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Historia 55483 — capítulo 20

Holaaaaa, ya estoy de vuelta jojo bueno espero q os guste y comentad :)

Aproximadamente seis horas después de haber comenzado la búsqueda de Leo, Jacob golpeó en la puerta de una próspera finca. Algunos chismes de taberna le habían llevado hasta alguien que había visto a Ramsay con otra persona, y estos le habían llevado a otro sitio, donde sus planes habían sido escuchados por casualidad, y así sucesivamente, hasta que finalmente el rastro lo había conducido a este lugar. La enorme casa estilo Tudor, con la inscripción de la fecha de su construcción sobre su puerta: 1620, estaba localizada a casi un kilómetro y medio de Stony Cross Park. Por la información que Jacob había recogido, la granja había pertenecido una vez a una noble familia de Hampshire, pero había sido vendida por necesidad a un comerciante de Londres. Servía como lugar de retiro para los disipados hijos del comerciante y de sus compañeros de juegos. No le supuso una sorpresa que a Leo le atrajera ese tipo de compañía. La puerta se abrió y un mayordomo de rostro endurecido apareció. Sus labios se retorcieron desdeñosamente al ver a Jacob. —Los de tu clase no son bienvenidos por aquí. —Menuda suerte, ya que no pienso quedarme mucho tiempo. He venido en busca de Lord Ramsay. —Aquí no hay ningún Lord Ramsay. —El mayordomo empezó a cerrar la puerta, pero Jacob interpuso una mano para impedírselo. —Alto. De ojos claros. Robusto. Probablemente apestando a alcohol... —No he visto a nadie con esa descripción. —Entonces permítame hablar con su amo. —No está en casa. —Mire —dijo Jacob irritado—. Estoy aquí en nombre de la familia de Lord Ramsay. Quieren que lo lleve de vuelta. Sólo Dios sabe por qué. Entréguemelo y lo dejaré en paz. —Si lo quieren —dijo el mayordomo fríamente—, que envíen a un sirviente apropiado. No a un apestoso gitano. Jacob se frotó las esquinas de sus ojos con su mano libre y suspiró. —Podemos hacer esto de la manera fácil o de la manera difícil. Francamente, preferiría no realizar un ejercicio físico innecesario. Todo lo que le pido es que me de cinco minutos para encontrar al bastardo y llevármelo de aquí. —¡Lárguese de aquí! Después de otro intento de cerrar la puerta, el mayordomo tomó una campanilla plateada de la mesa del vestíbulo. Unos segundos después aparecieron dos lacayos corpulentos. —Sacad de aquí a esta sabandija —ordenó el mayordomo. Jacob se quitó la chaqueta y la echó sobre uno de los bancos que adornaban el vestíbulo de entrada. El primer lacayo lo atacó. Con unos pocos movimientos experimentados, Jacob le golpeó con la derecha en la mandíbula, lo derribó, y lo dejó gimiendo en el suelo. El segundo lacayo se acercó a Jacob con mucha más cautela que el primero. —¿Cuál es tu brazo dominante? —preguntó Jacob. El lacayo pareció sobresaltado. —¿Por qué quieres saberlo? —Preferiría romperte el que no utilizas con frecuencia. Los ojos del lacayo se salieron de sus órbitas, y se retiró lanzando una mirada suplicante al mayordomo. El mayordomo miró fijamente a Jacob. —Tiene cinco minutos. Encuentre a su amo y lárguese. —Ramsay no es mi amo —murmuró Jacob—. Es un grano en mi trasero. —Llevan días en el mismo cuarto —le dijo el lacayo, cuyo nombre era George, mientras ascendían rápidamente por unas escaleras alfombradas—. La comida y las prostitutas vienen y van, hay botellas de vino vacías por todas partes… y el hedor a humo del opio invade todo el piso de arriba. Querrá cubrirse los ojos cuando entre a ese cuarto, señor. —¿Por el humo? —Por eso, y… bueno, algunas cosas que harían ruborizarse al mismo diablo. —Soy de Londres —dijo Jacob—. No me ruborizo. —Aún cuando George no hubiera estado deseoso de llevar a Jacob a la guarida de iniquidad, lo hubiera podido encontrar fácilmente por el olor. La puerta estaba entreabierta. Jacob la empujó con el codo, la abrió y caminó en medio de la atmósfera nublada. Había cuatro hombres y dos mujeres, todos jóvenes, en diversas fases de desnudez. Aunque sólo había una pipa de opio como evidencia, podría afirmarse que todo el cuarto era una pipa enorme, por la espesura del humo dulzón. La llegada de Jacob fue recibida con notable despreocupación, los hombres aletargados