, llamándola "Sophie"... y ahora era verano, y Laurah jugaba con la muñeca Sophie junto a la ventana, mientras Severus leía una carta en el rincón. Dumbledore reconoció el sello de Hogwarts, y dedujo que el niño debía haber recibido la noticia de que ese año empezaría a estudiar magia. Entonces Tobías entró, visiblemente borracho, y avanzó dando tumbos de un lado hacia otro. Laurah intentó apartarse de su camino, pero en su errática trayectoria, su padre chocó con ella. -Niña del demonio ¡Quita de en medio! ¡Y aparta esa monstruosidad de mi vista! -gruñó, y en un arrebato, agarró a la muñeca y la tiró a la chimenea. Severus se puso en pie de un salto, y Dumbledore se sorprendió al ver su cara contraída en aquel gesto de puro odio que tan propia era del Snape adulto. Afortunadamente, la chimenea estaba lejos de estar encendida. Ese invierno los Snape no habían tenido dinero para leña. Desafiando a su padre con la mirada, Severus fue a recoger la muñeca de la capa de porquería sobre la que había caído. Tobías le miró con desprecio. -Te crees importante ¿verdad? Desde que has recibido esa carta no has parado de presumir ¿acaso crees que siendo un monstruito serás mejor que el resto? -le espetó-. Te crees superior porque eres un anormal ¿no es así? ¡Contesta! -empujó a Severus contra la pared, y éste cayó contra las roñosas cortinas, desgarrándolas con su peso. El niño no respondió, no dijo nada. Se levantó muy despacio, con los labios apretados, y siguió caminando en silencio, soportando la pestilente figura de su padre, que le perseguía a gritos-. Tu sucia magia no te servirá para nada ¡Monstruo! Todos vosotros lo sois -mostrando una férrea fuerza de voluntad, Severus cogió a su hermana de la mano y tiró de ella hacia las escaleras-. Eso, escondeos, es para lo único que servís…

…Severus había subido con Laurah al desván, a salvo entre los mueble viejos y las cajas. La niña abrazaba a la pobre Sophie, que había perdido un brazo, y estaba manchada de hollín. -No te preocupes, se puede arreglar -dijo el chico, tratando de consolarla, pero Laurah la tiró a un lado. -¿Para qué? Es una monstruosidad -sollozó, repitiendo las palabras de su padre. Severus recogió la muñeca, y la giró entre sus manos. Quizá él, al igual que Dumbledore, veía que aquel conjunto de trapos era verdaderamente horrible, pero trató de parecer animado frente a los ojos de su hermana. -No es una monstruosidad, lo que ocurre es que Sophie es… es… -entonces se dio cuenta de que llevaba colgando un pedazo de la puntilla dorada de las cortinas, que él había arrancado al caer-. Mira, es una princesa -dijo, atando hábilmente la puntilla alrededor de lo que se suponía que era la cabeza de la muñeca-. Una princesa encantada. Laurah miró escéptica a la muñeca, incapaz de verle ningún rastro de princesa, pero su hermano sonreía, inspirado. -Vivía en un castillo de mármol blanco, tan blanco como la nieve, pero un día, un terrible hechicero se enfadó con ella y la transformó en muñeca -Laurah sonrió por primera vez. -¿Y por qué? -preguntó. -Porque… -el niño miró a su alrededor, y se puso en pie, con la raída muñeca en las manos-. Porque le había escondido su fabuloso tesoro en el Bosque de las Sombras -dijo, bajando la voz, para volverla misteriosa-. Míralo, ¿no lo ves? Ahora mismo estamos en su interior -señaló a su alrededor. En la penumbra del desván era fácil para un par de niños imaginar que estaban en el corazón de un profundo bosque-. Pero la maldición se romperá si alguien ayuda a Sophie a encontrar el tesoro antes que el hechicero -miró a su hermana-. ¿Qué dices? ¿Me ayudas? Y ante la asombrada mirada de Dumbledore, Severus inventó una fantástica historia para su hermana, y ambos recorrieron el desván, siguiendo las pistas que él dejaba, para llegar al tesoro escondido. Este resultó no ser más que una caja llena de ropa vieja, pero el chico consiguió que su hermana pensase que eran telas preciosas traídas de países lejanos. Si a Dumbledore le hubiesen dicho que Snape tenía vena de cuentacuentos, se habría reído de lo lindo, pero allí estaba, delante de sus ojos. Dudaba que las historias que contaba las hubiese leído en algún lugar, ya que los Snape no tenían cuentos infantiles en casa, así que el mérito del niño era mayor, al ser capaz de improvisar una aventura así al instante, y además, hacer que su hermana se la creyera…

