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Princesa, por la fuerza — capítulo 39
A partir de la ceremonia "Trooping the colour", las tareas oficiales del príncipe heredero de Inglaterra se acrecentaron, siempre con el consejo y la supervisión del fiel Snape. Ron se esforzaba por dar lo mejor de sí mismo. Hermione, por su parte, estaba a su lado, apoyándolo y animándolo cuando el pelirrojo no se sentía capaz de hacer algo.
Hermione llevaba bien esa parte de sus circunstancias, estaba muy acostumbrada al trabajo duro, al estrés, a los nervios, a la presión por no cumplir las expectativas de la gente… gracias a sus estudios. Pero la otra parte de ser la novia del heredero no le agradaba tanto. La pérdida de intimidad se había vuelto casi total. Ya no podía salir a la calle sin que una legión de fotógrafos y periodistas la acosaran a base de preguntas y flashes. Por fortuna, la mayoría de las veces que abandonaba Clarence House lo hacía en coche oficial, con Sirius o Remus, o bien acompañada del propio Ron; pero cuando lo hacía sola o intentaba salir a dar un paseo por los alrededores, la situación se volvía realmente odiosa. Ginevra solía decirle que podría ser mucho peor si no cayera bien al pueblo inglés, aunque eso no consolaba demasiado a Hermione.
El martes por la tarde, Ron recibió en Clarence House a sus amigos Harry y Cormac. Harry aprovechó para sonsacarle al rubio sobre Luna Lovegood.
―Está bien, sí… me gusta Luna, ¿estás contento? ―gimió Cormac.
―Lo estaría más si ella te correspondiera hombre… ―admitió Harry.
Cormac agradeció las palabras de su amigo con un gesto y entonces miró a Ron.
―¿Y tú qué?, estás como en las nubes… ―afirmó malhumorado.
―Déjale que disfrute. Habló con los Granger y el padre de Hermione les ha dado su bendición ―comentó Harry entre sonrisas.
―¿En serio?, ¿hablaste con sus padres?... ―exclamó asombrado― Vaya, entonces es que lo vuestro va muy en serio.
―Por supuesto que sí Cormac. Jamás había tenido tan claro nada. Quiero estar con Hermione el resto de mi vida ―confesó con sonrisa de enamorado.
―Y yo con Ginny… con tu permiso Ron, adoro a tu hermana. ―El príncipe lo miró con una mueca, pero no tardó en sonreír.
―Dios… odio cuando os ponéis en plan romántico pasteloso. ¿Os dais cuenta de lo repelentes que os volvéis? ―se quejó cómicamente.
―Perdona Cormac ―dijo Harry conteniendo la risa.
―¿Has vuelto a pedirle una cita a Luna? ―preguntó Ron. Su amigo lo miró afligido.
―Bueno… Harry ya sabe lo que pasó cuando intenté saber de sus gustos cinéfilos, Luna me ignoró olímpicamente ―Suspiró―. Y no lo entiendo, ¿acaso no soy guapo y tengo un cuerpo en forma?, las chicas me ven atractivo ¿no?
―¿He de responder a eso? ―dijo Ron con una mueca.
―Tu error es meter a Luna en el mismo saco que a las demás. Ella es… Luna es… ―Harry no encontraba la palabra adecuada.
―¿Rara? ―probó Ron.
―Hombre, no iba a decir eso.
―Luna es diferente, ya lo sé… por eso no sé cómo acercarme a ella, me siento tan idiota.
Ron lo abrazó por los hombros para tratar de animarlo y compartió una mirada de compasión con Harry. Ambos se sentían un poco mal por su amigo, ellos eran inmensamente felices con las chicas de sus sueños, pero Cormac no parecía tener tanta suerte.
El jueves le trajo una sorpresa a Pansy Parkinson. Una mujer del servicio de su casa tocó a la puerta de su habitación, ella le dio paso y vio que la doncella llevaba una caja en las manos.
―Señorita, han traído este paquete para usted. ―Se lo ofreció para que lo cogiera. Pansy lo observó intrigada y se lo recogió para buscar alguna señal que le indicara el remitente, no encontró nada.