sobre el tapizado de los muebles, uno enroscado sobre cojines en la esquina. Sus cutis eran cadavéricos, sus ojos inundados por la estupidez inducida por los narcóticos. La mesita estaba llena de cucharas, alfileres y un plato lleno de lo que parecía ser un jarabe negro. Una de las mujeres, que estaba completamente desnuda, se detuvo en el acto de alzar una pipa a la boca floja de uno de los hombres. —Mira —dijo a la otra mujer—, uno nuevo. —Se escuchó una risa soñolienta—. Bueno, lo necesitamos. Todos estos están a media asta. Lo único que queda tieso es la pipa. —Se retorció para mirar a Jacob—. Vaya, que hombre tan hermoso. —Oh, déjamelo a mí primero —dijo la otra. Se acarició invitadoramente—. Ven, amor, te daré un… —No, gracias. —Jacob estaba empezando a sentirse ligeramente mareado por el humo. Se dirigió hacia la ventana más cercana, la abrió y dejó que una brisa fresca entrara en la habitación. Unas maldiciones y algunas protestas fueron las respuestas de sus acciones. Identificando al que estaba en la esquina como Leo, Jacob fue hasta la figura inmóvil, le levantó la cabeza por el pelo y miró fijamente a la cara hinchada de su futuro cuñado. —¿No has inhalado suficiente humo últimamente? —preguntó. Leo frunció el ceño. —Púdrete. —Te pareces a Merripen —dijo Jacob—. Quien por si acaso te interese, puede estar muerto para cuando regresemos a Stony Cross Manor. —Que le vaya bien. —Estaría de acuerdo contigo, sólo que eso probablemente signifique que estoy en el lado incorrecto de la situación. —Jacob empezó a levantar a Leo y el otro hombre se resistió—. Ponte de pie, condenado. —Jacob alzándole con un gruñido de esfuerzo—. O te sacaré a rastras por los talones. El enorme bulto de Leo osciló contra él. —Estoy intentando levantarme —exclamó—. Pero el suelo sigue moviéndose. Jacob luchó por sostenerlo. Cuando Leo finalmente pudo andar, se tambaleó hasta llegar a la puerta donde el lacayo esperaba. —¿Quiere que lo escolte hasta abajo, milord? —preguntó George educadamente. Leo le respondió con un hosco asentimiento. —Cierre la ventana —exigió una de las mujeres, mientras su cuerpo se estremecía con el viento de otoño que atravesó la habitación. Jacob la miró desapasionadamente. Había visto a demasiadas como ella como para sentir piedad. Había miles de ellas en Londres, jovencitas del campo lo suficientemente bonitas como para atraer la atención de hombres que les hicieron promesas, las tomaron y las abandonaron sin ningún remordimiento. —Debería intentar tomar un poco de aire fresco —la aconsejó, mientras tomaba una manta tirada a un lado del canapé—. Aclara las ideas. —¿Y de qué me sirve eso? —preguntó ella agriamente. Jacob sonrió abiertamente. —Buen punto. —Cubrió con la manta su blanco cuerpo estremecido—. Aún así… deberías respirar profundamente. —Se inclinó para palmear suavemente su pálida mejilla—. Y abandonar este lugar cuando seas capaz. No te malgastes con estos bastardos. La mujer alzó sus ojos inyectados de sangre, mirando maravillada al hombre de cabello negro, que era tan moreno y enérgico como un príncipe pirata con un diamante reluciendo en su oreja. Su voz lastimera lo siguió cuando se marchó. —¡Regresa! Se necesitaron los esfuerzos combinados de Jacob y de George para llevar al refunfuñante y protestón Leo hasta el carruaje. —Es como querer acarrear cinco sacos de papas al mismo tiempo —dijo el lacayo jadeando, mientras empujaba el pie de Leo a un lugar seguro dentro del vehículo. —Las patatas estarían más calladas —dijo Jacob. Le lanzó al lacayo un soberano de oro. George lo atrapó al vuelo y le sonrió. —¡Gracias, señor! Y puedo decir que es usted un caballero, señor, aún cuando sea un gitano. La sonrisa de Jacob se volvió seca y subió al carruaje después de Leo. Comenzaron su camino de vuelta a Stony Cross Manor en silencio. —¿Necesitas que nos detengamos? —preguntó Jacob a Leo a mitad de camino, ya que la cara de Leo se había puesto verde. Leo agitó la cabeza con furia. —No deseo hablar. —Me debes una respuesta o quizás dos. Porque si no hubiera tenido que pasarme el día investigando por medio Hampshire para encontrarte, ahora podría estar en la cama —"con tu hermana", pensó, pero en su lugar dijo—: durmiendo. Sus curiosamente pálidos ojos