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Historia 54672 — capítulo 1

AL FINAL NOTÉ

Su corazón palpitaba con brío, se sentía como una colegiala emocionada. No esperaba reaccionar de esa forma, pero simplemente jamás había experimentado situación igual. El corazón estaba por salir de su boca y sus manos temblaban como si estuviera enterrado en dos enormes bloques de hielo. A su edad y llevando aquellas sorpresas. Eso sin duda tenía que ser una maldición.

Pero ¿y qué importaba si se emocionaba? Al menos esa era la única razón con la que podía afirmar, que estaba vivo. Cuando su sangre recorría cada centímetro de su piel, imaginándolo. Cada minuto que se iba, que se restaba. Y quedaba menos, siempre quedaba menos. Siempre se acercaba a la hora acordada.

Al momento esperado. Sus labios se secaban, tan salados como la mar, esperando por la sorpresa. Esperando para dar la sorpresa.

Muchas penurias había pasado a lo largo de su vida. No podía negar que anhelaba el calor de dos brazos a su alrededor. El calor de un aliento sobre su cuello que conversara aquellos tópicos, que solían ser dolorosos para él. Que riera de sus chistes sin sentido, con ese toque sarcástico que lograba inquietar a los demás. Que fuera las lágrimas que él no quería derramar. Que fuera aquel saco que de vez en cuando en el peor de sus enfados, sirviera para descargarse.

Que fuera ese complemento sin par, que terminara con sus pesadillas y le brindara sueños nuevos. Sueños diferentes.

¿Por qué no podía querer algo así? No era de piedra. Pese a que la mayoría lo creyera. Era Severus Snape. La mayoría de las veces, un idiota sin corazón. Pero las otras veces, era un hombre con el peor destino jamás vivido. Conjuntamente con Voldemort, claro está.

No sabía cómo preparar una cena. Realmente ¿por qué estaba haciendo eso? No lo entendía. Aunque dichos tópicos, no podía conversarlos en pleno comedor. No podía solo ir allí y tratar de expresar lo que por simple descarte, sonaría terrible en algunos oídos.

No tenía idea del romance y no tenía idea de si aquella persona quería compartirlo con él. Sabía que él tenía más idea, que sabía más de lo que hablaba y como era perfeccionista, pues tenía que hacerlo debidamente.

La mesa. Escoger qué tipo de comida. Muchas veces pudo rostizar la cena, no era un buen cocinero y los elfos eran garantes de que todo saldría como esperaba. Escoger el tópico para comenzar la cena. Escoger el mejor vino. ¿Por qué parecía que iba a salir con una muchacha? Él no solía actuar así. Tampoco tenía idea de candidez. Ni tampoco si sería la primera opción a escoger.

De todas formas, Severus Snape se arriesgaba. Y se llamaba imbécil, porque si fallaba iba a terminar creyendo eso que todos ya decían y que él sabía con anticipación. No puede amar, no puede desear algo. Está hecho para sufrir y el resto es que la parca se lo termine de llevar y acabe con el pobre.

Y su corazón se ensañaba en seguir viviendo. En seguir dándole aliento y mientras tuviera ese aliento, iba a continuar aspirándolo. Lo mejor era terminar con ese asunto de una buena vez. Terminar de encontrar la cura para aquel malestar que dolía más, que la marca tenebrosa. Marcado a fuego.

Los preparativos se avecinaban y casi terminaban. Una de sus clases de Oclumancia iba a servir para su propósito. Nadie tenía que verlo. De todas formas ¿a quién le iba a importar si el profesor Snape sabía amar o si amaba? A nadie.

En cierta forma se alegraba por ello.

Se quedó sentado en la mesa. Se miró a sí mismo sobre el reflejo del pensadero en su escritorio. A pesar de lo idiota que se sentía, tenía ímpetus renovados. ¿Qué tan mal podía salir? Ya vivía con el odio público y la vergüenza en carne propia. No importaba. Ya estaba por llegar él y podía escuchar en su cabeza, el reloj del despacho. Su molesto tic y tac. Estaba por entrar. Pronto.

Esperó y esperó. Realmente ya imaginaba algo así. ¿Por qué querría venir, luego de las fatídicas clases de Oclumancia anteriores que habían tenido? Aún así, en su cuerpo guardaba un poco de esperanza. Ya empezaba a convertirse en Albus Dumbledore, creyendo en todo y todos.

