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Historia 54988 — capítulo 16

Capítulo XVI

La decisión de Severus Snape

1.-

  • ¿Tú y Zabini no se encargarán de ninguna especie?- preguntó Draco con un dejo de desinterés; más bien, estaba concentrado en Snape. Una nueva duda lo había asaltado, una posibilidad que hasta entonces jamás había considerado: ¿y si su padre estaba en lo cierto? ¿y si Snape fuera en realidad un traidor? ¿Y si informaba a Potter y a sus amigos del paradero actual de Hermione? Fijó sus ojos grises en la castaña. Ella permanecía silenciosa, tensa, ofuscada. De repente algo le oprimió el pecho: no, no quería que Potter y los demás supieran de Hermione. No quería que supieran que estaba con él; el que se enteraran, el que supieran en dónde buscarla sólo hacía más fuerte la posibilidad de que la hallaran y se la quitaran. Qué estúpido había sido. Se pasó la mano por el cabello. ¿Por qué no lo pensó antes?

  • Nosotros tenemos otras obligaciones.- contestó Jack, pero Draco no lo escuchó.

El rubio metió ambas manos en sus bolsillos. No; su miedo era infundado. Snape no podía ser un traidor. Él había estado allí; lo había visto asesinar a Dumbledore. Aquella muerte que lo trastornó durante tanto tiempo, aquella muerte que él debió finiquitar pero no pudo hacerlo. Draco respetó a Dumbledore siempre, y aún ahora, después de muerto, lo seguía considerando un gran mago. De cualquier forma no podía dejar de sentir que había puesto todos sus planes con Hermione en peligro. ¿Pero cuáles eran sus planes? Al principio, simplemente humillarla, y humillar a Potter al humillarla a ella. Después había cambiado de parecer: quería hacerla su esclava y convertirla en un arma contra sus propios amigos. Si se la quitaban, de cualquier forma ya había conseguido bastante: humillarla, convertirla en una asesina. ¿No era eso lo único que quería de ella? ¿Entonces por qué la idea de que se la arrebataran lo disgustaba de tal modo?

-Draco, ¿te pasa algo? Te noto extraño, más de lo normal.- le dijo Jack.

Sólo había una cosa que podía explicar tal disgusto: el diario de su madre. Claro, ahora lo comprendía: si Hermione era arrebatada de sus manos para siempre, jamás podría conocer lo que su madre había escrito en aquellas páginas. Necesitaba de Hermione. No podían quitársela ahora.

-No me pasa nada.- le respondió de forma casi agresiva.

Snape terminó de un solo trago el champagne de su copa. La veía, y no podía creerlo. ¿Tan mala suerte tenía Hermione Granger que había llegado a parar a manos de los Malfoy? Era casi inconcebible, y sin embargo allí estaba. Probablemente su memoria había sido eliminada, borrada como un cassette al igual que la de todas aquellas esclavas y esclavos que permanecían en manos de mortífagos. ¿Qué se suponía debía hacer? Potter es tan estúpidamente impulsivo que es capaz de dejar a un lado su búsqueda de Voldemort con tan de sacar a su mejor amiga del aprieto, pensó. Lo mismo con Ron Weasley. Y a pesar de ello: ¿podría él quedarse en silencio, después de conocer el peligro que corría Hermione Granger? Tu deber es con Potter, y nada más que con Potter, pensó. Su propósito, lo único que lo obligaba a seguir viviendo era eso: cumplir con el último deseo de Lily. Pero Hermione Granger, aquella mañana, le recordó más que nunca a Lily Potter: joven, inteligente, impura, y expuesta a grandes peligros. ¿Qué hacer? ¿Qué demonios hacer?

Sus ojos negros se despegaron de Hermione y pasaron a los de Draco. El joven rubio tenía sus ojos grises clavados en él con intensidad. Snape se sorprendió: aquellos ojos grises lo miraban amenazadores, como enseñando las garras. Ya antes había tenido una actitud bastante peculiar: se había colocado frente a la castaña, como diciéndole: "no te atrevas a acercarte a ella", como diciéndole "ahora es mía".

De repente Draco hizo a un lado a Spencer y tras susurrarle algo a Hermione, la dejó en esa esquina y caminó hacia él. Snape estaba intrigado. ¿Qué vendría a decirle?

Mientras Draco caminaba hacia Severus Snape, su ex profesor, tenía en claro que debía hablarle. No sabía de qué, pero debía analizarlo, corroborar su lealtad, borrar aquella repentina duda que había surgido algunos minutos atrás. Aplastarla y aniquilarla.

-Draco, tanto tiempo.- dijo Snape como si nada. - Disculpa la pregunta, pero ¿cómo la…conseguiste?

-Suerte.- le respondió el rubio manteniendo la distancia, desconfiando más que nunca. - Un golpe de suerte del que salí afortunado.

-Ciertamente.- dijo Snape manteniendo su rostro inexpresivo. - Me enteré de lo de Narcisa. Qué tragedia.

Draco se perturbó notablemente ante aquel tema tan sensible. Snape continuó:

-Por otra parte, veo que tus relaciones con Lucius han mejorado.

-Así es.- dijo Draco. - Las cosas cambian, y a veces nos sorprenden.

Snape hesitó. Notó una oscuridad, una niebla en la mirada de Draco al pronunciar aquellas últimas palabras, sin embargo fue incapaz de descifrar lo que se escondía tras ellas. Le había bastado intercambiar unas cuantas oraciones con Draco para darse cuenta de que su ex alumno y protegido había cambiado. Ya no era un niño; era un hombre. Un hombre marcado por una tragedia, por un dolor que intentaba ocultar, mas lo tenía tatuado en la mirada como una cicatriz. Todo en él era duro, de acero, a pesar de la belleza un poco angelical que sin duda había heredado de Narcisa, había algo peligroso en él, algo que sólo se percibía, según su experiencia, en un hombre que no tiene absolutamente nada más qué perder.