se volvieron hacia él, eran del color de los carámbanos cuando el crepúsculo azul brillaba a través de ellos. Ojos inusuales. Jacob había visto a alguien con ojos como esos antes, pero no podía recordar a quién o cuando. Un recuerdo distante justo fuera de su alcance. —¿Qué quieres saber? —preguntó Leo. —¿Por qué tratas a Merripen con tan mala voluntad? ¿Es por su encantadora disposición? ¿O es por qué es un Roma? ¿O porque fue recogido por tus padres y criado como uno de vosotros? —Nada de eso. Desprecio a Merripen porque se negó a concederme la única cosa que le he pedido en la vida. —¿Qué cosa? —Dejarme morir. Jacob ponderó esa idea. —Quieres decir cuando te cuidó mientras estuviste enfermo de escarlatina. —Sí. —¿Lo culpas por salvar tu vida? —Sí. —Si te hace sentir mejor —le dijo Jacob secamente, mientras se reclinaba en su asiento—, estoy seguro de que está arrepentido de eso. Permanecieron callados después de eso, mientras Jacob se relajaba y dejaba que su mente vagara. Cuando la oscuridad cayó y Leo levantó la mirada entre las sombras, sus enervantes ojos brillaron de color plata y azul… …Y Jacob recordó. Había sido en su niñez, cuando Jacob todavía estaba con la tribu. Había un hombre con la cara macilenta y brillantes ojos descoloridos, su alma estaba asolada por el pesar de la muerte de su hija. La abuela de Jacob le había advertido que se apartara del hombre. —Es un muladí —le había dicho ella. —¿Qué significa eso, Mami? —le había preguntado Jacob, mientras se aferraba ansiosamente a su mano cálida y áspera y reconfortablemente nudosa como las raíces de los árboles antiguos. —Alguien a quien ronda el espíritu de una persona muerta. No te acerques a él, está disgustando al equilibrio del Romanija. Amaba a su hija demasiado. Sintiendo pena por el hombre, y preocupación por su propio destino, Jacob había preguntado: —¿Yo seré un muladí cuando mueras, Mami? —Había estado seguro de amar a su abuela demasiado, pero no podía dejar de sentir de esa manera. Una sonrisa apareció en los ojos negros y sabios de su abuela. —No, Jacob. Un muladí atrapa el espíritu de la persona amada, porque no quiere dejarlo ir. Tú no me harías eso a mí, ¿verdad pequeño zorro? —No, Mami. No mucho después de eso el hombre había muerto por su propia mano. Había sido un horror, y aún así un alivio para toda la tribu. Ahora, mientras Jacob echaba una mirada al pasado con la comprensión de un adulto en lugar de la de un niño, sintió un escalofrío de aprehensión, seguido por una oleada de lástima. Cuan imposible sería abandonar a la mujer que amabas. ¿Cómo podrías dejar de desearla? Las heridas de tu corazón se desgarrarían a causa del pesar. Por supuesto querías retenerla a tu lado. O seguirla. Cuando Jacob entró a la mansión con el impertinente hijo pródigo a su lado, Daphne y Beatrix corrieron hacia ellos, la primera frunciendo el ceño, la última sonriendo. Daphne abrió la boca para decirle algo a Leo, pero Jacob capturó su mirada y agitó la cabeza, advirtiéndola de que permaneciera callada. Para su sorpresa, realmente le obedeció y se tragó sus palabras de amonestación. En cambio extendió la mano para tomar el abrigo de Leo. —Yo me encargaré de esto —dijo, con un tono sosegado. —Gracias —Ambos evitaron mirarse a los ojos. —Acabamos de terminar de cenar —murmuró Daphne—. El estofado aún está caliente. ¿Quieres un poco? —Leo sacudió la cabeza. Beatrix, ignorando el tono de malestar que se percibía en el aire, se lanzó hacia Leo y envolvió sus brazos alrededor de su compacta cintura. —¡Llevas mucho tiempo fuera! Han sucedido muchas cosas: Merripen está enfermo, y yo ayudé a preparar una poción para él, y... —se detuvo, haciendo una mueca—. Hueles muy mal. Que… —Cuéntame como hiciste la poción —dijo Leo ásperamente, mientras subía los escalones. Beatrix siguió hablando sin parar mientras lo acompañaba. Jacob examinó a Daphne cuidadosamente, sin perder ningún detalle. Estaba despeinada, el cabello le caía en cascada sobre la espalda y tenía los ojos cansados. Necesitaba descansar. —Gracias por encontrarlo —dijo—. ¿Dónde estaba? —En una casa privada con algunos amigos. Ella se le acercó, olfateándolo delicadamente. —Ese olor… está sobre ambos… —Humo de opio. Tu hermano se ha aficionado a un nuevo