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Historia 49253 — capítulo 1
La llamaban Angélica. Y con razón. Ella tenía un no sé qué de magia en el cuerpo, un algo que hacía que todos voltearan a mirarla cuando sonreía con sus ojos ensoñadores. Tenía a Zaratrusta en los brazos y una poesía en el pelo, un gracias en los labios y un adelante en su vestido de ondas azules. De su mente nacían los genios diminutos que al papel quedaban pegados como sellos, usando como pegamento esa aura especial que ella despedía con su inocencia. No sólo era una poetisa, una estudiante, un ángel y una ninfa. Era más: era Angélica.
Cada vez que por el parque camino, créeme que me parece entre los setos verla. Distingo sobre la hierba sus cabellos descolocados, tumbados en pose relajada. Oigo las palabras de Nietzche que ella le recitaba a las palomas mensajeras tiempo atrás — como si quisiera difundir así la palabra del filósofo — y me entra una nostalgia que ni yo sé de dónde viene. Y un suspiro se escapa de mi aliento en este frío tortuoso e invernal, como si una aparición hubiesen visto mis ojos fatigados de dolor.
Pero, cuando mis pasos escapan por las puertas del Retiro y vagan insomnes por las calles plagadas de humo ensordecedor y ruido putrefacto de este Madrid añejo, un nudo en mi garganta se comienza a enredar como si volutas de cigarros humeantes quisieran embriagar de alquitrán mis pulmones viejos. Pero no es humo de cigarro el que se cuela en mi interior, sino incienso de velas rojizas que recubren toda una estación y con su olor de muerte y cementerio, de rosas fúnebres y minutos silenciosos, me recuerdan que Angélica no es visible desde el parque, sino sólo aquí: donde duermen los trenes.
Y, con mi mirada triste y embrutecida, un nuevo suspiro escapa de mis labios en el andén al vislumbrar una rosa desplomada sobre uno de los raíles metalizados. Esa rosa me recuerda a Angélica… porque noto que con estas ofrendas, con estos recuerdos, con este dolor, su alma es incapaz de abandonarnos ante tan grande desdicha y desea consolarnos sin saber cómo. Por eso se me antoja que Angélica continúa ahí, sobre las vías, como esa rosa, tratando de decirnos que no suframos y que seamos tan felices como una vez lo fue ella.