Siempre se había sentido inclinado hacia Draco; desde primer año en Hogwarts, desarrolló una empatía singular hacia el hijo de Lucius. Al igual que él lo había sido, Draco no era nada más que un chico confundido, cuya familia le inculcaba el odio sin fundamentos. Todos los años en Hogwarts no hicieron más que corroborárselo, y siempre intentó protegerlo dentro de lo que pudo. Snape sabía que Draco no era como Lucius; y el joven Malfoy se lo probó en sexto curso, cuando no pudo matar a Dumbledore. Eso le dio esperanzas de que tal vez Draco no cometería los errores que él cometió y que le costaron la pérdida de lo que más le importaba en el mundo: Lily Evans. Confiaba en que Narcisa lograra influenciar más en él que Lucius. Pero ahora no sabía qué pensar; no había sabido nada de Draco desde que abandonaron Hogwarts y el mundo mágico fue tomado por los aliados de Voldemort. Ahora lo veía cambiado, mucho más duro y frío que antes; congraciado con su padre, y sometiendo a Hermione Granger, una inocente. Quizás el lado oscuro había podido sobre él. Volvió a fijar sus ojos en Hermione que a unos metros permanecía quieta, esperando el regreso de su amo. ¿Qué hacer? Por Merlín, ¿qué diablos hacer?

2.-

Ron y Luna pararon frente a una gran puerta dorada en cuyos lados se erigían dos estatuas majestuosas de lo que parecían ser un rey y una reina. Luna observaba la entrada con sus grandes ojos azules y sonrió.

-Rewenbel…ciudad me magos y brujas Reales. ¡Llegamos, Ron! ¡Hemos llegado!- dijo Luna lanzándose a sus brazos.

Ron rió y le devolvió el abrazo levantándola en el aire. Al bajarla, sus labios casi se rozaron. Luna tembló. Ron clavó sus ojos en los labios rosa de la rubia. No la soltó; su cabello, así de cerca, despedía un aroma frutal. De repente, Luna tomó la mano de Ron, y sin cortar el contacto visual, la colocó en su pecho. Ron respiró profundamente: podía sentir los latidos del corazón de la rubia, acelerados, golpeando contra la palma de su mano. Ella quería que él los sintiera; que supiera lo que él le hacía cuando estaba cerca. El momento era perfecto; los dos parecían acariciarse con la mirada, y aquel silencio era todo menos silencio, era el palpitar de Luna, un palpitar que marcaba un ritmo indescriptible.

Un ruido y la figura de Fred saliendo de atrás de la estatua del rey los forzó a separarse. Ambos con tonalidades rosas en su rostro.

-¡Hasta que por fin!- dijo Fred caminando hacia ellos. - Me quedé dormido de tanto esperarlos. Bueno, a decir verdad pensé que George llegaría primero. Recuérdenme humillarlo por esto.

-Te lo recordaré, no te preocupes.- dijo Ron. - Así que fuiste el primero…

-Pero por supuesto, me queridísimo hermano.- dijo Fred sonriendo. - Aquí afuera es muy aburrido. Opino que entremos a la ciudad y los esperemos adentro.

-¿Tú qué opinas, Luna?- dijo Ron fijando sus ojos miel de forma intensa en ella, tanto así que la rubia volvió a sonrojarse.

-Creo que Fred tiene razón. De cualquier forma van a entrar, ¿no es así?

-Listo, entonces.- dijo Fred mientras caminaba a la entrada.

En la puerta había una corona en relieve, y de ella pendía una cadena. Fred tiró de ella.

-Buenos días, se encuentra usted en Rewenbel, ciudad de magos y brujas Reales. Si es usted residente, diga la clave y tire nuevamente de la cadena. Si es usted un visitante con intenciones no agresivas, jure solemnemente que sus intenciones son buenas y tire la cadena. Si es usted un monstruo, bestia, fantasma, o criatura maligna, dé la vuelta y retírese. Si es usted un mago o bruja visitante pero con intenciones bélicas, haga lo mismo. Gracias.

-Vaya, qué políticos.- dijo Ron.

-Juro solemnemente que mis intenciones son buenas.- dijo Fred, y tiró la cadena.

Las doradas puertas de Rewenbel se abrieron.

3.-

George notó que al fin había alcanzado el camino de piedras; supuso que le faltaba poco menos de diez minutos para llegar a Rewenbel. Respiró profundo. Tras dejar a Gabrielle aquella tarde, caminó siguiendo el péndulo durante algunas horas hasta que éste apuntó directamente a un grueso árbol con plumas de colores. Los ojos de George brillaron: aquella visión era un éxtasis. Jamás había visto un árbol tan hermoso como aquel. Estuvo dispuesto a acercarse más a él cuando escuchó una voz.

-Llegas tarde, como siempre.- dijo Gabrielle sentada en una de las ramas del árbol. - Honestamente, pensé que ibas a ser más rápido que esto.

George pareció sorprendido y a la vez molesto.

-¡No! ¡Tú no!- exclamó. - ¡Ya me deshice de ti!

Gabrielle saltó al suelo sonriendo.

-Eso es lo que tú creíste, Weasley.

George se pasó una mano por el cabello rojo y dio un respingo. Luego fijó sus ojos miel en Gabrielle mientras ella seguía sonriendo. No pudo evitar sonreírle también.

-¿Sabes? Eres insoportable.- le dijo el chico caminando hacia ella, manteniendo la sonrisa en los labios.

-Supongo que nos parecemos, irremediablemente.- le dijo Gabrielle.

-Obstinada.

-Necio.

-Mentirosa.

-Tramposo.

-Para empezar: ¿por qué si llegaste antes no has entrado al tronco del árbol?

Gabrielle hesitó.

-Lo que sucede es que pasó algo…cuando logré soltarme de donde me dejaste, caí al suelo y…bueno, rompí mi varita.

George rió.

-Así que ahora necesitas de mí para que con mi varita abra el tronco.

Gabrielle asintió.