hábito costoso. —No podíamos permitirnos el lujo de los anteriores. —Daphne frunció el ceño, su pie comenzó a golpear el suelo con un ritmo inquieto bajo las faldas. Era tan pequeña, tan feroz y adorable, que Cam tuvo que controlarse para no estrecharla y besarla locamente—. La única razón por la cual no lo asesiné en el acto —continuó Daphne—, es porque parecía demasiado atontado como para sentirlo. Pero cuando se espabile voy a… —¿Cómo está Merripen? —la interrumpió Jacob, pasándole una mano gentilmente desde el hombro hasta el codo. El golpeteo se detuvo. —Aún tiene fiebre, pero mejor. Win está con él. Le cambiamos la cataplasma… la herida parece ahora menos repugnante que antes. Eso es buena señal ¿verdad? —Si, es buena señal. Su mirada preocupada le recorrió. —¿Quieres que te prepare algo de comer? Sonriendo, Jacob sacudió la cabeza. —No antes de que haber tomado un largo y concienzudo baño. —Había muchas cosas que tenían que discutir, pero todo eso podía esperar—. Acuéstate, monisha, pareces cansada. —Igual que tú —dijo Daphne, poniéndose de puntillas. Jacob se quedó quieto mientras ella apretaba los labios contra su mejilla. Después de una larga vacilación, le preguntó tentativamente—: ¿Vendrás esta noche a mí? Su tímida invitación casi le deshizo. Era un buen comienzo... una señal de aceptación... pero ella le importaba demasiado como para aprovecharse cuando estaba obviamente tan cansada. —No. —La tomó en sus brazos—. Necesitas dormir más de lo que necesitas mis caricias y mimos. Se ruborizó un poco, y se apretó más fuertemente contra él. —No me importa que me acaricies y me mimes. Jacob sonrió. —Ese es un verdadero testimonio de mis habilidades de amante. —Ven a mí —susurró ella—. Abrázame mientras dormimos. —Colibrí —le replicó, acariciándole la frente con sus labios— si te abrazo, no confió en que no vaya a hacerte el amor. Así que dormiremos en camas separadas. —Bajó la mirada hacia ella con una sonrisa—. Sólo por esta noche.

Jacob tuvo que enjabonarse y enjuagarse tres veces para eliminar el olor a opio de su piel y su cabello. Luego tomó una toalla para secarse el pelo, se puso una bata de seda negra y atravesó la oscuridad del pasillo para dirigirse hasta su cuarto. Había una tormenta fuera, la lluvia y los truenos barrían desde el oriente, sacudiendo las ventanas y el tejado. La chimenea de su habitación había sido encendida, y las llamas irradiaban calor y luz. Los ojos de Jacob se entrecerraron de curiosidad cuando vislumbró un pequeño bulto bajo sus sábanas. Daphne levantó la cabeza de la almohada. —Tengo frío —dijo, como si esa fuera una explicación absolutamente razonable para justificar su presencia. —Mi cama no es más cálida que la tuya. —Jacob se aproximó a ella lentamente, intentando no sentirse como un depredador, intentando ignorar el calor que había prendido en su sangre. Su cuerpo se endureció bajo la seda negra, todos sus músculos se tensaron de expectación. Sabía lo que deseaba de él… y estaría más que deseoso de proporcionárselo. —Sería más cálido si estuvieras aquí dentro —dijo ella. El cabello le caía sobre los hombros en ondas oscuras que se deslizaban hasta sus caderas. Sentándose muy cerca de ella, tocó uno de los botones brillantes, resbalando la mano sobre su pecho, el pico de su pezón, hasta llegar abajo. Daphne respiraba rápidamente. Se preguntó si el rubor en su cara se habría extendido hacia la piel que no podía ver. Conteniendo su urgente necesidad, Jacob se quedó quieto mientras ella lo alcanzaba con sus vacilantes dedos, y le acariciaba la seda negra que le cubría los hombros. Daphne se puso de rodillas e impulsivamente lo besó en la oreja que tenía el pendiente de diamante, mientras acariciaba la humedad de los mechones rizados de su cabello. —No te pareces a ningún hombre que haya conocido alguna vez —dijo—. Tampoco eres alguien con quien hubiera podido soñar. Eres como un personaje de un cuento de hadas escrito en un idioma que ni siquiera conozco. —El príncipe, espero. —No, eres el dragón, un hermoso y malvado dragón. —Su voz se volvió nostálgica—. ¿Cómo podría alguien convivir normalmente contigo todos los días? Jacob la estrechó con fuerza y la bajó hasta el colchón. —Podrías ejercer una influencia civilizadora sobre