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Tortúrame II — capítulo 4

4.- D E  S N A P E

Esa mañana, Ginny Weasley había despertado con una absurda sensación de que estaba metida dentro de un hoyo del que no saldría. Inmersa en su peor pesadilla, trataba de escapar del sueño. No podía despertar. No podía huir de sus brazos. Resultaba tan aberrante, soñarse en aquella enorme cama, con aquel hombre. 

Por más que se arrastrara en ella, la misma nunca se terminaba. Se sentía nerviosa, infeliz.

Despertó jadeando, con la mano en el pecho. Y lo gracioso de aquello, era que también lo había despertado a él.

A unos pocos días de la boda. Dos exactamente.

La miró, mientras ella trataba de respirar. Habría tenido una pesadilla. Habría estado pensando en lo que sucedería luego.

— ¿Señorita Weasley?

— Por más oro que de por tenerme, no quiero hacer esto. Máteme si eso es el único castigo al que quiere llevarme al final de esto. Eso me ahorrará problemas, me ahorrará el tiempo que pase en esta tortura. ¡Vamos, adelante. Hágalo!

Se levantó de la cama y lo dejó con la impresión de que aquel matrimonio iría directamente al fracaso, como la misión que trataba de mantener viva. Se levantó de la cama y la siguió. Terminó en el salón, hurgando los cojines en busca de su suéter.

— No puede irse. Ya hice un contrato con su madre.— dijo, sin vacilar. Mirando a través de la ventana. Las luces de la ciudad, bajo ellos. Un apartamento era donde tenían su vida "secreta". Ginny negó con la cabeza, sin mirarlo. Sin darse la vuelta.

— Claro que puedo irme. Solo tiene que verme cruzar la puerta.

— Me temo que no saldrá de aquí, srta. Weasley. O debo decir, señora Snape.

¿Qué clase de mujer se quedaría, esperando ser torturada por un hombre al que no amaba? Tenía que ser tonta. La integridad no valía monedas de oro. No valía siquiera, un estúpido contrato.

— Míreme irme.

Caminó hacia la puerta y había posado una mano sobre el picaporte. No supo cómo, pero ya él había llegado a encontrarse a centímetros de ella. Negaba con la cabeza y tenía su varita en mano.

— Cruce y arrepiéntase de ello— dijo, venenosamente y Ginny soltó una risa suave.

Resultaba que antes ella no sabía defenderse. Pero ya los tiempos habían cambiado. Ya no era la misma niña.

— No podrá conmigo, profesor Snape. Ni usted ni lo que sea que estén planificando. Ya no soy como antes. Débil y silenciosa. Tímida. Ya no soy aquella.

No dijo nada y suspiró en cambio, mirándola. Sus ojos decididos. Su mirada posada sobre los suyos, sin vacilar.

— Desgraciadamente para usted, ya me pertenece jurídicamente. No hay una boda opulenta que lo confirme, pero yo tengo propiedad sobre usted y ahora es "de Snape".

Admitía que eso se sentía como un balde de agua fría.

— ¿Qué quiere de mí, profesor Snape? ¿De qué puedo resultarle útil a usted y al señor tenebroso?

Sonrió ante esa pregunta y cerró la puerta que ella ya había abierto. Negó con la cabeza y caminó hasta sentarse en un sofá bajo. Señaló con la cabeza, el otro sofá y ella captó la indirecta.

Sentarse y charlar. ¿Para qué? ¿Con qué fin?

— ¿Qué quiero de usted? Nada... ¿es que simplemente no puedo enamorarme?

— ¿Enamorarse? ¿De mí? Por favor, señor. Usted no podría ni enamorarse, aunque quisiera. Mucho menos de mí.

— No me conoce, asumo. 

— Al contrario. Lo conozco con mucha propiedad y por ello lo menciono así. Lo creo y lo confirmo. No podrá enamorarse, porque su corazón está sucio. Es negro y oscuro.

Casi pudo reírse de eso. Tosió suavemente y negó con la cabeza, varias veces.

— Tiene mucho que aprender, mientras estemos casados. Srta. Weasley. O debo decir una vez más, señora Snape.

Sonaba hasta estúpido, escuchándolo de sus labios. Sonrió y se levantó del sofá, caminando hacia ella con un curioso gesto. ¿Qué intentaba hacer entonces? Se inclinó frente a ella con una sonrisa y depositó un beso en su frente.

La situación más atípica que jamás había vivido a lo largo de sus años. Inspiró, mientras lo miraba caminar de regreso a la habitación.

— No te recomendaría que escapes. Debes descansar, será un día largo. Sobretodo, mientras escoges los vestidos y los preparativos para la boda.

Estaba demente, loco.

— No es correcto dormir en el sofá. Terminarás acalambrada. ¿Por qué no vienes a hacerme compañía?

Loco era poco.

Se quedó allí sentada y por mucho que lo intentó, estaba muy cansada como para pelear con alguien tan impertinente como él. Negó co la cabeza y caminó hasta el dormitorio. Estaba descalza y sus pies ardían de permanecer tanto tiempo de pie. Negándose a dormir junto a él.

En cuanto se acostó en la cama, sintió que algo se movía y la rodeaba con sus brazos.

¿A dónde pretendía llevar esa farsa?

— Buenas noches.— susurró en su oído y ella inspiró fuertemente.

¿Buenas noches? Jamás volvería a pasar unas, estando casada con él. Viviendo junto a él.