―¿Quién lo ha traído?
―Una empresa de envíos.
―Gracias, puedes retirarte ―Estaba ansiosa por abrirlo. ¿Quién podía haberle mandado un paquete?―. No es de Draco, eso seguro… ―susurró al silencio. Conocía demasiado bien al pequeño de los Malfoy, nunca había tenido detalles bonitos con ella.
Sus manos, ligeramente temblorosas, abrieron el paquete y la caja. Sus ojos azules se encontraron con un precioso pañuelo de seda, lo supo al tocarlo. Al sacarlo de la cajita, vio que en el fondo, había un trozo de papel con frases escritas. Lo leyó.
Ojalá no te viera llorar otra vez. Pero mientras sigas haciéndolo, ten claro que conmigo nunca te faltarán pañuelos. Neville.
Su visión se emborronó un poco, tenía los ojos humedecidos. Aquel chico castaño, apocado y un poco desgarbado le acababa de hacer el mejor regalo de toda su vida.
¿Cómo podía haber chicos tan dulces y sensibles como Neville y otros tan egoístas y fríos como Draco?, ¿y por qué casi siempre ligaban más los segundos? Se sintió estúpida por su propia superficialidad. Draco era un desgraciado, pero la seguía atrayendo como la luz a las polillas. Sabía que estar con él a la larga le causaba dolor, pero era difícil ignorarlo cuando la tocaba con aquellas manos y le susurraba al oído con aquella voz. Neville era un buen chico, se preocupaba por ella, por sus sentimientos, y la trataba con mucha caballerosidad, pero no era guapo y no provocaba en ella esa atracción salvaje que sentía por el rubio. La vida era una mierda, o quizá ella misma era una mierda de mujer. De pronto, la felicidad que había experimentado con el regalo de Neville se evaporó, y un malestar profundo se instaló en su pecho. Tenía que quedar con Neville y aclarar las cosas con él. Era verdad que había momentos en que sentía que podría llegar a fijarse en él, pero, la mayor parte del tiempo, no sentía eso. Él no merecía que nadie le hiciera daño, no debía seguir perdiendo su tiempo con una chica como ella.
Pansy pasó el resto de la mañana más callada de lo normal, pero cuando su madre le preguntó, ella se limitó a decir que le dolía un poco la tripa. Lo peor fue que tuvo que soportar una visita indeseada después de comer. Las hermanas Greengrass se presentaron en la mansión de los Parkinson sin avisar y al notar el extraño estado de la morena, no dudaron en importunarla.
―Vaya, menuda sorpresa, no esperaba vuestra visita ―dijo una Pansy ligeramente molesta por la presencia de sus invitadas inesperadas.
―Hemos venido a verte porque hace mucho que no sabemos nada de ti Pansy. No nos llamas, no te conectas al messenger, no contestas los emails… estábamos muy preocupadas ―aseguraró Daphne mientras su hermana pequeña, Astoria, asentía varias veces.
"Ya, seguro… más bien preocupadas por no estar al día sobre mi vida, malditas fisgonas."
―Pues podéis tranquilizaros, estoy muy bien. ―Se esmeró en sonreír, y pensar en el pañuelo de Neville la ayudó a mostrarse sincera.
―Sí, la verdad es que haces buena cara. ―La sonrisa de Pansy era sincera, el regalo de Neville la había hecho muy feliz y ni las Greengrass podrían amargarla con sus idioteces.
―¿Hay alguien nuevo en tu vida? ―preguntó repentinamente Astoria.
―¿Qué?
―Mi hermana lo dice porque muestras algunos síntomas… llevas días muy ausente, y ahora te vemos y sonríes exageradamente…
"Joder ―maldijo internamente―, ¿qué demonios os importa eso?".
―Pansy… nos ha contado una amiga que te vio la otra noche acompañada de un chico.
―¿Cómo?
―Sí, un chico te trajo a casa en su coche. ¿Quién es? ―remató Astoria.
―Sólo era un conocido ―afirmó con cierto resquemor. No le apetecía nada inventar una historia para justificar que Neville la hubiese llevado a casa.