mí. —Se inclinó sobre la curva de su pecho, besándola a través del velo de muselina de su camisola—. O tal vez, serás devorada por el dragón. —Encontró el brote de su pezón, mojó el algodón con su boca, hasta que las tiernas carnes se irguieron contra su lengua. —Yo cre… creo que si. —Sonaba tan perturbada que él rió. —Entonces quédate quieta —susurró—, mientras respiro mi fuego sobre ti. Las mujeres con las cuales había dormido en el pasado nunca habían llevado puesto esta clase de remilgado camisón blanco, el cual Jacob consideró la vestimenta más erótica que había visto nunca. Tenía pequeños pliegues intrincados, pinzas y tramas de encaje, e iba del cuello hasta los tobillos. La forma en que reposaba sobre ella, como una capa de glaseado pálido y crespo, hizo que su corazón golpeara con una fuerza primitiva. Trazó su figura, buscando su olor y su calor a través del algodón, que se retorcía cada vez que ella se arqueaba y se estremecía. La parte delantera se mantenía cerrada por una larga fila de botones forrados. Se ocupó de ellos mientras ella deslizaba las manos sobre la seda que cubría su espalda. La besó, explorando con la lengua la dulzura de su boca. La parte de arriba del camisón se abrió, revelando el esplendoroso alzamiento de sus pechos y la tentadora sombra que había entre ellos. Tiró del camisón más y más hacia abajo, hasta que sus brazos quedaron delicadamente atrapados y sus pechos expuestos. Jacob bajó la cabeza y tomó lo que deseaba, lamiendo el erecto pezón, provocándolo con su lengua, dejándolo mojado y sonrosado. Daphne suspiró profundamente, entornó los ojos, y arqueó su vulnerable cuerpo cuando él se inclinó sobre su otro pecho. La respiración de Jacob se volvió áspera cuando le bajó la prenda, liberando sus brazos, exponiendo la curva de sus caderas y su estómago. Extendió las manos sobre su cuerpo, sus dedos y palmas traduciendo calor en sensación. Le besó el ombligo, la piel temblorosa alrededor de él y el lugar en donde empezaba su pelo rizado. Sus piernas se estiraron contra él, atrapadas bajo su peso. Adelantándose, Jacob montó sobre ella. Se quitó el anillo de sello, que ella había rechazado antes y se lo ofreció: —Puedes obtener lo que deseas —le dijo—. Pero primero ponte esto. Daphne enfocó la mirada en el anillo. —No puedo. —No te haré el amor a menos que lo lleves puesto. —Estás siendo absurdo. —Y tú terca. —Jacob se inclinó sobre ella, apoyando los antebrazos a ambos lados de su cuerpo, besando su boca enfurruñada—. Sólo por esta noche —le susurró—. Ponte mi anillo, Daphne, y déjame darte placer. Le besó la garganta, y acomodó sus caderas gentilmente contra ella. Daphne lanzó un grito ahogado al sentirlo, duro e hinchado tras la seda negra. Su boca se desplazó hasta su oreja. —Entraré en ti, te llenaré y después te sostendré tranquila y callada entre mis brazos. No me moveré. Y tampoco dejaré que te muevas. Esperaré hasta que te sienta latir alrededor de mí… seguiré ese ritmo profundo dentro de tu cuerpo, esa dulce pulsación… no me detendré hasta que no llores y te estremezcas, pidiéndome más. Y te daré lo que deseas, tan duro y largo como quieras. Toma mi anillo, amor. —Su boca descendió sobre la de ella con un ardiente y lento beso—. Tómame. Encajándose contra su suave hendidura, sintió el calor húmedo de ella a través de la bata, la humedad y la seda apretadas fuertemente entre ellos. Su mano pequeña tocó la él, desplegó los dedos… y dejó que el anillo se deslizara otra vez en su lugar. Jacob la desvistió y la colocó sobre la bata de seda que se había quitado, su piel destacaba blanca sobre la charca negra bajo su espalda. La besó en todas partes, en las curvas de los codos, en la parte interior de las rodillas, en cada curva y cada hondonada de su suave territorio femenino. Ella se envolvió a su alrededor, su boca inocentemente curiosa besaba cada parte de él que quedaba a su alcance. La besó entre los muslos, acunando sus caderas con las manos mientras su olor iniciaba una explosión en su interior. La lamió tiernamente, provocándola, chupándola suavemente, hasta que ella gimió con cada respiración y le apretó la cabeza, urgiéndole a adelantarse con dedos implorantes. Luchando por dominarse, Jacob la penetró, deslizándose