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Historia 51389 — capítulo 1

Un sonido insistente y martilleante hizo que Miguel se diera la vuelta en la cama, murmurando algo como <<cinco minutos más...>>. Sin embargo, el sonido no cesó, y el chico de diecinueve años se vio obligado finalmente a levantar la cabeza y aporrear su móvil con el fin de que se callase de una vez. Se pasó una mano por la cara, intentando espabilarse, y entonces se dio cuenta de algo. <<Normalmente, la alarma que suena es la del reloj. El móvil sólo está por si...>>. -... me quedo dormido- concluyó en voz alta, con los ojos abiertos por el espanto. Se puso en pie de un salto y comenzó a quitarse el pijama con violencia. -¡Mierda, mierda, MIERDA!- exclamó mientras se metía en el baño a ducharse. Por primera vez en su vida, su ducha no duró más de cinco minutos, y ya le parecía excesivo el tiempo que había gastado. Mientras se vestía en su habitación, repasaba mentalmente los contenidos del examen que tenía una hora después, y al que no llegaría de no correr como un desesperado. -Según Menéndez Pidal, el Cantar del Mío Cid...- recitó en voz alta mientras se ataba las deportivas. Pero no terminó la frase. Volvió a entrar en el baño a peinarse y lavarse los dientes, y salió dos minutos después. Se colgó la mochila del hombro y corrió hacia la cocina, donde se proveyó de materiales nutritivos con los que alimentarse por el camino. Su madre se asomó a la puerta del salón, alertada por el nerviosismo del chico. -Miguel, ¿estás bien? ¡Hijo, pareciera que te fuera a dar algo! -Es que me va a dar algo, mamá... Voy a llegar tarde al examen de literatura- respondió el chico, cogiendo sus llaves y abriendo la puerta de la calle. -¿No le das ni un beso a tu madre?- preguntó la mujer. -Mamá, este al medio día te lleno de besos, si quieres... Pero ahora no tengo ni un segundo que perder. -Te tomo la palabra- contestó la madre, mirándolo con una sonrisa alentadora-. Que tengas suerte en el examen, hijo. -Gracias. Adiós-dijo, y cerró la puerta a su espalda.

-Vamos... Vamos...- murmuró Miguel en voz baja, observando con nerviosismo el reloj que informaba sobre cuánto quedaba para que pasara el siguiente tren. No sabía qué pasaba esa mañana, pero todo parecía haberse puesto en su contra. Los trenes de Cercanías nunca tardaban tanto en llegar. Al fin, a su derecha distinguió la parte frontal del tren que llegaba, y empezó a moverse inquieto por un tramo del andén. -¡Por fin!- se le escapó de los labios al subir al vagón, seguido de tres personas que lo miraron con curiosidad. Se sentó en un asiento vacío, y sacó sus apuntes. Había estudiado mucho para ese examen, demasiado como para suspenderlo, y aún más como para llegar tarde. El tren no le podía fallar ese día.

Después de repasar todo lo que llevaba en el taco de folios, agotando treinta de los cuarenta y cinco minutos que le quedaban para llegar a su estación, se ajustó los cascos y conectó su mp3. Empezó a sonar Sunday Bloody Sunday, del grupo U2. <<Menos mal que hoy no es domingo>>, pensó, con una sonrisa de alivio. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el cristal. Una serie de imágenes empezaron a formarse en su cabeza.

Una cara redondeada, de piel pálida, ojos azules y pelo castaño apareció en su mente como si estuviera viéndola. Era Eva, la chica con la que llevaba saliendo un año y medio. Se habían conocido en el Parque del Retiro, una tarde en la que él había ido a dar una vuelta con sus amigos y habían acabado en las barcas. Había cruzado varias miradas con ella, pero nada más, y por eso se sorprendió a sí mismo cuando saltó al agua al ver que ella se había caído. Había saltado a pesar de saber que nunca, JAMÁS, bajo ningún concepto debía sumergirse en ese líquido mortal. Después, en agradecimiento, ella le había dado su número y habían quedado en varias ocasiones para tomar algo. Hasta que llegó el momento en que se dio cuenta de que Eva le gustaba de verdad. Todavía sentía mariposas en el estómago al recordar cómo había sido su primer beso. <<Y mañana, 12 de marzo, hacemos un año y seis meses...>>, pensó, y una sonrisa bobalicona se le dibujó en la cara. Siguió con los ojos cerrados.

La siguiente imagen fue la del viaje que estaba planeando hacer con sus amigos ese verano. Creía que había mejores destinos, pero poder irse a Salou a desconectar de todo durante una semana no era nada desdeñable.Seguramente Abel se liaría con unas... cien o doscientas chicas en esos siete días y Lucas les daría algún que otro susto al meterse en el mar de un modo temerario. ¡Ah! También esperaba que José y Lara decidieran hacer oficial lo suyo de una vez, y se dejasen de tonterías. Y él podría demostrarle a Eva que la seguía queriendo igual que el primer día, intensa y apasionadamente, siempre...

