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Historia 48889 — capítulo 4
Era un corredor de piedra, frío, húmedo y pestilente. Una luz mortecina, color verde veneno, iluminaba levemente una de las paredes llenas de moho y suciedad. De pronto, sentí cómo el corazón se detenía en mi pecho y toda yo me paralizaba. Eras tú. Tus ojos, ya sin luz, me miraban sin ver, y tu boca, que nunca pronunció mi nombre, atravesada por un acero, frío y letal. En tus pupilas, se veía el dolor de una vida sesgada, y en tus labios, esos que tanto ansié, la sangre, roja y brillante, se deslizaba como un esquiador se desliza por la pista. El cuchillo que atravesaba tu garganta y te clavaba en esa repugnante pared estaba empapado en sangre, tu sangre. Tus mejillas, ya desprovistas de color, y tu cabello, también lleno de ese odioso líquido rojo. Puse mi mano en la tuya. Estaba fría, muy fría. Toqué tu frente, helada. Eres ya un témpano de hielo, pero necesito tocarte. Vuelve...por favor, no me dejes. No me abandones, no me dejes aquí sola. Sabes que te necesito...¿Por qué te vas donde no puedo alcanzarte? Abrazo tu cuerpo, mis lágrimas se congelan en tu rostro. ¿Por qué me haces esto? Ua figura se acerca por detrás, viste de negro, una mujer anciana cuyo rostro está oculto bajo una capucha. La reconozco al instante. La Anciana Muerte.
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Devúelveme lo que me has quitado.-exijo.
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Niña estúpida, él nunca fue tuyo. Ahora él me pertenece, pues llegó su hora.- la voz chirriante y cascada de la Anciana taladran mis oídos.
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Pagaré para que le devuelvas a la vida.
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Deseo treinta monedas de plata.
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Tómalas.- pero la Vieja se acerca a mí, y con su mano delgada y huesuda, me extrae una sombra blanca. Sé lo que se ha cobrado. Pero ahora veo cómo a tus mejillas regresa el color, y a tus ojos la luz que siempre los caracterizó. Extiendo mi mano hacia ti, pero no alcanzo a rozarte. Pagué por ti, y la Muerte deseaba un alma que llevar por la barca de Caronte. Sonríes, y eso es todo lo que necesito. Tú nunca sabrás quién te salvó de la Vieja avara, pero eso a mí no me importa. Tu mirada me atraviesa, pero yo ya no puedo verte.
Ya estoy muy lejos... todo es negro a mi alrededor. Ni siquiera veo a la Anciana, no me noto, no puedo moverme. Como si flotara. No respiro, ni lo necesito. Pero a pesar de todo, me siento feliz. Sé que estás ahí, quizá sigas en ese horrible corredor de piedra. Pero sé que sigues vivo, y eso me hace sonreír, aunque ya no tenga labios, ni rostro con el que hacerlo. Un frío gélido llega hasta mí. La Anciana ha llegado...
¿Por qué no tengo miedo?
Porque la Muerte no es lo peor, la Muerte es lo único seguro.