―Tranquila, te creo. Millicent nos dijo que no era muy guapo, y a ti te gustan guapos como Draco ―dijo Daphne entre risitas. Pansy deseó patearle el culo y echarla de su casa junto a su insoportable hermana. ¿Cómo había podido considerar a aquellas arpías sus amigas?
―Además… tampoco le sonaba su cara, y mira que Millicent conoce a toda la aristocracia inglesa ―manifestó Daphne con malicia.
"¿Es que acaso saben que Neville me trajo a casa la otra noche?... están divirtiéndose a mi costa, malditas brujas".
―Dudo mucho que conozca a todos los aristócratas ―afirmó fingiendo indiferencia―, pero me da igual lo que diga Millicent… y ahora, si me disculpáis, me gustaría practicar violín, gracias.
―Qué seca te has puesto de repente Pansy, encima de que venimos a verte ―exclamó Astoria entre pucheros.
―Estoy bastante ocupada, ya os llamaré para salir a tomar algo.
―Vale, pero llámanos, no nos hagas venir a tu casa otra vez ―observó Daphne con una sonrisa ladina que a Pansy no le gustó nada ―. Vámonos hermanita.
Las siguió con la mirada, y cuando vio que habían cruzado la puerta principal dejó de contenerse.
―Hipócritas de mierda… nunca habéis sido mis amigas ―escupió al aire.
Ron miraba el reloj de la pared exasperado. Si hubiera sabido que terminaría pronto la reunión con Snape, le habría puesto más trabas a Hermione para que se viese con Cedricaquella tarde de viernes. El heredero del marquesado de Surrey la había invitado a su mansión con la excusa de enseñarle una nueva colección de libros antiguos que había adquirido su padre recientemente, y claro, Hermione no podía resistirse a una tarde revisando libros más viejos que Matusalén con su amigo aristócrata.
Le hervía la sangre sólo de imaginar que Cedric hiciera acercamientos aprovechando el tenerla en su casa. El castaño le había segurado que no haría nada en público, para no perjudicarla, pero ¿qué le impediría probar suerte si nadie los miraba? Apretó los dientes y los puños y siguió caminando por el salón como un león enjaulado, hasta llegar a los amplios vidrios de una de las ventanas.
―Encima va a llover… ―gruñó por lo bajo mientras miraba el cielo que se oscurecía un poco más cada minuto que pasaba.
Muy cerca de Clarence House, Cedric y Hermione hablaban en el coche del chico.
―Siento haberte retenido tanto tiempo.
―Tranquilo, me lo he pasado muy bien… me han encantado tus nuevos libros, son espectaculares ―dijo con franqueza Hermione.
―Me alegra que te hayan gustado ―Le sonrió y detuvo el vehículo en la entrada de verjas metálicas―. Vaya, ha empezado a llover.
―Debe ser una de esas tormentas de verano ―sugirió sonriendo―. Tendré que correr hasta la puerta ―bromeó.
―De eso nada señorita Granger, si permitiera que te mojaras no sería yo. Espera.
Cedric salió de su coche con paso apresurado y le abrió la puerta, entonces se quitó la chaqueta y la levantó a modo de techo.
―Gracias ―replicó Hermione agradecida por su gesto.
―De nada.
Comenzaron a caminar hacia la puerta principal, después de saludar a un hombre de seguridad que había en el jardín. Una mirada intensamente azul los observaba desde una ventana. Ron maldijo a Cedric en su interior, sobre todo cuando los vio reírse mientras él la protegía de la lluvia. No lo aguantaba más, salió disparado hacia el vestíbulo.
―Te estás empapando Cedric, deberíamos haber pedido un paraguas al servicio.
―¿Y perder la oportunidad de demostrarte mi caballerosidad? ―exclamó de forma cómica, aunque realmente eran palabras muy sinceras. Hermione volvió a reír.
Antes de que alcanzaran el porche del acceso a la casa, Ron apareció de la nada frente a ellos, con un paraguas negro sobre su cabeza que después movió hacia delante para cubrir a su novia.
―Gracias Diggory, ya puedes ponerte la chaqueta ―farfulló con desgana.