…Las imágenes volvieron a pasar deprisa, y Dumbledore vio cómo Severus movía los muebles y las cajas, y las cubría con una sábana. -Esta es la Cabaña -le dijo a Laurah-. Es el escondite secreto de Sophie. Aquí está a salvo del hechicero, y puede planear sus aventuras. Día tras día, el cuento cambiaba, y bajo la imaginación de Severus, el desván se transformó en una espesa jungla, donde tuvieron que luchar contra los sangrientos tigres, en las profundidades del océano, donde consiguieron que la reina de las sirenas le regalase uno de sus tesoros a Sophie, en un abrasador desierto, donde lograron burlar al hechicero una vez más, o en un paraje glaciar… Dumbledore tenía la impresión de que el hechicero era un reflejo de Tobías Snape, aunque ninguno de los dos niños dijo jamás nada al respecto. Sin embargo, cada vez que tenían que refugiarse en la alacena, o tenían que subir corriendo al desván porque su padre estaba más borracho de lo normal, la imagen del hechicero era más temible y tenebrosa, pero a la vez, las proezas y la valentía de la princesa Sophie eran mayores. Laurah se sentía identificada por la heroína de los cuentos de su hermano, y a escondidas, él la llamaba "princesa", sobre todo cuando quería que ella fuese valiente y decidida. Dumbledore se preguntó si aquel juego no sería en el fondo un truco de Snape para que Laurah dejase de tener miedo a su padre y tratase de ser más valiente cuando estaba ante él. Lo cierto es que lo que empezó como una historia para pasar el rato se transformó en una especie de tradición. La princesa Sophie era el secreto mejor guardado de los hermanos Snape, y gracias a ello permanecieron unidos a pesar de todo lo que ocurría en su casa. Sophie era su consuelo, su refugio y su inspiración…

…En otra escena del recuerdo, Dumbledore descubrió que en realidad, sí que había otra persona que también conocía las aventuras de la princesa Sophie. Mary-Anne Collins participaba en el juego cada vez que los niños Snape iban a su casa (que para ellos era el palacio perdido de la princesa, mientras que la casa de los Snape era el territorio del malvado hechicero) Mary-Anne escondía pulseras y coronas de plástico y purpurina por toda la casa, y Severus se encargaba de dejar las pistas para que Laurah encontrara el tesoro…

…Y un día, Severus pintó la cara de su hermana con puntos rojos, y esta empezó a toser como si le fuera la vida en ello, y Eileen consiguió que Tobías les dejara salir al médico, pero en realidad, lo que pretendían los tres con aquella farsa era poder entrar en el Callejón Diagón. Dumbledore se sintió conmovido al ver las caritas de aquellos dos niños. Severus y Laurah no podían decidir cuál de las tiendas que les rodeaban era más espectacular, y pegaban la cara al cristal de la tienda de artículos deportivos, al de la lechucería, la tienda de dulces, la de libros mágicos… aquello era mejor que Sophie y su Cabaña. Aquello era real. Eileen aprovechó la emoción de sus hijos para comprar, sin que ellos se diesen cuenta, los libros y la ropa en tiendas de segunda mano. Seguramente deseaba que el entusiasmo de su hijo durase lo suficiente como para no darse cuenta de lo vieja que era su ropa, o lo usados que estaban sus libros, aunque ese entusiasmo durase hasta que él viese el material escolar de los demás. Sin embargo, lo más emocionante fue sin duda el momento en el que Severus fue escogido por su varita. De hecho, la expresión de extrema felicidad no se le quitó hasta que llegó a su casa, y tuvo que esconder sus cosas a toda prisa en el desván…

