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Un secreto — capítulo 1
Ella. A ella nadie le creía, ella no estaba enferma. Ella, tenía la razón.
Estaba bien, no hablaba demasiado. No se comunicaba y todos creían que tenía un problema, un dilema existencial. Estaba perdida, sentada en la escalera, mirando al cielo. Escuchando voces que la hacían llorar. Voces que le hacían revolverse en la cama. Con gritos de dolor y marcas imaginarias que sangraban en sus manos.
Su madre la creía loca, pero ella no lo comprendía. Su madre pensaba que su hija estaba perdida, que estaba tomando malas mañas. Pero no era así.
Y nadie iba a entenderlo. Su madre trabajaba como enfermera y aún así, nunca vio los síntomas. Su padre se quedaba en su trabajo.
Pero no solo allí.
El reloj con su incesante tic y tac. Con sus desesperantes minutos que no hablaban, sino más de lo mismo. Día tras día. El reflejo de la nostalgia, el reflejo de querer ser normal. De querer ser como las demás niñas.
Pero nunca. Ese no era su destino.
Su madre nunca escuchó sus alaridos, nunca escuchó cuando en lágrimas, sus ojos lo decían. Nunca miró a su esposo. Ël la cuidaba bien, ella estaba solo en su etapa rebelde.
Pero otra vez, era más que eso. Eran más que heridas que con sal, se recrudecían. ¿Quién le iba a creer a la niñita emo, que no escuchaba nada ni decía nada?
Y entonces, el mundo colapsaba. Ella era más sumisa, más agresiva al mismo tiempo. Su madre la arrastró a un convento, con la esperanza de que se regenerara. Pero dios no tenía la culpa, mucho menos el diablo.
Solo uno. Solo uno que estaba marcado en cada pared de esa iglesia. Los dibujaba con su sangre, así era como ella lloraba.
Y eso fue lo que ocurrió. Se desangró, con su sangre y corazón, escribió su mensaje. Entonces, meses después, la verdad salió a la luz.
Un secreto, en una conversación.
- ¿Puedes decirme, lo que te hacía tu padre? ¿Quieres?- dijo el cura, en su confesión diaria.
- Él me amaba mucho, a él le gustaba sin ropa. Dice que estaré más fresca.
- ¿Sentiste algo al principio?
- Dolía mucho, pero él aseguraba que todas las niñas sentían eso cuando jugaban con sus padres. Papá me odiaba. ¿Cierto?
- No, solo estaba perturbado. Perdido. Y tú querías satisfacerlo, aunque no supieras de lo que hablaba. ¿Qué hacía papá?
- Estaba encima de mí, desnudo. Decía que era un juego divertido, que teníamos que practicar.
- Sentiste mucha rabia, mucho dolor. Y viniste aquí.
- Dijo que sería una mala hija si no le escuchaba. Me trajo hasta acá y me dijo que dios iba a enfadarse conmigo, si no atendía razones.
- Dios jamás te torturaría con algo así. Dios te ama. Viniste por que te lo pidió.
- Acá me dijeron que si era una mala hija, mamá iba a odiarme. Por eso ya no venía a verme, por que me odiaba.
- Mamá siempre va a amarte.
Esa fue la última conversación, antes de encontrarla con la cruz en las manos, con la sangre al suelo y una sonrisa en los labios.
Para mi mamá....
Y allí iba su regalo. El padre de su bebé, iba a ser su propio padre. Lo mejor que le había podido pasar.
Era morir.