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Historia 53582 — capítulo 1
El más capullo de mi clase…, ¡qué elemento!
El hombre se levantó de la cama desperezándose lentamente, alargando la mano para comprobar si aquella veinteañera que vivía con él y que sólo lo quería por el dinero, seguía allí. Suspiró interiormente cuando comprobó que, efectivamente, Mónica lo acompañaba.
Fue entonces cuando se levantó por fin. Caminó dando tumbos hacia en baño de su propia habitación y se quitó las legañas de los ojos. Peinó también su cabello entrecano y comprobó que los cúmulos de grasa que engordaban su vientre seguían ahí. No era que le agradase tener ese aspecto, pero era demasiado vago como para apuntarse a un gimnasio o, al menos, hacer un puñado de abdominales en el suelo de su casa.
El hombre se llamaba Ramón y por aquel entonces acababa de cumplir los cuarenta y cinco años. A menudo Ramón solía pensar en la inmensa suerte que había tenido. Él, que estaba acostumbrado a ver más de cuatro asignaturas suspendidas en el boletín de notas desde que tenía once años, tenía ahora dinero, chicas y poder. Todo lo que cualquier hombre hubiera podido desear. Y todo gracias a su padre, que había sido lo suficientemente inteligente como para saber con qué personas hablarpara logar que Ramón terminase la carrera de Políticas sin haber tocado un solo libro.
De niño no lo había visto tan claro, pero, cuando su padre le dijo que, oficialmente, ya tenía una carrera, él había terminado de convencerse de que el dinero tenía la propiedad de darle todo lo que se deseaba, y, por lo tanto, de hacerle feliz. ¿Acaso no le habían dado los fajos de billetes su bonita casa y a Mónica?
Cuando Ramón terminó de lavarse la cara, y tras desayunar un puñado de tostadas, fue de nuevo a su habitación. Se pudo uno de sus trajes preferidos — y más caros — y salió de la casa sin despedirse de Mónica, que, a aquellas alturas, hacía un buen rato que estaba despierta.
Llamó al ascensor, todavía somnoliento, y mientras esperaba a que el montacargas llegase a su destino, le dio por pensar en los días en los que todavía era un muchacho que no sabía hacer la o con un canuto. Bueno, en realidad, seguía sin saber hacerlo. Pero la gente que no lo conocía demasiado bien pensaba que Ramón era casi un sabio, y no sería él quien los hiciese salir de su engaño.
Estaban en séptimo de EGB. Ramón acababa de cumplir los doce años, y se había librado por los pelos de repetir curso. Hacía sólo una semana que las vacaciones de verano habían acabado y tanto él como sus compañeros estaban nerviosos e irritados por la vuelta a las aulas.
Aquel día Don Javier, el joven profesor de matemáticas, se estaba retrasando, lo que provocaba que la agitación de los alumnos aumentase más, si es que ello era posible.
—¡Qué ganas tengo que acabe todo esto! — exclamó Fernando, un muchacho menudo y con malas calificaciones, sentado desde su pupitre de la tercera fila.
—¿A qué te refieres? — preguntó con su habitual curiosidad Ramón, que se sentaba al lado de Fernando.
—Oh, creo que está claro. Me refiero a la escuela. ¿No tenéis ganas de marcharos de aquí?
—No, yo no — replicó Lucas, abandonando su asiento en primera fila y dirigiéndose hacia los otros dos —. Trabajar es peor que el colegio, creerme. Tendremos que cambiar a los profesores por jefes gruñones que no dejarán de gritarnos.
—Bueno, pero al menos nos pagarán — dijo Fernando —. ¿Se puede saber qué quieres ser tú?
—Yo seré arquitecto. Ya veréis.
—Pues yo algún día seré Político — Fernando y Lucas miraron entonces a Ramón como si estuviese loco. Luego, rieron disimuladamente, para luego estallar en carcajadas.
Por eso ahora Ramón se sentía tan orgulloso de sí mismo. Porque, aunque hubiera sido mediante engaños y sobornos, su sueño se había cumplido. Y eso era mucho más de lo que podía decir Fernando, que ahora trabajaba en una frutería, no muy lejos de su casa, y Lucas, que, según tenía entendido, había muerto hacía muchos años ya, durante un atraco. Era curiosa la forma en la que un díanormal, como aquella mañana en la que Lucas decidió ir al banco, podía costarte la vida.
Pero aquello no era ya importante. Él estaba vivo, tenía asuntos que atender y no tenía tiempo para pensar en antiguos compañeros de colegio muertos.
Cuando el ascensor llegó a la planta baja, Ramón se cruzó en el portal con su vecina, Sara Mora, que vivía frente suya. La mujer tenía más o menos su edad y había que reconocer que era muy, muy atractiva.
La saludó con una leve inclinación de cabeza y siguió su camino. Mientras se encaminaba hacia el coche, Ramón llegó a la conclusión de que era una pena que Sara fuera una mujer de edad madura, porque, de no ser así, no hubiera dudado en invitarla a tomar un café algún día — sabía que a Mónica no le importaría que se acostara con otra.
Pero no le iban las mujeres tan viejas. Le hacíanrecordar que el tiempo también pasaba para él.