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Historia 46843 — capítulo 4

(POV HOPE)

Esperé varios días, hasta que por fin llegaron.

- Jane - Corrí a abrazar a mi cuñada, que parecía triste - ¿Qué pasó? ¿Y Alec?

Jane señaló la pintura, al parecer se había puesto más triste al verla. Y me dio el collar.

Pensé en él.

No podía irse. Me lo había prometido.

Al marcharse él, mi vida cambió de pronto.

Mi vida se tornó negra, oscura, vacía…

Tenía que marcharme e ahí, a un lugar que no me recordara a él.

Sus ojos, su sonrisa, todo se me quedaría grabado en mi corazón.

¿Por qué? ¿Por qué él?

Con un millón de preguntas, acerca de la injusticia que acababa de pasar, me marché del castillo, sin decir nada a nadie. Para mi suerte, nadie intentó detenerme, era lo menos que podían hacer.

Tendría que irme lejos, lejos de Europa, donde nadie me pueda encontrar. Donde nada me recuerde a él.

¿Qué haría de mi vida sin él?

La primera opción era ir derechito con él, pero solo mi familia puede hacer eso, y me temo que no lo harán. Solo quedaba esperar, a ver qué era lo que tenía que hacer. A donde tenía que ir. Mi vida parecía tener un camino sin rumbo, pues sin Alec… ¿Qué más me queda, sino irme tan lejos como sea posible, tratando de sobrevivir?

Si tuviera un poco de suerte, me encontraría con un clan de Vampiros que odie a mi familia, los molestaría y moriría.

Justo como él.

Alec… ¿Por qué me dejaste?

¿A dónde tenía que ir? ¿Dónde estaría bien sin él?

¿Podría sobrevivir? ¿Él habría luchado por mí? ¿Quién lo habría hecho? Tendría que vengarme

Tenía tantas preguntas en la cabeza, y no tenía respuesta para ninguna de ellas…

Me sentía muy mal. Necesitaba de él. Necesitaba a Alec.

Corrí por el bosque, sin importarme el secreto, sin importarme nada. En esos momentos, planeaba ir en busca de alguien, de alguien para que me asesinara, de alguien que pudiera llevarme con él, con Alec.

Recordé entonces, que mis padres y tíos me habían dicho algo sobre el Amazonas. Habían dicho que si había un lugar en el que ningún vampiro estaba a salvo era ahí, ya que los Vampiros que habitaban el Amazonas, eran Salvajes.

Me dirigí hacia un aeropuerto, hasta que lo pensé mejor.

Tal vez no sería buena idea. No. Debería ir corriendo.

Así lo hice, me fui corriendo hacia Brasil, donde seguramente pasaría mis últimos días de mi existencia. Los más tristes sin él.