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Historia 52647 — capítulo 5
ola aqui subiendo el quinto capitulo espero que les gustee
:D
Decir que Hermione durmió aquella noche sería faltar a la verdad.
Ella que siempre había dormido tranquila y en una sola postura, había pasado la noche dando vueltas de un lado a otro e intercalando horas de insomnio con minutos de sueño.
Menos mal que por fin era lunes.
A diferencia de la mayoría de las personas, a ella le gustaba ir a trabajar; de hecho le encantaba todo aquello que le alejara de su inexistente vida social. Claro que a veces ni con el trabajo se podía escapar de ella. Como por ejemplo aquella noche.
Tenia que asistir a una cena oficial en el Ministerio en honor al ministro de magia de Inglaterra. Estaba obligada; su cargo de Jefa del Departamento de Aurores así se lo exigía.
Hermione se levantó como cada mañana a las 6:15. Evitó mirar al rincón donde sabia que estaba 'la caja de**Pandora', como la había bautizado. Bastante había tenido con aguarse la tarde del domingo como para empezar la semana con mal pie también.
Vio como en el otro lado de la cama se había apalancado Crookshanks. Le sonrió y le rascó en el lomo, como sabia que le gustaba. El gato ronroneó y cerró sus ojos. Su dueña sabia que no se movería de allí en todo el día.
Privilegios de antigüedad.
La castaña entró al baño, se duchó y quince minutos después salió vestida con un elegante traje de chaqueta y pantalón en tonos beige y unos zapatos de tacón verdes.
Con un movimiento de varita hizo la cama y dejó la ropa sucia en el lavadero. Después se encaminó a la cocina y desayunó su acostumbrado café mocca y un par de tostadas. Viéndola comer nadie entendería cómo se mantenía tan delgada; no se privaba de nada, no era una fanática del deporte y en ocasiones hasta comía en exceso. Ella se disculpaba diciendo que era su constitución.
Miró su reloj.
Eran las 6:35.
Echó un último vistazo al piso, conectó las alarmas mágicas y muggles y se marchó.
El Ministerio de Magia Estadounidense se hallaba bajo el lago de Central Park, por lo que Hermione acostumbraba a ir andando. Tan solo era 'una caminata de veinte minutos', solía decir ella, y eso era lo único que le servía para mantener la línea.
Nunca dejaba de asombrarla la forma majestuosa en la que ese enorme parque dominaba el centro de Maniatan. Resultaba chocante que en una isla tan ruidosa y cosmopolita hubiera lugar para la vida al aire libre, pero así era.
Hermione adoraba Central Park en abril, cuando los últimos restos de nieve desaparecían del césped y los primeros capullos comenzaban a florecer por doquier. Si a eso le sumabas que a las siete de la mañana había poca gente por allí, y gracias a Merlín, ningún turista, el resultado era inmejorable.
Se entretuvo en la explanada que llevaba al castillo Belvedere y saludó a los trabajadores como todas las mañanas. Siendo uno de los puntos mas visitados del parque, el pequeño castillo necesitaba arreglos constantes y el único momento para hacerlo era ese.
Sin prestar mucha atención a su alrededor, siguió el camino bordeando el castillo y salió a una de las carreteras interiores; justo en la acera de enfrente se encontraba la entrada al Ministerio.
Eran las siete y diez cuando llegó a su despacho y se dejó caer en su silla.
Miró su escritorio en busca de expedientes pendientes o alguna misión surgida durante el fin de semana, pero no había nada.
Una lastima.
Eso habría impedido que sus ojos se detuvieran en la colección de portarretratos que había a la derecha, junto a su agenda.
En la primera foto aparecían ella y sus padres. Los señores Granger habían muerto poco después de que comenzaran los ataques mortífagos hacia más de veinte años. Tocó sus rostros sonrientes son el dedo índice de su mano izquierda y frunció el entrecejo. Siempre se sentiría culpable por su muerte.
La segunda foto correspondía al verano anterior, cuando había ido a visitar al clan Potter, como les denominaba ella. Nunca podía evitar sonreír cuando pensaba en ellos, y esa vez no fue diferente.
Harry y Ginny se habían casado poco después de acabar la guerra y salir de Hogwarts, y habían formado una familia impresionante.
¡Siete hijos!
