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Historia 55483 — capítulo 22
Se acabo! Me alegro d q os haya gustado la historia y espero q os guste este ultimo cap! deciros q nos descarto la posibilidad d una segunda parte y tampoco la d escribir algun q otro epilgo pero de momento estoy pensando en otra historia q os adelantare al final del capitulo :)
Tras llevar a Leo de vuelta a Stony Cross Manor y meterlo en la cama, Daphne se quedó de pie fuera de la habitación con Jacob. Sus emociones se desbordaban tan brillantes y tan fuertes, que el contenerlas requirió toda su fuerza de voluntad. —Voy a decirle a Poppy que está bien —susurró. Jacob asintió, silencioso y algo distraído. Sus dedos se entrelazaron brevemente. Se separaron, y Daphne fue en busca de su hermana. Poppy estaba en la cama, tumbada sobre un costado, con los ojos totalmente abiertos. —Encontraste a Leo —murmuró, cuando Daphne se acercaba a ella. —Si, querida. —¿Está…? —Está bien. Creo… —Daphne se sentó al borde del colchón y le sonrió—. Creo que mejorará de ahora en adelante. —¿Volverá a ser el viejo Leo? —No lo sé. Poppy bostezó. —Daphne… ¿Te molestaría que te preguntara algo? —Estoy demasiado cansada como para molestarme. Pregúntame lo que quieras. —¿Vas a casarte con el señor Black? Esa pregunta llenó a Daphne de un aturdido deleite. —¿Debería? —Oh, si. Estáis comprometidos, ya sabes. Además, él es una buena influencia para ti. No te comportas como un puerco espín cuando él está alrededor. —Que niña tan encantadora —Daphne estudió la habitación en general, y sonrió a su hermana—. Te lo diré mañana, querida. Ahora duérmete. Daphne atravesó la sobria quietud del pasillo, sintiéndose tan nerviosa como una novia primeriza mientras iba en busca de Jacob. Era el momento de abrir su corazón, de ser honesta, de tener confianza, como nunca antes la había tenido, ni siquiera en sus momentos de intimidad. El latido del corazón resonaba por todo su cuerpo, incluso en las puntas de los dedos de sus pies. Llegó a la habitación de Jacob, allí la luz de la lámpara se filtraba a través de la hendidura de la puerta que estaba entreabierta. Jacob estaba sentado en la cama, todavía vestido. Tenía la cabeza inclinada, y las manos posadas sobre las rodillas en la postura de un hombre profundamente ensimismado en sus pensamientos. Levantó la mirada cuando Daphne entró en la habitación y cerró la puerta. —¿Qué sucede, amor? —Yo… —Daphne se acercó vacilante—. Temo que no me permitas obtener lo que quiero. Su lenta sonrisa le robó la respiración. —Nunca te he negado nada. Y no es probable que vaya a empezar a hacerlo ahora. Daphne se detuvo frente a él, introduciendo su falda entre las rodillas abiertas. La fragancia limpia, salada y refrescante de Jacob flotó hacia sus orificios nasales. —He venido hacerte una proposición —dijo, intentando moderar su tono—. Es muy sensata. Verás... —se detuvo para aclararse la garganta—. He estado pensado en tu problema. —¿Qué problema? —Jacob jugaba ligeramente con los pliegues de la falda, observando la cara de ella atentamente. —Tu maldición de buena suerte. Sé como liberarte de ella. Debes casarte con alguien que pertenezca a una familia que tenga mucha, pero mucha mala suerte. Una familia con muchas deudas. Entonces no tendrás que avergonzarte de tener tanto dinero, porque desaparecerá de tus manos tan pronto como llegue. —Es muy sensato. —Jacob acunó la mano temblorosa dentro de las suyas, presionándola en medio de sus cálidas palmas. Detuvo con su pie el de ella, que ya había empezado a golpetear el suelo—. Colibrí —le susurró—, no tienes por qué ponerte nerviosa conmigo. Reuniendo su valor, Daphne barbotó: —Quiero tu anillo. No quiero volver a quitármelo nunca. Quiero ser tu romni para siempre —hizo una pausa y sonrió apenada—, sea lo que sea lo que eso signifique. —Mi novia. Mi esposa. Daphne se quedó congelada un momento, con la garganta ahogada de deleite mientras sentía como él le deslizaba el anillo de oro en