―Ron, creía que seguirías con Snape ―dijo Hermione―, ya hablamos Cedric, hasta otro día. ―Se despidió de él con cortesía pero sin signos de excesiva complicidad. Cedric se preguntó si era por la presencia del príncipe, Ron, en cambio, lo celebró.
―Muy bien, ya te llamaré Hermione, adiós Weasley. ―Le dedicó una mirada cargada de provocación, pero la ira de Ron se apaciguó de inmediato, en cuanto sintió que Hermione se agarraba a su brazo, para pegarse a su cuerpo bajo el paraguas.
―Nunca habíamos estado juntos bajo un solo paraguas ―exclamó con voz soñadora y sonrisa tierna. Alzó la cabeza y lo miró con sus ojos marrones. Entonces el príncipe se inclinó para besar sus labios.
―Te he echado de menos… ―musitó provocándole un vuelco en el pecho a Hermione.
―Pensaba que la reunión con Snape sería más larga.
―Yo también ―Echaron a andar hacia la puerta―, pero terminamos hace casi una hora y en ese rato sólo he podido pensar en ti.
―Te quiero Ron ―pronunció en voz baja mientras se apretaba con más fuerza contra su cuerpo.
―Y yo a ti.
Aunque Cedric había compartido la tarde con ella, él seguía siendo el dueño de sus besos y de su corazón. Sintió un intenso alivio, pero la curiosidad lo mataba por dentro.
―¿Qué tal con Diggory? ―se atrevió a preguntar después de cerrar la puerta de la mansión tras ellos.
―Bien, me enseñó unos libros muy interesantes sobre historia antigua.
―Ah… ¿y dónde estuvisteis? ―insistió.
―En su biblioteca.
La respuesta de Hermione lo tranquilizó. No parecía que hubiese pasado nada con Diggory al fin y al cabo. Decidido a no cederle un minuto más de su tiempo a Cedric, cambió radicalmente de tema.
―¿Quieres que veamos una película en mi salón?, podemos pedir a Rachel que nos preparen palomitas.
―¡Es una idea estupenda!, elijo yo la peli.
―Mejor la elijo yo, que si no me subirá el azúcar ―bromeó.
―¿Cómo dices? ―exclamó exaltada.
―Nada, nada… trae la que quieras ―replicó entre sonrisas.
―Vengo en unos minutos ―dijo alegre como una niña.
Ron contempló cómo Hermione subía la escalera hacia la segunda planta sin dejar de sonreír, se sentía el hombre más afortunado del mundo.
Puede que las maneras de Luna Lovegood fueran un tanto curiosas, pero desde luego cumplía lo que decía. Cuando Cormac abrió la puerta de su apartamento después de escuchar el timbre, se quedó perplejo al ver ante sus ojos a Luna con su mascota.
―¡Hola Cormac! ―saludó enérgicamente. Él le echó un vistazo de arriba a bajo y advirtió que junto a sus pies había un pequeño bolso de viaje.
―Hola Luna… ―contestó desconcertado.
―Hemos venido a pasar el fin de semana contigo ―anunció alegremente con una amplia sonrisa. Los ojos verdosos de Cormac se abrieron como platos.
―¿Qué?
―Como mi padre está muy ocupado, me aburro mucho en casa sola y como tú vives solo, pues así nos hacemos compañía. Ya te dije que vendría a visitarte algún fin de semana ―Cormac seguía sin reaccionar―. Pero si molestamos nos vamos.
―¿Snorkel está bien educado? ―logró pronunciar.
―Sí.
―Entonces no molestáis. ―Hizo un ademán para invitarla a entrar y Luna accedió al vestíbulo del apartamento, seguida de Snorkel, que daba pasitos meneando su cola.
―Es genial poder pasar tiempo con los amigos ¿verdad? Pensé en instalarme también en Clarence House y en Buckingham ―Cormac la miró atónito―, pero luego pensé que mejor no, a lo mejor podía ser un lío para Hermione y para Ginny, como no son las propietarias. ―El rubio sonrió, aquellas tribulaciones eran tan típicas de Luna.
