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Historia 49235 — capítulo 7

Sonrió satisfecha luego de guardar la carta y cerrar la pequeña caja. Ese cubo de madera era una gran parte de sus recuerdos: allí conservaba cartas, de su padre y de su madre también, recortes de El Quisquilloso, fotografías, corchos de cerveza de manteca, y algún que otro caramelo viejo.

Luna se encaminó hacia los invernaderos dando saltitos. Disfrutaba caminar de esa manera, sentía como el cabello le golpeaba la espalda y sentía un fresco aire en el rostro. No le importaban los cotilleos, las miradas y las acusaciones. Si le decían Lunática, ¿Qué importaba?, prefería ser loca a que ser normal. Aunque nadie es normal, eso lo tenía bien claro.

-Buenos días profesora Sprout- Murmuró con una voz casi inaudible. Cerró la puerta tras ella y apoyó los codos en la mesa llena de tierra.

-Hola, señorita Lovegood. No la esperaba por aquí- Pomona no tuvo siquiera que mirarla, podía reconocer aquella voz a kilómetros. En cambio, continuó cortando las malas hierbas de sus plantas.

-Ya lo sé, lamento no haber avisado. Puedo irme si usted quiere…

-No, no. No me molestas en absoluto, querida. Es más,- Comenzó sacudiéndose la tierra de las manos, y haciéndole una seña a su alumna para que la siguiera- Mira las nuevas flores, ¿No te encantan?

Luna las observó encantada, algunas eran fucsias, otras eran de un amarillo intenso. Se acercó a sentir su aroma, la profesora dio un respingo al sentir que la chica inspiraba sonoramente y luego exhalaba de la misma manera.

-Me han resultado deliciosas, y creo que a ti también- Exclamó la mujer con una sonrisa, al ver la expresión de felicidad de la joven- Toma, llévate una.

-¡Gracias!- La muchacha la examinó y la guardó en su bolsillo- Tenía ganas de venir a visitarla, y me he encontrado con las lindas flores. Ya me voy, buenos días- Salió de prisa, y regresó a su caminar danzar de nuevo, esta vez por los jardines, que con sus llamativos colores avisaban la llegada del verano.

Pero en uno de sus saltos, su pie derecho dio contra una piedra y la hizo tropezar. Cayó en el comienzo de una pequeña colina, y rodó hasta el final de ésta. Al aterrizar, no hizo más que reírse, eso había sido verdaderamente divertido.

-¡Luna!- Harry corrió hacia ella, venía de la mano de la joven pelirroja.

-¡Hola!- Contestó la rubia casi gritando, con el sólo fin de imitarlo.

-¿Estás bien?, ¿Por qué estás en el suelo?

-Sólo rodé por la colina- Dijo tranquilamente, como si rodar por las colinas fuera algo totalmente normal. Se levantó con ayuda de sus amigos y se sacudió el uniforme- Relájate, Harry. Te van a salir arrugas de tanto preocuparte, ¿Por qué no mejor le regalas unas flores a Ginny?Mira la cara que tiene la pobre.

La joven Weasley rió con el comentario, los tres se encaminaron colina arriba para regresar al Castillo. Harry miró un momento a su amiga y descubrió que tenía la nariz llena de polen, pero no le dijo nada, seguramente así lo quería ella.

-Allí, la profesora Sprout tiene unas hermosas. Seguro te dejará cortar unas cuantas- Exclamó Luna señalando el invernadero.

-Gracias, ahora entraré a verlas. Nos vemos luego, Luna- Se despidió el moreno abriendo la puerta. La ravenclaw volteó para continuar su camino y descubrir esos secretos que Hogwarts ocultaba, según ella.

Abrió la cajita, y guardó la flor amarilla de la profesora, recuerdo de ese día divertido, y lunático, por qué no… Porque así eran sus tardes, mañanas y noches, como sólo ella sabía vivirlas.