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Nunca te abandonaré — capítulo 1

N U N C A  T E  A B A N D O N A R É: Severus Snape/Hermione Granger

Estaba allí, semi consciente. No había nada en su cabeza, desde aquel accidente. No podía moverse, lo sabía. Pero todos los días, lo hacía. Lo seguía intentando, para que él no estuviera solo. Todos los días, iba a susurrarle palabras de aliento. Palabras que le indicaran que tenía que vivir. Que lo mejor era levantarse y darle la alegría al mundo, de que estaba vivo.

Esperaba y esperaba. Era la única visitante y siempre lo iba a recordar. Recordaba ese momento, como ningún otro, en su vida.

Era su cumpleaños número treinta y ocho, y no tenía ningún tipo de visita o compañía con quién estar. No lo necesitaba, pero alguna vez deseó tener un cumpleaños decente. Con su botella de vino de elfo, saboreaba los últimos minutos de aquel amargo cumpleaños, en soledad. Estando en ello, mirando a la chimenea y con un suspiro, una curiosa carta llegó hasta sus manos. Nunca supo de dónde salió o quién era.

Venía anexado, un libro. Decía "Feliz cumpleaños, profesor Snape. Yo siempre me acordaré de usted, lo prometo. Así, no estará solo" Se sorprendió con la naturaleza del regalo, pero debió aceptar, que alguien estaba interesado. Intentó descubrir quién, pero la caligrafía estaba bien hecha, para que no pudiera saberlo. Nunca había visto nada igual. Si se trataba de una broma, seguramente estaría más molesto que nunca. Pero dentro de sí, había algo que le decía, que creyera.

Y él creyó. Creyó en el mensaje. Ya estaba debilitado por el sentimiento, de su muerte que se avecinaba. ¿Por qué no creerle, entonces?

Ladeó la cabeza, al recordar que tenía que cambiar las flores. Estaban ya marchitas. Nadie iba a verlo. Algunas veces Albus, algunas, Minerva. Pero nadie iba con tanta frecuencia, como lo hacía. Le encantaba, siempre dedicaba mucho tiempo a ello. Se lo había prometido.

  • Se levantará... Camine, sienta el mundo. Sienta el aire entre sus manos, lo necesitamos. Yo lo sé.

Día tras día, iba y venía. No dejaba de recordárselo. De decirle que lo necesitaban, que necesitaban que estuviera allí, a su lado. Al lado de Minerva, al lado de quién estuviese. Albus ya estaba muerto, pero ella sabía que él iba a verlo. A veces podía sentirlo. Era tan reconfortante.

Abría las cortinas y ventanas, limpiaba su rostro. Humedecía sus labios, para evitar que se consumiera a sí mismo. Todo, con sus delicadas manos. Lo había prometido. Podía estar a kilómetros de lejanía, pero ella iba a curarlo.

"¿Se siente bien, profesor Snape?" "Hoy no le vimos en clase" "¿Le pasa algo?" "Puede responder esta carta, le prometo que yo le responderé cuanto antes". "Charle conmigo, si lo necesita" Comenzaba a sorprenderse por eso que estaba leyendo. Se mantuvo en silencio, leyendo aquello. Eran más que líneas vacías, eran más que eso. Era alguien que estaba interesado en él, en su salud. Miró a su alrededor. ¿Estaría loco si contestaba? Sí, ¿Y si era un espía? ¿Una gracia de algún estudiante? ¿Debía confiar?

"Confíe en mí" ¡El pergamino respondía su pregunta! ¿Por qué le era tan sospechoso, el asunto? ¿Qué podría sufrir el colegio, si simplemente él se dejaba llevar y respondía la carta?

"Estoy bien". Escribió. ¿Lo estaba? No, pero lo mejor era no dar detalles. Al poco tiempo, una carta regresó a sus manos.

"No está bien. ¿Se siente enfermo? ¿Necesita ayuda?"

Debía admitir también, que estaba resultando incidioso. Con un suspiro, se preguntó si debía dar sus más profundos secretos, a una hoja de papel que respondía. La contempló en silencio y al final de cuentas, respondió. Iba a morir igual.

"Estoy herido. Estoy cansado. Estoy muerto"

Limpiar las sábanas, limpiar la mesita de noche. Todos los días,  trabajaba más que el propio medimago, que le cuidaba. Pero, ese era su trabajo, desde aquél día. ¿Qué cosas, él no le había contado? Se sentía tan culpable y tan impotente al mismo tiempo. Pero por eso, por eso estaría allí para él.

  • Levántese, camine un poco y mire lo hermoso que está el sol. ¡Vamos! ¡Ánimo!

Seguiría insistiendo. En otoños, en inviernos. En veranos y primaveras. No dejaba de asistir un solo día. Aunque los pronósticos no fueran los deseados. Iba y venía, y no se cansaba de hacerlo. no lo haría. A leerle sus libros favoritos, a contarle historias sobre los sucesos diarios. Él tenía que estar enterado, por si decidía despertarse en algún momento.

