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Historia 51525 — capítulo 1

Marzo de 1155. Una mujer vestida de blanco cabalga sobre su caballo, rápida como el viento. Nada más llegar a su casa desmonta del caballo y mira a su mayordomo que la está esperando en la puerta. La mujer no dice nada, no hace falta. El hombre sabe lo que está pasando solo con ver la mirada de su señora. Ella misma lleva el caballo al establo mientras el mayordomo entra en la casa. Una criada le está esperando dentro con impaciencia.

-¿Qué pasa querido? - le pregunta al hombre. -Ya vienen. -¿Y ahora que hacemos? -Lo que la señora ordene, Marie. Eso es lo que debemos hacer.

El mayordomo y la criada son, junto con su señora, los únicos habitantes de la casa, a pesar de que esta es enorme. Marie nació en aquella misma casa, apenas unos años antes que la madre de Isabelle, su actual señora, por lo que empezó a servir a la familia Fouquet desde niña. Ha trabajado para tres generaciones, pero ha sido cuidar de Isabelle lo que ha llenado su vida de felicidad, ya que ella no es capaz de concebir. Philippe empezó a trabajar de recadero para el abuelo de Isabelle con apenas 12 años. Conoció a Marie por aquel entonces y pocos años después ya se habían casado. Consiguió el puesto de mayordomo tras romperse una rodilla en un accidente. Aún cojea levemente del pie izquierdo. Son un matrimonio feliz a pesar de las pequeñas desgracias como el accidente de él, el hecho de que no puedan tener hijos y otros pequeños infortunios. Un matrimonio tradicional, trabajador y agradecido (tal vez por no haber conocido otra forma de vida aparte de la que los Fouquet le han ofrecido), pero ante todo personas dispuestas a darlo todo, incluso la vida, por el bien de su señora, a pesar de los rumores que se dicen acerca de ella. Ellos siempre la han cuidado y amado como a una hija (cosa que sus propios padres no pusieron demasiado empeño en hacer) y no van a abandonarla como ha hecho el resto del servicio.

Nada más ver a Isabelle entrar en la casa, la criada se acerca a ella y le agarra con ternura de las manos. Isabelle puede ver el miedo, la lástima y la preocupación que siente Marie reflejada en sus ojos. Abre la boca para decir algo, para intentar tranquilizarla tal vez, pero no sabe que decir. La situación es muy delicada y al final es Marie quien toma la palabra: -Isabelle, querida, ¿qué vamos a hacer? - pregunta con voz temblorosa. -Solo hay una cosa que pueda hacer. -Defenderse - propone el mayordomo - eso es. Lesharemosfrente,no dejaremos que se acerquen a ti. No voy a permitir que esos… -No, Philippe - le corta Isabelle - he dicho "una cosa que yopueda hacer". No hay nada que vosotros podáis hacer, ya no. Es demasiado tarde. Coged los caballos y marchaos antes de que lleguen - cierra los ojos conteniendo las lágrimas. No deben verla llorar. -Ven con nosotros, Isabelle - le ruega Marie, incapaz de contener un par de lágrimas que recorren a toda prisa sus mejillas - escaparemos los tres y no podrán encontrarnos. -¿Y abandonar la casa? Sabéis que no puedo. Ya sé que nunca os he hablado de ello, pero hay algo, yo,… - mira a ambos intentando explicarles con la mirada algo que es incapaz de explicarles con palabras - Mirad, si mi plan sale bien salvaré la casa, y tal vez incluso mi vida. Si no, daré mi último aliento por ella, para protegerla. Lo que estas paredes esconden no debe perderse nunca. -Entonces nos quedaremos contigo. Si hay algo que puedes hacer, te ayudaremos. Y si no funciona caeremos los tres, juntos. -¡He dicho que no! - grita Isabelle. No es seguro que su plan vaya a funcionar y no va a poner en peligro la vida de las únicas personas a las que quiere - ¡Vamos, rápido, tenéis que iros ya! No me mires así, Marie, yo tengo que quedarme. Hay cosas más importantes que mi vida. Sé que no lo entendéis y que tenéis derecho a saber, pero no hay tiempo para explicaciones. Confiad en mí. A veces hay que sacrificar algo para poder ganar.

Marie no dice nada más. La mirada de su señora no admite replica. Empaqueta rápidamente sus cosas y las de su marido, cogen los dos caballos que quedan en el establo y montan sobre ellos. Sin mirar atrás. Sin despedirse. Isabelle se queda mirando como se alejan solo un instante y después se pone en marcha. Todavía tiene mucho que hacer antes de que lleguen. "Que vengan" piensa con una sonrisa amarga en los labios "no se saldrán con la suya tan fácilmente".