Pero para su bien, tenía que esperar. Para su bien, tenía que seguir creyéndoselo.

Y mientras las bebidas estaban sobre la mesa, mientras oscilaba su copa con mucha suavidad y miraba el vino que resplandecía a la luz de las velas a su alrededor, notó que él no vendría. Que él jamás regresaría.

Notó un par de cosas. Notó que Harry Potter jamás volvería a tocar ese lugar. Que jamás volvería. Aunque dijera que necesitaba clases a último minuto. No volvería.

Y también notó muchas otras cosas. Sus afectos habían cambiado, sus ojos miraron a otras personas de por medio. Jamás volvería a dirigir sus palabras de odio a su persona. Todo aquel esfuerzo terminó en solitario. Con la única dama que siempre le hacía compañía en sus desgracias. La soledad.

Con ella se quedó esa noche. Y Harry, por supuesto, con Ginny Weasley. ¿Por qué se mentía? Ya se lo esperaba. Se fue a dormir con el sueño aún en sus labios. Con el sueño de que aquello era una fantasía y que aún quedaban días para esa cena.

Pero el tiempo evolucionó y su sentimiento también. Se convirtió en ira, en rabia. Tenía más razones para odiarlo. Tenía más razones para sentirse atacado por él. Como por James Potter. Su némesis.

Al menos la vida le dio el trabajo necesario para olvidar todo ello. Le dio misiones, le dio el temor de perder su vida. Aunque no temía perderla ciertamente, temía haberla perdido creyendo en insulsos sentimientos. Mientras el amor de Potter crecía, su tristeza también. Y mientras el heroísmo de Potter crecía, su valor decrecía con los segundos. Instantes que anhelaba morir.

Se equivocó con su madre y se equivocó consigo mismo.

En sus hombros residía el papel más importante. Sin importar cuánto sin saberlo, Potter lo había rechazado, él salvaría su trasero de la perdición. Él se lo había prometido a su madre, se lo había prometido a Albus Dumbledore. Había luchado contra Sirius Black, lo había soportado, solo para conseguirlo.

Aunque solo quería verlo morir entre las manos de su señor. Pero por la Srta. Weasley, le perdonaría la vida. Por que conocía la ilusión de querer algo y encontrarlo. Aunque luego terminara yéndose. Ella lo volvería a encontrar. Porque para eso estaban destinados.

Él en cambio, nunca encontraría algo que no perdió en primer lugar.

E iba a morir con valor de cobardes y tontos. ¿Qué más tenía que perder, que ya la vida no le había negado? No necesitaba entrar en detalles. Cada día de lucha, recordaba aquella cena incompleta. Cena para uno. ¿Por qué hizo semejante cosa? Se sintió débil. Se sintió capaz de morir por algo imposible.

Todos los días.

Y por eso no tenía miedo de acatar instrucciones. En su sangre pesaba la victoria de Albus Dumbledore y la orden que pese nunca haberle dado un lugar, terminó confiando en él por descarte. Sonrió lleno de ironía, lleno de lágrimas que una vez más se tragó para no demostrar su peor miedo. Su miedo a sentir miedo.

Porque Slytherin que se preciara, no temía de esa forma. Y menos por asuntos del corazón. Aunque para pensar, primero tenía que dejar pensar al corazón para que su cerebro razonara.

Y eso fue lo que hizo. Lo dejó ir. Dejó pensar que podía ocurrir. Que una relación o como los niños lo llamaban, jamás iba a ocurrir.

Y se lanzó a la muerte segura. Y venidera. No tenía ya nada más que exponer que su cuerpo. Acatar normas. Harry tenía otras misiones. Potter tenía que irse con sus inseparables amigos y terminar lo que él había empezado. Solo él podía conseguirlo, con su ayuda. Lo último que haría a su favor.

Lo último.

De todas formas, imaginó que tenía el destino contado. En una nueva era, los traidores no sobrevivían. No eran queridos en ningún bando. No tenía miedo de morir. Ya no.

Y al final, el momento anhelado llegó. Frente a frente con su señor. Ambos se miraron fijamente. Sus ojos rojos le hicieron ver tantas cosas. Reflejó allí lo que sentía y había vivido, en un santiamén.