―El problema es que sólo tengo una cama… como ya sabes ―Terminó la frase con cierta incomodidad. Seguía sintiendo remordimientos por lo que pasó la noche que la llevó allí.
―No hay problema, he traído un colchón hinchable, lo usaba de pequeña para acampar en los jardines de mi casa. Ya lo verás, es genial ―Luna había echado a andar hacia la cocina―. ¿Puedo poner la camita de Snorkel en la galería?, luego cuando anochezca ya la meteré, es para no ocuparte sitio ahora.
―Sí, claro, adelante. ―El simpático cocker estaba olisqueándole los bajos del pantalón sin dejar de menear la cola. Cormac lo saludó y el animal lo miró, soltó un par de ladridos amistosos y empezó a saltar y hacerle gracias para llamar su atención.
―Snorkel te quiere mucho, yo le conté que lo salvaste el día de las carreras de motos.
Cormac estaba seguro de que el perro no podía haberla entendido, pero le enternecía la forma en que Luna se refería a su mascota.
Después de media hora, Luna ya estaba completamente instalada en el apartamento de Cormac. Estaban sentados en uno de los sofás del salón y ella frunció el ceño.
―Si tienes planes para salir esta noche o lo que sea no te preocupes por mí, me quedaré viendo alguna película en la tele.
―No, la verdad es que no tenía planes. ―Estaba mintiendo, había concertado una cita con una chica que había conocido en el gimnasio al que solía ir, aunque más por ver si conseguía sacarse a Luna de la cabeza que por ganas de conocerla realmente. Pero repentinamente, su deseo de olvidar a la rubia se había evaporado, entre otras cosas, porque la tenía a dos metros de sí mismo en aquellos precisos instantes.
Aunque Luna se resistía, Cormac no aceptó un no por respuesta cuando le ofreció su cama para dormir, así que al final fue el rubio quien durmió en el colchón hinchable, y por fortuna resultó más cómodo que su sofá.
El sábado por la mañana, salieron a pasear por el parque de Saint James con Snorkel. Cormac se preguntaba si quien los viera juntos pensaría que eran una feliz pareja, le hacía gracia esa posibilidad.
―¿En qué piensas? ―preguntó ella de pronto.
―¿Eh?... en nada…
―Estabas muy sonriente ―dijo despreocupadamente―, ¡mira!, allí hay mucho césped, vamos a jugar a la pelota con Snorkel. Cormac asintió y corrió tras ella y su mascota.
Jugaron durante casi una hora. A pesar de lo menuda que era, Luna tenía una energía inagotable, y su perrito no se quedaba atrás. Cormac cayó al suelo en una de sus huídas con la pelota, se le escapó de la mano quedando a unos centñimetros de su cuerpo, que estaba tripa arriba sobre el verde césped. Luna se acercó a él y se puso de rodillas a su lado.
―¡Es mía de nuevo! ―afirmó con una sonrisa deslumbrante que lo cegó momentáneamente. Luna mostraba la pelota orgullosa, y lo miraba con sus grandes ojos azules y Cormac sintió un impulso incontenible. Estaba tan bonita, y la tenía tan cerca. Empezó a incorporarse apoyando sus codos en la hierba, aproximando su rostro al de Luna, que seguía sonriendo, aparentemente ajena a sus intenciones. Para Cormac había dejado de existir todo a su alrededor, no escuchaba las chillarizas de los niños que corrían, ni las quejas de sus padres, había dejado de oír los ladridos de los perros y no percibía los intentos de Snorkel por llamar su atención tirando de su camiseta… Sólo estaba Luna, con sus ojos azul cielo, su sonrisa dulce, sus labios sonrosados… Unos centímetros más y lograría besarlos, ella no se apartaba, ¿estaba deseándolo también?
―Snorkel, deja a Cormac tranquilo, ¿no ves que ahora tengo yo tu pelota? ―exclamó mientras se incorporaba alejándose del rubio. Él se quedó con cara de tonto, mirando como Luna volvía a correr con su perro detrás soltando ladridos efusivos.
"Supongo que no lo estabas deseando", se lamentó internamente.