-Eres increíble.- dijo George. - ¿Qué te hace pensar que voy a dejarte entrar conmigo?

-La competencia.- dijo Gabrielle acercándose aún más al pelirrojo. - Si me dejas aquí; el resto será demasiado fácil para ti. Además, merezco que me dejes entrar; me solté de tu trampa. Lo de la varita fue algo extra. Sabes bien que lo justo es que los dos estemos allí al mismo tiempo. Una vez que lleguemos a isla del Simurg, la competencia se reanudará. Si me dejas aquí, todo será muy aburrido para ti, George Weasley.

Gabrielle se acercó más rozando sus labios contra los de él.

-Tú mismo lo dijiste: lo fácil es aburrido.

George sonrió.

-Gabrielle: ¿te estás enamorando de mí?

La morena rió y aplaudió sarcásticamente.

-¿Qué dices? ¿Estás loco!

-Porque debo decirte que lo nuestro fue algo de una noche. Nada más.- dijo George jugando, mientras caminaba hacia el árbol. - Soy un hombre libre.

-Eres un…

-Soy el hombre de tu vida, lo sé. Eso dicen todas.- dijo el pelirrojo disfrutando de lo mucho que aquello molestaba a Gabrielle, sin embargo, incluso cuando peleaban no podían dejar de sonreírse el uno al otro. - Numen.

Y el tronco del árbol se abrió como una boca húmeda.

-¿Tú eres una chica, no? Después de ti.

Gabrielle entró con el mentón elevado.

-Como si no supieras de sobra que soy una chica. Weasley.

-No lo sé; esa noche estaba ebrio. Pude haberme acostado con un enano y no habría notado la diferencia.

Gabrielle volvió a abrir la boca, ofendida, pero ninguna palabra salió de ella. George entró y la madera del tronco se cerró antes de que pudiera decir nada más.

4.-

Hermione permanecía quieta, justo en el sitio en donde Draco le había indicado que se quedara. Jack estaba a un metro de ella, pero parecía evitar mirarla. La castaña fijó sus ojos marrones en el rubio, a lo lejos hablaba con un hombre alto, de cabello negro y piel pálida. Algo se movió en su interior, pero no supo por qué. Pronto lo vio alejarse de aquel hombre y caminar nuevamente hacia ella. No quiso admitírselo a sí misma, pero sintió un gran alivio.

-¿Estás listo?- le preguntó Jack a Draco.

-Antes debo hablar con mi padre.- le respondió el rubio fríamente.

-Salió, debe estar en el centro de Rewenbel. Estaba acompañado de Zacarías Noctorn, supongo que querían hablar en otro ambiente.

Draco permaneció en silencio por unos instantes, como si estuviera analizando qué hacer.

-Ven conmigo.- le dijo a Hermione y dio la vuelta hacia la salida de la mansión.

-¡Draco! - gritó Jack mientras corría hacia él y lo detenía. - ¿Qué haces? En todo caso déjala con Pansy para que la regrese de una buena vez.

-No. Viene conmigo.- dijo Draco soltándose bruscamente de Jack. - Dile a Pansy que me espere a las afueras de la mansión, en el carruaje. Estaré allí con Niobe en menos de diez minutos.

Y con esto salió, sintiendo a Hermione atrás de él. No podía dejarla en la mansión mientras Snape estuviera allí. Pansy no era ninguna garantía.

Las calles de Rewenbel eran suntuosas, con esculturas de mármol y de jardinería. La gente caminaba de un lado a otro, saliendo de tiendas o entrando a ellas. Más allá vio a Lucius junto a Zacarías Noctorn. Ambos fumaban de una pipa y parecían estar del mejor de los humores. Draco caminó hacia ellos.

-¡Draco! ¿qué sucede, hijo?

-Necesito hablarte.

Lucius le entregó la pipa a Zacarías y caminó con Draco unos pasos más allá. De repente fijó sus ojos de víbora en Hermione, mirándola con un desprecio tal que ella sintió como si le estuviera escupiendo. Draco miró a la castaña.

-Espérame en esa esquina.- le dijo.

Hermione caminó hacia la esquina en donde comenzaba un callejón que lejos de ser oscuro, estaba lleno de luz y de estatuas, al igual que la ciudad entera.

-Necesito que me mantengas al tanto de todo lo que tenga que ver con Snape.- le dijo Draco con insistencia.

-Creí que no estabas interesado en Severus, Draco.

-Cambié de parecer.- le respondió secamente el rubio. - Si es un traidor; quiero saberlo.

Lucius le dedicó una mirada escrutadora a su hijo.

-Bien.- le respondió con escepticismo. - Te mantendré informado, si es lo que deseas.

Tras éstas palabras Lucius dio la vuelta y regresó con Zacarías. Los dos se dirigieron a la mansión dejando a Draco solo en la avenida. Permaneció unos instantes en donde estaba, organizando sus ideas, tratando de despejar su mente. Su padre tenía que estar equivocado; nunca antes había deseado tanto que lo estuviera. Se sentía ofuscado. Había tantas cosas por hacer, tantos asuntos que él debía resolver según sus planes…y ahora aquello; un peso más sobre su cabeza.

Pensaba en esto cuando la multitud pareció abrirse ante sus ojos como una ilusión visual, y vio de forma inconfundible un color rojo. Sus ojos grises se paralizaron en la imagen: dos altos jóvenes pelirrojos, y una rubia de ojos celestes. Los tres sentados a unos cuantos metros de él junto a una fuente. Reían y hablaban entre ellos. No, no podía ser. Draco no se movía, no respiraba, ni siquiera podía reaccionar; Ron Weasley, Fred Weasley y Luna Lovegood estaban en Rewenbel.

De repente sintió un estallido en su pecho y dio la vuelta bruscamente caminando directo hacia Hermione mientras empujaba a varias personas que transitaban con tranquilidad por la calle. Cuando llegó hasta ella la tomó violentamente del brazo, obligándola a soltar un quejido, y la arrastró por el largo callejón, alejándola velozmente del centro de Rewenbel.