¡Siete!
El sueño de Harry de tener una familia numerosa y ruidosa como los Weasley se había cumplido con creces. Hermione solía visitarlos una semana cada verano y pasaba el día de navidad también con ellos. Le gustaba como sonaba eso de 'tia Hermione'.
La tercera foto era de ella y los hijos mayores de Harry y Ginny, James y Lily. No podía evitar que ellos fuesen de alguna manera sus preferidos o que se sintiese mas conectada, sobretodo con Lily. El año anterior la chiquilla de catorce años había pasado una semana con ella en Nueva York y se lo habían pasado en grande haciendo turismo de un lado a otro, haciendo maratones de cine y quedándose despiertas hasta altas horas de la madrugada para poder hablar.
La ultima foto era hipnotizante, pero no porque saliera ella también, sino por su acompañante. Se trataba de un hombre joven, de treinta y tantos, alto, moreno, cuerpo atlético, sonrisa perfecta y unos ojos azules que no tenían nada que envidiar a los de Paul Newman. Así era Stuart Craig, su mejor amigo y vecino en esos lares.
Stuart era medimago y se habían conocido cuando él era todavía un estudiante residente en la enfermería del cuartel de aurores y ella era una simple auror de ojos tristes y sonrisa forzada. Hacia mucho tiempo ya de eso. Demasiado.
Hermione meneó la cabeza en señal de disconformidad, pues eran las siete y media y ella todavía no se había quitado el abrigo si quiera. Se levantó y lo colgó en el perchero de detrás de la puerta. Después caminó hacia la estantería que había a la derecha y buscó el expediente correspondiente al caso que había estado estudiando el viernes anterior.
Se trataba de un caso peculiar: un hombre de 65 años había sido acusado por sus vecinos de matar a su esposa. La señora en cuestión hacia más de treinta años que no salía a la calle ni tampoco recibía visitas. Era un secreto a voces que en el pueblo murmuraban que el hombre la había matado, por eso cuando un mes antes se conoció el suceso nadie se extrañó. Lo raro del caso es que la señora llevaba veinte años muerta, pero su cuerpo estaba en perfecto estado y yacía en posición fetal en su lado de la cama de matrimonio. Cualquiera pensaría que estaba durmiendo. Al efectuarse la autopsia y pruebas pertinentes, se comprobó que había sido magia negra la que había acabado con su vida, pero el asesino no era su esposo.
Desde el fin de la guerra y con la incorporación de los ordenadores, todos los hechizos realizados quedaban registrados en una base de datos secreta a la que tenían acceso muy pocas personas en el mundo. Hermione era una de ellas.
En la varita del señor Ferdinand no había indicio ninguno de la realización de ningún hechizo de esas características; la señora Ferdinand era muggle y el matrimonio no tenía hijos.
¿Entonces quien había sido?
Y aun había más cosas raras.
El señor Ferdinand había convivido con el cuerpo de su esposa durante veinte años, pero no parecía ser consciente de que estaba muerta. Había seguido llevando una vida normal, como si nada hubiera pasado. No recordaba lo que pasó la noche en la que ella murió, pero tampoco había restos de que se le practicara un 'oblibiate'.
Hermione se sentó de nuevo en su asiento y repasó el caso desde el principio, tomando notas de aquello que le parecía sospechoso y formándose la base de su hipótesis; después realizaría un informa sobre los pasos a seguir para resolver con éxito el caso y lo mandaría a la secretaria del ministro. Esos eran los casos 'top secret'.
Varias lesiones producidas en el pasado le impedían formar parte de las misiones activas en la actualidad. Tampoco es que hicieran gran cosa, los brotes mortífagos que aun existían estaban mas que controlados, pero aun así le fastidiaba no poder ofrecer todo lo que sabia que podía. Para no perder la práctica y traspasar sus conocimientos de combate, los martes, miércoles y jueves de 4 a 7 enseñaba Defensa Contra Las Artes Oscuras en la Academia de Aurores.
Dejó de pensar en todo lo que no fuera referente al caso y se puso manos a la obra. Cuando volvió a mirar el reloj eran las 11:45.
Se quitó las gafas de leer y se masajeó las sienes. Seguía sin encontrarle sentido al caso Ferdinand, pero ese ya no era su problema. El informe con su posible hipótesis estaba concluido y enviado a la secretaria. Ahí acababa su trabajo. Ahora les tocaba el turno a los inefables.