profundamente en su interior. Ella se movió, se arqueó y casi lo lleva hasta la locura. —Cariño, espera —dijo temblorosamente, intentando calmarla—. No te muevas. Por favor. No… —Una risa brotó de la garganta de ella mientras se movía desesperadamente contra él—. Quédate quieta —susurró, derramando besos sobre sus labios entreabiertos—. Sostenme dentro de ti. Siente la forma en la que tu cuerpo se aprieta a mí alrededor. Respirando con dificultad, Daphne intentó obedecer. Sus carnes palpitaban indefensamente alrededor de la dureza que la invadía. Jacob los hizo esperar, sus cuerpos transpiraban y se tensaban mientras se concentraban en esa sensación sutil y deliciosa. Finalmente, empezó a moverse, utilizándose a sí mismo para complacerla. Le hizo el amor, a toda ella, y cuando se hundió en ese deleite oscuro e insondable, fluyó a él una plenitud nunca antes conocida. Ella lo acunó con suavidad y calor, dándole besos mientras la embestía con su pulso caliente y veloz, acariciándola por dentro y por fuera. Jacob bajó la mirada hacia ella con los ojos nublados por el placer, a esa cara tan tiernamente confinada entre sus manos, y le susurró en Romany: Soy tuyo. Observó sus ojos cerrados en la dulce ceguera temporal del éxtasis, sintiendo cómo este hacía eco en su propio interior, como olas que se apresuraban cada vez más rápido hasta que el mundo se incendió.Tras su interludio, se derrumbaron uno junto al otro como los sobrevivientes de un naufragio, aturdidos después de una tormenta. Cuando Jacob reunió fuerzas para moverse... lo cual no fue demasiado pronto... rodó sobre un costado y olisqueó la garganta de Daphne, adorando la cálida fragancia húmeda de ella. Daphne tanteó en busca del anillo y empezó a tirar y retorcerlo. —Está atascado otra vez. —Parecía enfadada. Jacob le agarró la muñeca e inclinó la cabeza, para tomarle el dedo con la boca. Ella jadeó cuando su lengua se arremolinó alrededor de la base del dedo, dejándolo completamente mojado. Suavemente, Jacob utilizó los dientes para sacarle la banda de oro. Tomando el anillo entre los labios, lo deslizó de vuelta en su propio dedo. Su mano, ahora desnuda, se flexionó como si le faltara algo, y entonces lo miró desconcertada. —Te acostumbrarás a usarlo. —Jacob le pasó la mano a lo largo del estómago y la mitad de su torso—. Intentaremos hacer que lo lleves unos pocos minutos cada vez. Será como tratar de enjaezar a un caballo. —Sonrió abiertamente ante su expresión. Después de arroparlos con las sábanas, Jacob continuó acariciándola. Daphne suspiró, anidando contra su hombro y sus bíceps. —A propósito —murmuró él—, la cubertería que faltaba está de regreso en el aparador. —¿De veras? —preguntó soñolientamente—. ¿Cómo… qué…? —Tuve una charla con Beatrix mientras aplastábamos abejas. Me explicó su problema. Estuvimos de acuerdo en encontrarle algunas nuevas aficiones para mantenerla ocupada. Para empezar, voy a enseñarla a montar. Dijo que apenas sabía como hacerlo. —En realidad no ha habido tiempo para eso, con todas las demás… —empezó Daphne a la defensiva. —Shhh… lo sé, colibrí. Has hecho más que suficiente, manteniéndolos a todos unidos y a salvo. Ahora es el momento de que recibas un poco de ayuda. —La besó suavemente—. De alguien que te proteja. —Pero no quiero que tu… —Duerme —susurró Jacob—. Seguiremos con esta discusión por la mañana. Por ahora, amor…que tengas dulces sueños. Daphne durmió profundamente, soñando que estaba descansando en el nido de un dragón, envuelta bajo su ala calurosa mientras este respiraba fuego sobre cualquier cosa que se atreviera a acercarse. En medio de su estupor fue consciente del momento en el que Jacob abandonó la cama a mitad de la noche, y se ponía la ropa. —¿A dónde vas? —masculló. —A ver a Merripen. Sabía que debía ir con él... estaba preocupada por la salud de Merripen, pero cuando intentó sentarse, se sintió completamente exhausta y perpleja. Jacob la forzó a volver nuevamente a las acogedoras profundidades de la ropa de cama. Cayó dormida otra, removiéndose sólo cuando él regresó, se estiró a su lado y la envolvió entre sus brazos. —¿Está mejor? —susurró. —Todavía no. Pero tampoco ha empeorado. Eso es bueno. Ahora cierra los ojos… Le acarició la espalda hasta que se durmió.