Hermione no ponía resistencia al avanzar, pero intentaba soltarse por el dolor que sentía en su brazo. No entendía qué estaba sucediendo. Notaba a Draco sumamente alterado. Pronto llegaron a un sector en donde estuvieron rodeados de esculturas hechas con plantas y el rubio se detuvo, soltándola. Hermione lo vio caminar hacia un muro y golpearlo. Luego pegó ambas manos en éste, apoyándose en él, respirando. Mechones rubios caían por su frente. Hermione estaba confundida.

-¿Qué está pasando? Por favor dime qué sucede…- le preguntó olvidando su disgusto de hace unos minutos.

Draco no le respondió. Había estado tan cerca; demasiado cerca. Si no los hubiese visto, quizás ellos lo hubiesen visto a él, y por consiguiente, a Hermione. ¿Qué están haciendo ellos aquí?, pensó. Potter y los otros Weasley no debían estar lejos. Entonces recordó: aquella vez había escuchado a Molly, Arthud y Percy Weasley hablar acerca del viaje que todos ellos habían emprendido a Tirania. No cabía duda: ellos sabían sobre la revolución de las bestias. Eso significaba que estaban todos en la ciudad, incluso Potter. Tenía que sacar a Hermione de allí lo más pronto posible.

Volvió a golpear el muro. No se entendía. Pocas veces en su vida había sentido miedo, el verdadero miedo. Aquella mañana lo había sentido dos veces: con Snape, y el peor de todos, cuando vio a aquellos tres sentados a unos metros de él. ¿Por qué sentía tal desesperación en su interior de solo pensar en perderla? Draco, contrólate, se dijo a sí mismo. Entonces sintió la mano de Hermione en su brazo.

-¿Qué está pasando?- le preguntó ella nuevamente, casi en un susurro.

Draco se soltó de ella bruscamente y la pegó contra el muro, poniéndola frente a frente con él. La castaña respiraba de forma agitada y lo miraba directamente a los ojos. Esos ojos grises eran siempre un misterio para ella, pero ahora lo eran más que nunca; no podía comprender lo que pasaba por su mente, mucho menos lo que sentía. Él la miraba, tan cerca, sin decir ni hacer nada. Algo le preocupaba al rubio, eso era evidente; pero no iba a decírselo a ella. En todo aquel tiempo que llevaba conociéndolo había entendido que Draco no compartía sus problemas con nadie; ni siquiera con aquellos que parecían ser cercanos a él.

Draco la mantenía aprisionada con los brazos apoyados en la pared a su lado derecho e izquierdo. La observaba en silencio, con un sin número de sensaciones encontradas. Estaba confundido. ¿Qué era aquella angustia? Desde ya detestaba aquel sentimiento. Entonces Hermione habló, y sus palabras lo ayudaron a recomponerse de inmediato:

-Por favor, sácame de aquí.- dijo ella casi en un susurro.

La castaña vio cómo el semblante de Draco cambió al instante. El rubio no dejó de mirarla ni por un segundo. Su mente se había despejado: el camino a seguir era evidente.

-Sí, te voy a sacar de aquí.- le dijo con un tono de voz suave; tono con el que jamás se había dirigido antes a Hermione. Sin embargo, no dejaba de ser frío y distante, como si en realidad hablara para sí mismo. - Te voy a alejar de ellos.

Otra vez estaba pensando calculadoramente. Las palabras de la castaña lo habían hecho volver a la realidad, y la realidad era que él la poseía, y ellos no. Ella era de él, todavía era de él…y pensaba mantenerlo así por tiempo indefinido. Conocía otro camino hacia la entrada de la mansión Noctorn; tenía que llevar a Hermione allá y hacer que Pansy se la llevara de inmediato.

Tomó la mano de la castaña y la condujo a través de un camino de piedras. El corazón de Hermione se detuvo. ¿Estaba agarrándola de la mano? Estaba segura de que ni él mismo se había percatado de ello. Parecía estar en otra parte, sumergido en sus propios pensamientos. Sin embargo, la estaba agarrando de la mano y de una forma suave, gentil. Aquel era el primer contacto amable que recibía de él, aunque no fuera consciente. No entendía nada; aquella había sido una mañana demasiado confusa. Ni siquiera sabía qué sentía en ese preciso instante; se sentía insultada, agredida por las miradas crueles de las que había sido blanco, molesta con él por haberla llevado allí, por ser un mortífago también, y con ella misma, por olvidar que él lo era. Lo cierto era que aquella reunión le había hecho recordar quién era Draco Malfoy y que estaba en sus manos. Dependía totalmente de él. Hacía mucho tiempo que ya no sentía más que soledad. Ni siquiera experimentaba más la desesperación inicial, cuando despertó en la mansión Malfoy. Muchas cosas habían sucedido desde entonces. ¿Es que acaso ella se estaba volviendo tan fría como él? Es fácil volverse de piedra cuando no hay un pasado ni un futuro, pensó. Ni siquiera tenía ganas de llorar. Entonces recordó aquella experiencia en la habitación de Draco, cuando él la castigó hasta que aprendió a no llorar más, a soportar el dolor sin derramar una sola lágrima. Sí, él estaba siendo su maestro: le estaba enseñando a someterse a todo aquello, a volverse tan fría como él. No, no quiero morirme por dentro, se dijo a sí misma.

Pronto se vio nuevamente en la entrada de la mansión Noctorn. El carruaje estaba listo. Draco abrió la puerta. Pansy estaba en el interior.

-Tranquilo, me encargaré de todo.- dijo la morena, y sus ojos oscuros se desviaron a la mano de Draco, que seguía inconcientemente sujetando la de Hermione.

-Entra.- le dijo de forma fría a la castaña, y la soltó aún sin percatarse de lo que había hecho todo el camino. - Nos veremos allá.

Draco cerró la puerta una vez que Hermione estuvo adentro y se quedó allí, parado, hasta que el carruaje desapareció por completo.