Aunque no todo salió cómo quería, Cormac disfrutó mucho del sábado. Se río como hacía tiempo no se reía, mucho menos con una chica. Luna ya se había convertido en su mejor amiga. Pasaba de las ocho de la tarde cuando entraban en el apartamento.
―¿Recuerdas lo que me dijiste hace un tiempo?
―¿El qué? ―preguntó ella.
―Que yo era tu tercer amigo.
―¡Ah sí!
―Pues… tú eres mi mejor amiga, mi amiga número uno ―confesó con una sonrisa resignada mientras cerraba la puerta con llave. Cuando se volvió hacia Luna la encontró mirándolo fijamente, muy seria y con los ojos húmedos. Cormac no sabía si había metido la pata en algo, así que optó por quedarse quieto y callado. En cuanto Luna se arrojó a su cuello para abrazarlo, supo que no había nada mal.
―Nunca había sido tan feliz… ―sollozaba Luna― Nadie me había dicho antes que yo soy su mejor amiga.
―No llores mujer… ―replicó el rubio un poco incómodo. No sabía cómo comportarse ante tanta emoción. Entonces recordó que durante casi toda su vida, Luna Lovegood había sido una marginada social. Para ella, que alguien la considerase su mejor amiga era muy grande y sintió ternura. Esta vez fue Cormac quien la abrazó repentinamente, cuando ella todavía tenía sus manos apoyadas sobre su pecho.
―Y como mi mejor amiga que eres, estás invitada a venir a mi casa cuantas veces quieras.
―Gracias Cormac.
Ambos sonreían, todavía abrazados y Snorkel, después de aguantar la escena unos instantes, ladeando la cabecita tratando de entenderlos, ladró varias veces. Rompieron el abrazo y Cormac miró al animal.
―Está bien, tú también puedes venir cuando quieras, Snorkel.
El perrito siguió ladrando y se arrojó sobre ellos, saltando y meneando la cola, la pareja se echó a reír.
El domingo por la mañana, Hermione despertó más tarde de lo habitual en ella. El par de horas de más que se pasó leyendo y resumiendo antes de dormir le había pasado factura. El príncipe se había retirado relativamente temprano porque le gustaba aprovechar la mañana del domingo para ejercitarse en su gimnasio personal. Hermione no estaba demasiado cansada y quiso adelantar trabajo de la universidad, pues la semana siguiente tenía una cita con Minerva McGonagall y quería presentarle todo terminado.
Se adecentó en el baño y bajó a desayunar. Nunca le había interesado el deporte, ni verlo ni practicarlo, a pesar de los esfuerzos de la incansable Katie. Ron era su polo opuesto, amaba el deporte, en especial practicarlo, ya fueran artes marciales, fútbol o polo. Pero que no le interesase el deporte no significaba que no sintiera curiosidad por ver a Ron practicarlo. Tenía que admitir que el príncipe estaba muy sexy cuando se entregaba en un partido de polo, siempre que no se dedicara a sabotear el juego de jugadores rivales, claro. ¿Cómo se vería practicando artes marciales?, nunca lo había visto entrenando. La curiosidad pudo más que ella y se convenció de que tenía que satisfacerla.
Llegó hasta la puerta del viejo gimnasio, la abrió lentamente y cuando tenía hueco suficiente para meter la cabeza se asomó. Al fondo de la estancia estaba Ron golpeando un saco de boxeo con una fuerza brutal, patadas y puñetazos a un ritmo frenético. Sirius aguantaba el saco lo mejor que podía. Hermione se quedó embobada mirándolo, cada movimiento, cada gesto de su rostro, el sudor que le goteaba del pelo rojo y cubría su piel, la camiseta negra sin mangas pegada a su cuerpo…
Y pensó, es erótico. De repente, su mente comenzó a reproducir la canción "Erotica" de Madonna y empezó a sentir una necesidad imperiosa que nacía en su estómago y se aposentaba entre sus piernas. Ese intenso deseo que sólo había experimentado con el príncipe.
