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Historia 49638 — capítulo 1
Los deseos de su madre se habían cumplido, Blancanieves había nacido tal como ella quería: Piel blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y cabello negro como el ébano. Pero antes de llegar a ver a crecer a su hija, su muerte llegó. Blancanieves era aún demasiado pequeña como para ser conciente de la muerte de su madre, pero muy pronto se concientizaría.
Poco tiempo después, su padre vuelve a casarse con otra mujer, llamada Cassandra. Era muy bella, pero también muy mala. Sólo se casó con el padre de Blancanieves por su dinero y porque era un rey. Puro interés. Cassandra se aprovechó muy bien de la situación cuando se convirtió en reina, y malgastaba todo el dinero en vestidos, zapatos, accesorios para el cabello, sombreros; joyas de oro, diamantes, plata, perlas, rubíes, zafiros y esmeraldas. Todo lo que Cassandra quería, lo tenía. Ella en realidad no amaba a su esposo, tampoco a Blancanieves, y sólo la criaba para "conmover" al rey y que se enamore y cautive más de Cassandra.
Cassandra era hechicera, pero nadie lo sabía, y siempre llevaba consigo un espejo mágico que hablaba y le respondía cualquier cosa que ella le pregunte. Todos los días ella le preguntaba quién era la mujer más hermosa del mundo, y el espejo siempre decía su nombre. Pero un día, cuando Blancanieves comenzó a crecer un poco más, el espejo no dijo que era Cassandra, dijo que era Blancanieves.
-¡No es posible! -Gritó Cassandra.
-Soy sincero, la mujer más hermosa del mundo es Blancanieves. -Dijo el espejo.
-¡No puede ser! ¡Yo soy la mujer más hermosa! -Luego de destruír casi toda su habitación por la gran ira que le dio al escuchar que ella no era la más hermosa del mundo, se dirigió a hablar con un cazador. Quería muerta a la hija de su esposo.
-Escúchame bien, llevarás a Blancanieves al bosque, dile que la llevarás a pasear y a mirar animalitos. Cuando estén bien adentro mátala y traeme su corazón. -Dijo ella.
-¡No haré eso con la hija del rey! -Se negó el cazador.
-Habrá una gran recompensa... ¿Quieres dinero? Tendrás dinero. ¿Quieres joyas? Tendrás joyas. ¿Quieres algún objeto valioso? Lo tendrás sea lo que sea... ¿Quieres una mujer? La tendrás, la que tú quieras... sólo elige lo que quieras... -El cazador comenzó a dudar, Cassandra se sonrió al notarlo.
-No lo sé...
-Tendrás tu peso en monedas de oro si la matas.
-Trato hecho. -Ambos se dieron la mano y así acordaron que al próximo día irían al bosque y la mataría.
Al día siguiente, cuando Blancanieves se levantaba y bajaba a desayunar, su padre le dijo que el cazador la llevaría al bosque a pasear y ver los animalitos. Ella aceptó feliz, y luego de desayunar se encaminó al bosque con su futuro asesino.
Ambos iban caminando por el inmenso bosque, atravesando millones y millones de árboles de todas clases, y mirando que había de la más variada fauna en el lugar. Caminaron como dos kilómetros en total, y una vez bien adentrados en el bosque, el cazador sacó un enorme cuchillo y se dispuso a clavárselo, pero Blancanieves le preguntó:
-¿Para qué el cuchillo?
-Debo matarte... -Dijo el cazador, acercando cada vez más a ella aquel filoso instrumento.
Blancanieves se quitó su broche del cabello y se lo lanzó a la cara al cazador, justo en los ojos. En ese momento echó a correr, no importaba a donde siempre y cuando lo perdiera de vista. Una vez que el cazador se dio cuenta de que había escapado, también corrió para perseguirla. Él era un hombre grande, fuerte, robusto y saludable. Podía correr muy bien y casi podía alcanzarla. Ella sólo corría, ya no podía más, pero igual corría. Su vida corría peligro. Estaba agotada, pero necesitaba seguir para conservar su vida, los árboles dificultaban la cosa, pero también facilitaron algo... en un momento tropezó con una roca, cuando se levantó miro por entre los árboles de su alrededor y no estaba el cazador por ningún lado. Se habían desencontrado, él la había perdido de vista. No podía descansar y permanecer allí porque tal vez se encontrarían de nuevo.