5.-

Después de revisar y asegurarse de que el sector era seguro, Harry caminó de regreso al estrecho río que habían encontrado minutos atrás. Ginny se había quedado allí, limpiándose la sangre que uno de los niños le había lanzado dentro del globo como una bomba que la dejó atónita. En vano el moreno había intentado hablar con ella, preguntarle qué había sucedido durante esos instantes en los que pareció estar lejana, en otro mundo, y él tuvo que tomarla entre sus brazos para defenderla de los niños que la llamaban Samantha. Sí, lo recordaba bien; tras haber sido tocada por uno de ellos, Ginny cayó al suelo y pareció suspenderse en un trance. Al volver en sí estaba alterada, y luego…la sangre. La pelirroja no había querido pronunciar palabra tras el incidente. Harry estaba preocupado.

Caminó entre árboles y maleza, hasta que llegó al punto exacto en donde había dejado a Ginny. Allí estaba ella en la orilla del río, con sus cabellos de fuego totalmente mojados, la blusa en el suelo, lavándose la cara, el pecho y los brazos; restregándose con fuerza a pesar de que ya no quedaba rastro de sangre. Harry se detuvo. La luz del sol golpeaba sobre Ginny y las gotas de agua que corrían por su cuerpo. Sí, conocía bien esas pecas en los hombros y esa piel tersa, de leche.

La pelirroja sintió el calor de su mirada, y fijó sus ojos miel en él. Los ojos verdes de Harry le sostuvieron la mirada durante algunos segundos, y luego volteó.

-No tienes que voltear. Me has visto más expuesta que esto.- dijo Ginny con una voz cansada, casi ausente.

Ginny lo recordaba bien. Cuando Ron, Harry y Hermione terminaron séptimo curso y consiguieron todos los Horcrux, pero no a Voldemort, Harry le dejó en claro que lo de ellos debía acabar. Tengo que matarlo, Ginny, y no puedo involucrarte, le dijo aquella vez. En vano la pelirroja había intentado hacerle ver que ya estaba involucrada, que no podía sacarla del asunto; que lo amaba, y que estaría a su lado hasta el fin. Harry había sido claro: ¡no podría soportar que algo te pasara!, le gritó aquella tarde en las afueras de Hogwarts mientras todos se dirigían al tren para regresar a sus hogares. Ginny jamás había visto a Harry tan decidido. Lloró todo el camino hacia Londres, y luego hacia la madriguera. No supo de Harry durante meses. Luego Voldemort y los mortífagos tomaron el mundo mágico y Hogwarts cerró sin que ella pudiera terminar séptimo curso. Lo que sabía de Harry era poco; a veces escuchaba a Ron decir que se reunían juntos, pero quién sabía a dónde.

Una noche, Ginny bajó por un vaso con agua. La noche estaba más oscura que nunca, la luna estaba cubierta por nubes espesas y un viento fuerte corría alrededor de la madriguera. Al subir las escaleras sintió algo extraño, como una presencia, pero la ignoró y una vez que entró a su habitación cerró la puerta. Entonces sintió una mano sobre su boca, tapándosela firmemente. Se petrificó. Un cuerpo tibio estaba atrás de ella, pero pronto un olor familiar la relajó; no podía ver de quién se trataba, pero estaba segura de saber quién era. Sintió a Harry, desde atrás, hundirse en su cuello, aspirando su aroma y produciéndole un escalofrío por todo el cuerpo. Hacía tanto tiempo que no lo sentía…lo había extrañado tanto. Lentamente el moreno fue retirando su mano de la boca de Ginny y sin dejar de olerla, caminó hasta quedar frente a frente; sus ojos verdes fundiéndose en los de ella, sus alientos mezclándose.

Ella intentó decir algo, pero Harry colocó su dedo índice sobre sus labios. Ginny recordaba, más que cualquier otra cosa, cómo brillaban los ojos del moreno en aquella oscuridad; eran dos esmeraldas entre las tinieblas.

-Shh…no digas nada. - le dijo susurrándole cada palabra de forma pausada, como si le pesaran sobre la lengua. -Las cosas están mal. Puede ser que esta sea la última vez que nos veamos. Puede ser que muera intentando matar a Voldemort.

Los ojos de Ginny se inundaron de lágrimas, pero no soltó ninguna.

-No debería estar aquí.- continuó Harry. - Debo aprender a dejarte. - su brazo rodeó la cintura de Ginny, pegándola contra él, y volvió a su cuello, a hundirse en aquel aroma a cerezas que tanto adoraba. Luego subió hasta su oreja, y allí, tan cerca, siguió hablándole. - eres lo único…

-Entonces no me obligues a estar lejos.- dijo Ginny, esta vez sin poder contener las lágrimas. - Déjame luchar contigo, y si es necesario, morir contigo también.

-No.- dijo Harry. Y se alejó.

Por un momento estuvieron así, a una distancia prudente, mirándose. Entonces Harry caminó hacia la puerta. Se iba. Ginny corrió hacia él y lo detuvo. Lo empujó contra ésta, y lo besó con una intensidad irrefrenable. Harry no pudo detenerse; sus brazos rodearon a la pelirroja y la pegó contra sí como si quisiera fusionarse con ella. Su lengua penetraba en la boca de Ginny mientras sus manos corrían por su vestido de dormir y lo levantaba para acariciar sus piernas. Ginny se dejó guiar sin ninguna resistencia hasta la cama, y los dos cayeron en ella sin dejar de besarse, como si nada fuera suficiente, como si nada de lo que pudieran hacer alcanzara para saciarlos. Ginny le ayudó a sacarse la túnica negra, y luego la camisa, dejando ver su espalda ancha y sus pectorales perfectos, como esculpidos. Harry besaba el cuello de Ginny y ella intentaba reprimir los gemidos; lo que menos quería era que su familia la escuchara. Pronto el vestido de dormir cayó al suelo, y Harry se detuvo por un instante solo para observar y retener en su memoria aquel cuerpo. Ginny podía ver el fuego en las pupilas del moreno mientras grababa en su mente cada curva, cada espacio. Eres perfecta, le dijo, y volvió a besarla. Sin separar sus labios de los de ella, la penetró, y Ginny gimió dentro de su boca, silenciando así cualquier sonido.