Ron dejó de golpear el saco, algo lo hizo volverse hacia la puerta y la descubrió allí plantada. Entonces miró a su fiel guardaespaldas, que se disculpó, inclinó la cabeza y se retiró de la estancia tras saludar a Hermione.
―Buenos días, señorita Granger.
―Hola Sirius… ―pronunció un poco nerviosa. Se sentía como una niña descubierta haciendo una travesura.
―No te quedes ahí Hermione, pasa y acércate ―Ella le hizo caso y cerró la puerta del gimnasio. Ron se secó el rostro con una pequeña toalla. Ahora estaban solos― ¿Me estabas espiando?, ¿te gustaba la vista? ―inquirió con picardía.
―No estaba mal… ―Ella no se amedrentó.
―¿Sólo no estaba mal? ―exclamó con una sonrisa en los labios.
Ron se quitó la camiseta y la arrojó al suelo. Su esculpido torso quedó expuesto. Sus pectorales duros, sus abdominales marcados y el ombligo rodeado de un remolino de vello rojizo. Su piel brillaba perlada de sudor.
―¿Y ahora qué tal?
―Ha mejorado… considerablemente… ―confesó sin poder apartar los ojos de su atlético cuerpo.
―De vista puede ser, pero de olor seguro que no… ―bromeó haciéndola sonreír― Voy a darme una ducha rápida, no te vayas ¿eh? ―Hermione negó con la cabeza observándolo correr tras un hueco que había en la pared del fondo.
Sólo pasaron cinco minutos antes de que el príncipe regresara con su novia. Se prsentó ante ella vestido únicamente con unos pantalones largos y negros de deporte. Iba descalzo y nada cubría su torso. Los ojos marrones de Hermione o sabían donde detenerse.
―Ven aquí… ―susurró amorosamente el pelirrojo mientras atrapaba su cintura y la besaba con pasión. Ella respondió a su beso enardecida, al tiempo que se abrazaba a su espalda. Entonces Ron le quitó la smanos de su espalda y las guió hasta su pecho.
―Tócame… ―sugirió el príncipe.
Hermione, obediente, recorría los músculos del pelirrojo extasiada. De vez en cuando miraba su cara y lo veía cerrar los ojos, se preguntó si lo hacía para sentir con mayor intensidad sus caricias. Pero aquello no era del todo equitativo.
―Tócame tú también… ―concedió sorprendiéndose a sí misma.
Jamás se habría imaginado capaz de descararse así con su escasa experiencia, pero Ron siempre lograba sacar lo más salvaje de ella. Los labios del príncipe se curvaron en una sonrisa.
La guió hasta una máquina, detrás de la cual había una colchoneta de unos centímetros de espesor. Se arrodillaron sobre ella mirándose a los ojos y las manos de Ron alcanzaron la blusa de Hermione. La despasaba despacio, botón a botón, recreándose con todo lo que le provocaba mientras lo hacía. Su pecho subía y bajaba de manera acelerada, su boca entreabierta trataba de tomar el suficiente aire, sus mejillas se habían sonrojado. Las pequeñas manos de la castaña se apoyaban en los antebrazos del pelirrojo, pero no para detenerlo sino para acompañarlo en sus movimientos. Cuando Ron abrió la blusa, dejando expuesto su sujetador, algo más llamó su atención.
―Llevas mi candado ―dijo sorprendido.
―Siempre que puedo… ―admitió ella.
Ron enmarcó su rostro con las manos y la besó complacido, después buscó su cuello como nuevo objetivo, mientras Hermione empezaba a gemir suavemente entre sus brazos. Las manos de Ron la acariciaban en la espalda, los brazos, la cintura y finalmente los pechos, y ella, lejos de pararle los pies, sólo sentía más y más deseo por él. Como poseída por un fuego incandescente, recorría los músculos de su novio con la avaricia de la que nunca tiene bastante. Parecían un solo ser de lo enlazados que estaban.
