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Historia 48992 — capítulo 3

Una lagrima de fuego se deslizo por su mejilla aterciopelada al recordar aquel dia en que lo habia besado por primera vez…

Estaba cansada de aquel juego, cansada de intrigar y conspirar e intentar leer la mente de

Stefan Salvatore. Fue aterrador y a la vez un maravilloso alivio escuchar su

propia voz pronunciando las palabras que había pensado durante tanto

tiempo.

—¿Por qué me odias?

La miró sorprendido, y por un momento no pareció capaz de encontrar

palabras. Luego dijo:

—No te odio.

—Sí lo haces —replicó Elena—. Sé que no... no es de buena educación

decirlo, pero no me importa. Sé que debería estarte agradecida por

salvarme esta noche, pero tampoco me importa. No te pedí que me

salvaras. Para empezar, ni siquiera sé por qué estabas en el cementerio. Y,

desde luego, no comprendo por qué lo hiciste, teniendo en cuenta lo que

sientes respecto a mí.

Él negaba con la cabeza, pero su voz era baja.

—No te odio.

—Ya desde el principio me has evitado como si yo fuera... fuera alguna

especie de leprosa. Intenté ser simpática contigo, y me lo echaste en cara.

¿Es eso lo que hace un caballero cuando alguien intenta darle la

bienvenida?

Él intentaba decir algo, pero ella siguió imparable, sin prestarle

atención.

—Me desairaste en público una y otra vez; me has humillado en la

escuela. No estarías hablando conmigo ahora si no se hubiera tratado de

una cuestión de vida o muerte. ¿Es eso lo que hace falta para sacarte una

palabra? ¿Es necesario que alguien esté a punto de ser asesinado?

»E incluso ahora —prosiguió ella con amargura— no quieres ni que me

acerque a ti. ¿Qué te sucede, Stefan Salvatore, para que tengas que vivir

así? ¿Para que tengas que alzar muros ante la gente para mantenerla

fuera? ¿Para que no puedas confiar en nadie? ¿Qué es lo que te pasa?

Él permaneció callado ahora, con el rostro desviado. Ella aspiró

profundamente y luego irguió los hombros, alzando la cabeza incluso a

pesar de que tenía los ojos doloridos y ardiendo.

—¿Y qué hay de malo en mí —añadió en voz más sosegada— para que

seas incapaz de mirarme siquiera, pero puedas dejar que Caroline Forbes

se desviva por ti? Tengo derecho a saber esto, al menos. No volveré a

molestarte jamás, ni siquiera te hablaré en el instituto, pero quiero saber

la verdad antes de irme. ¿Por qué me odias tanto, Stefan?

Lentamente, el muchacho se volvió y alzó la cabeza. Sus ojos estaban

sombríos, sin vida, y algo se retorció en Elena ante el dolor que vio en su

rostro.

Stefan apenas podía mantener su voz bajo control. Ella pudo oír el

esfuerzo que le costaba hablar con serenidad.

—Sí —dijo—; creo que tienes derecho a saberlo, Elena.

Los ojos del chico se fijaron en los suyos, devolviéndole la mirada

directamente, y ella pensó: «¿Tan malo es?».

—No te odio —continuó él, pronunciando cada palabra con cuidado, con

claridad—. No te he odiado nunca. Pero tú... me recuerdas a alguien.

Elena se sintió desconcertada. Fuera lo que fuera lo que había esperado,

no era eso.

—¿Te recuerdo a otra persona que conoces?

—A alguien que conocí —respondió él en voz baja—. Pero —añadió

despacio, como descifrando algo por sí mismo— no eres como ella

realmente. Se parecía a ti, pero era frágil, delicada y vulnerable. Tanto

interior como exteriormente.

—Y yo no lo soy.

El muchacho emitió un sonido que podría haber sido una carcajada de

haber habido algo de humor en él.

—No. Tú eres una luchadora. Tú eres... tú misma.

Elena permaneció en silencio un momento. No podía prolongar su enojo

viendo el dolor que había en el rostro de Stefan Salvatore.

—¿Estabas muy unido a ella?

—Sí.

—¿Qué sucedió?

Hubo una larga pausa, tan larga que Elena pensó que no iba a

responderle. Pero por fin dijo:

—Murió.

Elena soltó aire trémulamente. Lo que quedaba de su enojo se dobló

sobre sí mismo y la abandonó.

—Eso debió de dolerte horriblemente —dijo en voz baja, pensando en la

lápida blanca de los Gilbert que se alzaba entre la hierba—. Lo siento

mucho.

Él no dijo nada. Su rostro se había vuelto a cerrar y parecía mirar algo a

lo lejos, algo terrible y desgarrador que sólo él podía ver. Pero no había

únicamente pesar en su expresión. A través de los muros, a través de todo

su tembloroso control, ella pudo ver la expresión torturada de una culpa y

soledad insoportables. Una expresión tan perdida y angustiada que ya se

había colocado junto a él antes de darse cuenta de lo que hacía.

—Stefan —susurró.

No pareció oírla; parecía ir a la deriva en su propio mundo de aflicción.

Elena no pudo evitar posar una mano sobre su brazo.

—Stefan, sé lo que duele...

—No puedes saberlo —estalló él, toda su tranquilidad explotando en una

furia colérica.

Bajó la mirada hacia la mano de Elena como si acabara de advertir que

estaba allí, como enfurecido por su desfachatez al tocarle. Los ojos verdes

estaban dilatados y oscuros cuando le apartó la mano violentamente,

alzando la suya para impedirle que volviera a tocarle...

... y de algún modo, en lugar de ello, le sujetaba la mano, sus dedos

fuertemente entrelazados con los de ella, aferrados como si le fuera la

vida en ello. Bajó los ojos hacia sus manos juntas lleno de perplejidad.

Luego, despacio, su mirada se movió de sus dedos enlazados al rostro de

la muchacha.

—Elena... —musitó.

Y entonces ella la vio, vio la angustia haciendo añicos su mirada, como

si sencillamente él ya no pudiera luchar más. La derrota a medida que los

muros se desmoronaban por fin y veía lo que había debajo.

Y entonces, sin poderlo evitar, él inclinó la cabeza hacia sus labios.