Aquella noche hicieron el amor varias veces, hasta el amanecer, y ella se quedó dormida entre sus brazos; mas al despertar él ya no estaba, se había marchado sin siquiera despedirse. Un mes después, sin tener ningún tipo de noticias de Harry, ella se enlistó en el Regimiento para servir a la causa. Sus hermanos, Fred y George, ya estaban en niveles avanzados. Luego comenzó la cacería de mestizos: empezaron a tomarlos por la fuerza para venderlos de familias puras. Fred, George, Luna, Ron, Harry y ella se reunieron por primera vez en mucho tiempo para discutir qué hacer con Hermione; debían esconderla. Fue allí cuando vio a Harry después de tanto tiempo, pero algo había cambiado; sus ojos ya no la miraban como antes, de hecho, no la miraban en lo absoluto. Era como si ella no existiera, y aquello le dolió más que nada. Tras decidir dónde esconderían a Hermione, ella volvió al Regimiento y no salió más hasta el desastre de la captura de la castaña.

Ginny seguía mirando a Harry, quien aún permanecía volteado.

-Claro que también puedes quedarte así y fingir que nunca pasó nada entre nosotros.- le dijo de forma ácida. - Estoy más que acostumbrada a tu patética actuación.

La pelirroja se colocó la blusa nuevamente sin percatarse de que Harry caminaba hacia ella, mirándola con cierto enojo.

-Nunca he actuado como si nada hubiera pasado.- le dijo el moreno ofendido. - Fue un error. ¿Qué no lo entiendes?

-No. Francamente no.- dijo la pelirroja enfrentándolo. - Ya no me importa entenderlo tampoco. Lo único que me importa es detener esta matanza y recuperar a Hermione. Es todo.

-¡Por supuesto que no te interesa entenderlo! ¡Eres incapaz de ver más allá de las cosas que tienes enfrente!- le dijo Harry furioso. Sus ojos verdes lanzaban chispas. - Te ordené que te quedaras en casa, pero no me hiciste caso; viniste, y ahora una hechicera del pasado está tomando tu cuerpo. ¿Crees que puedo concentrarme de esta manera?

Ginny lo miró entre confundida y molesta.

-¿Concentrarte? ¡Entiende que no es tu problema! Yo lo resolveré, es mí asunto.

-¿En verdad eres tan ilusa para pensar que puedo enfocarme en destruir a Voldemort cuando estás a mi lado? ¿De verdad lo crees?- dijo Harry ignorando lo que ella le había dicho. - ¿En verdad eres tan estúpida como para pensar que puedo preocuparme por alguien más que no seas tú?

Ginny se quedó en silencio. Sus ojos se habían llenado de lágrimas. Harry continuó:

-Tú ocupas todos los espacios dentro de mí.- le gritó. - Estás adentro, quemándome ¡No puedo tenerte cerca porque amarte me hace olvidar que tengo que salvar a miles de personas! ¿Ahora lo entiendes? ¡Amarte me hace ponerte por encima de todos los demás y yo no puedo darme ese lujo! Soy el único que puede destruirlo; no tengo nada qué ofrecerte.

Los dos callaron y el silencio del bosque los envolvió; lo único que podía percibirse era el ruido del río corriendo.

Unas pisadas los obligaron a cortar el contacto visual que habían mantenido durante aquel tiempo. De entre los árboles, un joven alto apareció y al verlos, esbozó una sonrisa.

-Al fin.- dijo George. - Rewenbel está a cinco minutos. Nos hemos retrasado, los demás ya deben estar allá.

6.-

Draco y Jack entraron dentro de un armario de la mansión Noctorn que pronto se descubrió ante ellos como un pasadizo secreto. El rubio siguió al moreno mientras avanzaban por aquel túnel oscuro. Lumus, dijo Draco y su varita se encendió permitiéndole ver mejor por dónde caminaba. Pronto llegaron a una puerta de apariencia pesada por la cantidad de cerraduras que poseía. Spencer murmuró un hechizo vago, y la puerta se abrió.

-Te esperaré acá afuera.- le dijo Jack. - Quiere hablar contigo en privado.

Draco le dirigió una mirada fría y entró. La puerta se cerró tras de sí. Se encontraba en una habitación pequeña con una mesa central y varias sillas. Al igual que el salón de la mansión Noctorn, todo era suntuoso. En una silla de respaldar elevado, una figura que reconoció al instante lo observaba fijamente. Sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral, pero no permitió que se reflejara en su rostro; Voldemort tenía una presencia poderosa y amenazadora, incapaz de pasar desapercibida. Sin embargo, Draco no podía verlo como algo más que un sádico, un ser que a pesar de su inteligencia y habilidad en la magia disfrutaba demasiado de ejercer dolor en otros únicamente por el placer mismo que tal acción le causaba. No veía en él un propósito más allá que el de conquistar el mundo, no sólo para imponer sus leyes, sino para poder destruir como si fuera una especie de dios; era pues, igual que un niño que lo único que buscaba era satisfacer sus más primitivos impulsos. Aquello siempre lo puso por debajo de Dumbledore.

-Draco…cuánto tiempo.- dijo Voldemort con una voz que volvió a perturbarlo en lo más hondo. - Soy afortunado de que por fin acudieras a mi llamado.

Draco no pronunció palabra. Podía notar el sarcasmo mortal en el mago oscuro, y sabía que debía medir muy bien cada una de sus palabras. Voldemort jugaba con la varita entre sus manos. Sus ojos eran claros y a la vez como dos agujeros negros.

-Supongo que recuerdas nuestro trato…Draco.- le dijo tras una pausa fría, casi insoportable.