Su ira solo significaba que a lo largo de su vida, todo le había salido mal y merecía morir. En cada colmillo de aquella serpiente sobre su cuello, sentía que tenía que haberse muerto antes. Que ya podía irse en paz.

Harry Potter jamás lo vería morir. Jamás sentiría que su muerte había sido su culpa y que había podido ayudar. Esperaba que no sintiera culpa por eso, porque sin duda solo eso le faltaría. Que el niño que vivió, se apiadara de él.

Pero se equivocó, él estaba allí. Lo miraba y sabía que no estaba solo. Granger estaba a un lado. Lo miraba lleno de miedo. Casi quiso sonreír al ver su expresión en su rostro. Tomó su túnica por las solapas y lo acercó a él. Su sueño se estaba volviendo realidad antes de morir. Qué graciosa ironía de la vida.

— Cógela…— barbotó ya sin aliento. ¿Y qué importaba que lo supiera todo? Que supiera la verdad.

— Mírame.

Miró a su madre en sus ojos, miró su sonrisa suave. Esperaba poder encontrársela en los cielos. Si se lo merecía. Esperaba poder decirle que todo lo había hecho por su hijo, al final. Esperaba poder rogar por su perdón. Para irse en paz.

Y en sus manos murió. Pudo sentir como ya no miraba, ya no sostenía nada ni escuchaba. Cuando solo todo estuvo grisáceo. Cuando todo perdió color y entonces, dejó de respirar. Dejó de sentir su sangre.

Al final estaba muerto en las manos de su némesis. Pero ¿por qué no sentía odio al verlo? ¿Por qué aunque quiso, jamás pudo olvidar?

En medio de sus sueños, le pareció que él quería decirle algo. Le pareció que sus labios iban a decirle algo. Nunca escuchó gran cosa y no pudo leer sus labios a tiempo.

 — Harry… no. No hagas eso. — la desesperada voz de su mejor amiga, llegó hasta sus oídos. Y sin embargo, él no escuchó. Había corrido a mirar sus recuerdos y entonces, había sentido que quizá la vida le estaba dando una lección.

Le daba la mejor lección que jamás había sentido en su corazón. Los recuerdos de aquella triste cena, rondaban en su cabeza aún y no podía retroceder. No ahora que lo había visto. Guardó silencio sobre el pensadero, su aliento empañaba sus pensamientos. ¿Qué había hecho? Él se había creído un idiota, solo por haber pensado lo mismo que su profesor. Por haber creído que él jamás estaría allí. Que jamás vendría. Y permaneció junto a Ginny, solo por su insistencia. Ya se lo había dicho. No podía. ¿Qué clase de héroe era ese? ¿Qué clase de héroe era él?

Arrastró su cuerpo muerto. El único lugar donde podía estar solo aún y podía pensar. Donde podía ver el sueño de sus anhelos. Hermione Granger no lo comprendía por más que trataba de explicárselo. Ver sus recuerdos, solo significaba algo. Había cometido un error nuevamente. Y cuando pudo haberlo solucionado, simplemente se quedó allí. Claro ¿cómo saberlo? ¿Cómo saber que él, Severus Snape, sentía lo mismo que él una vez sintió? ¿Qué lo esperaba en aquella clase de Oclumancia?

De todas formas, sintió la culpa correr por su sangre. Se detuvo frente al espejo de Oesed. No podía fallarle. No podía. Ya lo había hecho. Había logrado conseguir la piedra filosofal. Quería tenerla, pero no usarla.

Quería volver a verlo, así no pudiera usarlo. Así no pudiera sentirlo. Solamente quería verlo con vida. Quería sentir que tendría una nueva oportunidad. Así volviera a ser él mismo y jamás se relacionaran.

Quería tenerlo, aunque no pudiera usar su amor. Aunque estuviera muerto. Era feliz con solo mirarlo a los ojos. ¿Por qué se había tardado tanto?

Y permaneció allí, echado y con su cuerpo entre sus piernas. Mirándose en el espejo. Solo estaba él y su sueño. ¿Por qué el espejo fallaba en ese preciso instante? Por dios, qué le había hecho.

— Deseo tenerlo, pero no usarlo. Deseo tenerlo, pero no usarlo.