Merripen despertó en una habitación oscura, la única luz provenía del pequeño espacio abierto que había entre las cortinas cerradas. Esa pequeña hendidura brillaba con el resplandor del mediodía. La cabeza le dolía terriblemente. Su lengua parecía tener dos veces su tamaño normal, y estaba seca e hinchada dentro de su boca. Le dolían los huesos y también la piel. Incluso le dolían las pestañas. De hecho, había sufrido alguna extraña inversión porque todo le dolía excepto el hombro que tenía herido, en el cual sentía un agradable calor. Intentó moverse. Instantáneamente alguien se le acercó. Win. Fresca, frágil, perfumada, era un espíritu encantador en medio de la oscuridad. Sin hablar, se sentó a su lado, le levantó la cabeza, y le dio pequeños sorbos de agua hasta que tuvo la boca lo suficientemente húmeda como para poder hablar. Entonces no había muerto. Y si no había sucedido ya, probablemente no fuera a pasar. No estaba seguro de cómo se sentía con relación a eso. Su acostumbrado exaltado apetito por la vida, había sido remplazado por melancolía. Probablemente fuera a consecuencia de la morfina. Aún acunando la cabeza de Merripen, Win le pasó los dedos a través del enmarañado y desaseado cabello. La caricia ligera de las uñas sobre su cuero cabelludo provocó escalofríos de placer a través de su cuerpo dolorido. Pero estaba tan mortificado por su suciedad, por no mencionar su impotencia, que empujó irritadamente la gentil mano. —Debo estar en el infierno —masculló. Win le sonrió con una ternura que encontró insufrible. —No podrías verme en el infierno, ¿verdad? —En mi versión del infierno… sí. Su sonrisa se tornó confundida, desvaída, y le puso la cabeza cuidadosamente sobre la cama. Win estaría prominentemente destacada en el infierno de Merripen. El más profundo y extremo dolor que había experimentado nunca había sido causado por ella... la agonía de desear y nunca tener, de amar y nunca saberse amado. Y ahora al parecer iba a tener que soportar mucho más de eso. Lo cual tendría que haberle hecho odiarla, si no la venerara tanto. Inclinándose sobre él, Win le tocó el vendaje del hombro, empezando a desatarle las puntas. —No —dijo Merripen severamente, apartándose de ella. Estaba desnudo bajo las sábanas, hediendo a sudor y medicina. Era una bestia grande y tosca. Y todavía peor, peligrosamente vulnerable. Si ella continuaba tocándolo y atendiéndole sus defensas se quebrarían y sólo Dios sabía lo que diría o haría. Necesitaba que se marchara cuanto antes. —Kev —dijo, con su demasiado cuidadoso tono que lo hizo enloquecer más aún—. Quiero ver la herida. Ya es hora de cambiar la cataplasma. Si te quedaras quieto y me dejaras… —No quiero que lo hagas tú. Gran mentira. Como si eso fuera posible con la feroz erección que había saltado a la vida en cuanto ella lo había tocado. Era un completo animal, deseándola de esta manera incluso mientras estaba enfermo, sucio e inmóvil, narcotizado con la morfina… aún sabiendo que hacerle el amor sería como firmar para ella una sentencia de muerte. Si hubiera sido un hombre piadoso, habría suplicado a los cielos que Win nunca llegara a saber lo que deseaba o cómo se sentía. Pasó un largo momento antes de que Win le preguntara con un tono perfectamente normal: —¿Entonces, quién deseas que te cambie la cataplasma? —Cualquiera. —Merripen mantuvo los ojos cerrados—. Cualquier menos tú. No tenía ni idea de donde estaban los pensamientos de Win, mientras el silencio se espesaba y prolongaba. Las orejas se le tensaron ante el roce de las faldas. La imagen de ese tejido moviéndose y arremolinándose alrededor de sus delgadas piernas hizo que se le erizaran todo los pelos del cuerpo. —Está bien —dijo ella con tono resuelto, cuando alcanzó la puerta—. Enviaré a algún otro en cuanto sea posible. Merripen extendió la mano sobre el lugar en el colchón donde ella se había sentado, estirando los dedos lánguidamente. Luchó por cerrar su corazón, que contenía demasiados secretos y que por consiguiente nunca podría cerrarse completamente.