Se arrellanó mejor en la silla y7 desvió la mirada hacia la ventana. Mediante un hechizo veia imágenes a tiempo real de la quinta Avenida. Era como si su despacho estuviera allí, en medio del bullicio. Cuando se sentía cansada se deleitaba con el ir y venir agitado de los neoyorquinos en contraste con el paso parsimonioso de los turistas.
Unos toques en la puerta rompieron su concentración e hicieron que se sentara recta en su asiento.
-
Adelante.
-
Buenos días. -dijo la voz cantarina de Shirley, su secretaria.- ¿Qué tal el fin de semana?
Shirley era una mujer rubia y regordeta, de cincuenta y muchos años, que a Hermione le recordaba en todos los sentidos a la señora Weasley. Era amable y maternal cuando la situación lo quería y diligente y aplicada en su trabajo. Con el paso de los años había cogido un cariño especial a Hermione y la trataba como si fuera una hija y no su superior.
Cerró la puerta tras ella y se sentó frente a la castaña. Esperó con una sonrisa en los labios a que esta constatara, pero como no lo hizo…
-
¡Hermione!
-
Dime. -Hermione se había quedado embobada mirando el precioso ramo de tulipanes amarillos que Shirley traía entre sus manos.
-
Que cómo ha ido el fin de semana. -repitió vocalizando cada silaba.
-
Bien; nada nuevo, como siempre. ¿De quien es ese ramo?
-
No lo se.
-
Pues entonces ¿Para quién es?
-
Par ti, por supuesto. ¿Acaso piensas que Gerry me regalaría un ramo así después de 29 años sin ver ninguno?
Gerry era el marido de Shirley y trabajaba en la oficina de Deportes Mágicos del ministerio. Era un hombre apocado, con cara de bonachón y una simpatía natural. Hermione había coincidido con él un par de veces y le había caído bien, pero al parecer los regalos no eran su fuerte.
Hermione alargó los brazos por encima del escritorio y cogió el ramo. Se lo llevó a la nariz y se embriagó con su olor tan característico. Solo había una persona en todo el mundo que sabia que los tulipanes amarillos eran sus flores favoritas, pero seguía teniendo curiosidad por saber que pondría en su nota.
La abrió.
"¿Me has echado de menos? Yo a ti si.
Te recojo en tu apartamento a las 7.
Ponte guapa.
Millones de besos,
Stuart"
Sonrió y se guardó la nota.
No sabia como, pero Stuart siempre se las arreglaba para que todas sus salidas parecieran una primera cita con un amor secreto.
Shirley miró expectante a la castaña, que se había quedado callada y no le habia dicho de quien eran las flores y que ponía en la tarjeta. No es que fuera indiscreta, simplemente se preocupaba demasiado por su felicidad.
-
¿Y bien?
-
¿Bien qué?
-
¡La nota! ¿De quien era? ¿De un chico guapo?
-
Muy guapo.
-
¿Soltero? -la sonrisa se Shirley se ensanchó.
-
Soltero.
-
¿Sin compromiso? -los ojos le hacían chirivitas.
-
Dile que si a lo que te proponga, no puedes dejarlo escapar.
Hermione arrugó la nariz. Ese era el único tema que las distanciaba, la permanente obsesión de Shirley con casarla y verla feliz rodeada de una docena de niños.
Algo imposible, pensó Hermione con amargura.
En cambio…
-
¡Shirley! -dijo falsamente indignada.- ¿Acaso piensas que tengo por costumbre venderme al mejor postor?
-
Con ese cuerpo y esa cara…yo lo haría.
-
No puedo creerlo, Shirley Batnick. -se carcajeó.- Me quieres llevar por el mal camino.
-
Si eso te hace feliz…
-
¡Soy feliz!
-
Ya por eso los únicos hombres con los que te relacionas son el señor Potter y ese tal Stuart. ¿De quien son las flores esta vez?
-
No necesito un hombre para ser feliz.
Harry solía mandarle un ramo de azucenas blancas cada 19 de septiembre por su cumpleaños. Era una tradición particular suya. Hermione solía hacerles un encantamiento de belleza permanente y las conservaba en su despacho hasta que llegaba el próximo ramo.