Su mano frente al helado espejo. Tenía que volver a funcionar. Tenía que prometer que ese amor que le tuviera, aunque no se cumpliera, serviría para devolverle la vida. Porque no merecía sufrir de esa forma. Nadie merecía sufrir de esa forma tan inhumana. Y todos merecían algo de amor. Porque sentir amor y ser amado, era uno de los regalos más preciados que la creación había traído entre sus manos.

Y sintió entre sus manos, cómo el espejo se rompía. Se rompía en miles de trozos. Tal cuál sus ojos que se derramaban en lágrimas. Lágrimas que enjuagaban sangre y sueños perdidos. Quería que despertara de esa terrible pesadilla. Él lo despertaría.

Se había roto en pedazos, imaginó que el sacrificio era muy grande. Se miró en los trozos resquebrajados y entendió que quizá sería así para siempre. Que el amor solo lo sentiría él y así sería hasta la eternidad. No podría usarlo. ¿Realmente quería vivir así?

Otras de esas decisiones, que los grandes héroes tenían que tomar.

Y pretendía dejarlo allí, pretendía comprender que el trabajo había sido en vano y que tenía que terminar de perecer allí. En su castillo, en su hogar. Pensó levantarse, pero una mano detuvo sus movimientos. Una mano temblorosa, lo sacó de sus pensamientos. Bajó la vista y dos pequeños ojos negros, analizaban su alrededor.

Estaba vivo. Su cuerpo le pertenecía. Su vida le pertenecía. Aunque eso no funcionaría. Nunca.

— Bienvenido.

Estaban unidos. Matrimonio. Dos anillos en sus dedos. Su vida era suya y estaba en sus manos. No podían estar separados. Sin embargo solamente discutían. Solamente él miraba su sueño compartido, mientras caía. Mientras estaba sumido en desgracias. Lo había salvado, pero no había significado nada más que odio y tristeza. De haber empezado antes, quizá la historia habría sido otra. Dormían en la misma cama, pero jamás había sentido un abrazo tan frío como el que Severus Snape, le estaba dando. Como siempre, estaba rodeado de personas pero seguía sintiéndose tan solo. Como si estuviera junto a sus tíos.

Pero al menos estaba feliz de verlo. En la distancia. Algún día, su amor tendría sentido. Algún día podría hacerle ver que aunque lo tenía, también quería sentirlo. Añoraba ese día, donde los sentimientos superaran a la magia.

Donde el espejo de Oesed fuera superado por él. Y sin importar cuántos intentos le tomara. Él lo conseguiría. Aunque tuviera que hacer milagros, esas cenas a las que falló.

No iba a ninguna parte. Todo parecía estar perdido. Le había dado vida a un romance muerto y muchas veces se planteó si debía morir. Muchas veces se planteó si necesitaba darle final a aquel acto de locura que había cometido. Muchas veces volvió a recordar que de haberle dicho aquello que sentía. Que de haber visto las señales, no se habrían atado por obligación. Pero ahora dependía de él.

Y para morirse él, tenía que morirse Harry Potter. Lo aceptaba como tal. Ya estaba muerto. Solo necesitaba dolor en su cuerpo. Volvió al espejo y lo comunicó. 

"Déjalo ir". "Me equivoqué y me cegué con mis propias culpas".

Porque el amor forzoso jamás funcionará.

Pero ya no había vidrio al que hablarle. Ya no había forma de regresar al pasado. Ya no había forma de revertir el destino. Como tantos sacrificios que él había hecho, era su turno. Sostuvo su varita entre sus manos. Si moría, moriría él.

Y mientras estaba allí, dormido, se apuntó a sí mismo. No tenía por qué verlo morir. Cerró los ojos y se dijo que era lo mejor. Dejó sus gafas a un lado y notó el brillo de su varita. Y sin embargo antes de lograrlo, una mano sostuvo la suya. Nuevamente.

El espejo sabía exactamente cuánto habían esperado. Par de tontos. Y recibió un beso suave. Curiosamente.

— No te atrevas a añadirme culpas, Potter. No te atrevas evitarme, enmendar las circunstancias.

El espejo sabía. Él era bueno. Solo necesitaba que ambos se dieran cuenta, de que al amor si no se le abría la puerta, posiblemente no volvía.

Dos hombres testarudos. Todo lo que hicieron.Todo lo que tenían que ver, para comprender que eran un par de idiotas. Casi muriendo en el intento.