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Mi mejor amiga — capítulo 2

·MiSoledad· (Nada me pertenece, excepto ideas. El resto es de JK Rowling)

Ella lloraba, ella esperaba que le encontraran un mejor hogar. Suspiraba, mirando hacia la calle. Ya no quedaba nada, ya no tenía nada que perde. Lo que estaba a punto de ofrecer, era lo más preciado. Lo único por lo que estaba dispuesta a morir. Pero no podía, simplemente no podía. No lo lograría y lo demás...

Eso tenía que aceptarlo.

Caminó con torpeza. No tenía más nada, que una cesta raída. Suspiró y miró a su único pedazo, a lo que debía otorgar, por su bienestar. Ella sonreía, ella le pedía que la abrazara, con sus pequeñas manitas. Pero no. Simplemente negó con la cabeza y esbozó una sonrisa suave.

  • Quédate aquí, cariño. Mami viene dentro de un rato.

Pero mami nunca regresó. Pero mamá, la dejó en la puerta de un asilo. Mami la dejó en un nuevo hogar, donde ella podría resurgir. Donde ella podría ser feliz, al lado de padres amorosos. No significaba que ella no la amaba, pero simplemente no podía cuidarla.

Y la dejó, no significando que la olvidó. Simplemente quería darle bienestar. no sabía si la perdonarían, si simplemente estaba atentando contra los designios de dios. Pero era la única respuesta que podía generar su cerebro irritado. Su cerebro cansado.

Ella necesitaba un mejor hogar.

Y la lluvia dejó de caer, pero no la de sus ojos. Sentía el ardor de su corazón sobre su garganta. ¿Cómo estaría su pequeña? ¿Estaría llorando? ¿Tendría frío? ¿Quién le cantaría a sus sueños? Sentía su muerte, venir tan pronto. Sentía el dolor de hacerle aquel daño. Estaba perdiendo un trozo de sí. Un pequeñito trozo, que estaba dejando en una puerta desconocida.

  • Que le den amor...

Y sonreía, meciéndose en la vieja mecedora. Sonreía, jugando con sus muñecos, sonreía danzando con su imaginación. Con el pensamiento de que ella estaría feliz y no sabría de su madre. Que no la recordaría y jamás sabría de su pecado.

Soñaba con su amor.

Y se quedó. Aquella dulce niñita se quedó, se quedó parada junto a aquella puerta. Su madre le había pedido que no se moviera. Su madre le había dicho que fuese buena y no se moviera de aquel lugar. Se chupaba los dedos, esperándola.

Ella venía en un rato.

— Hola pequeñita. ¿Qué haces allí, solita?— dijo una mujer, al abrir la puerta de ese asilo— ¿Por qué no pasas?— preguntó, mirándola- No es bueno que estés allí parada, ven.

Miró y miró, pero no había una madre allí. Solo estaba la pequeñita. Por meses se quedó allí, era una niña preciosa. Educada, una niña obediente. Pero una niña que lloraba, sin una madre amorosa que la acogiera en su seno.

Razones debió tener, para abandonarla. Pero ¿Cómo explicárselo a una pequeña de cuatro años de edad? Una linda criatura, tierna como ninguna. Correteando por todo el asilo. Jugueteando con todo lo que encontrase. Amaba los pequeños insectos, saltaba como una pequeña rana. Solamente era ella y lo demás, era un juguete para sus manitos.

Un juguete que no podía compartir con una familia.

Y pasaron las horas, pasó el tiempo y el momento. la pequeñita, nadie sabía su nombre, pero era lo que menos importaba. Ella se hacía querer sin ningún tipo de etiqueta. y seguramente, su suerte estaba por cambiar.

— Entonces, ¿Quiere adoptar a un niño?

—Sí.

— ¿Por qué quiere adoptar, señor Snape?

¿Para qué decirle las razones, si eran tan amargas? Se mantuvo en su asiento, se movió, inquieto. Qué curiosa la mujer, en preguntarle algo que él no quería confesar. La mujer suspiró y esperó pacientemente.

— Necesitamos eso, para dar el aval.

— Perdí a mi hijo y quiero tener una familia, de nuevo— bien, nada mejor estaba en su mente. La mujer asintió sin hacer más preguntas y quiso continuar.