A media noche una multitud se acerca a la casa a paso lento. Isabelle calcula que habrá por lo menos cien personas. Llevan antorchas y aperos de labranza que seguramente piensan utilizar como armas. Todos son campesinos y vienen dispuestos a luchar con azadas, hachas y rastrillos para librarse de una vez por todas de esa amenaza que pone en peligro sus tranquilas vidas. La mayoría son hombres pero también hay algunas mujeres. Están asustadas y aprietan sus rosarios con fuerza junto al corazón mientras rezan a Dios para que todo salga bien. Isabelle ya está preparada. Ha cerrado todas las contraventanas y puertas y ha puesto en marcha su plan. Ahora solo falta esperar. No puede ver lo que pasa fuera, pero puede imaginarlo. Oye a las mujeres rezar en voz alta y a los hombres gritar furiosos: -¡Sabemos que estas ahí, bruja! - gritan - ¡Sal ahora mismo o quemaremos todo esto! Isabelle no va a salir. ¿Para qué? ¿Para que la quemen en una hoguera? -¡La bruja no quiere salir! - grita un hombre de voz ronca - ¡Yo creo que tiene miedo! ¡Nos teme porque sabe que el Señor está con nosotros! - un momento de silencio y el hombre de la voz ronca continua diciendo - ¡Te hemos dado la oportunidad de demostrar tu inocencia pero tu silencio solo demuestra que no niegas ser una bruja, sierva del Demonio! Isabelle espera paciente mientras escucha las acusaciones. -Bien, bruja. Tú lo has querido - dice la misma voz. Entonces los hombres dan fuego al establo y lanzan algunas antorchas al tejado de la casa con la intención de darle fuego también a esta. El establo empieza a arder en unos segundos pero no consiguen que la casa arda por más que lo intentan. También golpean la puerta con fuerza para intentar echarla abajo, pero no lo consiguen.

-¡La casa no se quema! - gritan asustadas las mujeres apretando sus rosarios con más fuerza - ¡El Demonio protege a la bruja, Señor, que será de nosotros ahora! Las mujeres rezan y los hombres desesperados siguen intentando destruir la casa. Dentro Isabelle sonríe feliz, su plan está dando resultado. "Solo tengo que aguantar un poco más" piensa "Cuando se den cuenta de que no pueden destruir la casa se irán y al fin podré cumplir mi destino". Justo en ese momento, cuando parece que todo está saliendo bien, escucha una voz familiar fuera:

  • ¡Suelten a mi marido! ¡Le están haciendo daño! ¿No ven que tiene mal la rodilla?

-Marie - susurra Isabelle. -Isabelle, querida - dice esta desde fuera - No hagas caso de lo que te digan. No se si es obra tuya, de Dios o del Demonio, pero dentro de la casa no pueden hacerte daño. Ahí estás segura. -¡Bruja - vuelve a gritar el mismo hombre de la voz ronca - si no sales ahora mataremos a estos colaboradores del Demonio! Por el contrario, si sales rápido, tal vez les demos la oportunidad de defenderse en un juicio. -¡Oh, no! - exclama Isabelle, aunque nadie puede oírla - No debí haberles dicho que se fueran. La casa también les hubiera protegido a ellos. -No les hagas caso, Isabelle - continúa diciendo Marie - Philippe y yo ya somos viejos. Sálvate tu, por favor, querida, no salgas. Confía tú ahora en nosotros. Isabelle se queda quieta un instante. No puede dejar que maten a Marie y a Philippe, ellos son los únicos padres que ha tenido después de que los suyos propios la abandonaran. Al final decide salir de la casa, pero no sin dejarla antes bien protegida. Sube al último piso y abre una de las ventanas que dan a la parte delantera de la casa. Mira hacia abajo y ve a Marie y a Philippe delante de la multitud. Marie llora. Se pone de pie en el alfeizar de la ventana y empieza a hablar, aunque su voz suena tan extraña que ni siquiera Marie la reconoce. -Aire, agua, tierra y fuego continuarán protegiendo esta casa a pesar del tiempo. Nadie podrá destruirla ni podrá entrar durante muchos siglos. Pero cuando todos vosotros hayáis sido olvidados, cuando este pueblo por nadie sea recordado y cuando parezca que ya no queda esperanza, una persona podrá entrar y solo ella conocerá la verdad. Y después se deja caer. Marie da un fuerte grito y Philippe la abraza con cariño. Hay lágrimas en la cara del hombre. Ninguno de los dos puede moverse pero los aldeanos continúan con su propósito. Cogen una antorcha y sin pensárselo dos veces le dan fuego al cuerpo sin vida de Isabelle. Marie grita intentando impedirlo y Philippe la sujeta para que no se abalance hacia ellos. Las ropas de Isabelle se prenden enseguida y después su cuerpo se va quemando sin descanso. Las llamas nunca dejan de comer hasta que ya no queda nada. Los aldeanos, que ya han desistido en su intento de quemar la casa, ríen felices pues ya han matado a la bruja. Una vez más, el Señor ha derrotado a Satanás. Al amanecer, los terrenos de los Fouquet están totalmente cambiados. A lo lejos se puede distinguir una gran casa de piedra junto a los restos de un establo quemado y justo delante de la gran puerta de madera a un hombre y a una mujer llorando desconsolados, arrodillados junto a un montón de cenizas que poco a poco se va llevando el viento.

Con el tiempo todo fue cambiando. Los Fouquet fueron olvidados y sus terrenos, que habían pertenecido a Isabelle en sus últimos días, fueron entregados a otras gentes. Los aldeanos intentaron destruir la casa de piedra varias veces más, pero ni siquiera fueron capaces de entrar. Fuera lo que fueses lo que había hecho Isabelle, daba resultado, la casa era intocable. Al final pusieron una gran verja alrededor de la casa y convirtieron en simples jardines las pocas tierras que estando alrededor de la casa y dentro de la verja pertenecerían por siempre a los Fouquet. También pusieron una puerta en la verja, y en ella las iniciales I. F., tal vez para recordar a la gente quien había vivido allí, y por muchos años nadie tuvo el valor de cruzar aquella puerta.