Miró a la izquierda, donde en un jarrón bajo la ventana estaban las ultimas.
Harry…más que un amigo era un hermano.
Él y Ginny eran la única familia que le quedaba en el mundo; bueno ellos y toda su prole. Volvió la cabeza y se encontró con la mirada de Shirley.
-
De Stuart. -contestó.
-
Humm. ¿Ya llegó de su congreso?
Stuart había pasado el fin de semana en Boston, asistiendo a un congreso de medimagia sobre la aplicación de algunos métodos muggles en heridas mágicas. Pero eso solo lo sabía ella…
-
¿Cómo sabes eso?
-
¿Olvidas que soy tu secretaria y tengo acceso a tu agenda?
-
Oh, vaya.
-
Ya ves, cielo. No tienes ningún secreto para mí.
-
Pues entonces sabrás que Stu será mi acompañante esta noche en la cena de recepción al ministro de magia inglés.
-
No, eso no lo sabía. Pero no me extraña, siempre van juntos a todo ese tipo de fiestas.
-
Alguien tiene que ahuyentar a mis pretendientes y hacerme de guardaespaldas.
-
Bahh, bobadas. -Shirley se levantó.- Hazme caso y búscate un buen hombre que te quiera, te satisfaga y te de muchos hijos.
Hermione estuvo tentada a decirle que ya tenia a ese hombre que la satisfacía en todos los sentidos, pero eso habría escandalizado sobremanera a la pobre y anticuada Shirley.
Stuart y ella eran más que simples amigos y vecinos de rellano. Mantenían una relación especial; se acostaban juntos, salían a cenar, flirteaban el uno con el otro… pero no había amor entre ellos, al menos no de esa clase.
Desde el principio habían dejado claro que lo suyo era mas satisfacer una necesidad que otra cosa, y de momento les iba muy bien.
Hermione se llevó una mano a sus labios impacientes por ser besados y sonrió.
Los lunes Hermione no tenía clase en la academia, y aunque su despacho en el Departamento de Aurores cerraba oficialmente a las dos de la tarde, ella siguió trabajando hasta las tres y cuarto.
Cuando estaba abriendo la puerta de su apartamento sonó el teléfono del comedor. Hermione en un intento de alcanzarlo antes de que colgara abrió rápidamente la puerta dejando las llaves en la cerradura y corrió al interior.
Le fastidiaba tener que escuchar los mensajes del contestador, así que lo mejor era el coger el teléfono si se tenía oportunidad. Claro que llevando unos zapatos de diez centímetros de bacón y corriendo por un suelo de parquet enmoquetado tendías a caerte.
Y eso fue lo que pasó.
Tropezó con la mesa de centro y se dobló el tobillo además de golpearse la mejilla contra el suelo.
- ¡Mierda! -gritó mientras sacaba su varita del bolsillo.- ¡Accio!
El teléfono salió volando hacia sus manos.
-
Hermione Granger.
-
Ginny Potter sintonizando desde la otra parte del mundo. -dijo la voz de su pelirroja amiga.
Hermione intentó incorporarse, pero lo único que consiguió fue que le doliera más el tobillo que ya empezaba a hinchársele.
-
¡Auch! ¡Mierda!
-
Yo también me alegro de oírte, Hermy.
-
¡Auch! Lo siento, Gin, por supuesto que me alegro de oírte.
-
¿Interrumpo algo?
-
¡Que va! Es solo que me acabo de torcer el tobillo.
-
¿Solo eso? -rió Ginny.- Yo creí que estabas en una de tus sesiones de sexo desenfrenado con tu vecino.
-
Muy graciosa, pero no. Lo del tobillo es verdad, y no sabes como duele.
-
Cariño, después de dar a luz siete veces no creo que notara siquiera una torcedura de tobillo.
-
Buen punto, pero eso no lo hace menos doloroso para mí.
-
¿Y donde esta ese doctor macizo para que te ayude?
-
Stuart no está. Llega esta tarde de un congreso en Boston.
-
Pues vaya. -se escuchó el lloro de un bebé de fondo.- Ups, creo que Leo ya se despertó.
Leo Potter era su hijo de tres meses. Hermione lo había visto cuando nació y era un rollizo y precioso bebé de cabello rojo y enormes ojos azules.