el dedo, hasta la base. —Cuando estábamos con Leo, esta noche —dijo ella roncamente—, supe exactamente como se sintió al perder a Laura. Una vez me dijo que no podría entenderlo a menos que hubiera amado a alguien de la misma manera. Tenía razón. Esta noche mientras te veía junto a él… supe lo que pensaría en el último instante de mi vida. Él le acarició con el dedo la tierna superficie del nudillo. —¿Sí, amor? —Pensaría —continuó ella—: "Oh, si pudiera tener solo un día más junto a Jacob. Viviría una vida entera en esas pocas horas". —Eso no es necesario —le aseguró él gentilmente—. Estadísticamente hablando, tendremos por lo menos diez mil o quince mil días para estar juntos. —No quiero separarme de ti ni siquiera en uno solo de ellos. Jacob ahuecó su pequeño y serio rostro entre sus manos, y limpió con los pulgares las lágrimas que resbalaban de sus ojos. Luego, la acarició con la mirada. —¿Viviremos en pecado, amor, o finalmente has decidido casarte conmigo? —Si. Si. Me casaré contigo. Aunque… sigo sin poder prometerte obediencia. Jacob rió quedamente. —Lo pasaremos por alto. Si me prometes que al menos intentarás amarme. Daphne le aferró las muñecas, sintiendo el pulso constante que latía fuertemente bajo la yema de sus dedos. —Oh, yo ya te amo, eres… —Yo también te amo. —… mi destino. Lo eres todo para mí. —Le habría dicho algo más, si él no hubiera atraído su cabeza, besándola con una dura y emocionante presión. Se desvistieron aprisa, quitándose la ropa mutuamente con una torpeza forjada por el deseo y el fervor. Cuando por fin estuvieron desnudos, la urgencia de Jacob se alivió. Sus manos se deslizaron sobre ella con una lentitud deliberada, cada caricia traía temblores de placer a la superficie. Los rasgos de Cam parecían austeramente hermosos cuando la puso de espaldas. Bajó la boca hacia sus pechos, mientras le ahuecaba con las manos su carne redondeada, y su lengua y sus dedos navegaron gentilmente sobre los pezones. Daphne gimió su nombre, rindiéndose indefensa mientras él se alzaba para arrodillarse entre sus piernas. Le puso las manos sobre las caderas, para levantarla y apoyarla sobre sus muslos extendidos. Jacob la miró, sus ojos tenían un brillo demoníaco mientras la acariciaba y jugaba con su suave hendidura y la carne sensible en medio de ella. Daphne trató de alcanzarlo, necesitando sentir su peso sobre ella, pero fue incapaz de empujarle hacia abajo. Todo lo que pudo hacer fue gemir y arquease mientras él la llenaba con sus dedos, frotando círculos con el pulgar y sus muslos sólidos bajo las caderas pugnantes de ella. Daphne respiraba entre dientes, y apretaba firmemente con las manos las sábanas de la cama. Jacob sacó los dedos de su interior, dejándola estremeciéndose mientras su cuerpo se cerraba en vano alrededor del vacío. En ese instante la penetró, y la llenó totalmente. Ella alzó las caderas para recibirlo, y lanzó un grito apagado cuando se deslizó en su interior con un ritmo deliberadamente lento. Daphne arrastró la mano ciegamente desde su hombro hasta su cara, percibiendo la forma de su sonrisa. —No juegues conmigo —murmuró, temblando de deseo—. No puedo soportarlo. —Cariño… —su murmullo le acarició la mejilla—. Me temo que tendrás que hacerlo. —¿Por… por qué? —Daphne contuvo la respiración cuando él se retiraba, dejando solo la punta de su eje dentro. —Porque no hay nada que adore más que jugar contigo. Pasó una eternidad antes de que se sumergiera otra vez en su interior, mientras la acariciaba con las manos, incrementando sus movimientos de una forma deliciosa e implacable, entrando en ella completamente después, llevándola al clímax. Dos veces. —Quédate dentro de mí —le rogó ella roncamente, mientras él empezaba a bombear con un ritmo firme, reconstruyendo su pasión—. Quédate, quédate… —sus palabras se convirtieron en un largo gemido. Jacob se inclinó sobre ella, penetrándola rudamente, su respiración golpeando contra la cara y la garganta de Daphne. La miró fijamente a