-Sí, lo recuerdo.- le respondió el rubio.

-Quiero confirmar que no te has retractado, por supuesto.

-No. Soy un hombre de palabra. - dijo Draco con firmeza. - Pero antes debo vengarme, y tú debes encontrar a mi madre.

Voldemort esbozó una sonrisa tétrica.

-También soy un hombre de palabra, Draco. Encontraré a tu madre, y una vez que hallas llevado a cabo…tu venganza, - aquellas últimas palabras las pronunció de forma pausada. - Nuestro pacto se llevará a cabo. Y tú, me darás lo que me prometiste.

Los ojos grises de Draco brillaron de forma oscura.

-Lo tendrás.

7.-

Hermione se sentía mareada por el movimiento del carruaje. Había pasado ya media hora desde que abandonaron Rewenbel y se internaron en el bosque. Pansy no pronunciaba palabra, pero la miraba de pies a cabeza de una forma vacua. Hermione prefería evitar sus ojos negros así que cerró los suyos deseando llegar a la mansión lo más pronto posible. Entonces recordó a ese hombre de cabellos negros y ojos oscuros. ¿Por qué la miró de tal forma? Pero sobre todo, ¿por qué le resultaba tan extrañamente familiar?

De repente el carruaje saltó tan bruscamente que Hermione sintió todo su cuerpo flotar en el aire y su cabeza golpear contra el techo de éste. Pansy gritó. La velocidad del vehículo fue disminuyendo hasta que se detuvo por completo. La morena miró a Hermione; ninguna de las dos dijo nada.

-¿Llegamos?- preguntó la castaña.

-Imposible.- respondió Pansy. - Es demasiado pronto.

Las dos volvieron a quedarse en silencio. No se escuchaba nada y como las ventanas estaban cubiertas era inútil intentar ver lo que sucedía en el exterior.

-¡Pierre! ¡Pierre! ¿Me escuchas?- gritó Pansy al chofer, pero no obtuvo respuesta. La morena fijó sus ojos nuevamente en Hermione. - Tú quédate aquí. Ya vuelvo.

La castaña vio cómo Pansy sacaba su varita de una túnica que se había puesto sobre su vestido verde y abrió la puerta del carruaje. Hermione sólo vio mucho viento y las hojas del suelo levantándose antes de que la morena cerrara la puerta nuevamente. No se escuchó nada, sólo los pasos de Pansy en el exterior. De repente se detuvo todo sonido. Hermione ni siquiera escuchó el ruido del viento.

El carruaje volvió a saltar.

Hermione voló al asiento de enfrente y se golpeó fuertemente en el brazo derecho. Esta vez el movimiento no se detuvo; el carruaje continuó sacudiéndose con fervor de un lado a otro, de arriba abajo, y la castaña gritaba con fuerzas mientras intentaba asirse de algo. Entonces ocurrió: el carruaje dio totalmente la vuelta y Hermione sintió el dolor de irse golpeando contra todo; por un momento ella creyó que ahí iba a acabar, pero el vehículo dio tres vueltas más antes de quedar boca abajo. La castaña, casi desfallecida, escuchó a lo lejos los gritos de Pansy, y antes de cerrar los ojos y ceder a lo inevitable, con un pie pateó la puerta del carruaje y le colocó el seguro.

Luego todo se puso negro.

8.-

  • Ron, Fred, ¡allí están!- gritó Luna saltando sobre el mismo sitio y luego corriendo hacia Ginny, Harry y George.

  • Hasta que por fin, hermanito. Te tardaste demasiado; hasta éstos dos te ganaron.- dijo Fred riendo y señalando a Ron y a Luna.

George esbozó una sonrisa.

-De vez en cuando debo dejar que mi hermanito menor gane en algo.- dijo dándole un ligero empujón a Ron. - En cuanto a ti; ya era hora de que me vencieras en algo, aunque fuera una vez.

Todos rieron menos Ginny y Harry. Luna tenía sus ojos azules oceánicos clavados en la pelirroja. Su rostro poco a poco fue borrando todo rasgo de sonrisa y pareció adquirir un tono de preocupación, mas no dijo nada.

-¡Por Merlín! ¿Qué tienes, Ginny? Pareces enferma.- dijo Fred mientras caminaba hacia ella y estiraba su mano para posarla en la frente de la pelirroja, mas ella se hizo para atrás, rechazando el contacto de su hermano.

Ron miró a Ginny con preocupación.

-Fred tiene razón. No te ves nada bien.

El estado de Ginny era evidente; tenía ojeras profundas y había perdido el color en sus mejillas. Sus labios estaban algo partidos y pálidos, y había algo en su mirada, cierta oscuridad.

-Es el bosque…está afectándome.- dijo la pelirroja con una voz pesada que casi ninguno reconoció.

-Nos afecta a todos.- dijo George. - Pero no así. Esto se trata de Samantha.

-Esa perra.- dijo Fred pasándose la mano por el cabello rojo. - Está debilitándola.

-Por favor, no hablemos de eso ahora.- dijo Ginny. - Dije que me encargaría de esto.

-Ginny tiene razón.- dijo Luna interviniendo repentinamente. - Es algo de lo que ella debe encargarse.

Todos miraron a Luna sorprendidos.

-¿Qué estás diciendo? Bien sabes que no es algo de lo que ella se puede encargar. Esa bruja está poseyéndola.- dijo Fred alterado.

-Hay que confiar en Ginny. No hay nada que nosotros podamos hacer…- dijo Luna con firmeza.

-Ya no puedo más con tu ingenuidad.- dijo Fred dando media vuelta.

-Tranquilo.- dijo George posando su mano en el hombro de Fred. - En algo Luna tiene razón: no hay nada que nosotros podamos hacer. Lo mejor es que nos encaminemos a lo que sí podemos hacer, y si surgen problemas, los iremos resolviendo en el camino.

Harry permanecía silencioso.