-
¿Cómo está el pequeñín?
-
Bien, es muy bueno. Los que me traen de cabeza son sus hermanos, que no paran quietos.
-
Normal, son niños.
-
si ya, pero tu no tienes que aguantarlos veinticuatro horas al día durante los 365 días del año.
-
Anda no te quejes que las dos sabemos que te encanta tu familia, aunque a veces te saquen verdadero de quicio.
-
Si, tienes razón. No cambiaria mi vida por nada.
Hermione se quedó pensando unos segundos.
¿Cambiaría ella la suya?
Había llegado a la cumbre de su carrera y como ya se ha dicho tenia todo lo que una mujer podría desear; pero ella seguía insatisfecha. Buscaba inútilmente la pieza del puzzle que faltaba para completar su vida, y conforme pasaba el tiempo se le hacia mas cuesta arriba.
- ¡Maldita fotografía! -pensó de nuevo.
Por culpa de ella era que estaba teniendo estos sentimientos repentinos, pero era una mujer fuerte y estaba decidida a hacer todo lo posible por ignorarlos. Claro que no siempre podía.
Se tumbó en el suelo al verse impedida para incorporarse y con el teléfono aun en la oreja, suspiró.
-
Uuuyyy, un suspiro por parte tuya no es normal. -dijo Ginny.- ¿Qué pasa?
-
Nada. Solo que el tobillo comienza a enfriarse y duele mas. -se apresuró a responder.
-
Humm; no estoy segura de que esa sea la verdadera razón, pero te lo dejaré pasar esta vez.
-
Eres mi mejor amiga, Gin. ¿Cuándo te he mentido yo? -exclamó Hermione falsamente indignada.
-
Una llamada transoceánica no me da el tiempo suficiente para recordarlas todas.
-
¡Ginny!
-
Es broma, es broma. -rió.- Bueno, cuéntame como van las cosas por la gran manzana.
-
Bien, con mucho trabajo, ya sabes. Aunque las cosas estén calmadas siempre hay algún idiota que se piensa que es mejor que los demás y se pone a liarla. Pero bueno…
A pesar de que era su mejor amiga, Hermione nunca le había contado a Ginny lo de sus lesiones que le impedían ser una auror activa. Y tanto la pelirroja como su marido seguían pensando que ella participaba en las misiones.
-
Espero que no te estén explotando demasiado. Te necesitamos con las pilas cargadas este verano. -rió de nuevo.- Los pequeños empiezan a preguntar cuando vendrás.
-
Yo también los echo de menos. ¿Cómo van las cosas en casa?
-
Fenomenal. Lily y James estudiando en Hogwarts, Eric ansioso por que llegue el primero de septiembre para unirse a ellos, Molly ahora quiere ir a clases de ballet, Brian aprendiendo a montar en escoba con Harry, Rose se cayó el otro día y tiene el brazo enyesado -nada grave- y Leo es un autentico amor. ¿Me he dejado a alguno?
Rieron.
-
Creo que no. ¿Y Harry?
-
Oh, acaba de ir a llevar a los niños a casa de mamá.
-
¿Y eso?
-
Va a llevarme a cenar y después al teatro. -Ginny sonaba muy ilusionada.
-
¿Celebras algo?
-
¡Que va! Lo que pasa es que hay que mantener viva la llama del amor. Con siete hijos no es fácil encontrar siempre tiempo para nosotros, pero hacemos lo que podemos.
-
Umm, yo quiero un Harry. -se lamentó Hermione.- No te ofendas, eh. Lo digo en el buen sentido.
-
Tranquila.
-
Me refiero a que me gustaría tener a alguien que se tomara la molestia de pensar en mi, me sacara a cenar, al cine, al teatro,…
El hecho de que hubiera renunciado al amor, no significaba que no pudiera seguir soñando con su príncipe azul.
-
¿Pero tu no tenias un Stuart que te hacia todo eso?
-
Si, pero no es lo mismo. Stu y yo somos amigos.
-
Uno no suele acostarse usualmente con los amigos.
-
Lo sé. Pero Ginny…hablo de encontrar a tu alma gemela.
-
Ya.
-
Tú tuviste suerte y encontraste a la tuya en Harry.