Y el tiempo pasó, y fue madurando. Seguía sentada a su lado, mirándolo. Descuidando compromisos. Era extraño, era como un amor forjado, solo por el mero cuidado que le brindaba. Por la atención que le estaba prestando. Suspirando, cambiaba las flores otra vez. Sonreía, acariciando su pálido rostro. Dirigíendole palabras de aliento, que le serían muy útiles.

  • Hay alguien, que le ama. Profesor Snape. Profúndamente.

"¿Algún día me dirás, quién eres?" Sentenció el hombre, en aquel trozo de pergamino. El que regresó, traía una respuesta que no le gustaba. Bueno ¿Qué más podía hacer, que desconfiar?

"No creo que pueda. Si lo supiera, ¿Qué magia tendría? Ni siquiera, querría responderme una sola carta"

"Eso me da motivo para desconfiar"

"Desconfíe si quiere, yo seguiré cuidándolo. Lo prometí. Le hice la promesa de que estaré al pendiente de usted"

Aún sostenía la carta entre sus manos. Aún recordaba esa promesa que le había hecho y no le fallaría. Sin embargo, ese día había fallado. Ese día le habían informado que él moriría, sin remedio. Que lo mejor era irse para siempre y quedarse en casa. Apenas pudo mirarlo, sin llorar un poco. Sin decir que lo iba a extrañar. Que iba a extrañar, esa amistad particular. Antes de irse, en el corto tiempo que le dieron, para despedirse, depositó un beso sobre sus labios. Uno pequeño.

  • Cuídese, profesor.

Y así pasó un par de meses, pensando en cómo había fallado y los por qué. Mientras pensaba en ello, un cerebro también estaba pensando. Aquel que estuvo cuidando, recordó que alguien le necesitaba y fue entonces, cuando comenzó a abrir sus ojos con parsimonia.

  • ¿Qué...?

  • En el hospital.

  • ¿Quién era ella? ¿Quién era esa mujer?- preguntó, fue lo primero que le vino a la mente.

  • Esa mujer es...

Pasó largo tiempo, pensando en eso, pero ya estaba dispuesta a dejarlo pasar. A verlo morir y recordar, que fue lindo mientras duró. Estando en su hogar, lista para entablar una nueva vida, junto a quién la quisiera, su puerta llamaba con un golpeteo incesante. Alguien estaba desesperado.

Caminó para abrir la puerta y miró con sorpresa, a su visitante. Estaba igual, a cómo lo recordaba y le miraba. Ella apenas atinó a sonreír y a suspirar. Fueron tiempos duros. En sus manos, tenía todas esas cartas que pensaba guardar en su baúl e irse. Él las miró.

  • Mi amiga secreta- le dijo y ella, esperó a su correspondiente queja- Mi amiga secreta, has salvado mi vida- le dijo y ella, se sobresaltó en sobremanera.

  • ¿Pro...? ¿Qué está diciendo?

  • Salvaste mi vida. Mi deseo era morir, pero no quería irme sin saber, quién enviaba esas cartas.

No pudo hacer otra cosa, que reírse de eso. Aquel hombre la miró con sorpresa y ella solo pudo carraspear e invitarle a pasar. Él se sentó en el sofá y le miró con detalle. Ella estaba tensa.

  • ¿Por qué?

  • Por que estaba solo.

  • Pero...¿Mi cumpleaños...?

  • Nadie debe estar solo en su cumpleaños.

Severus sonrió y ella también lo hizo. No supo de dónde había llegado esa sonrisa, pero solo la esbozó. Hermione inspiró y colocó en sus manos, todas sus cartas. Cerró sus manos y le contempló con un gesto cariñoso.

  • Son suyas. De parte de su amiga secreta.

No dijo nada más. De sus labios no brotó palabra alguna. Solamente un pequeño gemido, cuando los labios de él la rozaron levemente. La contempló, otro deseo que tenía. ¿Acaso estar vivo, significaba que haría locuras? Pues los que lo estaban, hacían locuras, por que ella le había correspondido el beso. Y estuvo sentada en aquel sofá, recibiendo todos los besos y caricias. Otorgando nuevos.

- Sus manos, las puedo reconocer ya- le dijo- no sé por qué sentía, que era usted.

  • No podría saberlo, ¿Quizá por mi voz?

  • No. La reconocí, por su caridad.

Ella sonrió, antes de plantar un beso en su frente. Un beso de "Estás vivo. Qué alegría verte". Asombrado, el hombre alzó la cabeza y la contempló. Se había puesto tan hermosa.

  • ¿Es cierto, que usted me necesitaba con vida? ¿Qué me ama?- recordó, en un lapsus mentis.

  • Sí. Le necesito. Sino, ¿a quién puedo enviarle estas cartas que tengo que llenar?

  • Comience a escribir.