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Cuaderno (la vida fragmentada de una escritora) — capítulo 30

El reflejo del cielo estrellado era todo su paisaje, los recuerdos se acumulaban en una copa de vino y su memoria cada vez estaba más lucida mientras la temperatura bajaba. Copa tras copa se fueron los malos recuerdos y sólo dejó presentes los buenos, los que a ella la hacían feliz. Esa noche estaba sola frente a un lago, su única compañía era un excelente Malbec. A lo lejos estaba alguien más, ella lo sentía y lo sabía, ella se encargaba de brindar por su compañía ausente que jamás la abandonaba, sentía su mirada fija mientras miraba las estrellas en el agua, todo lo que en ese momento importaba no importaba, ese momento lucido, estático, invisible y melancólico era su más grande recordatorio de la vida. Esa noche no quería escribir, ya todo estaba en su mente, una historia sin comienzo ni final, sólo un gran nudo que no se pudo desatar y que así este apretado, el dolor por tenerlo es satisfactorio y es lo que la hace sentir viva. La botella ya iba por la mitad y su sonrisa aun permanecía inundada, las lágrimas no paraban de bajar, caían sin compasión, no les importaba arruinar una vista perfecta, ellas sólo se entrometían entre sus ojos y la irrealidad. Gota a gota, el vino y las lágrimas se fundieron, el último brindis tenía que ser especial: por ti.