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Historia 49513 — capítulo 1
Canción elegida: Poupée de cire, poupée de son de François Hardy [http://www.youtube.com/watch?v=n4SOk2pIPjI]
Los violines iban a una velocidad abrumadora, pero ¿qué importaba aquello? El salón de baile era su territorio, su pequeño dominio. Cuando papá y mamá parecían preocupados, la muñequita de ojos límpidos aprovechaba para escabullirse hasta lindos mundos de ensueño, donde los pájaros podían nadar y las liebres eran del color del chocolate amargo.
Yo soy una muñeca de cera,
una muñeca de cuerda.
Encendida la vieja radio correosa de melodías bailables, se daba paso al espectáculo: el más exquisito baile nacía de los giros de su falda. Surgían entonces príncipes y princesas de las almas de sus muñecas de porcelana, diseminadas por las estanterías de cartón. El paraíso de los bailoteos de la corte francesa era aquello. Se convertía en auténtica princesa de la Corte aquella niñita con nombre de ángel marino…. y la felicidad la colmaba con su abrazo.
Mis discos son un espejo
en el que cualquiera puede verme.
El sol de la tarde vencida rozaba delicadamente la pared color limón repleta de lentejuelas enormes: los espejos de coleccionista de su hermana mayor centellaban en un mar de sonidos in crescendo mientras la bailarina, la muñequita danzante, crecía y crecía, ajena a todo lo que no fuera su universo musical.
La vieja radio, ya cochambrosa, se diluía con el fugaz paso del tiempo — fugaz, como el parpadeo de marfil de sus párpados; fugaz, como el cascabeleo de su risa de perlas moradas — y daba paso a un vinilo destartalado y chirriante y a una pared limón recubierta de ídolos móviles con chupas de cuero entre los cuales el guiño de los cristales de espejos seguíaintuyéndose. Ay, del paso de los años…
Estoy en todas partes a la vez,
rota en mil añicos de mi voz.
Un eco lejano de tarareo infantil seguía latiendo todavía en el corazón de aquella muñequita, encarcelada en un cuerpo que luchaba por crecer a duras penas.
Muñequita, muñequita traviesa, que cantaba al atardecer para distraer a las hormonas y que la dejaran un segundo volver a su niñez.
Muñequita, muñequita imparable, que jamás cesaba en sus movimientos encantadores y mágicos…
Alrededor de mí yo escucho reír
a las muñecas de tela.
El amor no está sólo en las canciones
(Muñeca de cera,
muñeca de cuerda)
Bum, bum. Bum, bum. Se hacía oír un corazón joven entre la melodía eterna y las sonrisas bordadas de juguetes llenos de polvo de cara aviesa. Bum, bum. Bum, bum. Latía una certeza.
Sólo a veces yo me pregunto,
me digo: ¿de qué me vale
cantar así el amor sin razón,
sin saber nada de chicos?
Ella era una muñequita de esas que sí sentían, de esas que sí podían amar. Era casi una niña de verdad. La nueva Pinoccia tenía un pensamiento en su cabecita para cierto muchachito: un sentimiento de afecto, de bondad, de inocencia amorosa.
Pero ella, a pesar de todo, seguía siendo una muñequita, una de esas con corazón de porcelana y piel de tibia caricia, una de esas de cristal etéreo con el que se pierde la pureza con el tacto de un varón. Era demasiado delicada.
Y, sin embargo, en su corazón henchido de danza y amor, un deseo se fraguaba. Quisiera ser una niña de verdad…
Pero un día yo viviré mis canciones
(muñeca de cera,
muñeca de cuerda)
Sin temer a la fogosidad de los muchachos.
...para poderlo amar.
Sí, tal vez algún día su alma de hielo no se derretiría ante el roce de su amado. Sólo había que esperar unos años más.
¿Críticas? Adelante, ¡sin piedad!