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Historia 47440 — capítulo 1

Estaba parado allí, solo, con la mirada fija en el suelo. Sus pequeños ojos negros, miraban lo que escurría y se acercaba hasta sus pies. Por más extraño que pareciera, solo estaba fascinado. Solo estaba curioso, queriendo entrar en contacto con aquella sustancia viscosa, que se acercaba lentamente. ¿Qué era eso, tan rojo y brillante? ¿Qué era eso que se sentía pegajoso y escurría de sus dedos? ¿Era pintura? ¿Su madre quería que hiciera algún tipo de dibujo?

No, ella estaba en el suelo. Ella estaba allí, mirándolo. Sus ojos abiertos, hinchados y un rostro de pánico, entre cada una de sus fibras. Sus cabellos alborotados y oscuros, estaban manchados de aquel elíxir. Su mano pálida estaba estirada hacia él. No entendía su gesto, creía que ella lo estaba llamando. Pero no era así. Sus manos no se movían, su sonrisa estaba allí, congelada. No pestañeaba, ni hablaba. ¿Acaso su madre, se había dormido otra vez?

Miró a su alrededor, pero no...Su padre tampoco estaba allí. Volvió a mirar hacia el suelo y notó, que su madre tenía algo extraño. ¿Estaba enferma? Se acercó a ella y quiso tocarla. Sin embargo, su boca se había movido ligeramente y él, retrocedió de miedo. Se detuvo cerca de la pared, sentía el sudor frío, sobre su nuca y su espalda, como una fina gota de agua. Luego de aquel incidente, no sucedió nada más. ¿Qué significaba?

Se acercó de nuevo, no entendía nada del asunto. Al final de una larga diatriba mental, tocó su rostro con dos de sus dedos. Nada ocurrió, ella no se movió. Por una extraña sensación, tenía la ligera impresión de que su madre, mordería su dedo. Sus labios entre abiertos, direccionados hacia él. ¿Su madre estaba jugando e iba a morder su dedo?

  • Mamita...- susurró, mirando hacia el suelo- Mamita...¿Estás durmiendo, mamita?

Pero no contestó, no iba a contestar más. La miró con preocupación, su rostro pálido y frío, no le dijo nada. Ni una mueca, ni una huella de vida en su ser. Ladeó la cabeza una vez más y caminó, alrededor de su madre.

Su espalda estaba llena de sangre y dentro de ella, había algo, un objeto contundente. Retrocedió de nuevo y miró lo que estaba clavado en ella. Lo reconocía, tenía nombre y dueño. Sabía de quién era ese objeto.

  • Mamita...

Pero mamita no habló más. Su cuerpo resbaló y quedó tendido boca arriba, cuando él lo tocó. Se había salvado, por que había ido a jugar con una pequeña pelirroja. La mujer en el suelo, estaba muerta y ya no iba a escucharlo.

  • ¡Mamita!

Un extraño ruido, se escuchó en las escaleras de aquella casa y el chiquillo, tembló de miedo. Con una inspiración nerviosa, ladeó la cabeza hacia la escalera y comenzó a caminar hacia el dichoso lugar. ¿Qué podría estar pasando en su hogar? ¿Qué estaba jugando su madre, que no quería conversar con él?

Se detuvo al pie de la escalera y alzó la cabeza. Había alguien parado arriba, alguien que él conocía perfectamente. Inspiraba con rápidez y sostenía entre sus manos, algo largo y lleno de sangre. Caminaba hacia el piso inferior y no iba a detenerse. Su mente lo pensó rápidamente, tenía que huír, tenía que irse.

Soltó un grito y corrió hacia la puerta. Estaba entreabierta, así que pudo salir corriendo, con mucha facilidad. Resbaló muchas veces, pero eso no lo detuvo. Eso no detuvo sus trotes, para huír del asesino de su madre.

Para huír de su propio padre...

Corrió y corrió, todo eso que sus pies le dieron y mucho más. Se detuvo junto a una vereda y recordó que la sangre hedía. Se quitó la camisa y las medias manchadas de sangre. Se introdujo en un río para lavarse su rastro. Estaba muerto, si su padre lo encontraba.

Salió tiritando, casi desnudo. Supiró y recordó a su madre. Lo que había sucedido. Sintió fuertes deseos de llorar, de golpear algo. De gritar y de correr tras su padre para matarlo. Su madre, que había sido tan buena, tan especial con él...Estaba muerta.

Emergió de aquel río, preguntándose, por qué no se había ahogado en él. Sostenía su camisa húmeda entre sus manos temblorosas y miraba a sus alrededores. Sentía miedo, el más profundo, ese que te paraliza y extrapola tus sentidos, de una forma exagerada. Un miedo que lo corroía desde lo más profundo. Ese miedo.

  • Mamita...

El pequeño Severus, estaba desamparado. Solo en medio de aquella nada, viviendo entre escorias y asesinos. Pero él tenía ese preciado don de la magia, él tenía ese preciado don del poder. De poder destruír todo aquello; que se interpusiera en su camino.

Y pasó mucho tiempo sentado allí, frente a su casa. Esperando ver a su madre salir, esperando verla sonreír y decirle que todo había sido una mentira, un juego. Pero sabía; que eso no pasaría jamás. Que eso era el final de la familia. De la amistad y el amor que le había tenido. Ese era el principio del odio y del dolor. Del matar o morir. O por lo menos, hasta que algo tocó su hombro. Hasta que una joven, tocó su hombro con mucha suavidad.

  • Hola, soy Hermione...