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Historia 49848 — capítulo 1
Miro en el espejo, pero este no se digna a devolverme el reflejo que espero. En lugar de ello, el frágil cuerpo de una mariposa cuyo suave aleteo provoca huracanes en la otra parte del mundo. Algo tan frágil que un niño podrá cogerla entre sus pequeñas manitas y aplastarla.
Aleteo velozmente, lo más que me permiten estas coloridas alas, teñidas de rojo y azul, y huyo del espejo. Huyo de mi fragilidad. Temo que algún día alguien me aplaste, pues con mi pequeña estatura podrían no verme, o que alguien me aprese y me clave con un afilado alfiler a un corcho para deleitarse mirando mi cuerpo sin vida.
Mi leve aleteo me lleva por un largo pasillo repleto de espejos, pero yo los esquivo todos, evitando dirigir mis ojos de mariposa a la superficie reflectante. Aspiro el aroma de una flor cercana, y me acerco revoloteando para verla mejor. Allí está, una hermosa flor de pétalos blancos y grana corazón, suave y delicado narciso. Y a su alrededor, un montón de zarzas espinosas rodeándola como una afilada fortaleza. Y, encima de este, mi mayor enemigo: un espejo. Un espejo que me devuelve la imagen de mi fragilidad, la indefensión de esta patética figura de mariposa, que aunque hermosa, es delicada, tan fácilmente rompible, tan fácilmente aplastable. Pero el dulce aroma de la flor me embriaga, ansío estar a su lado y aspirar más cerca su fragancia. Sólo si no fuera una simple mariposa, si fuese otro ser más grande y fuerte. ¡Quién fuese humano! Si fuese humano, podría apartar aquellas espinosas zarzas y alcanzar mi narciso. Me miré en el espejo, odiándome a mí mismo por ser una simple mariposa, y no un humano, que puede aspirar la fragancia de cualquier rosa. Pero yo no quiero una rosa. Sólo quiero a mi narciso.
Entonces, noto un dolor punzante en mi espalda, y caigo a la hierba chillando en silencio, ya que no poseo aparato fonador que me permita chillar ni ojos que me dejen expresar mi llanto. Mi mirada se nubla. Cuando vuelvo a ver con claridad, me levanto y me miro en el espejo. Un esbelto cuerpo desnudo, no sabría decir si masculino o femenino, ya que como mariposa no sé cual es la diferencia. Pero no me importa. Soy un humano, y por fin puedo acercarme a mi flor.
Con mis fuertes manos humanas aparto con delicadeza las zarzas, pero aún así las afiladas espinas se clavan en mi piel desnuda haciéndome sangrar. Ríos encarnados se deslizan por mi cuerpo hasta caer en el suelo en un suave goteo. Pero no me importa. Soy humano, ya puedo acercarme a mi narciso. Termino de apartar las zarzas, aunque se clavan en mi cuerpo, pero estoy cerca de mi narciso. Apenas hay espacio para moverme, menos para sentarme y aspirar el perfume de mi narciso. Me arrodillo, y me acerco a la flor, pero no puedo tumbarme, el dolor de las zarzas es insoportable. Así que cojo la flor, y me marcho con ella lejos de las zarzas de espinos.
Así llegué a un plácido río en un tranquilo valle, donde coloqué a mi dulce flor, y pude sentare a su lado. Intenté hablarle, pero mi boca humana sólo producía gruñidos sordos en vez del melodioso y suave silbido de la lengua de las mariposas. Mi lengua humana me impedía hablar en ese dulce idioma con el que uno podía comunicarse con las flores. Entonces, la flor suspiró su último aliento y se marchitó ante mis ojos.
Chillé de horror, y esta vez si se oyó el trueno de la garganta humana. De nuevo se me nubló la vista, por las lágrimas que inundaban mis ojos. Miré las lejanas zarzas, y me pregunté si como mariposa pudiera haber atravesado aquellas espinas y llegado hasta mi flor. Mi bello narciso ahora marchito. Soñé que era una mariposa, pero ya no sé si soy una mariposa que está soñando con ser un hombre que sueña ser mariposa, o un hombre que sueña ser mariposa.