-Tenemos que encontrar a Rufus Demiens, historiador mágico. Nos está esperando.- continuó George. - Vamos a preguntar por él.

Todos asintieron.

Ninguno sintió cómo Snape los observaba de lejos, escondido tras un sobretodo negro. Eran ellos. Habían llegado ya a Rewenbel; eso significaba que se estaban defendiendo bien en el bosque. Miró a Luna; la veía bien, no parecía estar afectada por los cambios que seguramente estaba experimentando. A Harry lo notaba afligido, pero íntegro en su físico. La Weasley (ahora que había crecido, se parecía increíblemente a Lily), por el contrario, parecía encontrarse en terribles condiciones. Los demás Weasley se veían como siempre: altos, fuertes y vigorosos. Una sensación de tranquilidad lo embargó; para llevar más de un mes en Tirania, estaban en excelentes condiciones, grupalmente hablando. Los vio moverse, caminar por las calles del centro de Rewenbel. De repente, los ojos oceánicos de Luna se chocaron con los de él; lo había visto. La rubia siguió caminando para no llamar la atención de sus amigos, pero inclinó levemente la cabeza de forma casi imperceptible, como saludándolo. Snape hizo lo mismo, y la vio desaparecer con sus amigos. Esa habría sido su oportunidad: pudo haberle hecho alguna señal para que lo buscara o se acercara e informarle del paradero de Hermione Granger. Pero no, eso habría sido imprudente. La decisión estaba tomada: si los demás se enteraban de que Hermione estaba en manos de Draco Malfoy, toda la atención se desviaría hacia este hecho, desconcentrándolos de la revolución de las bestias y de Voldemort. Aquello no podía suceder, había demasiadas vidas en riesgo; el destino del mundo mágico en riesgo. Si quería velar por la seguridad de Hermione Granger, tendría que buscar otro modo.

Maldita sea, pensó.

9.-

Hermione abrió los ojos lentamente, sentía los párpados y la cabeza pesada. Con esfuerzo se sentó y se acarició el brazo derecho, adolorido. Se tocó la barbilla; tenía sangre. Le ardía el pómulo izquierdo, así que estaba segura de haberse golpeado en el rostro también. Era imposible para ella calcular cuánto tiempo había permanecido desmayada. Se arrastró hacia la puerta del carruaje y la abrió. Afuera todo estaba tranquilo; las copas de los árboles estaban iluminadas por un sol incandescente y ella lo observaba todo desde el suelo, aún incapaz de levantarse. Tengo que moverme, se dijo a sí misma. Tomó sus zapatos de taco y los lanzó lejos; se le haría mucho más fácil caminar descalza. El peinado elegante que Malina le había hecho había desaparecido y su cabello castaño caía desordenado por doquier. Algo mareada se incorporó y tambaleó, pero pudo recuperar la postura. Se volteó y el corazón le dio un vuelco mientras se tapaba la boca con ambas manos. Los caballos negros alados pura sangre que antes habían estado llevando el carruaje, yacían muertos en la tierra con los ojos grandes y abiertos. El horror caló en los huesos de la castaña y las lágrimas esta vez no se tardaron en salir. Estaba sola, en Tirania, sin varita, ni siquiera tenía su espada…estaba indefensa, totalmente indefensa.

Tranquilízate Niobe, lo que sea que los mató ya no está aquí, se dijo a sí misma, pero sus manos temblaban, vamos Niobe, tienes que ser valiente. Lo único sensato parecía ser caminar, moverse, no estar quieta porque era como esperar a que algún peligro llegara a ella. Sí, debía avanzar y si corría con suerte encontraría algún lugar conocido, como el árbol de la driada, o quizás la mansión Malfoy. No podía estar tan lejos, estaban camino hacia allá. ¿Pero cómo hallarla si aquel bosque le era completamente desconocido?

Hermione comenzó a caminar alejándose del lugar del incidente. Sus pies aplastaban hojas secas mientras que la pequeña cola de su vestido iba llevándose algunas consigo. De repente, escuchó un rugido y se paralizó. Aquel sonido era similar al de un perro rabioso, pero mucho más grave y oscuro. La respiración de Hermione se volvió agitada mientras que todos sus músculos se tensaban en alerta. Lentamente fue dando la vuelta, y entonces lo vio: no era un perro, era mucho más grande y más peligroso…era un lobo. Hermione retrocedió despacio sin quitarle los ojos de encima a la bestia. El lobo era blanco como la nieve, pero sus ojos estaban inyectados de sangre, y sus colmillos estaban manchados. No, no podía ser aquel su fin. Hermione dio la vuelta y corrió lo más rápido que sus piernas le permitieron; inmediatamente después sintió al lobo tras de ella, rugiendo salvajemente. De los lados surgieron más lobos, la castaña no quiso contar cuántos; debía correr y no mirar atrás, correr hasta las últimas consecuencias, aunque sabía de sobra que la batalla la tenía perdida.

Voy a morir, y ni siquiera puedo recordar a quienes me amaron, pensó mientras saltaba un tronco caído. Pocos metros más adelante tropezó con una roca y cayó al suelo golpeándose la cara contra la tierra. La frente le ardió como si fuego se hubiera encendido cerca de ella. Se sentó y pudo ver a los lobos llegar y detenerse formando un círculo; rodeándola. Este es el fin, pensó mientras cerraba los ojos y se colocaba en posición fetal, dispuesta a recibir las garras y los colmillos de los lobos en cualquier instante. Sin embargo, eso no sucedió nunca. Pronto escuchó golpes y aullidos. Se incorporó y la luz del sol la cegó por unos instantes. Todo brillaba demasiado pero pudo distinguir una figura masculina apuntando a los lobos con su varita. Poco a poco la figura fue haciéndose nítida; sí, reconocía aquel cabello rubio, aquel cuerpo joven y fuerte y aquellos ojos grises.

Era Malfoy…

era Draco.

Wow...me acabo de dar cuenta de que ya vamos por el 17 capitulo!!!!

Gracia a

lui_watson

y a:

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