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Cuaderno (la vida fragmentada de una escritora) — capítulo 9
Juego de palabras, así fue como comenzó. Estúpido, pero entretenido, así se la pasaron toda la noche. Nombres para un dinosaurio imaginario, para una banda imaginaria. Todo era imaginario, como su futuro. Nada real, solo cosas estúpidas pasando por sus mentes, cosas que realmente no importaban. Pero así era, las cosas que sentían, de esas no hablaban, era como si esquivaran el tema.
Miradas, de todo tipo. Pero tras una mascara, ¿Amor? No, indiferencia; ¿Alegría? No, desinterés; ¿Tristeza? No, confusión; ¿Angustia? No, ansiedad; ¿Desesperación? No, enojo; ¿Anhelo? No, hastío; ¿Esperanza? No, frustración; ¿Ilusiones? No, soledad.
Ya que las mascaras no son comunes en la época, ahora ella utilizaba maquillaje. No era tan efectivo, pero servia de algo. Todo parecía ser… un ¿holograma? Sí, eso eran. Un par de hologramas. Eran un intento vago de un reflejo transformado en un apantalla de computador.
Esta vez el papel no estaba presente. Las palabras eran dichas al aire. Una conversación vacía, que no llegaba a ningún lugar. Lo que importaba en ese momento es que estaban pasando un rato agradable, las risas eran genuinas, esas sí eran reales. Pero un par de risas no cambian una historia ni borra las lágrimas que ella cada noche derramaba.
A pesar de la situación, algo incomoda pero muy agradable, sentía que el tiempo regresaba, sentía que cada palabra era una posibilidad de volver al pasado y revivir todo. Sus miradas aunque se encontraban cubiertas por el dolor de los sucesos, se añoraban. En sus ojos se veía que se necesitaban, eran gritos silenciosos, desesperados y frustrados que sentían en la lejanía el tiempo cuando fueron felices.
Se sentía en una burbuja, estaba realmente feliz pero sabía que en un rato caería y una vez más no estaría preparada para volverse a levantar. Realmente hace un por de meses dejo de levantarse, sólo se queda en el piso y observa lo que hay en su alrededor, todo pasa por encima de ella y nada por debajo. Las heridas en sus manos y la debilidad en sus piernas impedían que se levantara. Pero no era sólo esto, porque la que estaba más cansada era su mente. La que tenía que soportar todas las emociones y también todas las consecuencias físicas que la desesperación llevaba.
Su frente probablemente jamás podría volver al sitio que corresponde, sus ojos sólo miran al suelo intentando buscar respuestas a todas las cosas que le había pasado y soluciones que nunca veía. El piso parecía brindarle una estabilidad momentánea, cada agujero que hallaba, era una posibilidad de escape, en todos intentaba caer, pero en ninguno cabía. No encontraba un lugar en el mundo ni en el suelo.
Los únicos momento que ella alzaba sus ojos, era para mirar al cielo, era para mirara a la luna. Tenía la esperanza que algún día los rayos plata del satélite la llevaran lejos, a vivir con ella. Estaba segura que junto a las estrellas su vida sería diferente.
También el otro motivo por el cual ella miraba a la luna, era porque era símbolo de su amor. Tantas veces mirando con su alma gemela a la luna, la había convertido en algo más que un adorno de la noche. Esa luna era el único testigo del amor que se tenían y el sufrimiento por su separación. Noche tras noche el astro se engrandecía tratando ser una compañía. Su encanto era el que les hacía conciliar el sueño en las noches de soledad y lágrimas.
Ella sentía que tenía alma de estrella, tenía brillo propio y quería vivir en el cielo. Pensaba que lo que hacía brillar a las estrellas era el amor, cuando una estrella va a morir, saca todo su esplendor y belleza, nos regala sus últimos rayos para después apagarse para siempre.
Estos eran sus últimos destellos.