Carlinthom Ville III — capítulo 1
Nada me pertenece, Excepto ideas. El resto, le pertenece a JK Rowling.
Joder. Tengo Carlinthom Ville I y II. Y necesito un III para ser feliz. ¡Rayos!
Estaba mirando por la ventana, apartando la cortina. Eran aproximadamente, las 12 en punto de la madrugada. Miraba con fijeza, un auto que se había estacionado muy cerca de su hogar. Había abandonado el servicio. Trabajaba por su cuenta, otra vez.
Pero estaba de vacaciones. Mientras meditaba, frunció el ceño al ver a un hombre. Entraba en el auto. Tenía una larga gabardina negra y un sombrero café. Parecía un enorme buitre, en la oscuridad.
Ladeó la cabeza hacia la cama. Su esposa desde unos tres años antes, estaba dormida. La miró moverse hacia el otro lado y sonrió suavemente. La forma en que la había conocido, no era muy ortodoxa.
Cerró las cortinas, en cuanto el auto partió de forma ruidosa. Iluminándolo con sus faros, antes de simplemente perderse en la niebla de ese abril. Caminó hacia la cama y se sentó cuidadosamente, pero su esposa tenía un sexto sentido para esas veces donde él sufría de insomnio y se acostaba tarde.
— ¿Severus? ¿Te sientes bien?
— Sí. Solo estaba leyendo algo ligero, antes de dormir.
Giró sobre sí misma y sonrió suavemente, mirándolo. Severus suspiró en silencio, mientras ella le acariciaba el rostro con una mano. Con otra sonrisa, ella acercó sus labios a los suyos y depositó un pequeño beso.
— Tienes que descansar. Trabajas demasiado. Buenas noches, cariño.
Antes de darse la vuelta, ella escuchó pequeños pasos y se levantó para mirar hacia la puerta. Su hija estaba parada allí y parecía que había llorado. Severus se levantó de la cama y caminó hacia ella. Se frotaba los ojos y bostezaba.
— ¿Te sientes mal, Marian?
Su hija ya tenía tres años. La levantó del suelo, mientras ella se recostaba en su hombro. Estiró sus brazos alrededor de su cuello, mientras él se sentaba en la cama. Hermione la miró, acariciando su espalda. No dejaba de llorar.
— Está muy asustada, Severus. Algo debió asustarla.
— ¿Quieres que revise?
— Por la mañana. Acuéstala allí, para que descanse. Ya ya, mi amor. Mamá está aquí y papá también.
¿Qué pudo haber asustado a su hija? Las miró descansar y luego de que se durmieran, se levantó. Caminó por la casa. Enorme para ambos. Planificaba mudarse a algo más pequeño. Caminó hasta su habitación y encendió las luces. No parecía haber nada particular.
O prácticamente nada.
Su ventana estaba abierta y parecía que algo la había asustado. Miró con atención, pero nada subnormal apareció ante sus ojos. Quizá el ruido del viento y de las ramas de los árboles.
Pero ¿Por qué su ventana estaba abierta? Inspiró y se encaminó a cerrarla. Así lo hizo con mucho cuidado. Mientras la cerraba, le pareció escuchar una risa y ladeó la cabeza hacia el baño.
No podía estar oyendo cosas ¿O sí?
Caminó hacia el baño y meditó. Quizá su esposa tenía razón y dormir poco, comenzaba a afectar su cabeza. Entró en el baño que estaba en aquel pasillo entre ambas habitaciones.
Nada encontró dentro.
Estaba loco.
— Bien, hora de dormir.
Se dio la vuelta y apagó las luces. Al cerrar la puerta, sintió un curioso aire detrás de él. Se dio la vuelta y miró en dirección a las escaleras. Todo estaba oscuro en el salón y no podía mirar con detalle.
— ¿Hay alguien allí?
Colocó un pie sobre uno de los escalones. No estaba seguro de poder defenderse en dado caso, que existiera un agente invasor en su hogar. De todas formas, agradeció que su hija no había salido herida o que la hubieran secuestrado en el proceso. Estaba seguro que ella no había abierto esa ventana.
Terminó de bajar las escaleras, a tientas. Con una inspiración fuerte. Caminó hasta donde se suponía estaba el interruptor de la luz. Pues ¿qué esperaba encontrar?
¿Al coco?
Pero dejó de sonreírse a sí mismo, en cuanto encendió la luz. No era precisamente el coco, pero parecía ser algo peor que eso. Estaba parado en su salón y lo miraba, con una sonrisa.
¿Y quién era?
Se rió una vez más, hasta desaparecer. No dudaba que aquello, hubiese asustado a su hija. Que se hubiera detenido junto a su cuna y la asustara. Si hasta él mismo, sintió que aquello estaba fuera de orden.
— ¿Severus?
Lo que necesitaba. Un fantasma o espanto, para sazonar su vida.