los ojos, ferozmente satisfecho ante la visión su placer. Deslizó las manos bajo su cráneo, acunándole la cabeza mientras la besaba. Luego enterró un vehemente gemido dentro de las dulces profundidades de boca femenina, y se liberó dentro de ella. Acunándola después, Jacob le trazó perezosos patrones sobre la espalda y hombros. Daphne descansaba sobre él, disfrutando del firme alzamiento y caída de su respiración. —Después de la boda —murmuró él—, puede que te lleve conmigo un tiempo. —¿A dónde? —preguntó ella dispuesta, girando para apretar los labios contra su pecho. —A buscar a mi tribu. —Ya has encontrado a tu tribu —dijo, pasando una pierna sobre las caderas de él—. Los llaman los Hathaways. Una risita vibró dentro del pecho de Jacob. —Mi tribu Romany, entonces. Han pasado muchos años. Me gustaría averiguar si mi abuela aún sigue con vida —dijo, haciendo una pausa—. Y quiero hacerle algunas preguntas. —¿Sobre qué? Atrayendo la mano de ella hasta su antebrazo, Jacob la presionó contra su tatuaje. —Sobre esto. Pensando en el tatuaje idéntico de Merripen, y en la extraña e imposible coincidencia, Daphne frunció el ceño con curiosidad: —¿Qué tipo de conexión podrías tener con Merripen? —No tengo ni idea —sonrió Jacob tristemente—. Que Dios me ayude, pero tengo miedo de averiguarlo. —Sea lo que sea —dijo ella—, confiaremos en el destino. La sonrisa de Jacob se ensanchó. —¿Así que ahora crees en el destino? —Y en la suerte —dijo Daphne, apretándole el brazo con la mano—. Todo gracias a ti. —Eso me recuerda… —Se levantó sobre un codo y la miró, sus pestañas oscuras cubrían el ámbar resplandeciente de sus ojos—. Tengo algo que mostrarte. No te muevas... lo traeré aquí. —¿No puede esperar? —protestó ella. — No. Regresaré en unos minutos. No vayas a dormirte. Salió de la cama y se puso la ropa, mientras Daphne disfrutaba del posesivo placer de contemplarlo. Para mantenerse despierta mientras él estaba afuera, fue al lavabo y utilizó una tela fría para refrescarse. Regresando rápidamente a la cama, se sentó y sujetó la sábana bajo sus brazos. Jacob regresó, silencioso como un gato, llevando un objeto que tenía aproximadamente la forma y el tamaño de una caja de zapatos. Daphne lo miró confundida, mientras él se sentaba su lado. La pesada caja estaba hecha de madera repujada de plata severamente deslustrada y agujereada, toda la cosa desprendía un hedor agridulce. Cuando Daphne pasó sus dedos tentativamente sobre la caja, descubrió que estaba ligeramente pegajosa. —Afortunadamente estaba envuelta en hule —dijo Jacob—, de lo contrario habría quedado empapada de miel fermentada. Daphne parpadeó asombrada. —¿No me digas que este es el tesoro que Christopher Frost estaba buscando? —Lo encontré mientras buscaba las abejas aplastadas para la cataplasma de Merripen. Y lo recuperé para ti. —Parecía vagamente culpable—. Tenía intención de hablarte de ello antes, pero lo olvidé por completo. Daphne se atragantó de la risa. A cualquier hombre le sería muy difícil olvidarse de una caja que posiblemente contuviera un tesoro… pero para Jacob, no era más importante que una caja de avellanas. —Solo tú —dijo ella—, podrías ir en busca de veneno de abejas y encontrar un tesoro escondido. —Levantando la caja, la sacudió suavemente, percibiendo el movimiento de objetos pesados en el interior—. Demonios, está cerrada. Rebuscó entre el salvaje desorden de su tocador. Cuando encontró una horquilla, se la entregó a él. —¿Por qué asumes que puedo abrir esa cerradura? —preguntó él, con un destello astuto en los ojos. —Tengo plena confianza en tus habilidades delictivas —dijo ella—. Ábrela, por favor. Complacientemente él dobló la horquilla y la insertó en la cerradura antigua. —¿Por qué no le dijiste al señor Frost que habías encontrado el tesoro? —preguntó Daphne, mientras él trataba de violar el cierre—. Así podrías haber evitado ser picado por todas esas abejas. —Quería conservarlo para tu familia. Frost no iba a hacer nada bueno con él. En