El concierto de los Rollings a final de año... Ése sí que iba a ser un acontecimiento memorable. Eva y él tenían las entradas desde hacía, por lo menos, cuatro meses, más de un año antes de que el concierto tuviera lugar. No cabía en sí de la emoción. Había admirado a los Rolling Stones desde niño, y tener la posibilidad de verlos en directo era un sueño hecho realidad. Su novia y él viajarían a Londres el 14 de diciembre, para dar lo mejor de sí, en cuanto a gritos y saltos se refiere, dos días después.Londres... También tenía ganas de conocer la capital inglesa. Sabía que no iban a tener mucho tiempo para ver cosas, pero podrían pasear por el centro, viajar en underground y entrar en Harrods. 

Perdido en sus pensamientos, con los ojos cerrados y escuchando música, no se percató del joven árabe del asiento justo en frente del suyo que se bajaba en Embajadores, dejando olvidada debajo una mugrienta mochila negra. Ni tampoco se dio cuenta de que su viaje estaba llegando a su fin. El tren entró en el túnel que separaba Embajadores con Atocha. La enorme, majestuosa y abarrotada Atocha. Miguel abrió los ojos en cuanto oyó la voz que anunciaba la entrada del tren en la estación, y se preparó para levantarse y salir. Ya se podía distinguir la luz que llegaba desde la estación, y Miguel se levantó. Entonces, un ruido terrible. Y dolor. Y después... Nada.

Un vuelco sacudió Madrid entero. El tiempo se paró. La ciudad contuvo el aliento. No podía ser cierto lo que acababa de pasar. Una explosión... en Atocha... en un tren de Cercanías... lleno de gente a esas fatídicas 7:37 de la mañana... ¿Era verdad? ¿Podía ser verdad? Un temblor recorrió la columna vertebral de la capital española ante lo que, evidentemente, había sido. Y... ¡PUM! Otra explosión. Y otra. Tres en total. Tres explosiones que dejaron en carne viva el corazón de Madrid, llenando el aire de humo, ceniza, muerte y dolor. Y en ese caos silencioso, el sonido de las sirenas que acudían presurosas a salvar a los supervivientes. Y el miedo. Y la angustia.Uno a uno, todos los madrileños fueron enterándose de lo ocurrido, con frases como <<¿No has escuchado las noticias? ¡Han explotado varios trenes en Atocha, Santa Eugenia y el Pozo del Tío Raimundo!>>. Y líneas de teléfono colapsadas, impregnadas del miedo de familias y amigos a enterarse de lo peor... Que uno de los suyos iba en esos trenes. Los servicios de emergencia actuaron todo lo bien que pudieron en una situación semejante, teniendo que contener su histeria ante lo que, sin duda, había sido una atrocidad innombrable.Y con el paso de los minutos, y de las horas... las víctimas se iban contando una a una, sumándose invisiblemente a la lista de fallecidos que la Muerte había clavado en las vías de la estación. Uno, dos, tres... Así hasta ciento noventa y dos. Ciento noventa y dos personas de la calle, estudiantes, trabajadores, gente humilde que a esa hora macabra se dirigía a ganarse el pan. Entre ellos estaba Miguel. Y su madre tuvo que enterarse por una voz neutra y anónima de que su hijo no volvería ese día a casa, ni ningún otro, a darle los besos que le había prometido y a celebrar con ella la estupenda nota que iría a sacar en el examen de literatura de esa mañana. Nada. Y a la mujer le tocaría, conteniendo con los dientes su profunda pena, ser la que transmitiera la noticia a toda la familia, y a Eva. Y Eva lloraría. Lloraría tanto que temería que se le secasen los ojos: ya no habría concierto de los Rolling Stones, ni irían juntos a la playa, ni celebrarían juntos su aniversario al día siguiente... Y tampoco podría decirle lo agradecida que estaba a la vida por haberlo encontrado. Se lo habían arrancado... para siempre. Y, tras el dolor, la rabia. ¿Por qué?  -¿POR QUÉ?- gritó la madre de Miguel. -¿POR QUÉ?- gritó Eva.  -¿POR QUÉ?- gritaron Abel, Lucas, José y Lara. ¿POR QUÉ?, gritó Madrid entero.  Era hora de entender a qué había sido debido semejante atentado.  ¿POR QUÉ?, gritó la gente ante un gobierno que sólo sabía echarle la culpa a quien no la tenía. ¿POR QUÉ?, gimió Madrid desde sus entrañas, echándose a llorar. Llovió esa tarde, y al día siguiente, y al otro, y aun al otro. Y a su llanto se sumó el de España entera, atónita todavía ante lo que había pasado.

Y la noche cayó sobre Madrid. Y la oscuridad se tumbó sobre llantos encendidos, indolente ante lo que la ciudad estaba padeciendo. 

12 de marzo Silencio. Sólo silencio. El sonido de una pala abriendo la tierra con saña, con ira, con pena. Muchos sepulcros silenciosos nuevos. Demasiados. De golpe. Exactamente... Ciento noventa y dos silenciosos más.

19 de abril de 2010 Aún se escucha el silencio. Aún resulta incomprensible todo esto. Aún duele recordar. Pero más dolería el olvido, y no sería justo para esas 192 personas silenciadas para siempre en los trenes de la muerte, en los trenes de Madrid. 11 de marzo del 2004: Ni perdón, ni olvido.