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Historia 47560 — capítulo 2
18 de noviembre de 1977
Hola otra vez, siento mucho el no poder escribir seguido, pero como todo ha sido muy divertido y rápido no recordé que tenía un diario. Últimamente no es divertido, todos concienten a mi prima pequeña y me dicen que debo comportarme como una señorita de casa. Todos los días me miro al espejo y desde que tengo trece mi cuerpo ha cambiado en demasía, mi mamá me dijo que era normal y hasta lloró de emoción cuando dejé por error mi sábana manchada. Ahora toda mi familia lo sabe y mis jóvenes primos se parten de risa al verme pasar. Ya no puedo ir al campo sola con mis primos, tampoco ir a bañarme al río con ellos coomo tantas veces lo hacía años atrás, tengo que estar en casa específicamente en la cocina preparando pan y queques- algo que no es tedioso para mí- todo el tiempo. Eso me da claustrofobia. Y casi todos mis primos mayores están enamorados, traen a sus novios o novias a casa todo el tiempo, me los presentan y yo los miro mal. Hasta me han reñido por eso. Pasa lo mismo en la escuela, todas tienen sus cuerpos desarrollados y están por el octavo novio del año. Me miran como a bicho raro solo porque aún continúo jugando con la soga, sigo peinándome con trenzas y no termino de desarrollarme. La única que pasa por el mismo calvario que yo, es mi amiga Renata, la pobre fue maldecida con ese nombre por su hermano mayor que falleció siendo un recién nacido. Ambas somos unas nenas ingenuas, muy ingenuas de las que ningún chico se fijaría y si lo hace, tal vez porque es ciego. Como ellas son chicas de cuidad y nosotras de granja, como ellas son rubias estúpidas y nosotras castañas audaces, entonces solo las miro con mucha, mucha, pero mucha lástima. Lo interesante de todo es que tengo cuarto propio y me puedo encerrar las veces que quiera y nadie me objeta el por qué, es simple... me castigan por cualquier cosa. ¿Necesitan preguntar la razón de mi encierro? Desgraciadamente lo hacen y para mi mala suerte el genio que manejo estos días está peor que nunca.