Pero un chillido, la detuvo. Ambos ladearon la cabeza, ante lo que estaba por llegar. Con zapatitos blancos, con bragas azules de bolsillos y largos rizos castaños.

— Ah, creo que no los he presentado— dijo la mujer, sonriente— a ella le encantan las visitas. No tiene nombre, su madre la dejó aquí y se fue.

La miró, ella corrió hasta él y sonrió. Tenía entre sus manos, muchos caramelos y se los ofrecía. Una linda niña de ojos caramelo, tanto como los que llevaba en su mano. Inspiró y tomó uno de ellos. Curiosamente, le llamó mucho la atención. No dejaba de mirarlo y sonreía cuando él, le tomaba en cuenta.

— Creo que le agrada usted— mencionó— nunca la había visto tan animada, con las visitas.

Inspiró en silencio y contempló a la pequeña, que en el suelo, jugaba con los caramelos y los arrojaba al aire.

— La adoptaré.

— Eso es fantástico, señor Snape.

Y así fue. la adoptó, la llevó a casa. Una criatura esplendorosa. Juguetona y revoltosa cuando lo deseaba. Sonreía al verlo, corría detrás de él y no podía ni ocultarse de ella. Subía y bajaba del sofá, de la cama. Adoraba que su "padre", la llevara a caminar, le contara cuentos y le mostrara sus recuerdos. Ella era la compañera ideal. La compañera necesaria, para abrir un corazón herido. Pero no solo eso, era la razón del asunto.

La llamó Carmille. No tenía idea de su nombre original, pero no necesitaba saberlo. Vivía con las manitos en su boca. Imitando a su padre, en su forma de caminar, en su forma de comer. En su forma de dormir y de hablar. Le encantaba dibujar y él, era su tópico central.

Pero eso no era todo.

Terminaron en una juguetería, cuando ella se antojaba de un osito de felpa. La tienda de "crea tu propio osito". No se resistió, tantos tamaños y formas. tanto colorido y tanto relleno. Bueno, tuvo que acceder y entrar en la tienda. Ella haría un osito.

— ¿En qué puedo servirle?

— Mi hija, ella quiere un osito— dijo, sin adecuarse a la circunstancia— ¿Podría hacerlo rápido?

— Claro, muéstreme a su hija. Quizá quiera ayudarme— sonrió la joven y él, la llamó. Atendió enseguida, con una risita.

La mujer se impactó, se mantuvo en silencio, al ver a la pequeña. Ella sonreía, mientras le miraba con mucha felcidad. Pero incluso él, lo notó. Incluso él supo cuál era la emoción de la pequeña, en cuanto la vio. Puesto que él, la pudo percibir.

— Entonces, es esto— dijo y la mujer no le comprendió. Curiosamente, eran idénticas, ambas.

— ¿De qué me habla?

— ¿De casualidad, usted no es la madre de esta criatura?— ¿Por qué justamente se la encontraba en una tienda de osos?

Por que ella nunca superó su infancia perdida. ni la de su hija.

— No, yo no soy la madre de esa niña. Debe de existir un error.

— Son como dos gotas de agua.

— Le estoy diciendo que yo no soy la madre— negó ella, mientras la pequeña correteaba por el lugar y sostenía todos los ositos que podía.

— Si ustes lo dice, ha de ser así— sentenció aquel hombre, perturbado. No era estúpido, sentía que ella era su madre, aunque fuese una curiosa coincidencia del destino, parecida a una película muggle.

Y esperó por el oso ideal, el que su hija quiso y simplemente lo pagó. Se fue sin decir más, pero antes de salir, dudó de moverse. Sus pies le desobedecieron. ¿Es que acaso esa mujer era tan inhumana, como para no pelear por su hija? Simplemente no lo podía entender.

Y ella cerró, ella no volvió a abrir por ese día. Nunca esperó vovler a verla, pero tampoco creía que no lo haría, a ciencia cierta. Y por eso, abrió ese local. Por que todos los niños amaban los ositos y sabía, que un día, esa fascinación, les uniría de una forma u otra.

Por que ella estaba mejor así, por que ella no la necesitaba. Se veía un hombre bueno, preocupado. Él le daría el amor, que ella no podía darle a su pequeña.

Y estaría ella, para darle todos los ositos que quisiera.