Ginny se abstuvo de contestar en el momento, pues sabia que su respuesta era obvia y dolorosa para la castaña. Todo el mundo pensaba que ella había encontrado al amor de su vida en Hogwarts. En muchos sentidos eran la pareja perfecta, y fue un shock para todos cuando su relación acabó y cada uno se fue a una pinta del mundo. Nadie culpaba a Hermione, por supuesto; la culpa no había sido de ella.
-
Mi querido Harry. -suspiró Ginny. Sabia que había tenido suerte.- ¿Puedes creer que sigo igual de colgada por él que cuando estábamos en Hogwarts?
-
Oh, ya lo creo que si. Siete personitas son la prueba de ello. Y más vale Ginny Potter que esta noche no hagas nada de lo que surja un nuevo Potter dentro de nueve meses.
-
Jajajaja. ¿Tú te crees que estoy loca?
-
Bueno…
-
¡Hermione! Que sepas que después del nacimiento de Leo, Harry y yo hemos decidido plantarnos.
-
¿Ah si?
-
Aja. Creo que ya hemos contribuido suficiente con la taxa de natalidad. Como ves somos unos buenos ciudadanos tanto en el mundo mágico como en el mundo muggle.
-
Sabia decisión.
-
¿Y tu que? ¿No te animas?
-
¿Yo? ¿Con un bebé? ¡No, que va! Yo no…
-
Con el doctor macizo te saldría un bebé súper mono.
-
Ginny…
Si su amiga supiera la verdadera razón de porque no tenia hijos…
Aun tumbada en el suelo del comedor cerró los ojos con fuerza intentando aplacar un dolor que no tenía cabida en su corazón. Al menos no esa noche.
-
No se me dan bien los niños.
-
Mentirosa. Te he visto con mis hijos y eres sensacional, te adoran. Y Lily…ella te idolatra.
-
Ya bueno, yo también los quiero mucho y los adoro, pero…
-
Entiendo. Que no quieres y punto ¿no? -algo en el tono de voz de su amiga le dijo que era mejor dejar el asunto así.
-
Exacto. -para Hermione era más fácil decirlo así.
-
Por cierto, hablando de Lily…esa pequeña pelirroja me tiene preocupada.
-
¿Y eso?
-
Creo que esta enamorada…
-
Oh, Gin…
-
…y muerta de miedo. -sonrió la mamá.
-
Pobre Lily. ¿Y tu como sabes eso?
-
Bueno, tenemos la costumbre de que tanto James como Lily nos escriban cada semana, ya sabes es una especie tradición desde que empezaron en Hogwarts…
-
Si.
-
Pues en su última carta, James escribió que Lily tenía muchas ganas de hablar contigo, que iba muy poco a la biblioteca -con lo que le gusta- y que prefería pasar el tiempo paseando a solas por los jardines del colegio. Eso y que McGonagall nos avisó de que la habían pillado no atendiendo en las clases… Todo encaja.
-
Visto así parece que estas en lo cierto.
-
Si, pero lo que me preocupa es que no quiera decírmelo a mi. Vale que no quiera que Harry se entere, ya sabes como son los padres, ¿pero yo? ¿No será que es un chico malo?
-
No creo que esa sea la razón, Gin. Lily es una buena chica y tiene que tener razones de peso para actuar así…
-
Tienes razón.
-
Claro que la tengo. Y estoy segura de que está esperando a verte en personas para hablar contigo.
-
Si, eso también lo pensé yo. Oh, Herm, su primer amor ya. ¡Que lejos quedan los nuestros! Me hace sentir vieja.
-
¡Oye, habla por ti! Yo me siento estupendamente.
-
Jajajaja. Buenos, si averiguas algo, no dudes en contármelo. Aunque no sé cómo se pondrá en contacto contigo. Tal vez te mande una carta con una lechuza.
-
Si. Lo mas seguro que sea eso.
Hermione no le dijo que Lily y ella se mantenían en contacto muy seguido, y mucho menos la forma de hacerlo. Eso era un secreto entre la chiquilla y ella. Sonrió al pensar que en una misma conversación estaba ocultando muchas cosas a su mejor amiga, pero así era la vida.
Estaba plagada de misterios y sorpresas.
Como si de una sorpresa más, unos labios se acercaron a su oído.
