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Historia 52877 — capítulo 1

El mundo se paró. Todo había quedado estático, todo menos aquel lugar.

Él no podía creer que aquella diosa de la naturaleza le hubiera cogido de la mano. Ella no podía creer que fuese a hacer aquello, solamente por una tonta apuesta.

Nadie reparaba demasiado en ellos, cada uno estaba preocupado por sus propios asuntos. Quizá alguno de sus amigos sí hubieran notado ese detalle. Para los amigos de él, todo un acontecimiento. Para los de ella, algo previsible si se tenía en cuenta su juego.

Las luces del local giraban rápidas a su alrededor, el humo de los cigarrillos creaba una especie de densa niebla que enturbiaba dañinamente el entorno y la música, junto a los gritos de la gente, hacían que estuvieran como en un mundo a parte, ajenos a todo. Al menos para él, ella tan solo deseaba terminar con esa pantomima lo más rápido posible. Quería olvidar que era una maldita perra, que haría todo cuanto fuera necesario por dinero.

Se sentaron, algo apartados del bullicio del bar y comenzaron a hablar. Conversaciones estúpidas que no les llevaban a ningún lado, banalidades estentóreas que alimentaban las ansias carnales de él y hacían que ella se olvidase de su propia naturaleza, de su propio ser mezquino.

El torrente de besos hizo acto de presencia. No sabían de que hablar y juntar sus bocas para callarlas era una salida demasiado tentadora como para no aprovecharla. Tampoco tardó en llegar el deseo de algo más, incluso por parte de esa fémina caprichosa. Las manos de él recorrían todo el cuerpo de la chica, pidiendo otros lugares que explorar, mientras que las piernas de ella clamaban por ser abiertas.

Terminaron en una pensión de mala muerte, tan modesta como él, tan sucia como ella. El chico no podía creer en su suerte, le había desvirgado la mujer más bella que había conocido. Al terminar suplicó más de lo impensable por su teléfono, por una segunda cita, por volver a verla. Pero ella no cedió, su misión había concluido, había ganado la apuesta y la sola visión de ese chico hacía que sus tripas se removieran.

Se fue, dejándole a él tirado en la cama, con pena en los ojos y con el corazón vacío.