menos de un minuto, la cerradura hizo clic y la caja quedó abierta. El corazón de Daphne palpitaba excitado cuando levantó la tapa. Encontró un manojo de cartas, tal vez media docena, atadas con una fina cinta trenzada, confeccionada con cabellos. Cautelosamente, tomó el montón, sacó la carta de arriba, y desplegó el antiguo pergamino amarillento. Era de hecho una carta de amor de un rey, firmada, simplemente, como "James". Escandalosa, ardiente y dulcemente escrita, parecía ser demasiado íntima como para leerla. Nunca había estado destinada a sus ojos. Se sentía como una intrusa, cerró los pliegues quebradizos y la puso a un lado. Jacob, entretanto, había empezado a sacar los objetos de la caja y a ponerlos sobre su regazo; un rubí de al menos una pulgada de diámetro, un par de pulseras de diamantes, collares de perlas negras macizas, un broche engarzado con un zafiro ovalado del tamaño de un soberano, un pendiente de diamante en forma de lágrima, y muchos anillos de rubíes. —No puedo creerlo —dijo Daphne, removiendo la pila reluciente—. Esto debe ser suficiente como para reconstruir Ramsay House dos veces o más. —No tanto —dijo Jacob, lanzando una mirada experimentada a las joyas—, pero se acerca bastante. Daphne frunció el ceño mientras estudiaba la valiosa colección de joyas. —¿Jacob…? —preguntó tras una larga pausa. —¿Hmmm? —Él parecía haber perdido interés en el tesoro, y se entretenía jugando con un mechón suelto de su cabello. —¿Te importaría que ocultamos este descubrimiento a Leo hasta que esté… bueno, hasta que sea un poco más racional? De otro modo me temo que saldrá y hará algo irresponsable. —Creo que tienes toda la razón del mundo en preocuparte. —Recogió las joyas descuidadamente, las dejó caer en la caja y la cerró—. Si, esperaremos hasta que esté listo. —¿Crees… —dijo Daphne con vacilación—… que Leo cambiará? ¿Qué mejorará? Oyendo la preocupación en su tono, Jacob extendió la mano y la empujó contra él. —Los Rom dicen: "Ningún carro conserva las mismas ruedas para siempre". Las sábanas se deslizaron entre ellos. Daphne se estremeció cuando sintió una corriente de aire fresco sobre la espalda y los hombros desnudos —Regresa a la cama —susurró—. Necesito que me des calor. Jacob se quitó la camisa, y rió quedamente cuando sintió como las manos de ella le tiraban de los botones de los pantalones. —¿Qué ha pasado con mi gadji mojigata? —Me temo —metió la mano por la abertura y acarició su carne excitada— que esta continua asociación contigo ha hecho de mí una mujer desvergonzada. —Bueno, esperaba que sucediera eso. —Sus pestañas bajaron, y su voz jadeó ligeramente por efecto de sus caricias—. Daphne si tenemos hijos… ¿Te importará que sean en parte Roma? —No si a ti no te importa que sean en parte Hathaways. Él emitió un sonido de diversión y terminó de desnudarse. —Y yo que creía que la vida en los caminos sería todo un desafío. Sabes, aterraría a un hombre menor, el tratar de hacerse cargo de tu familia. —Tienes razón. No puedo imaginar por qué estás dispuesto a cargar con nosotros. Él echó una mirada francamente lasciva a su cuerpo desnudo mientras se le unía bajo las sábanas. —Créeme, las compensaciones que recibo bien valen la pena. —¿Y qué hay de tu libertad? —preguntó Daphne, acurrucándose entre sus brazos cuando él se acostó a su lado—. ¿No lamentas haberla perdido? —No, amor —Jacob apagó la lámpara, envolviéndolos en una oscuridad aterciopelada—. La he encontrado finalmente aquí. Justo aquí, contigo. Y se deslizó en el refugio de sus anhelantes brazos.
Fin =).
El diario secreto de la señorita Esme Anne Evenson.
A la edad de diez años, Esme Anne Evenson no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Esme aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Carlisle Cullen, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Esme supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Esme como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Esme empieza a despertar en él.