Estaba demasiado agotada, así que en vez de correr comenzó a caminar un poco, hasta que se detuvo al ver una cabaña de madera. Necesitaba ayuda, no le importaba quedar como desubicada al tocar la puerta de una casa ajena para preguntar si podían dejarla pasar. Un cazador quería asesinarla. Se acercó más a la casa y tocó la puerta. Unos segundos después abrió un hombre que no medía más de un metro y quince centímetros con una larga barba, vestido con un gorro rojo, y un traje del mismo color.
-Buenos días, jovencita... ¿Se te ofrece algo? -Preguntó el enano.
-Un cazador quiere matarme, seguro debe estar cerca... ¿Podría esconderme en su casa? ¡No quiero que me encuentre! -Dijo Blancanieves desesperada.
-¿Cómo sé que no nos robarás?
-No necesito robar, soy una princesa, lo que quiero lo tengo... ¿Para qué robaría?
-Tienes razón, pasa... -Blancanieves entró a la casa y se encontró que había otros seis enanos más, además del que la atendió. Todos estaban vestidos iguales, sólo cambiaba el color del gorro y el traje.
-¿Y esta chica? -Preguntó otro enano.
-Es la princesa, está aquí escondiéndose de un cazador que quiere matarla.
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Blancanieves. -Dijo ella.
-Pues... puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras para que no te maten... ¿Necesitas algo ahora?
-No, gracias... y... ustedes son... ¿Qué son?
-¿No sabes lo que somos?
-No... son muy raros, son muy bajitos y usan unos trajes y sombreros ridículos... ¿Son duendes? -Los siete enanos se quedaron callados un momento, estaban enfadados. Aquel comentario de Blancanieves los había ofendido. Los había ofendido tanto que uno de ellos agarró un vaso de vidrio y lo azotó contra el suelo, rompiéndolo.
-¿Te estás burlando de nosotros?
-No... sólo digo que es algo muy extraño, nunca en mi vida vi unos seres como ustedes.
-¿Quieres decir que somos raros?
-¡No! Bueno... sinceramente sí, los encuentro raros.
-¿Y te atreves a compararnos con duendes? ¡No somos duendes, somos enanos! ¡Nos ofendes!
-Disculpen... no era mi intención...
-Debiste pensarlo muy bien antes. Antes de ofender a un enano tienes que pensarlo dos veces. ¡Fuera de nuestra casa!
-Pero quieren matarme...
-Fuera... de... nuestra... casa... -El mismo enano que había roto el vaso, agarró una botella de vidrio vacía y se la lanzó, Blancanieves se agachó, pero igual la botella le lastimó un brazo.
Muy asustada, salió de la casa, y al salir se encontró con el cazador en la puerta. Volvió a entrar a la casa, cerró la puerta y colocó una silla para trabarla.
-¡El cazador está aquí! -Gritó desesperada.
-No podrás escapar ahora... -Dijo el cazador desde afuera y comenzó a darle patadas a la puerta hasta abrirla, se acercó y volvió a sacar el cuchillo. Blancanieves retrocedió, pero los enanos la empujaron hacia el cazador.
-¡Mátela! Nos ofendió. -Dijo uno de ellos. Blancanieves intentó salir, pero el cazador cerró la puerta antes.
-No tienes opción. -Y tras aquellas palabras, enterró con fuerza el cuchilló en el pecho de la princesa hasta atravesar su corazón. Ella gritaba del gran dolor, gritaba y gritaba hasta que luego se quedó en silencio. Todo fue rápido, el cazador retiró el cuchillo sucio con sangre del cuerpo de Blancanieves y arrastró su cadáver hasta el bosque.
Una vez entre los árboles, le abrió el pecho para sacarle el corazón y lo metió a una bolsa aparte. Dejó el cuerpo en el bosque y regresó al palacio para complacer a Cassandra. Ella hizo cocinar aquel corazón en la cena, y le dio al cazador su peso en monedas de oro como había prometido. Nadie supo que Blancanieves había muerto. Nunca se enteraron.
-Oye Cassandra. ¿Has visto a Blancanieves? No vino a cenar esta deliciosa cazuela de corazón. -Dijo el rey.
-Ha dejado el palacio, en su paseo por el bosque conoció a un príncipe y huyó con él. -Mintió Cassandra.
Blancanieves había muerto y nadie más que Cassandra, los enanos y el cazador lo supieron. Su cadáver permaneció en el bosque hasta que la naturaleza se encargó de hacerlo desaparecer lentamente con el tiempo, y no murió siendo una anciana "con perdices dentro de su estómago", un esposo príncipe e hijos. Cassandra logró ganar y salirse con la suya.