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Historia 50551 — capítulo 1

Otra vez la misma historia... Te acuestas en tu cama, como cada noche, y apagas la luz, con el cuerpo cansado tras un día normal. Y de nuevo, comienzan los pensamientos macabros. Comienza el quejarse por todo, sin que tengas que quejarte de nada; comienza el sentirte triste, sin que tengas que estarlo por ninguna razón; comienza el buscar una felicidad perdida en algún rincón de entre las sábanas, felicidad que — sin saberlo — todavía conservas.

Otra vez buscas romper los relojes y detener el tiempo de alguna manera. Buscas volver hacia atrás a un mundo de infancia perdida, de juegos alegres y ráfagas de sonrisas. Buscas ganarle la batalla al tiempo y no envejecer, huir de responsabilidades, recuperar la inocencia que un día comenzaste a desgranar caminando la senda de la vida semi-adulta y razonada.

Otra vez fracasas. Entre sonidos de lágrimas descubres todo: que sólo encuentras reposo en la indiferencia y la rutina, que la vida no era como te habían contado, que hacerse mayor no era tan bonito como parecía. Descubres la inestabilidad del futuro, el no saber qué pasará el día de mañana, que las caídas en la vida son frecuentes y dolorosas, que te han arrancado toda tu energía.

Y rezas otra vez, deseando que haya algo allí arriba que pueda escucharte, pidiendo que un alma angelical te ayude, que la indiferencia con la que te arropas se transforme en inocencia reencontrada, que puedas cambiar el mañana.

Pero, otra vez, sólo escuchas silencio en tu habitación, un silencio aplastante que te tortura y te desespera. Y sientes que nadie puede ayudarte, que nadie va a a escucharte, que nadie se va dignar a consolarte. Con la soledad de las lágrimas en tu mente desencantada, el corazón guardado en un puño, vuelves a quejarte por todo sin que haya que quejarse por nada, vuelves a estar triste sin que haya razón para estarlo...

Y, así, otra vez, el sueño se rinde ante tu desolación y te acuna en sus brazos un pedazo de noche para que puedas descansar en la ignorancia y, al llegar el alba, vuelvas a abrir los ojos... y ya no recuerdes nada.

K.