Descendiendo cuidadosamente por la gran escalera, Win observó a Jacob Black mientras este subía. Sintió un espasmo de nervios en el estómago. Win siempre se había sentido un poco cohibida alrededor de hombres desconocidos, y no estaba muy segura de cómo comportarse con este. Black había asumido con asombrosa velocidad una posición de influencia dentro de su familia. Le había robado el corazón a su hermana mayor con tal destreza que esta ni siquiera parecía haberse dado cuenta aún. Como Merripen, Black era un hombre grande y viril. Y al igual que Merripen era un Roma, pero mucho menos complicado, e infinitamente más cómodo con su propia piel. Black era simpático y atractivo donde Merripen era reservado y meditabundo. Pero a pesar de todo el encanto de Black, había un sutil filo de peligro a su alrededor, daba la sensación de estar familiarizado con aspectos de la vida a los que los Hathaways nunca se habían visto expuestos. Era un hombre que guardaba secretos… como Merripen. Esos tatuajes idénticos habían hecho preguntarse a Win qué tipo de conexión había entre los dos hombres. Y se le ocurrió que podría saber cual era, aunque ninguno de ellos lo hubiera notado. Se detuvo con una sonrisa tímida cuando se encontraron en los escalones. —Señor Black. —Señorita Winnifred. —La firme mirada dorada de Black recorrió su pálido rostro. Todavía estaba disgustada por su encuentro con Merripen. Podía sentir el color ardiendo en sus mejillas. —Por lo que veo, está despierto —dijo Black, mientras leía con demasiada precisión su expresión. —Está furioso conmigo porque lo engañé para que bebiera el té con la morfina. —Sospecho que la perdonará por eso —replicó Black. Win descansó la mano sobre la barandilla y se asomó por el borde ausentemente. Tenía la curiosa sensación de desear, de necesitar, comunicarle algo a ese amigable extraño, pero todavía no tenía idea de lo que quería decirle. Black esperó en cómodo silencio, sin ninguna prisa aparente por ir a ninguna parte. A ella le gustaba su compañía. Estando tan acostumbrada a la brusquedad de Merripen, y la autodestructividad de Leo, pensó que era bastante agradable estar en presencia de un hombre sensato. —Ha salvado la vida a Merripen —aventuró—. Va a recuperarse. Black la observó atentamente. —Te preocupas por él. —Oh, sí, todos lo hacemos —dijo Win demasiado rápidamente, e hizo una pausa. Las palabras se reunían y volaban en su interior como si tuvieran alas. El esfuerzo por contenerlas la estaba agotando. Sus ojos se empañaron súbitamente a causa de la frustración y desolación, pensando en el hombre de arriba y en la distancia interminable que siempre, siempre había entre ellos. —Yo también quiero recuperarme—explotó—. Quiero… quiero… —Cerró la boca y pensó: ¿Dios, cómo debe haberle sonado eso? Sintiéndose mortificada ante su pérdida de autocontrol, se pasó una mano por la cara y se frotó las sienes. Pero Black pareció entenderla. Y misericordiosamente, no había ninguna lástima en su mirada. La honestidad de su voz la reconfortó inconmensurablemente. —Creo que lo lograrás, hermanita. Ella agitó la cabeza mientras confesaba: —Lo deseo tanto, tengo miedo de albergar esperanzas. —Nunca tengas miedo a tener esperanza —dijo Black suavemente—. Esa es la única forma de empezar.