…Y ahora estaban en el andén nueve y tres cuartos, y Laurah corría detrás del tren, agitando la mano para saludar a su hermano. Este sacaba casi medio cuerpo por la ventana, y se reía, despidiéndose de ella y de su madre, para empezar una nueva etapa de su vida…

…Severus estaba solo en su habitación de Hogwarts, y siguiendo las instrucciones de un libro de transformaciones, logró que uno de sus calcetines se transformase en un caballito de madera. Poco tiempo después, le escribía una carta a su madre, explicándole punto por punto cómo debía poner las adivinanzas y los enigmas por toda la casa, para que Laurah tuviese que resolverlos antes de encontrar su regalo. Del cuello del caballito colgó una nota que decía "Feliz Cumpleaños, Princesa"…

…y en verano de nuevo, los dos hermanos se refugiaban en la Cabaña para leer a escondidas los libros de magia de Severus, y él hablaba de Hogwarts, de sus escaleras móviles, de los retratos que hablaban, de los banquetes en platos de oro… y Laurah contaba los días que quedaban para que ella también recibiese una carta. En su baúl, junto con sus cosas del colegio, Severus había traído un montón de dulces, robados de la cocina, para su madre y su hermana, y siempre los comían a escondidas de Tobías, y cuando él estaba presente, se miraban de reojo, orgullosos de tener un secreto que él jamás descubriría. La magia pasó a formar parte de las aventuras de la princesa Sophie, y Dumbledore notó que poco a poco, el hechicero era menos tenebroso, y más cómico y ridículo…

…y entonces, el recuerdo cambió radicalmente. Era Navidad, y acababa de ponerse el sol. Todas las casas de la Calle de la Hilandera tenían las luces encendidas, menos la casa de los Snape, que permanecía a oscuras. El Severus de esa época era mucho mayor, y Dumbledore calculó que ya debía haber cumplido los diecisiete. Eso le recordó que Eileen Snape había muerto dos años antes, dejando a sus dos hijos solos en manos de Tobías. Se sorprendió al comprobar el salto radical de los acontecimientos ¿Significaba eso que Snape no había querido recordar nada más de su época de colegio? El Severus del recuerdo se abrigaba lo mejor que podía y subía con cuidado los escalones congelados de su casa. Al abrir la puerta, sacó su varita y miró a su alrededor, frunciendo el ceño. Todas las luces estaban apagadas, y hacían frío. Entonces oyó algo en el piso superior, y Dumbledore también lo percibió: eran sollozos y protestas, y golpes sordos. Snape caminó en silencio, y Dumbledore se sorprendió al ver la frialdad de sus gestos al subir por las escaleras ¿Pensaría que habían entrado a robar en su casa? Por aquella época surgieron los primeros mortífagos ¿habría alguno en su hogar? Sin embargo, los llantos venían de la habitación más pequeña, la que Dumbledore había visto llena de trastos, pero que en aquella época pertenecía a Laurah. Con la cara visiblemente pálida, Snape abrió la puerta, y para su propio horror, y también el de Dumbledore, encontró a Tobías Snape sobre la cama, desnudando a la fuerza a su propia hija. La niña lloraba de miedo, y sus ojos se abrieron como platos de terror y vergüenza al ver a su hermano en la puerta…

…el entorno se volvió borroso, pero no porque snape no hubiese querido recordar lo que sucedió a continuación, sino porque no se había parado a recordarlo. Dumbledore se vio rodeado por remolinos y fogonazos, y oyó gritos, muchos gritos. Cuando el recuerdo se aclaró, Laurah se encogía sobre sí misma en un rincón de su cama, abrazando contra sí lo que quedaba de su ropa mientras lloraba sin parar, mientras que Severus Snape, en de pie en mitad de la habitación, jadeaba, agarrando con fuerza su varita. Tobías Snape yacía en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.  Estaba muerto.

bueno, aquí acaba este capi, con el primer asesinato de Snape ¿Qué os parece? Alguien capaz de matar en nombre de su hermana... ¿podría ser un frío asesino? hasta el próximo capi¡¡¡