- Cuanto te he echado de menos. -le susurraron.
Hermione se dio la vuelta y se encontró con Stuart tumbado en el suelo a su lado.
-
¡Stuart! -se movió pata abrazarlo, pero el molesto tobillo se lo impidió.- ¡Auch!
-
Vaya, ese tobillo no tiene muy buena pinta. -observó el rubio.
-
¿Con quien hablas, Herm? No me digas que acaba de llegar el doctor macizo. -dijo Ginny.
Stuart lo escuchó y rió mientras se colocaba frente al tobillo dañado de la castaña.
-
Si, acaba de llegar, y por cierto, ha escuchado lo del 'doctor macizo'.
-
Jajajajaja.
-
Dile que gracias. -susurró Stuart.
-
Dice que gracias por el cumplido. -comunicó Hermione.- ¡Auch! Stu ten cuidado. ¡Auch!
-
Ups, creo que alguien sobra en esta escena… -dijo Ginny.
-
Ginny no… ¡Auch! Stuart ve más despacio, no seas tan brusco. Me duele ¿sabes?
-
Demasiada información. -rió la pelirroja.- Herm, nos llamamos en un par de días. Pásatelo bien esta noche en la fiesta y no hagas nada de lo que mas tarde tengas que arrepentirte.
-
Muy bien, gin. Pero no es lo que tú crees, en serio. Disfruta tú también de tu cena con Harry. Besos y abrazos para todos.
-
Besos. -dijo Ginny y colgó.
Hermione se volvió hacia Stuart.
-
¿Qué narices estás haciendo? ¡Deja de manosearme el tobillo, que me duele! ¿Y cómo has entrado?
-
Primero: tengo que tocarte el tobillo para hacer un diagnostico correcto. Y segundo: cariño, te dejaste las llaves en la cerradura, cualquiera podría haber entrado.
-
Humm. Supongo que tienes razón. Pero se un poco mas delicado, por favor.
-
Claro. Has dejado que se hinche demasiado.
-
Lo siento, no sabia que hechizo aplicar.
-
Pues ahora serán dos, y menos mal que he venido antes, sino tendrías que haber ido coja a la fiesta esa.
-
No es una fiesta, es una recepción en honor…
-
…al ministro de magia de Inglaterra. Ya lo sé. -terminó por ella.
-
¿Qué es eso de aplicarme dos hechizos? Creía que con uno bastaba.
-
Así es. Pero en tu caso primero hay que bajar la hinchazón, y después colocar el tobillo en su sitio. Eso son dos cosas. -sonrió encantadoramente.
-
No seas condescendiente. ¡Auch! Con cuidado.
-
Lo siento. -después de aplicar el hechizo, Stuart le dijo un masaje con un ungüento de aspecto asqueroso.
-
¿Es necesario eso también?
-
si. Y ahora… -se levantó y con facilidad la cargó en sus brazos.
-
¿Qué haces? -preguntó ella desconcertada.
-
Llevarte a la cama. -dijo él como si fuera lo más normal y empezó a caminar con ella por el pasillo.
-
Stu…
-
Tranquila. Es para que estés más cómoda. ¿O prefieres continuar tirada en el suelo?
-
No, claro que no. Gracias. -dijo Hermione cuando la dejó en la cama.
-
Bueno, ahora me iré a darme una ducha y vestirme para la fiesta. -se acercó a ella y le dio un beso en la frente.
-
No es una fiesta. -rezongó ella cansinamente. Los ojos comenzaban a cerrársele, señal de que el calmante que Stuart le había puesto en el pie comenzaba a hacerle efecto.
-
Fiesta, cóctel, recepción, cena,… todo es lo mismo. Llámalo como quieras.
-
Stu… gracias por las flores. Eran preciosas.
-
Tu si que eres preciosa. -le dijo desde el marco de la puerta.- Hasta luego.
Stuart se marchó a su apartamento y la castaña cerró sus ojos del todo.
ola
como estan aqui subiendo este capitulo algo largo haha muestra algo de la vidade gyni y algo de harry y mucho de hermione en el proximo capitulo pondre algo de ron o mas adelante
dudas o coonetarios comenten plissssss
gracias por todos lo comentsrios enserio me ayudan a seguir continuando la historiaaaa
besos y abrazoz
hermyj_g