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Historia 50966 — capítulo 1

Prólogo

Sintiendo la Muerte

Había pasado media hora desde que que se escuchó el sonido del timbre que anunciaba el final de las clases y yo aún seguía esperando a mis padres. Los demás niños ya se habían ido a sus casas, solos o acompañados por sus padres, pero yo seguía esperando a que vinieran a por mi.

Oí pasos acercándose a mí y me di la vuelta. Era el conserje.

-Eve -me dijo-, vamos a cerrar ya. Tienes que irte

-Pero mis padres todavía no han venido -contesté yo-. Y usted sabe que no me dejan ir sola a casa. Dicen que me puede pasar algo.

-Eve , no te va a pasar nada. Ya eres mayor -me dedicó una sonrisa mientras me revolvía el pelo-. Ya puedes ir sola a casa.

Le miré, indecisa.

-Tienes siete años y vives a cinco minutos de aquí. Puedes ir sola -le miré otra vez, sin cambiar la expresión de mi cara-. Venga, que te acompaño a la puerta.

Asentí, mientras le cogía la mano y caminábamos hasta la puerta del colegio. Una vez allí me dijo adiós y cerró la puerta.

Recuerdo ese día como el peor de mi vida. En ese momento no me dí cuenta de que había algo raro en el ambiente, pero a medida que he ido creciendo, he ido comprendiendo que era lo que no cuadraba en aquella situación.

Miré a la gente que pasaba a mi lado. Todos iban con ropa ligera, ropa de verano. Pero yo tenía frío y tenía la piel de gallina. No sabía por qué, pero tenía el presentimiento de que iba a pasar algo.

Ahora lo entiendo todo, el frío, la piel de gallina, aquel presentimiento... Todo era verdad. No era un sueño, pero tampoco podía ser real. Era una pesadilla.

Cuando llegué al portal la puerta estaba rota como de costumbre, así que la empujé y entré dentro. Llamé al ascensor y esperé. Cuando llegó, entré dentro y deje la mochila en una esquina mientras subía al tercer piso. A medida que el ascensor iba subiendo, el frío aumentaba, y con él, el miedo y la sensación de que algo iba a pasar.

Ese día fue el día en que todo cambió. Ese día estalló una guerra en mi interior. Ese día elegí que camino iba a escoger.

La puerta de casa estaba abierta y un olor fuerte salía de ella.

-¿Mamá? -pregunté en un susurro- ¿Papá?

No hubo respuesta, así que empujé la puerta con suavidad, para no hacer ruido y entré dentro.

El olor se intensificó y casi me hizo vomitar. Me tapé la nariz con los dedos y me dejé llevar por el olor.

Venía de la habitación de mis padres.

Recordar ese momento hace que me sienta orgullosa de lo que soy ahora y del camino que he escogido. Aunque aún me sigo rindiendo al dolor y a la oscuridad de ese momento.

Abrí la puerta y lo vi. Un hombre vestido de blanco estaba saliendo por la ventana. Él no me vio,ya que estaba de espaldas.

Miré a mi alrededor y pude distinguir a mi padre y a mi madre en el suelo rodeados de un charco de líquido rojo, que pude identificar como sangre.

Sangre. Esa es la palabra que resuena en mi cabeza cada vez que cierro los ojos y veo a aquel hombre vestido de blanco saliendo por la ventana. Sed de sangre.

Miré otra vez por la ventana mientras mi visión se oscurecía. Vi como el hombre saltaba de la ventana y desaparecía. Lo último que vi fue una gran A roja en su espalda antes de que todo se volviera negro.