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Venga ya... — capítulo 10

Aterrizaron en el pasillo en el que se encontraba el despacho de Dumbledore. Miraron a su alrededor, y pronto apareció Hermione, visiblemente preocupada por la carta que había recibido del director. Al parecer la había convocado por un asunto importante, tanto, que le pidió que no informara de ello ni a Harry ni a Ron. La chica se plantó delante de la puerta, y la gárgola, horrible incluso tratándose de una gárgola, salió de su pedregoso letargo, se inclinó hacia delante y mirándola con sus ojos de piedra preguntó :

-¿Contraseña?

Hermione dijo con voz firme « Caramelos de limón », aunque con una media sonrisa dibujada en el rostro. Dumbledore siempre tenía excentricidades muy divertidas.

La puerta del despacho se abrió descubriéndole a Hermione una habitación llena de artilugios de todos los tipos, que Dumbledore habría inventado con casi total seguridad. En el centro de la estancia había un escritorio amplio de madera oscura, cubierto de pequeños artefactos. Colgado de una percha estaba Fawkes, el fénix de Dumbledore, aparentemente recién nacido de su llama. En las paredes colgaban los cuadros de los antiguos directores de Hogwarts, que observaban a Hermione con una curiosidad que niguno se había molestado en disimular lo más mínimo. Había también una puerta por la que al cabo de unos segundos acabaría apareciendo el profesor Dumbledore.

-Ah, señorita Granger, admiro su puntualidad. Yo suelo llegar siempre tarde a mis citas. No me juzgue, es un defecto que he ido arrastrando a lo largo de los años y que me ha valido más de un desencuentro. Pero pase, por favor.

Hermione entró en la estancia y tomó asiento. El profesor Dumbledore se sentó al otro lado del escritorio, y la miró a través de sus gafas de media luna, dedicándole una sonrisa.

-En su carta no especificaba la razón por la que me ha convocado, profesor…y me ha resultado extraño que me pidiese que guardara todo esto en secreto-dijo la joven.

-Cierto. Debo pedirle perdón por tanto secretismo, señorita Granger. Lo que ocurre es que necesito que se ocupe de manera urgente de un asunto que considero que sólo usted puede solucionar.

-¿Sólo…yo. Profesor ?

-Exacto. Verás, hace unos días apareció en mi despacho un joven de su curso que necesitaba ayuda para una cuestión importante. Deliberamos unos momentos, y decidimos que usted era la persona idónea para ayudarle a resolverla.

-Pero, ¿por qué yo ?- preguntó Hermione.

-Todo a su debido tiempo, señorita Granger. He convocado al joven en cuestión. Creo que no tardará en llegar.

Hermione tuvo una repentina idea. Quizás ese joven fuese…

-Profesor, ¿no se trata de Draco Malfoy, verdad ?

La única respuesta que obtuvo fue una sonrisa del director.

-Me quito el sombrero ante su perspicacia, señorita Granger. En efecto, Draco Malfoy le ha estado intentando pedir ayuda estos días por encargo mío.

Hermione agachó la cabeza, avergonzada. Si al menos hubiese sabido que quien estaba detrás de todo esto era Dumbledore…

-No se preocupe-dijo Dumbledore, que pareció leerle el pensamiento- Malfoy no se caracteriza especialmente por sus dotes de dialogante.

Hermione se rio, aliviada. Dumbledore acababa de decir una gran verdad.

Al cabo de unos minutos la puerta del despacho se volvió a abrir y por ella entró un joven rubio y pálido, cuyas facciones mostraban cansancio. Hermione pensó que Draco nunca había estado tan demacrado. Saludó con una leve inclinación de la cabeza a Dumbledore y apenas hizo caso a Hermione. Tal comportamiento no sorprendía en absoluto a la chica.

Albus Dumbledore los miró a los dos y se puso en pie :

-Bien, ahora que estáis los dos, podemos hablar sobre el asunto que nos preocupa. Señorita Granger, la he convocado hoy porque Draco necesita ayuda para cumplir una misión.

-¿Misión?-preguntó Hermione extrañada.

-Sí. Su misión consiste en matar a Albus Dumbledore.