Ron se echó un poco sobre ella, que se recostó sobre la colchoneta. El príncipe aprovechó la nueva postura para besarla más cómodamente en medio de sus pechos. Alzó su mirada celeste en un gesto de petición y Hermione lo entendió perfectamente y además le dio permiso asintiendo con la cabeza. Sin pensárselo dos veces, Ron deslizó sus manos por debajo del cuerpo de Hermione, hasta alcanzar el cierre de su ropa interior. No tardó en abrirlo, por suerte o por desgracia, tenía bastante experiencia en esas cosas. Se disponía a retirarle la prenda cuando Hermione apretó ligeramente sus antebrazos. Estaba un poco nerviosa y asustada, iba a ser la primera vez que Ron viera su desnudez. El príncipe se hizo cargo de sus sentimientos y agachó la cabeza hasta rozar su piel con los labios. Empezó a depositar tiernos besos sobre sus hombros, sus clavículas, y después fue bajando, deslizando el sujetador despacio, descubriendo los pechos de la muchacha, a los que recibió con más besos delicados. Aquello hizo que a Hermione no le diera tiempo a incomodarse por sentirse expuesta, pues el placer y el amor que Ron le estaba provocando con sus besos la dominaban por completo. ¿Cómo podía tratarla con tanto acierto?, lo amaba como nunca pensó que pudiera amar a nadie.
Cuando el príncipe creyó que el momento más embarazoso había pasado, levantó un poco la cabeza para admirarla. Hermione estaba ruborizada, pero no todo era pudor, ni mucho menos, la excitación tenía mucho que ver.
―Eres deliciosa… ―susurró en su oído haciéndola gemir. Entonces retomó sus besos con mayor intensidad y Hermione empezó a envalentonarse de nuevo. Ya no le importaba nada que Ron viera sus pechos, es más, ella buscaba acercarlos a su boca, que los besaba y lamía con pericia, mientras no dejaba de jadear y gemir enloqueciéndolo por completo. La castaña movía sus manos sobre los cabellos rojos de Ron y su amplia espalda. Lo estaba despeinando y había instantes en que le clavaba un poco las uñas, pero todo eso lo estimulaba aún más.
―¡¿Alteza?! ―sonó repentinamente la voz grave de Snape desde la puerta.
La pareja se separó bruscamente y Ron asomó su cabeza muy despeinada desde atrás de una máquina de ejercicios. Hermione no podía dejar de repetir en su mente "tierra trágame".
―¡Sí! ―se apresuró a contestar― ¿Qué ocurre Snape? ―trató de sonar calmado, pero cogía aire de manera entrecortada.
El hombre lo miró arrugando su nariz aguileña con cierto aire de molestia. No era la primera vez que lo encontraba en esas circunstancias, supo entonces que no estaba solo.
―Sólo quería anunciarles… ―El plural de su frase hizo sonrojar a Hermione, que seguía oculta tras la máquina, apretando contra sus pechos el sujetador desabrochado―, que el próximo fin de semana tendrán que asistir a un evento de palacio, asistirá toda la familia real y es importante que la señorita Granger se prepare especialmente… si me disculpan. ―Inclinó la cabeza y abandonó la estancia. Ahora entendía porqué Sirius lo había mirado con cara de horror cuando se disponía a entrar en el gimnasio.
Ron volvió a agacharse junto a Hermione. La expresión de su cara lo hizo sonreír.
―No te preocupes princesa ―acarició su mejilla con un dedo―, Snape es muy discreto, y tampoco estábamos haciendo nada malo ¿verdad?
―No… es sólo que… ―Se tapó la cara con las manos― Menuda vergüenza, él sabía que yo estaba aquí, escondida.
―Lo único que podrían pensar en la enorme envidia que me tienen por ser tu novio ―se pavoneó cómicamente. Hermione soltó una risita nerviosa―. Vamos, vistámonos, será mejor que vayamos a reunirnos con él.
Hermione asintió y se abrochó el sujetador y la blusa. Después Ron le ofreció la mano para ayudarla a levantarse de la colchoneta.
―Pero quiero que sepas una cosa Hermione… ―La acercó a su cuerpo cogiéndola de la cintura― Tengo muchas ganas de terminar lo que hemos empezado hoy ―afirmó el príncipe sin remilgos.
―Y yo… ―musitó Hermione dejándolo atónito a la par que encantado.
CONTINUARÁ…